En efecto, la alumna abre su mochila y extrae de ella... un enorme muñeco de peluche.
Pudiera esperarse, dado el carácter público del acto y el ámbito académico en que se desarrolla, que hubiera extraído algún objeto más aristocrático, más deslumbrante: un libro antiguo o una vieja entrada al Museo del Louvre, por ejemplo. Pero no. Ella ha cumplido estrictamente la consigna: "Traed a clase un objeto significativo en vuestras vidas, al que os sintáis unidos de un modo intenso". Y ese peluche cumple fielmente los requisitos. Las sonrisas iniciales de sus compañeros van transformándose en sorpresa y felicidad a medida que la dueña va desgranando la historia del muñeco, cuenta las circunstancias en que llegó a sus manos, describe los lugares en los que ha estado depositado, muestra las marcas que el paso del tiempo ha dejado en su piel. Por lo general, todos quedan conmovidos. Descubren cuánta memoria puede atesorar un simple objeto.
Y entonces comienza la celebración. Ya nada los para. Uno muestra un anillo que le regaló su abuelo poco antes de morir a modo de despedida, otra muestra una fotografía de sus amigas tomada unos días antes de separarse de ellas para ir a estudiar a otra ciudad, otra se coloca la nariz de payaso que siempre lleva consigo para darse ánimos cuando está decaída, otro enseña la pinza cauterizante del cordón umbilical de su primer hijo, otra muestra el diario que escriben a cinco manos ella y cuatro compañeras, otra exhibe la carta que le escribió su primer amor adolescente, otro muestra el llavero que perteneció a su padre ya fallecido, otra muestra el libro que su madre le leía antes de acostarse cuando era niña, otro despliega la kufiyya palestina que le regaló un íntimo amigo, otra ondea el delantal que le regaló una tía como signo de inicio de una nueva vida independiente, otra muestra el reloj que le regaló su hermano a modo de reconciliación, otro enseña una caracola que recogió en un inolvidable viaje al mar, otra habla del frasco de pastillas del que no se separa jamás pues de él depende su vida en caso de una crisis de su enfermedad, otro muestra la primera pluma que le regalaron en un cumpleaños y con la que aún sigue escribiendo, otra muestra la primera máquina de fotografías que llegó a sus manos, otra toca el acordeón que la acompaña esté donde esté...
La vida se despliega ante ellos con toda su plenitud y belleza.
Este breve muestrario de historias basta para hacer ver que al término de esa ceremonia, y una vez han hablado en voz alta de sus objetos, los alumnos comprenden que todos poseen historias dignas de contarse y que esas historias están depositadas en las cosas que los rodean, los acompañan y conforman sus vidas. Por el atento silencio con que han escuchado las narraciones de sus compañeros percibo que se han dado cuenta de que las "cosas lo dicen todo", que los objetos mostrados son portadores de melancolías, tristezas, felicidades, amores, esperanzas, dudas..., que todos ansían saber más e ir más lejos, que gracias a esos minúsculos objetos compartidos han descubierto la cara oculta y más auténtica de sus compañeros.
Durante ese tiempo se han reído, algunos han lagrimeado, se han mirado de otro modo, todos se han sentido contentos, curiosos y cómplices. Y por lo que luego dicen sé que han entendido que sus muñecos, pulseras, monedas, gafas, espejos, zapatillas, cascabeles... dan testimonio de una pertenencia, homenajean a seres amados, sostienen la memoria, afirman identidades, vinculan a lugares. Ese simple descubrimiento es el don que se ofrecen mutuamente.
Pero, ¿y la literatura? ¿En qué momento se hace presente? ¿Cómo se engarzan esas emociones y esos relatos con los poemas y las novelas? ¿Cómo hacerles migrar desde sus mundos interiores hacia las anchas regiones de la imaginación poética? Sé que los discretos lectores de este blog ya habrán trazado por sí mismos las rutas que emplearían para conducirlos a los textos. En su mente habrán comenzado a pergeñar sus propios procedimientos para enaltecer la literatura. Podría, por tanto, no continuar la narración y dejar a cada cual con sus ensoñaciones. Sin embargo, me parecería descortés dejar inconclusa esa experiencia, de modo que la culminaré mostrando lo que yo hago.
Pero, dada la extensión de esta entrada, y a fin de no cansar a los ocupados lectores (ya me gustaría creer que todos merecen el calificativo que Miguel de Cervantes dedicó a los suyos en el prólogo al Quijote), dejo para el próximo día la terminación del relato.
28 de octubre de 2008
26 de octubre de 2008
Lo que dicen las cosas
Nunca resulta fácil explicar el sentido profundo de la literatura y menos aún a jóvenes alumnos universitarios atiborrados de interpretaciones historicistas, informaciones biográficas y nomenclaturas espurias. A menudo es una tarea titánica lograr que se deshagan de las ideas pedestres que atesoran como verdades prestigiosas e intocables: la literatura sirve para expresarse mejor, para leer con fluidez, para adquirir cultura, para evitar las faltas de ortografía, para incrementar el vocabulario, para evadirse... Esa roma concepción de la lectura está tan arraigada en sus conciencias, les resulta tan indudable, que hay que actuar como el restaurador de un viejo cuadro: paciente y delicadamente hasta quitar la pátina de prejuicios y errores.
Hace ya algunos años descubrí un modo sutil y eficiente de afrontar esa tarea. Me inspiró un poema de Pablo Neruda, Oda a las cosas, que forma parte de su libro Navegaciones y regresos. Como saben, Neruda era un enamorado de las cosas, que coleccionaba de un modo abrumador y obsesivo. En realidad, a él le gustaba definirse como 'cosista' antes que como coleccionista. Su residencia de Isla Negra es un testimonio escenográfico de esa pasión. Mascarones de proa, botellas de vidrio, caracolas, relojes, mariposas e insectos, figurillas de barro, máscaras, estribos, instrumentos musicales... ocupan todas las habitaciones de la casa en una promiscuidad armónica y asombrosa. Esa oda no es sino un canto a las cosas que le fascinaban, desde las minúsculas a las supremas, desde las naturales a las creadas por manos humanas, desde las toscas a las aterciopeladas. Visitar sus casas es como transitar a la vez por un museo, un baratillo y un almacén de utilería teatral.
La última estrofa de ese poema me abrió el camino.
Oh río / irrevocable / de las cosas, / no se dirá / que sólo / amé / los peces, / o las plantas de selva y de pradera, / que no sólo / amé / lo que salta, sube, sobrevive, suspira. / No es verdad: / muchas cosas / me lo dijeron todo. / No sólo me tocaron / o las tocó mi mano, / sino que acompañaron / de tal modo / mi existencia / que conmigo existieron / y fueron para mí tan existentes / que vivieron conmigo media vida / y morirán conmigo media muerte.
'Muchas cosas me lo dijeron todo': qué afortunado hallazgo. Las cosas, en efecto, son reveladoras, pueden ser el germen de una admirable narración. Me di cuenta de que si quería hacer ver a mis alumnos el significado nuclear de la escritura literaria debía partir de su propia experiencia, de su propia memoria, de sus propias emociones. ¿Y qué mejor modo para lograrlo que hacerles contar una historia personal a partir de algún objeto que formara parte de su más recóndita intimidad? Así pues, en los primeros días del curso, y mientras se las ven con textos de Jerome Bruner, Bruno Bettelheim o Martha C. Nussbaum acerca del sentido de la literatura, les pido a los alumnos que lleven a clase alguna cosa que consideren preciada y significativa y a la que se sientan unidos sentimentalmente. No deja de turbarles la petición, más todavía cuando les anuncio que deberán narrar ante sus compañeros el porqué de su elección y el valor que ese objeto tiene para ellos.
Pudiera pensarse que, dadas sus inseguridades y sus pudores, el día fatídico fijado para la actividad de narración los alumnos prefieren ausentarse a pasar el mal trago de hablar públicamente de su propia vida, de sus modestos recuerdos. Pero puedo asegurar que nunca ha habido deserciones u olvidos. Más bien al contrario.
El día señalado se percibe siempre una soterrada tensión, un rumor temeroso y expectante. Se colocan en círculo, se enfrentan unos a otros. ¿Quién comenzará? Una mano se alza al fin. Las miradas se dirigen a la audaz compañera (las alumnas suelen ser las más decididas) y la envuelven con su silencio. Ella, mientras tanto, ha abierto su mochila y lentamente extrae...
[Para no cansar a los lectores con una explicación muy extensa prefiero interrumpir aquí el relato y continuarlo en una próxima entrada. Disculpen las molestias]
Hace ya algunos años descubrí un modo sutil y eficiente de afrontar esa tarea. Me inspiró un poema de Pablo Neruda, Oda a las cosas, que forma parte de su libro Navegaciones y regresos. Como saben, Neruda era un enamorado de las cosas, que coleccionaba de un modo abrumador y obsesivo. En realidad, a él le gustaba definirse como 'cosista' antes que como coleccionista. Su residencia de Isla Negra es un testimonio escenográfico de esa pasión. Mascarones de proa, botellas de vidrio, caracolas, relojes, mariposas e insectos, figurillas de barro, máscaras, estribos, instrumentos musicales... ocupan todas las habitaciones de la casa en una promiscuidad armónica y asombrosa. Esa oda no es sino un canto a las cosas que le fascinaban, desde las minúsculas a las supremas, desde las naturales a las creadas por manos humanas, desde las toscas a las aterciopeladas. Visitar sus casas es como transitar a la vez por un museo, un baratillo y un almacén de utilería teatral.
La última estrofa de ese poema me abrió el camino.
Oh río / irrevocable / de las cosas, / no se dirá / que sólo / amé / los peces, / o las plantas de selva y de pradera, / que no sólo / amé / lo que salta, sube, sobrevive, suspira. / No es verdad: / muchas cosas / me lo dijeron todo. / No sólo me tocaron / o las tocó mi mano, / sino que acompañaron / de tal modo / mi existencia / que conmigo existieron / y fueron para mí tan existentes / que vivieron conmigo media vida / y morirán conmigo media muerte.
'Muchas cosas me lo dijeron todo': qué afortunado hallazgo. Las cosas, en efecto, son reveladoras, pueden ser el germen de una admirable narración. Me di cuenta de que si quería hacer ver a mis alumnos el significado nuclear de la escritura literaria debía partir de su propia experiencia, de su propia memoria, de sus propias emociones. ¿Y qué mejor modo para lograrlo que hacerles contar una historia personal a partir de algún objeto que formara parte de su más recóndita intimidad? Así pues, en los primeros días del curso, y mientras se las ven con textos de Jerome Bruner, Bruno Bettelheim o Martha C. Nussbaum acerca del sentido de la literatura, les pido a los alumnos que lleven a clase alguna cosa que consideren preciada y significativa y a la que se sientan unidos sentimentalmente. No deja de turbarles la petición, más todavía cuando les anuncio que deberán narrar ante sus compañeros el porqué de su elección y el valor que ese objeto tiene para ellos.
Pudiera pensarse que, dadas sus inseguridades y sus pudores, el día fatídico fijado para la actividad de narración los alumnos prefieren ausentarse a pasar el mal trago de hablar públicamente de su propia vida, de sus modestos recuerdos. Pero puedo asegurar que nunca ha habido deserciones u olvidos. Más bien al contrario.
El día señalado se percibe siempre una soterrada tensión, un rumor temeroso y expectante. Se colocan en círculo, se enfrentan unos a otros. ¿Quién comenzará? Una mano se alza al fin. Las miradas se dirigen a la audaz compañera (las alumnas suelen ser las más decididas) y la envuelven con su silencio. Ella, mientras tanto, ha abierto su mochila y lentamente extrae...
[Para no cansar a los lectores con una explicación muy extensa prefiero interrumpir aquí el relato y continuarlo en una próxima entrada. Disculpen las molestias]
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EDUCACIÓN LITERARIA,
PABLO NERUDA
21 de octubre de 2008
Imagino que... (respuesta a Sfer)
Hace unos días, en la entrada "El canon de Laila", tuve la osadía de solicitar la colaboración de los lectores para que dijeran qué libros harían leer a un personaje como el imaginado por J. M. G. Le Clézio en El pez dorado si fuesen ellos los autores de una novela. Afirmaba allí que los libros que leía Laila en la citada novela constituían una suerte de canon elaborado por el autor de acuerdo con sus experiencias y sus expectativas. Un lector amigo se atrevió a incrementar ese posible canon con la recomendación de un libro que desconocía, pero que ya tengo entre manos. Otra lectora amiga, Sfer, en una hábil pirueta dialéctica, me devolvía la pregunta y me incitaba/invitaba a responder yo mismo la cuestión que planteaba a los demás. Dudé si darme por enterado del desafío, pero finalmente comencé a pensar qué haría yo si se diera el caso. Pero para evitar una larga disquisición en el apartado de comentarios decidí trasladar hasta aquí la respuesta. Doy cuenta, pues, de lo que supongo que ocurriría si llegara a encontrarme en la misma situación que Le Clézio.
Imagino que comenzaría anotando en mi cuaderno de apuntes los nombres de aquellos escritores que me gustaría que mi personaje (pongamos una joven llamada Laila, solitaria, dubitativa y ansiosa de cambiar) pudiera leer. Los anotaría con la satisfacción de ver juntos a algunos de los autores que me han regalado momentos de gozo, alguna revelación, algún pensamiento nuevo, alguna emoción duradera. Los juntaría para comprobar la larga lista de amistades que uno ha ido gestando a lo largo de los años, pero sin olvidar que luego habría que seleccionar, reducir de modo drástico, decir adiós injustamente. La mera enumeración ya sería, sin embargo, un motivo inmenso de felicidad. Al fin y al cabo, cualquier lista de ese tipo no es otra cosa que el reflejo de nuestro pasado y la proyección de nuestros deseos. Y supongo también que en el fondo expresaría lo que uno espera de la literatura, de la lectura.
Comenzaría con presteza por los novelistas. ¿Todos? No, claro. Sería una hazaña imposible. Ahí se presentaría el primer escollo. ¿A quiénes incluir, a quiénes excluir? Primera duda seria y primera decisión dolorosa. Lo más probable es que decidiera entonces mencionar sólo a autores más o menos contemporáneos: J. M. Coetzee, Alice Munro, Juan Carlos Onetti, Leonardo Sciascia, Juan Marsé, Julio Cortázar, Carson McCullers, Italo Calvino, Cormac McCarthy, Manuel Vázquez Montalbán, Gabriel García Márquez, Iris Murdoch, Miguel Delibes, Jorge Luis Borges, Philip Roth, Isak Dinesen, Juan Rulfo, Antonio Pereira, Natalia Ginzburg, Eduardo Zúñiga, Primo Levi...
Imagino que a esas alturas comenzaría a sentir una especie de vértigo y malestar. Estaría en los prolegómenos y ya percibiría los remordimientos de la traición y la imposibilidad de la empresa. "Zoquete" -me diría-. "No has hecho más que empezar y ya estás angustiado. ¿Para qué te has metido en semejante fregado? Busca una excusa y abandona". ¿Pero cómo iba a ser capaz de abandonar? Me consolaría pensando que más tarde llegaría la selección y que no importaba tanto la enumeración inicial como el recorte final. Me prometería a mí mismo ser inflexible y dejar reducida la lista a cuatro o cinco nombres. Proseguiría entonces anotando, aunque ya con menos brío...
... Eduardo Mendoza, Yasunari Kawabata, Augusto Monterroso, Clarice Lispector, Enrique Vila-Matas, Graham Greene, Mario Vargas Llosa, Virginia Woolf, Patrick Modiano, Julio Llamazares, Juan García Hortelano, Naguib Mahfuz, Carmen Martín Gaite, Adolfo Bioy Casares, Rafael Sánchez Ferlosio, Joyce Carol Oates, Luis Landero, Margaret Atwood, Rafael Chirbes, Imre Kertész...
Imagino que un escalofrío me paralizaría de pronto. Tendría la amarga sensación de estar sufriendo el castigo de Tántalo y que cuanto más me acercara al fruto más inaccesible aparecería. Pensaría que si publicaba algo semejante quedaría expuesto a la burla de un modo irremediable, pues estaría ofreciendo antes que nada un catálogo de insuficiencias. Lo mejor sería parar. Trataría entonces de convencerme de que lo que estaba haciendo era ridículo. "Se trata de enumerar algunos autores que sean representativos, indudables. Nada más", me diría sin convicción. Corría el riesgo, en efecto, de acabar haciendo un inventario de biblioteca, una exhibicionista demostración de lecturas. "Basta", pensaría entonces. "Con lo que he escrito es suficiente".
¿Y ya está? Me remordería entonces la conciencia. ¿Cómo no nombrar a Albert Camus, Bertold Brecht, William Faulkner, Amos Oz, Cristina Rivera Garza, Kenzaburo Oé, Javier Marías, Lawrence Durrell, Cynthia Ozick, W. G. Sebald...?
Imagino que daría fin a la, en principio, alegre tarea con una sensación de fracaso y malhumor. Me parecería que lo que acababa de hacer era una suerte de manual de carencias. ¡Faltarían aún tantos escritores! Pero me convencería de inmediato: "Ya me justificaré luego si alguien me afea un olvido fundamental o algún amigo escritor, con más o menos sorna, me reprocha que no lo incluyera en ese precipitado y ficticio canon".
¿Y poetas? ¿No incluiría a ninguno? Nuevo dilema. Habría que mencionar a algunos, por supuesto. Así que vuelta a empezar...
... Alejandra Pizarnik, José Hierro, Anna Ajmátova, Antonio Gamoneda, Mario Benedetti, Marina Tsvetáieva, Ángel González, Wislawa Szymborska, Federico García Lorca, Rainer Mª Rilke, Antonio Machado, Ingeborg Bachmann, Jaime Gil de Biedma, Silvia Plath, Octavio Paz, Vicente Aleixandre, Fernando Pessoa, Pablo Neruda...
¿Y libros de ciencia? ¿Por qué habría que limitar las lecturas de Laila a narraciones o poemas? Sería interesante mencionar algún texto científico de carácter divulgativo. Por ejemplo, Cosmos de Carl Sagan, o La historia más bella del mundo de Hubert Reeves y sus colegas, o incluso algunas biografías y autobiografías de mujeres científicas: Memorias de juventud de Sofía Kowalewskaia, Elogio de la imperfección de Rita Levi Montalcini, La vida heroica de María Curie de Eva Curie. Sí, sería sumamente oportuno.
¿Y cómo no le haría leer algunos libros de historia? Sí, claro. Sería conveniente añadir entonces algún libro de Mary Vollstonecraft o Betty Friedan, algún texto sobre los derechos humanos, algún informe sobre las dictaduras latinoamericanas...
¿Y filósofos? ¿No habría que incluir algunos ensayos de pensamiento y filosofía: Elías Canetti, Fernando Savater, Bertrand Russell, Noam Chomsky, Hanna Arendt...? Sin duda alguna. Sería imperdonable el olvido.
Y desde luego sería importante incluir alguna mirada crítica sobre el mundo de nuestros días por parte de periodistas y viajeros como Ryszard Kapuscinski, Bruce Chatwin o Michael Ignatieff. También, claro.
¿Y álbumes ilustrados de literatura infantil? Sin duda.
¿Y tebeos? Naturalmente. [Consultar títulos con Silvia Fernández]
¿Y...?
Imagino que, llegado a este punto, haría una pausa y anotaría con letras mayúsculas en el cuaderno:
IMPROBABLE EPISODIO. DEMASIADO COMPLICADO. MEJOR LIMITARSE A ESCRIBIR ALGO ASÍ COMO...
Durante aquellos días de soledad e incertidumbre, Laila descubrió una pequeña biblioteca en el barrio donde habitaba. Allí se refugió y allí tuvo la oportunidad de leer de modo intenso y caótico numerosos libros de literatura, filosofía, historia, ciencia... que la ayudaron a tomar conciencia de sí misma y de su desamparada situación en el mundo. Siempre recordaría aquellos días de enclaustramiento con una sensación de dulzura y transformación, de abandono sigiloso de una casa largo tiempo habitada, con cuidado de no hacer ruido con la puerta, con la vista puesta en la luz titubeante del amanecer.
Sí, imagino que escribiría eso, con alivio, con culpa.
Imagino que comenzaría anotando en mi cuaderno de apuntes los nombres de aquellos escritores que me gustaría que mi personaje (pongamos una joven llamada Laila, solitaria, dubitativa y ansiosa de cambiar) pudiera leer. Los anotaría con la satisfacción de ver juntos a algunos de los autores que me han regalado momentos de gozo, alguna revelación, algún pensamiento nuevo, alguna emoción duradera. Los juntaría para comprobar la larga lista de amistades que uno ha ido gestando a lo largo de los años, pero sin olvidar que luego habría que seleccionar, reducir de modo drástico, decir adiós injustamente. La mera enumeración ya sería, sin embargo, un motivo inmenso de felicidad. Al fin y al cabo, cualquier lista de ese tipo no es otra cosa que el reflejo de nuestro pasado y la proyección de nuestros deseos. Y supongo también que en el fondo expresaría lo que uno espera de la literatura, de la lectura.
Comenzaría con presteza por los novelistas. ¿Todos? No, claro. Sería una hazaña imposible. Ahí se presentaría el primer escollo. ¿A quiénes incluir, a quiénes excluir? Primera duda seria y primera decisión dolorosa. Lo más probable es que decidiera entonces mencionar sólo a autores más o menos contemporáneos: J. M. Coetzee, Alice Munro, Juan Carlos Onetti, Leonardo Sciascia, Juan Marsé, Julio Cortázar, Carson McCullers, Italo Calvino, Cormac McCarthy, Manuel Vázquez Montalbán, Gabriel García Márquez, Iris Murdoch, Miguel Delibes, Jorge Luis Borges, Philip Roth, Isak Dinesen, Juan Rulfo, Antonio Pereira, Natalia Ginzburg, Eduardo Zúñiga, Primo Levi...
Imagino que a esas alturas comenzaría a sentir una especie de vértigo y malestar. Estaría en los prolegómenos y ya percibiría los remordimientos de la traición y la imposibilidad de la empresa. "Zoquete" -me diría-. "No has hecho más que empezar y ya estás angustiado. ¿Para qué te has metido en semejante fregado? Busca una excusa y abandona". ¿Pero cómo iba a ser capaz de abandonar? Me consolaría pensando que más tarde llegaría la selección y que no importaba tanto la enumeración inicial como el recorte final. Me prometería a mí mismo ser inflexible y dejar reducida la lista a cuatro o cinco nombres. Proseguiría entonces anotando, aunque ya con menos brío...
... Eduardo Mendoza, Yasunari Kawabata, Augusto Monterroso, Clarice Lispector, Enrique Vila-Matas, Graham Greene, Mario Vargas Llosa, Virginia Woolf, Patrick Modiano, Julio Llamazares, Juan García Hortelano, Naguib Mahfuz, Carmen Martín Gaite, Adolfo Bioy Casares, Rafael Sánchez Ferlosio, Joyce Carol Oates, Luis Landero, Margaret Atwood, Rafael Chirbes, Imre Kertész...
Imagino que un escalofrío me paralizaría de pronto. Tendría la amarga sensación de estar sufriendo el castigo de Tántalo y que cuanto más me acercara al fruto más inaccesible aparecería. Pensaría que si publicaba algo semejante quedaría expuesto a la burla de un modo irremediable, pues estaría ofreciendo antes que nada un catálogo de insuficiencias. Lo mejor sería parar. Trataría entonces de convencerme de que lo que estaba haciendo era ridículo. "Se trata de enumerar algunos autores que sean representativos, indudables. Nada más", me diría sin convicción. Corría el riesgo, en efecto, de acabar haciendo un inventario de biblioteca, una exhibicionista demostración de lecturas. "Basta", pensaría entonces. "Con lo que he escrito es suficiente".
¿Y ya está? Me remordería entonces la conciencia. ¿Cómo no nombrar a Albert Camus, Bertold Brecht, William Faulkner, Amos Oz, Cristina Rivera Garza, Kenzaburo Oé, Javier Marías, Lawrence Durrell, Cynthia Ozick, W. G. Sebald...?
Imagino que daría fin a la, en principio, alegre tarea con una sensación de fracaso y malhumor. Me parecería que lo que acababa de hacer era una suerte de manual de carencias. ¡Faltarían aún tantos escritores! Pero me convencería de inmediato: "Ya me justificaré luego si alguien me afea un olvido fundamental o algún amigo escritor, con más o menos sorna, me reprocha que no lo incluyera en ese precipitado y ficticio canon".
¿Y poetas? ¿No incluiría a ninguno? Nuevo dilema. Habría que mencionar a algunos, por supuesto. Así que vuelta a empezar...
... Alejandra Pizarnik, José Hierro, Anna Ajmátova, Antonio Gamoneda, Mario Benedetti, Marina Tsvetáieva, Ángel González, Wislawa Szymborska, Federico García Lorca, Rainer Mª Rilke, Antonio Machado, Ingeborg Bachmann, Jaime Gil de Biedma, Silvia Plath, Octavio Paz, Vicente Aleixandre, Fernando Pessoa, Pablo Neruda...
¿Y libros de ciencia? ¿Por qué habría que limitar las lecturas de Laila a narraciones o poemas? Sería interesante mencionar algún texto científico de carácter divulgativo. Por ejemplo, Cosmos de Carl Sagan, o La historia más bella del mundo de Hubert Reeves y sus colegas, o incluso algunas biografías y autobiografías de mujeres científicas: Memorias de juventud de Sofía Kowalewskaia, Elogio de la imperfección de Rita Levi Montalcini, La vida heroica de María Curie de Eva Curie. Sí, sería sumamente oportuno.
¿Y cómo no le haría leer algunos libros de historia? Sí, claro. Sería conveniente añadir entonces algún libro de Mary Vollstonecraft o Betty Friedan, algún texto sobre los derechos humanos, algún informe sobre las dictaduras latinoamericanas...
¿Y filósofos? ¿No habría que incluir algunos ensayos de pensamiento y filosofía: Elías Canetti, Fernando Savater, Bertrand Russell, Noam Chomsky, Hanna Arendt...? Sin duda alguna. Sería imperdonable el olvido.
Y desde luego sería importante incluir alguna mirada crítica sobre el mundo de nuestros días por parte de periodistas y viajeros como Ryszard Kapuscinski, Bruce Chatwin o Michael Ignatieff. También, claro.
¿Y álbumes ilustrados de literatura infantil? Sin duda.
¿Y tebeos? Naturalmente. [Consultar títulos con Silvia Fernández]
¿Y...?
Imagino que, llegado a este punto, haría una pausa y anotaría con letras mayúsculas en el cuaderno:
IMPROBABLE EPISODIO. DEMASIADO COMPLICADO. MEJOR LIMITARSE A ESCRIBIR ALGO ASÍ COMO...
Durante aquellos días de soledad e incertidumbre, Laila descubrió una pequeña biblioteca en el barrio donde habitaba. Allí se refugió y allí tuvo la oportunidad de leer de modo intenso y caótico numerosos libros de literatura, filosofía, historia, ciencia... que la ayudaron a tomar conciencia de sí misma y de su desamparada situación en el mundo. Siempre recordaría aquellos días de enclaustramiento con una sensación de dulzura y transformación, de abandono sigiloso de una casa largo tiempo habitada, con cuidado de no hacer ruido con la puerta, con la vista puesta en la luz titubeante del amanecer.
Sí, imagino que escribiría eso, con alivio, con culpa.
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LIBROS
19 de octubre de 2008
El lector tiende la mano
Hoy he vuelto a recordar estos versos de Evgueni Evtuchenko:
"Con amarga vergüenza recordarán
nuestros descendientes
-cuando hayan vencido la infamia-
aquellos tiempos
extraños
en los que
a la simple honradez
llamaban valentía..."
Me han venido a la memoria a propósito de la situación personal del escritor italiano Roberto Saviano, autor, como saben, del libro Gomorra, un implacable desmenuzamiento de los sucios negocios y los impunes delitos de la Camorra napolitana, cuyos jefes han decidido asesinarlo. A causa de esa amenaza Saviano vive escondido, protegido por guardaespaldas, obligado a una vida insegura e invisible. Escribir, una vez más, ha resultado un riesgo, una inmolación imprevista e involuntaria.
Saviano corre ahora la misma suerte que sufren otros escritores, señalados por clérigos fanáticos, dictadores sanguinarios, gobiernos autoritarios o, simplemente, grupos económicos poderosos (Salman Rushdie, Claudia Anthony, Sergei Solovkin, Taslima Nasrim, Orhan Pamuk, Yang Tongyan...). En su caso ha sido una banda mafiosa y criminal, infiltrada en los estamentos del Estado, corruptora de políticos y policías, la que persigue eliminarlo, ante la estupefacción de los ciudadanos rectos y la impasibilidad de las autoridades italianas. Y no olvidemos que en España, la banda terrorista ETA tiene amenazado, entre otros, a Fernando Savater, que también ha de moverse permanentemente escoltado.
Los versos de Evtuchenko, aunque escritos en otro tiempo y en otro contexto (la lucha de los disidentes en la Unión Soviética), siguen siendo iluminadores. Sorprende y enoja que el simple gesto de fijar algunas frases en un papel o teclear unas palabras en una pantalla se convierta en un riesgo, transforme en héroes a quienes lo hacen. Indigna mucho más, sin embargo, que eso ocurra ante el mutismo o la indiferencia social.
Cuando escribir pone en peligro la propia vida del escritor, leer es un grito contra el silencio, un acto de resistencia, una suerte de abrazo.
(He colocado en el blog un enlace con una de las plataformas que se han creado en Italia para mostrar la solidadridad con Roberto Saviano y exigir su protección)
"Con amarga vergüenza recordarán
nuestros descendientes
-cuando hayan vencido la infamia-
aquellos tiempos
extraños
en los que
a la simple honradez
llamaban valentía..."
Me han venido a la memoria a propósito de la situación personal del escritor italiano Roberto Saviano, autor, como saben, del libro Gomorra, un implacable desmenuzamiento de los sucios negocios y los impunes delitos de la Camorra napolitana, cuyos jefes han decidido asesinarlo. A causa de esa amenaza Saviano vive escondido, protegido por guardaespaldas, obligado a una vida insegura e invisible. Escribir, una vez más, ha resultado un riesgo, una inmolación imprevista e involuntaria.
Saviano corre ahora la misma suerte que sufren otros escritores, señalados por clérigos fanáticos, dictadores sanguinarios, gobiernos autoritarios o, simplemente, grupos económicos poderosos (Salman Rushdie, Claudia Anthony, Sergei Solovkin, Taslima Nasrim, Orhan Pamuk, Yang Tongyan...). En su caso ha sido una banda mafiosa y criminal, infiltrada en los estamentos del Estado, corruptora de políticos y policías, la que persigue eliminarlo, ante la estupefacción de los ciudadanos rectos y la impasibilidad de las autoridades italianas. Y no olvidemos que en España, la banda terrorista ETA tiene amenazado, entre otros, a Fernando Savater, que también ha de moverse permanentemente escoltado.
Los versos de Evtuchenko, aunque escritos en otro tiempo y en otro contexto (la lucha de los disidentes en la Unión Soviética), siguen siendo iluminadores. Sorprende y enoja que el simple gesto de fijar algunas frases en un papel o teclear unas palabras en una pantalla se convierta en un riesgo, transforme en héroes a quienes lo hacen. Indigna mucho más, sin embargo, que eso ocurra ante el mutismo o la indiferencia social.
Cuando escribir pone en peligro la propia vida del escritor, leer es un grito contra el silencio, un acto de resistencia, una suerte de abrazo.
(He colocado en el blog un enlace con una de las plataformas que se han creado en Italia para mostrar la solidadridad con Roberto Saviano y exigir su protección)
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EVGUENI EVTUCHENKO,
ROBERTO SAVIANO
15 de octubre de 2008
El puente, la historia
Estos días, mientras leía las noticias sobre las elecciones municipales en Bosnia y la persistencia de las divisiones étnicas y culturales, me ha venido a la memoria la novela Un puente sobre el Drina de Ivo Andric. Es inevitable esa sombra. El relato es una demostración manifiesta de la potestad iluminadora de las ficciones. Su lectura proporciona un conocimiento tan profundo, tan transparente, de los conflictos históricos de Bosnia y Herzegovina que nadie queda indiferente tras cerrar el libro. Al término de la novela, los lectores tienen la sensación de que saben más no sólo sobre la naturaleza humana, sino sobre el pasado de Europa y las guerras de nuestros días. Gracias a las historias de unos personajes imaginados con pasión y compasión entienden sucesos de la Historia que a menudo resultan inconcebibles e inabarcables.
¿Es esa la razón por la que algunos historiadores de relevancia, como es el caso de Carlo Ginzburg, recomiendan fervientemente a sus colegas que lean novelas?
La respuesta de Ginzburg tiene que ver con el efecto que él denomina 'extrañamiento', esto es, la posibilidad de evitar un riesgo al que todos estamos expuestos: el de dar por descontada la realidad, el de no dudar ante lo 'evidente'. La literatura, en efecto, permite observar el mundo con ojos sorprendidos, hace que se comprendan mejor las experiencias de los comunes e invisibles protagonistas de la historia, presta atención a los ínfimos detalles y a las vidas concretas que los documentos suelen ignorar. Historia y ficción no son la misma cosa, pero historiadores y novelistas contribuyen cada cual a su modo a crear conocimiento.
No me cabe la menor duda de que eso es cierto leyendo novelas como Un puente sobre el Drina. Ivo Andric se sirve del puente construido por los turcos en el siglo XVI en la localidad bosnia de Visegrad para contar con suma delicadeza la agitada historia de ese hermoso y castigado territorio europeo. El puente es el testigo, el escenario, el pretexto de una narración que transcurre a lo largo de cuatro siglos y afecta a multitud de vidas. Si alguien duda de la potestad cognoscitiva de la literatura debería leer esa novela. Entendería de un modo preciso el origen de muchos odios, el porqué de tantos enfrentamientos. Y al acabar de leer tendría la sensación de haber recibido el testimonio de un superviviente, los recuerdos de un memorioso protagonista.
Andric ensambla su propia imaginación con las leyendas, las canciones populares, los acontecimientos históricos, las tradiciones orales de Bosnia... de una manera tan sutil que logra construir un espacio inolvidable de 'verdad'. Las vidas de todos los comerciantes, militares, rebeldes, mesoneras, campesinos, borrachos, maestras, sacerdotes, funcionarios, vagabundos, estudiantes... que cruzan o se dan cita en el puente son como teselas de un arcaico mosaico cuya minuciosa reconstrucción permite a los lectores una visión integral y emotiva de ese territorio fronterizo entre oriente y occidente, atravesado por una difícil mixtura cultural, lugar de confrontación entre antiguos imperios. Nuestro hoy se comprende mejor leyendo la crónica de ese ayer enrevesado y convulso.

(La fotografía de Zdravko Radosavljevic ha sido obtenida en la siguiente dirección: http://picasaweb.google.com/zdravko.radosavljevic/MokraGora#5096313809882924722)
¿Es esa la razón por la que algunos historiadores de relevancia, como es el caso de Carlo Ginzburg, recomiendan fervientemente a sus colegas que lean novelas?La respuesta de Ginzburg tiene que ver con el efecto que él denomina 'extrañamiento', esto es, la posibilidad de evitar un riesgo al que todos estamos expuestos: el de dar por descontada la realidad, el de no dudar ante lo 'evidente'. La literatura, en efecto, permite observar el mundo con ojos sorprendidos, hace que se comprendan mejor las experiencias de los comunes e invisibles protagonistas de la historia, presta atención a los ínfimos detalles y a las vidas concretas que los documentos suelen ignorar. Historia y ficción no son la misma cosa, pero historiadores y novelistas contribuyen cada cual a su modo a crear conocimiento.
No me cabe la menor duda de que eso es cierto leyendo novelas como Un puente sobre el Drina. Ivo Andric se sirve del puente construido por los turcos en el siglo XVI en la localidad bosnia de Visegrad para contar con suma delicadeza la agitada historia de ese hermoso y castigado territorio europeo. El puente es el testigo, el escenario, el pretexto de una narración que transcurre a lo largo de cuatro siglos y afecta a multitud de vidas. Si alguien duda de la potestad cognoscitiva de la literatura debería leer esa novela. Entendería de un modo preciso el origen de muchos odios, el porqué de tantos enfrentamientos. Y al acabar de leer tendría la sensación de haber recibido el testimonio de un superviviente, los recuerdos de un memorioso protagonista.
Andric ensambla su propia imaginación con las leyendas, las canciones populares, los acontecimientos históricos, las tradiciones orales de Bosnia... de una manera tan sutil que logra construir un espacio inolvidable de 'verdad'. Las vidas de todos los comerciantes, militares, rebeldes, mesoneras, campesinos, borrachos, maestras, sacerdotes, funcionarios, vagabundos, estudiantes... que cruzan o se dan cita en el puente son como teselas de un arcaico mosaico cuya minuciosa reconstrucción permite a los lectores una visión integral y emotiva de ese territorio fronterizo entre oriente y occidente, atravesado por una difícil mixtura cultural, lugar de confrontación entre antiguos imperios. Nuestro hoy se comprende mejor leyendo la crónica de ese ayer enrevesado y convulso.
(La fotografía de Zdravko Radosavljevic ha sido obtenida en la siguiente dirección: http://picasaweb.google.com/zdravko.radosavljevic/MokraGora#5096313809882924722)
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11 de octubre de 2008
El canon de Laila
"Así que busqué otro lugar y encontré una biblioteca de barrio por la zona del Museo de Arqueología. Era una biblioteca muy pequeña, sólo tenía unas mesas muy grandes de lectura y unas sillas muy viejas y muy pesadas. Estaba abierta todos los días, salvo el domingo y el lunes, aparte de los estudiantes de liceo, que venían a hacer sus deberes a la salida de clase, no había casi nadie. Durante unos meses, pude leer allí todos los libros que quise, al azar, sin ningún orden, dejándome llevar por la fantasía. Leí libros de geografía y de zoología, pero sobre todo novelas, Nana y Germinal de Zola, Madame Bovary y Tres cuentos de Flaubert, Los Miserables de Victor Hugo, Una vida de Maupassant, El extranjero y La peste de Camus, El último de los justos de Schwarz-Bart, El deber de la violencia de Yambo Uologuem, El niño de arena de Ben Jellum, Pierrot, amigo mío de Queneau, El clan Morembert de Exbrayat, La isla de las gaviotas de Bachellerie, La Billebaude de Vincenot y Moravagine de Cendrars. También leía traducciones, como La cabaña del tío Tom, El nacimiento de Jalna, Mon petit doigt m'a dit, Los santos inocentes o Primer amor de Turgueniev, que me gustaba mucho. Fuera todavía apretaba el calor, pero dentro de la biblioteca hacía fresco y estaba todo muy tranquilo, tenía la impresión de que allí nadie vendría a buscarme. En ella conocí al señor Ruchdi, que había sido profesor de francés en un liceo. Cuando me cansaba de leer y salía al jardincito polvoriento que había delante de la biblioteca, el señor Ruchdi venía a fumarse un cigarrillo y a charlar conmigo. No me preguntó nada, pero creo que le intrigaba verme leer tantos libros. Me dio algunas indicaciones, me dijo lo que debería leer primero, me habló de los grandes autores, de Voltaire, de Diderot, y también de los autores modernos como Colette y de la poesía de Rimbaud, que yo no entendía, pero que me parecía muy hermosa. El señor Ruchdi era pobre, pero elegante, con su traje marrón siempre muy bien planchado, su camisa blanca y su corbata azul oscuro. Fumaba demasiado, su bigote gris estaba amarillento por el tabaco, pero me gustaba mucho su forma de sujetar el cigarrillo, entre el dedo pulgar y el dedo índice, como si señalara algo con una regla."
Quien así habla es Laila, una joven marroquí oriunda de una aldea del sur del país. Raptada cuando tenía seis años y vendida posteriormente a una anciana sefardí, Lalla Asma, que se convierte en su 'abuela' y protectora, pasa su infancia encerrada en una casa de Rabat. Es Lalla Asma quien la instruye, le enseña a leer y escribir y contar, le habla de la religión y de la vida. La muerte de la 'abuela' la hace recalar en un fondac, donde Laila intima con las 'princesas' que allí ofician como prostitutas. Antes de emigrar clandestinamente a Francia, donde transforma su vida, Laila conoce la cárcel, la explotación, la miseria, el desprecio... Es en los días de mayor desamparo cuando Laila encuentra refugio en una pequeña biblioteca de barrio. Y donde lee los libros reseñados más arriba.
Laila es la protagonista de la novela El pez dorado de J. M. G. Le Clézio.
Lo que me llama la atención del episodio de la biblioteca que narra el autor es la lista de libros que hace leer a la protagonista. No es una lista improvisada. De la misma manera que al hablar en una entrada anterior de este blog de los libros que leyó en su infancia David Copperfield, el personaje principal de la novela del mismo nombre escrita por Charles Dickens, refería que esas lecturas revelaban el pensamiento de una época pero asimismo los gustos y las opiniones del propio autor, también ahora esa lista que Le Clézio elabora es reflejo de sus aficiones y de sus intereses. La pluralidad de libros que hace leer a Laila muestra su pensamiento acerca del significado y la influencia de la lectura. Desde novelas históricas a relatos policíacos, pasando por narraciones del éxodo judío o la humillación de campesinos españoles, el canon que ofrece Le Clézio a través de su personaje da que pensar.
Sería interesante conocer la opinión de los lectores al respecto. Admito que me gustaría saber qué libros le harían leer, cuáles serían los autores que considerarían más significativos, qué títulos de la literatura clásica incluirían en la lista, si quienes se asoman a este blog se vieran en el trance de describir a un personaje como Laila en una novela propia.
Quien así habla es Laila, una joven marroquí oriunda de una aldea del sur del país. Raptada cuando tenía seis años y vendida posteriormente a una anciana sefardí, Lalla Asma, que se convierte en su 'abuela' y protectora, pasa su infancia encerrada en una casa de Rabat. Es Lalla Asma quien la instruye, le enseña a leer y escribir y contar, le habla de la religión y de la vida. La muerte de la 'abuela' la hace recalar en un fondac, donde Laila intima con las 'princesas' que allí ofician como prostitutas. Antes de emigrar clandestinamente a Francia, donde transforma su vida, Laila conoce la cárcel, la explotación, la miseria, el desprecio... Es en los días de mayor desamparo cuando Laila encuentra refugio en una pequeña biblioteca de barrio. Y donde lee los libros reseñados más arriba.
Laila es la protagonista de la novela El pez dorado de J. M. G. Le Clézio.
Lo que me llama la atención del episodio de la biblioteca que narra el autor es la lista de libros que hace leer a la protagonista. No es una lista improvisada. De la misma manera que al hablar en una entrada anterior de este blog de los libros que leyó en su infancia David Copperfield, el personaje principal de la novela del mismo nombre escrita por Charles Dickens, refería que esas lecturas revelaban el pensamiento de una época pero asimismo los gustos y las opiniones del propio autor, también ahora esa lista que Le Clézio elabora es reflejo de sus aficiones y de sus intereses. La pluralidad de libros que hace leer a Laila muestra su pensamiento acerca del significado y la influencia de la lectura. Desde novelas históricas a relatos policíacos, pasando por narraciones del éxodo judío o la humillación de campesinos españoles, el canon que ofrece Le Clézio a través de su personaje da que pensar.
Sería interesante conocer la opinión de los lectores al respecto. Admito que me gustaría saber qué libros le harían leer, cuáles serían los autores que considerarían más significativos, qué títulos de la literatura clásica incluirían en la lista, si quienes se asoman a este blog se vieran en el trance de describir a un personaje como Laila en una novela propia.
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J. M. G. LE CLÉZIO,
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9 de octubre de 2008
Poesía y lectura V
Si oteo mi pasado sólo avisto
recuerdos agradables de películas
y libros. La ficción y personajes
asumidos por mí como algo propio.
Y sueños inventados que sembraba
para segar amor, gloria y dinero.
Cual si mi vida real hubiera sido
la vida no vivida por mi cuenta.
Cuando he debido hacerlo por mí mismo
todo ha salido mal. Y aún mal me sale.
José María Fonollosa, Destrucción de la mañana
Ocurre que la vida puede ser tan aciaga, tan malograda, tan incongruente a veces, que sólo en las ficciones se encuentran el orden y el sentido necesarios. Ocurre que la experiencia humana puede ser tan dolorosa e ininteligible que las afinidades únicamente se encuentran en las experiencias simuladas de la literatura y el cine. Ocurre que los anhelos pueden resultar tan estériles que sólo en las fantasías se encuentran la serenidad y la justificación. ¿Pero quién se atreve a reprobar la desesperanza? ¿Quién queda a salvo de los alivios de la ficción? ¿Quién, habiendo conocido la desdicha, puede censurar a otros su refugio en las vidas noveladas? Erraríamos si sólo viésemos en los versos de Fonollosa las premoniciones de un poeta suicida. Pienso que él habla en nombre de todos y se dirige a todos los que de un modo continuado o fugaz han sentido la sombra de la derrota. Y porque conocía bien sus fracasos reales se reconocía en la coherencia de los personajes ficticios. Leer, como ver películas, puede ser por ello una manera consoladora y cierta de vivir.
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POESÍA
6 de octubre de 2008
Las lecturas de un zoquete
¿Qué hace que un zoquete, en el sentido más categórico del término, acabe convertido en un cualificado profesor y en un novelista de éxito?
A responder a esa pregunta está básicamente destinado el libro Mal de escuela de Daniel Pennac. Y no es un relato de ficción, sino unas memorias convertidas en un ensayo sobre el aprendizaje, pues el zoquete en cuestión es el propio Pennac. El libro, recomendable por muchas razones, lo es sobre todo porque demuestra que aun el más obtuso y reacio de los alumnos puede salir de su marasmo y "llegar a ser algo" (debo advertir a quien no haya leído el libro que esa expresión, al igual que la palabra "zoquete", está transcrita literalmente). Escrito con la descarnadura y la modestia de quien se sabe triunfante pero estuvo a punto de ser un fracasado, el relato es una descripción minuciosa y compasiva de los hitos de su redención. Me gustaría detenerme en el primero de ellos. Cuenta el autor:
"Por aquel entonces, yo ignoraba que la lectura iba a salvarme.
En aquella época, leer no era la absurda proeza que es hoy. Considerada como una pérdida de tiempo, con fama de perjudicial para el trabajo escolar, la lectura de novelas nos estaba prohibida durante las horas de estudio. De ahí mi vocación de lector clandestino: novelas forradas como libros de clase, ocultas en todas partes donde era posible, lecturas nocturnas con una linterna, dispensas de gimnasia, todo servía para quedarme a solas con un libro. Fue el internado lo que despertó en mí esa afición. Necesitaba un mundo propio, y fue el de los libros. En mi familia, yo había visto, sobre todo, leer a los demás: mi padre fumando su pipa en el sillón, bajo el cono de luz de una lámpara, pasando distraídamente el anular por la impecable raya de sus cabellos y con un libro abierto sobre las piernas cruzadas; Bernard, en nuestra habitación, recostado, con las rodillas dobladas y la mano derecha sosteniendo la cabeza... Había bienestar en aquellas actitudes. En el fondo, fue la fisiología del lector lo que me impulsó a leer. Tal vez al comienzo solo leí para reproducir aquellas posturas y explorar otras. Leyendo me instalé físicamente en una felicidad que aún perdura".
Sigue luego una enumeración de aquellas lecturas inaugurales, absolutamente plurales, absolutamente libres. Por sus manos pasaron Andersen, Dumas, Lagerlöf, Tolstoi, Dickens, Emily Brontë, Stevenson, London... Y también muchos tebeos. Y fue esa diversidad lo que fue asentando el gusto y el deseo. Pero aún hubo un factor más determinante, más elemental, en aquella afición:
"La primera cualidad de las novelas que llevaba al colegio era que no estaban en el programa. Nadie me preguntaba. Ninguna mirada leía aquellas líneas por encima de mi hombro. Mis autores y yo permanecíamos solos. Al leerlos yo ignoraba que estaba cultivándome, que aquellos libros despertaban en mí un apetito que iba a sobrevivir incluso a su olvido. Esas lecturas de juventud concluyeron en cuatro puertas abiertas a los signos del mundo, cuatro libros de lo más diferentes pero que tejieron en mí, por razones que en parte me siguen resultando misteriosas, estrechos vínculos de parentesco: Las amistades peligrosas de Laclos, A contrapelo de Huysmans, Mitologías de Barthes, y Las cosas de Perec".
A su salvación contribuyeron no sólo las lecturas, sino cuatro profesores concretos -uno de francés, uno de matemáticas, una de historia y uno de filosofía- que lograron lo que nadie hasta ese momento: provocar una metamorfosis liberadora. En el caso que nos ocupa, aquel profesor de francés que tuvo Pennac a los catorce años inició el cambio de un modo tan sencillo como atrevido. Se dio cuenta de la capacidad fabuladora de aquel alumno zoquete y la utilizó a su favor: lo exoneró de las tareas escolares a cambio de que le entregara semanalmente un capítulo de una novela que había de redactar a lo largo del trimestre. La única condición impuesta es que debía entregarla sin faltas de ortografía.
"No creo haber hecho progresos sustanciales en nada aquel año, pero por primera vez en toda mi escolaridad un profesor me concedía un estatuto; existía escolarmente para alguien, como un individuo que tenía una línea que seguir y que la podía aguantar duraderamente. Enorme agradecimiento hacia mi benefactor, claro está, y aunque fuese bastante distante, el viejo caballero se convirtió en el confidente de mis lecturas secretas".
Así comenzó todo. Y por si aún quedan escépticos que enarcan las cejas cuando hablamos de la redención de la lectura, el ejemplo de Pennac viene a testimoniar que esa ambición no es una quimera, no es palabrería de literatos. Leer consuela y alienta y transforma, a cambio de que no hagamos de ese acto una amenaza, una carga o una rutina desangelada y recluida.
A responder a esa pregunta está básicamente destinado el libro Mal de escuela de Daniel Pennac. Y no es un relato de ficción, sino unas memorias convertidas en un ensayo sobre el aprendizaje, pues el zoquete en cuestión es el propio Pennac. El libro, recomendable por muchas razones, lo es sobre todo porque demuestra que aun el más obtuso y reacio de los alumnos puede salir de su marasmo y "llegar a ser algo" (debo advertir a quien no haya leído el libro que esa expresión, al igual que la palabra "zoquete", está transcrita literalmente). Escrito con la descarnadura y la modestia de quien se sabe triunfante pero estuvo a punto de ser un fracasado, el relato es una descripción minuciosa y compasiva de los hitos de su redención. Me gustaría detenerme en el primero de ellos. Cuenta el autor:
"Por aquel entonces, yo ignoraba que la lectura iba a salvarme.
En aquella época, leer no era la absurda proeza que es hoy. Considerada como una pérdida de tiempo, con fama de perjudicial para el trabajo escolar, la lectura de novelas nos estaba prohibida durante las horas de estudio. De ahí mi vocación de lector clandestino: novelas forradas como libros de clase, ocultas en todas partes donde era posible, lecturas nocturnas con una linterna, dispensas de gimnasia, todo servía para quedarme a solas con un libro. Fue el internado lo que despertó en mí esa afición. Necesitaba un mundo propio, y fue el de los libros. En mi familia, yo había visto, sobre todo, leer a los demás: mi padre fumando su pipa en el sillón, bajo el cono de luz de una lámpara, pasando distraídamente el anular por la impecable raya de sus cabellos y con un libro abierto sobre las piernas cruzadas; Bernard, en nuestra habitación, recostado, con las rodillas dobladas y la mano derecha sosteniendo la cabeza... Había bienestar en aquellas actitudes. En el fondo, fue la fisiología del lector lo que me impulsó a leer. Tal vez al comienzo solo leí para reproducir aquellas posturas y explorar otras. Leyendo me instalé físicamente en una felicidad que aún perdura".
Sigue luego una enumeración de aquellas lecturas inaugurales, absolutamente plurales, absolutamente libres. Por sus manos pasaron Andersen, Dumas, Lagerlöf, Tolstoi, Dickens, Emily Brontë, Stevenson, London... Y también muchos tebeos. Y fue esa diversidad lo que fue asentando el gusto y el deseo. Pero aún hubo un factor más determinante, más elemental, en aquella afición:
"La primera cualidad de las novelas que llevaba al colegio era que no estaban en el programa. Nadie me preguntaba. Ninguna mirada leía aquellas líneas por encima de mi hombro. Mis autores y yo permanecíamos solos. Al leerlos yo ignoraba que estaba cultivándome, que aquellos libros despertaban en mí un apetito que iba a sobrevivir incluso a su olvido. Esas lecturas de juventud concluyeron en cuatro puertas abiertas a los signos del mundo, cuatro libros de lo más diferentes pero que tejieron en mí, por razones que en parte me siguen resultando misteriosas, estrechos vínculos de parentesco: Las amistades peligrosas de Laclos, A contrapelo de Huysmans, Mitologías de Barthes, y Las cosas de Perec".
A su salvación contribuyeron no sólo las lecturas, sino cuatro profesores concretos -uno de francés, uno de matemáticas, una de historia y uno de filosofía- que lograron lo que nadie hasta ese momento: provocar una metamorfosis liberadora. En el caso que nos ocupa, aquel profesor de francés que tuvo Pennac a los catorce años inició el cambio de un modo tan sencillo como atrevido. Se dio cuenta de la capacidad fabuladora de aquel alumno zoquete y la utilizó a su favor: lo exoneró de las tareas escolares a cambio de que le entregara semanalmente un capítulo de una novela que había de redactar a lo largo del trimestre. La única condición impuesta es que debía entregarla sin faltas de ortografía.
"No creo haber hecho progresos sustanciales en nada aquel año, pero por primera vez en toda mi escolaridad un profesor me concedía un estatuto; existía escolarmente para alguien, como un individuo que tenía una línea que seguir y que la podía aguantar duraderamente. Enorme agradecimiento hacia mi benefactor, claro está, y aunque fuese bastante distante, el viejo caballero se convirtió en el confidente de mis lecturas secretas".
Así comenzó todo. Y por si aún quedan escépticos que enarcan las cejas cuando hablamos de la redención de la lectura, el ejemplo de Pennac viene a testimoniar que esa ambición no es una quimera, no es palabrería de literatos. Leer consuela y alienta y transforma, a cambio de que no hagamos de ese acto una amenaza, una carga o una rutina desangelada y recluida.
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3 de octubre de 2008
Los caminos de Elisa I
Ésta es Elisa.
Elisa tiene 6 años y un hermano, Peter. Ambos tienen un gato al que han llamado Silma.Hace unos meses, a propósito de una reflexión sobre los comienzos de la escritura en los niños, adjunté un texto de Elisa para ejemplificar ese proceso. Cuando escribió su hermoso cuento, Elisa tenía tres años y medio. Su determinación era manifiesta.
Desde entonces su aprendizaje continuó. Fue dibujando, dibujando, dibujando...
... y alcanzando todas las etapas que los niños recorren hasta aprender a leer y escribir: las escrituras continuas y onduladas, el lento aislamiento de las grafías del alfabeto a partir sobre todo de las letras de su nombre, la diferenciación entre letras y números...
Su nombre, que es la primera palabra que los niños suelen aprender a escribir, ha estado omnipresente en estos años.

Hace un año, y de modo espontáneo, realizó a lo largo de una tarde una tarea titánica. Comenzó a copiar concentrada y minuciosamente el cuento que en ese momento le estaban leyendo en la escuela, El dragón Danilo. Lo más portentoso es que el texto del cuento estaba escrito con letra minúscula y Elisa lo copió con letra mayúscula, demostrando así, de modo oblicuo, que a su modo y en silencio había logrado dominar las correspondencias entre letras minúsculas y mayúsculas. No dejo de asombrarme.
En el mes de julio de este año le hizo un regalo a su padre. Comenzaba a ensayar las minúsculas.
Luego, el verano, con su sensitiva sucesión de juegos y revelaciones, aminoró sus conocimientos. Dejó de practicar y olvidó un poco lo que había aprendido.Hace unas semanas comenzó la educación primaria en el colegio público del pueblo donde reside. Está feliz. Aún habla de la escuela como un lugar de diversión y conocimiento. Muestra lo que hace diariamente con un sentimiento de orgullo y afirmación personal. Ya juzga sus antiguos trabajos como el vestigio de un tiempo casi ajeno: "Eso lo hice cuando era pequeña". Ahora está en la fase de dominar la correspondencia entre fonemas y grafemas y ha comenzado a reparar en la ortografía. Lee con soltura algunas palabras y se enfada si los adultos muestran impaciencia o le corrigen algún error. Tiene conciencia de que sabe hacer las cosas bien y no le gusta que los demás no la entiendan.
He pensado que sería interesante mostrar la aventura cognoscitiva de Elisa en este primer año de entrada en la enseñanza primaria. Lo hago, no obstante, con la sensación de estar invadiendo un espacio íntimo, vulnerable. Pero al mismo tiempo sé que mostrar ese acontecimiento es un acto de celebración, de elogio a todos los niños que con más o menos esfuerzo alcanzan el dominio de la escritura. Al mismo tiempo es una alabanza de la labor de sus maestras y sus maestros. Siento una gran admiración por la inteligencia y la confianza de los niños. Si se hacen las cosas bien esa conquista los colma de felicidad. Cuando consulté a Elisa la posibilidad de dar cuenta periódica de sus trabajos se mostró conforme. Cuando le apetezca se asomará a este blog y sus padres le leerán lo que voy escribiendo.
Ése es mi propósito: ir dando noticias de los progresos de Elisa. Sé que la culminación de ese aprendizaje es uno de los momentos capitales en la vida de los niños, y lo será por supuesto en la de Elisa, y quiero ofrecer la oportunidad de asistir a ese prodigio con los ojos abiertos, emocionados, admirativos.
29 de septiembre de 2008
Los pijamas de la historia
La entrada del cine estaba abarrotada de chicos y chicas, muy jóvenes, muy impacientes, muy habladores. Sus edades oscilaban entre los diez y los quince años. También había espectadores mayores, algunos podían ser incluso sus abuelos, pero esa tarde prevalecían los niños y los adolescentes. La mayoría iba en grupo, pero algunos otros iban con sus madres o sus hermanas mayores (ese día únicamente vi a mujeres acompañantes). El rumor a la entrada de las salas presagiaba un gran acontecimiento. Para ellos, desde luego, lo era. Pocas veces he visto un fenómeno semejante. Tal vez en los estrenos de las sagas de Harry Potter, Star Wars, El Señor de los Anillos, Las Crónicas de Narnia... Pero en esta ocasión había en el público algo insólito, chocante, pues la película para la cual guardaba cola no ocurría en barcos piratas o en galaxias lejanas, sino en el entorno de un campo de concentración nazi, y no la protagonizaban jóvenes magos o hobbits amenazados, sino dos niños alemanes de ocho años, uno de ellos judío. Sí, el ambiente multitudinario y fragoroso que describo tenía lugar en las puertas de uno de los multicines que proyectaba la película El niño con el pijama de rayas.
Mi asombro iba parejo a mi alegría. Si aquellos muchachos habían decidido concurrir masivamente al estreno de esa película quería decir que algo afortunado había ocurrido previamente y que ese suceso merecía alabanza. Para empezar, la mayoría de los presentes había leído la novela. Ese hecho, en sí mismo, merece celebración. Sólo en mi ciudad se han vendido más de veinte mil ejemplares. Millares de libros que han pasado a su vez por muchas manos, dentro y fuera de las familias, lo que multiplica extraordinariamente las lecturas. Y sé igualmente que en muchas bibliotecas escolares y públicas hay listas de espera para conseguir alguno de los libros disponibles. Nadie, salvo los puritanos y los aristócratas de la literatura, que haberlos haylos, podrá objetar nada a ese hecho. Es algo inaudito, encomiable.
Y quizá convenga ahora advertir que no estoy juzgando la calidad de la novela, llena de defectos leída con mis ojos, ni los factores triviales propios de los fenómenos de masas, sino el simple y admirable hecho de que lectores de muy diversas edades se hayan apropiado de la historia de Bruno y Shmuel y la hayan irradiado en su entorno. Esa actitud me hace pensar que ciertos relatos poseen imágenes tan poderosas, tan simbólicas, tan imborrables, que de inmediato se siente la necesidad de compartirlas. La novela de John Boyne, por supuesto, las tiene. Y es oportuno comentar asimismo que el guionista y director de la película, Mark Herman, ha pulido las debilidades narrativas del autor y a la vez ha resaltado a otros personajes, la madre de Bruno, por ejemplo, lo que ha hecho más verosímil la historia, a lo que también ha contribuido la actuación portentosa de Asa Butterfield y Jack Scanlon.
Los jóvenes lectores que este fin de semana han abarrotado los cines han encontrado en el relato de una amistad imprevisible un motivo de descubrimiento y conversación. Contrariamente a lo que afirman los detractores de la literatura y los desdeñosos del cine, son las ficciones las que han aportado a la mayoría de los ciudadanos, jóvenes incluidos, el conocimiento fundamental de la historia del siglo XX. Lo que conocen de la Guerra Civil española, de las dos guerras mundiales, del holocausto judío, de las dictaduras latinoamericanas... lo han sabido gracias a las novelas y a las películas. Su memoria ha sido construida con relatos literarios. No han leído ensayos ni documentos ni tesis, sino que han abierto libros de cuentos y han ido a los cines. Y eso, a pesar de los temores hacia una banalización de la memoria histórica, es una fortuna. Para la mayoría de la gente, el arte sigue siendo la fuente primordial de información. Por eso me satisface que, más allá de las cualidades literarias o cinematográficas de la historia, tantos jóvenes hagan suya la historia de El niño con el pijama de rayas, que la incorporen a su imaginario, que la consideren parte de su memoria adolescente. Puede que para miles de ellos sea la imagen de la alambrada separando a dos niños de la misma edad jugando a las damas o el trasiego final del "pijama" el principio de una conciencia del horror y la barbarie.
Los adultos harían bien en no alarmarse ni lamentar la vulgaridad de esas aglomeraciones. Ahora es su turno, ahora tienen la oportunidad de asentar ideas, aclarar dudas, explicar contextos, dar sentido al pasado, hablar de la vida.
Mi asombro iba parejo a mi alegría. Si aquellos muchachos habían decidido concurrir masivamente al estreno de esa película quería decir que algo afortunado había ocurrido previamente y que ese suceso merecía alabanza. Para empezar, la mayoría de los presentes había leído la novela. Ese hecho, en sí mismo, merece celebración. Sólo en mi ciudad se han vendido más de veinte mil ejemplares. Millares de libros que han pasado a su vez por muchas manos, dentro y fuera de las familias, lo que multiplica extraordinariamente las lecturas. Y sé igualmente que en muchas bibliotecas escolares y públicas hay listas de espera para conseguir alguno de los libros disponibles. Nadie, salvo los puritanos y los aristócratas de la literatura, que haberlos haylos, podrá objetar nada a ese hecho. Es algo inaudito, encomiable.
Y quizá convenga ahora advertir que no estoy juzgando la calidad de la novela, llena de defectos leída con mis ojos, ni los factores triviales propios de los fenómenos de masas, sino el simple y admirable hecho de que lectores de muy diversas edades se hayan apropiado de la historia de Bruno y Shmuel y la hayan irradiado en su entorno. Esa actitud me hace pensar que ciertos relatos poseen imágenes tan poderosas, tan simbólicas, tan imborrables, que de inmediato se siente la necesidad de compartirlas. La novela de John Boyne, por supuesto, las tiene. Y es oportuno comentar asimismo que el guionista y director de la película, Mark Herman, ha pulido las debilidades narrativas del autor y a la vez ha resaltado a otros personajes, la madre de Bruno, por ejemplo, lo que ha hecho más verosímil la historia, a lo que también ha contribuido la actuación portentosa de Asa Butterfield y Jack Scanlon.
Los jóvenes lectores que este fin de semana han abarrotado los cines han encontrado en el relato de una amistad imprevisible un motivo de descubrimiento y conversación. Contrariamente a lo que afirman los detractores de la literatura y los desdeñosos del cine, son las ficciones las que han aportado a la mayoría de los ciudadanos, jóvenes incluidos, el conocimiento fundamental de la historia del siglo XX. Lo que conocen de la Guerra Civil española, de las dos guerras mundiales, del holocausto judío, de las dictaduras latinoamericanas... lo han sabido gracias a las novelas y a las películas. Su memoria ha sido construida con relatos literarios. No han leído ensayos ni documentos ni tesis, sino que han abierto libros de cuentos y han ido a los cines. Y eso, a pesar de los temores hacia una banalización de la memoria histórica, es una fortuna. Para la mayoría de la gente, el arte sigue siendo la fuente primordial de información. Por eso me satisface que, más allá de las cualidades literarias o cinematográficas de la historia, tantos jóvenes hagan suya la historia de El niño con el pijama de rayas, que la incorporen a su imaginario, que la consideren parte de su memoria adolescente. Puede que para miles de ellos sea la imagen de la alambrada separando a dos niños de la misma edad jugando a las damas o el trasiego final del "pijama" el principio de una conciencia del horror y la barbarie.
Los adultos harían bien en no alarmarse ni lamentar la vulgaridad de esas aglomeraciones. Ahora es su turno, ahora tienen la oportunidad de asentar ideas, aclarar dudas, explicar contextos, dar sentido al pasado, hablar de la vida.
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EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS,
JOHN BOYNE,
MARK HERMAN
27 de septiembre de 2008
Páginas y lágrimas
Mientras preparaba materiales y ordenaba anotaciones ante el inminente inicio del curso académico, me he reencontrado con los textos que tengo escogidos para los alumnos acerca del papel de las emociones en la comprensión del mundo y los seres humanos, en la apreciación asimismo de la literatura. Y mientras los revisaba me ha dado por divagar acerca de mi propia historia como lector y mis reacciones sentimentales ante determinados libros. Sin saber muy bien por qué, tal vez por el lacerante modo en que me afectaron, me han venido a la mente, en primer lugar, tres libros que me hicieron llorar. Y no en grado de tentativa, sino de modo cierto e incontenible. Las lágrimas, en esos casos, no fueron un amago o una predicción, sino una salobre realidad. Supongo que otros libros habrán provocado antes un efecto similar, pero no los recuerdo con la nitidez de los tres que hoy rememoro.
Uno de ellos fue Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes. Levemente enmascarada con las vicisitudes de un pintor en crisis que se ve confrontado a la enfermedad y la muerte de su esposa, la historia cuenta en verdad la aflicción del autor ante la muerte de Ángeles, su propia esposa, a la que tributa con la escritura el mejor homenaje que un hombre abatido puede ofrecer a la mujer que ha compartido su vida: narrar sin pudores ni estridencias, pero con una intensidad descarnada, el inmenso amor que le profesaba. La literatura actuaba en ese caso como un exorcismo, como una liberación emocional de Miguel Delibes, pero para los lectores suponía un encuentro repentino con el puro dolor, con la descripción de un estado de ánimo que, transferido imaginativamente a la propia vida, resultaba abrumador y desconcertante. Llorar era tan inevitable como consolador.
Algo semejante me ocurrió con los relatos de Elie Wiesel La noche, el alba, el día. En esa ocasión el escenario era totalmente diferente, así como el modo de narrar. Cuando leí el libro de Wiesel ya estaba acostumbrado a los libros cuyo tema directo o indirecto era los campos de concentración nazis. Pero por alguna razón que no siempre es fácil de reconocer, ese libro, y sobre todo la primera de las historias, La noche, me conmovió de un modo imprevisto. No me atrevo a afirmar que la descripción que Wiesel hace de las vicisitudes de los judíos en los campos de exterminio sea más veraz o esté narrada de modo más patético que las de otros supervivientes, pero lo cierto es que cuando lo leí no pude evitar el llanto. La conmoción emocional no siempre depende del texto literario, sino del ánimo del propio lector. No cabe duda de que en aquellos días yo estaba predispuesto al estremecimiento. No sé qué ocurriría si lo releyera ahora.
Y más recientemente volvió a ocurrir con otro libro, bien distinto a los anteriores. Se trata de El libro triste, escrito por Michael Rosen e ilustrado por Quentin Blake. En este caso se trata de un álbum ilustrado, publicado por una editorial, Serres, dedicada a los libros infantiles y destinado, por lo tanto, a ser leído por niños y jóvenes. No son pocos los que, de conocerlo, evitarían entregárselo a sus hijos o a sus alumnos, pero de esos temores no es el momento de hablar. Lo que deseo manifestar es que la narración con la que el autor quiso dar cuenta de su profunda desolación por la muerte de su hijo, y las imágenes que con tanta delicadeza le agrega Blake, tienen pocas equivalencias en la literatura que suele denominarse de adultos. La minuciosidad con la que Rosen narra lo que estaba padeciendo y las estériles tentativas de consolarse me parecen inconmensurables. En esta ocasión, la proximidad de un drama similar, explican las lágrimas.
Me doy cuenta de que sobre los tres libros gravita la muerte. No recuerdo haber llorado con los dramas amorosos o los infortunios sociales de otros personajes de ficción. Es posible que, como lector, sea más vulnerable a las representaciones de la ausencia, del dolor por la pérdida de los seres amados.
Uno de ellos fue Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes. Levemente enmascarada con las vicisitudes de un pintor en crisis que se ve confrontado a la enfermedad y la muerte de su esposa, la historia cuenta en verdad la aflicción del autor ante la muerte de Ángeles, su propia esposa, a la que tributa con la escritura el mejor homenaje que un hombre abatido puede ofrecer a la mujer que ha compartido su vida: narrar sin pudores ni estridencias, pero con una intensidad descarnada, el inmenso amor que le profesaba. La literatura actuaba en ese caso como un exorcismo, como una liberación emocional de Miguel Delibes, pero para los lectores suponía un encuentro repentino con el puro dolor, con la descripción de un estado de ánimo que, transferido imaginativamente a la propia vida, resultaba abrumador y desconcertante. Llorar era tan inevitable como consolador.
Algo semejante me ocurrió con los relatos de Elie Wiesel La noche, el alba, el día. En esa ocasión el escenario era totalmente diferente, así como el modo de narrar. Cuando leí el libro de Wiesel ya estaba acostumbrado a los libros cuyo tema directo o indirecto era los campos de concentración nazis. Pero por alguna razón que no siempre es fácil de reconocer, ese libro, y sobre todo la primera de las historias, La noche, me conmovió de un modo imprevisto. No me atrevo a afirmar que la descripción que Wiesel hace de las vicisitudes de los judíos en los campos de exterminio sea más veraz o esté narrada de modo más patético que las de otros supervivientes, pero lo cierto es que cuando lo leí no pude evitar el llanto. La conmoción emocional no siempre depende del texto literario, sino del ánimo del propio lector. No cabe duda de que en aquellos días yo estaba predispuesto al estremecimiento. No sé qué ocurriría si lo releyera ahora.
Me doy cuenta de que sobre los tres libros gravita la muerte. No recuerdo haber llorado con los dramas amorosos o los infortunios sociales de otros personajes de ficción. Es posible que, como lector, sea más vulnerable a las representaciones de la ausencia, del dolor por la pérdida de los seres amados.
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24 de septiembre de 2008
Cortázar y una lectora
Puntual, como las garzas y los ánsares del otoño, me llega el anuncio del comienzo del Taller de Lectura de las obras de Julio Cortázar, que tiene lugar en el Centro de Arte Moderno de Madrid, calle Galileo, 52, y que lleva a cabo, como cada año, Mariángeles Fernández.
Si la palabra devoción puede tener sentido aplicada a un lector, no dudo en adjudicársela a Mariángeles Fernández y su amor por el autor de relatos tan irreemplazables como Las armas secretas, El perseguidor o Todos los fuegos el fuego. No digo que sea el exclusivo ni acaso el principal objeto de sus lecturas, máxime en alguien que tiene la edición como oficio, pero no creo equivocarme si afirmo que, en su panteón de escritores, Julio Cortázar ocupa un lugar eminente, indemne. Conozco pocos lectores tan leales, tan agudos, tan entusiastas como ella con respecto a un autor. En Mariángeles se da además una cualidad que ensalza su celebración: es, por encima de todo, una lectora. Lee y relee a Cortázar, pero no lo hace por exigencias de la profesión, sino por exigencias de la pasión. Está convencida de que el mundo entero está condensado en los cuentos y poemas del autor argentino y querría que todos lo entendieran así. Lo que hace anualmente es dar cuenta pública de sus lecturas, mostrar y mostrarse como lectora. ¿Hay mejor modo de homenajear a quien uno admira? ¿Puede haber un más claro testimonio del gozo de leer? ¿No debería suceder siempre así en las aulas o en la prensa o en las bibliotecas?
Y pues hablamos de Cortázar me gustaría evocar unas declaraciones acerca del sentido de su trabajo:
"Yo creo que desde muy pequeño, mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra 'madre' era la palabra 'madre' y ahí se acababa todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.
En suma: desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas".
Si la palabra devoción puede tener sentido aplicada a un lector, no dudo en adjudicársela a Mariángeles Fernández y su amor por el autor de relatos tan irreemplazables como Las armas secretas, El perseguidor o Todos los fuegos el fuego. No digo que sea el exclusivo ni acaso el principal objeto de sus lecturas, máxime en alguien que tiene la edición como oficio, pero no creo equivocarme si afirmo que, en su panteón de escritores, Julio Cortázar ocupa un lugar eminente, indemne. Conozco pocos lectores tan leales, tan agudos, tan entusiastas como ella con respecto a un autor. En Mariángeles se da además una cualidad que ensalza su celebración: es, por encima de todo, una lectora. Lee y relee a Cortázar, pero no lo hace por exigencias de la profesión, sino por exigencias de la pasión. Está convencida de que el mundo entero está condensado en los cuentos y poemas del autor argentino y querría que todos lo entendieran así. Lo que hace anualmente es dar cuenta pública de sus lecturas, mostrar y mostrarse como lectora. ¿Hay mejor modo de homenajear a quien uno admira? ¿Puede haber un más claro testimonio del gozo de leer? ¿No debería suceder siempre así en las aulas o en la prensa o en las bibliotecas?
Y pues hablamos de Cortázar me gustaría evocar unas declaraciones acerca del sentido de su trabajo:
"Yo creo que desde muy pequeño, mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra 'madre' era la palabra 'madre' y ahí se acababa todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.
En suma: desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas".
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21 de septiembre de 2008
Alguien nos habla
Desde hace poco más de tres lustros, soy testigo leal de un rito de amistad que se repite tres veces al año. Participo de lleno en él, pero siempre he tenido la impresión de que en realidad soy un invitado, mimado y bienvenido, por supuesto, lo que no evita que piense que lo que ocurre trimestralmente ante mis ojos se originó al margen de mí, sin que yo lo ocasionara o lo previera. En primavera, otoño e invierno, cuatro mujeres se reúnen en tres ciudades distintas para conversar, recordar, lamentarse, reír, comer, beber, consolarse..., pero sobre todo para celebrar que su amistad sigue incólume. En esas reuniones, de las que soy testigo privilegiado, Ana, Andrea, Lola y Trini, profesoras respectivamente de Griego, Lengua y Literatura, Latín y Matemáticas, rememoran indefectiblemente el lejano momento en que se conocieron en un instituto de enseñanza secundaria de la provincia de Málaga y cómo los destinos vitales las fueron luego dispersando aunque nunca separando. Urdir unas horas de felicidad sigue siendo el objetivo primordial del encuentro, pero nada que sea necesario hablar, por incómodo o pesaroso que sea, queda al margen de las conversaciones.
En las sobremesas siempre hay un intercambio de regalos -pendientes, bombones, libros, vinos, cuadernos, discos, mermeladas...- que siempre se dan y se reciben con una algarabía nada fingida. Esos regalos también me alcanzan. Ayer, en el encuentro de otoño, me obsequiaron el libro Tumbas de poetas y pensadores, escrito por Cees Nooteboom y colmado de bellas fotografías de Simone Sassen. Es un libro cautivador. Concebido como un tributo del escritor holandés a los autores que admira, la evocación está hecha junto a sus tumbas, a las que afirma que se acerca para estar cerca de las palabras que ya se han dicho, para dar cuenta de que aunque quien las escribió ya está muerto, sus palabras siguen viviendo. Le parece que decirlas en voz alta junto a sus tumbas es un modo de escucharlas en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.
En ese libro acabo de leer lo siguiente:
"He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe o existe sólo de manera ocasional. Sólo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no sólo escribirla, sino también leerla. No es algo que uno se proponga; esto se deduce fácilmente. A la mayoría de las personas les hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que se comporta de un modo distinto del habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Éste es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla".
Me reconozco en esas palabras y pienso que quizá la amistad no sea en el fondo algo muy distinto a la poesía: la emoción de saber que, a pesar de la distancia o la ausencia, siempre hay alguien dispuesto a hablarnos.
En las sobremesas siempre hay un intercambio de regalos -pendientes, bombones, libros, vinos, cuadernos, discos, mermeladas...- que siempre se dan y se reciben con una algarabía nada fingida. Esos regalos también me alcanzan. Ayer, en el encuentro de otoño, me obsequiaron el libro Tumbas de poetas y pensadores, escrito por Cees Nooteboom y colmado de bellas fotografías de Simone Sassen. Es un libro cautivador. Concebido como un tributo del escritor holandés a los autores que admira, la evocación está hecha junto a sus tumbas, a las que afirma que se acerca para estar cerca de las palabras que ya se han dicho, para dar cuenta de que aunque quien las escribió ya está muerto, sus palabras siguen viviendo. Le parece que decirlas en voz alta junto a sus tumbas es un modo de escucharlas en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.
"He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe o existe sólo de manera ocasional. Sólo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no sólo escribirla, sino también leerla. No es algo que uno se proponga; esto se deduce fácilmente. A la mayoría de las personas les hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que se comporta de un modo distinto del habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Éste es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla".
Me reconozco en esas palabras y pienso que quizá la amistad no sea en el fondo algo muy distinto a la poesía: la emoción de saber que, a pesar de la distancia o la ausencia, siempre hay alguien dispuesto a hablarnos.
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19 de septiembre de 2008
Gente que lee IV
Mempo Giardinelli, Volver a leer
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MEMPO GIARDINELLI
17 de septiembre de 2008
Lectura y fascismo
Una vez más, las pintadas que leo en los muros y setos de la Universidad de Granada me hacen pensar. Los autores de la inscripción arriba reproducida (o mejor dicho, de la primera parte de esa inscripción) manifiestan una certidumbre en la potestad de la lectura que no comparto del todo. Comparto, eso sí, una cierta confianza en la virtud ilustrativa y civilizadora de las palabras, pero me resulta del todo imposible corroborar la afirmación que los autores hacen en su pintada (lo que me hace dudar de ese sueño es la advertencia que la continúa, que no sólo invalida lo anterior, sino que demuestra poca confianza en sus propias ideas: es justamente la lectura lo que debería hacer innecesarios los palos o hacerlos reprobables). Participaría plenamente de las intenciones de los autores si hubieran escrito, por ejemplo, "el fascismo puede prevenirse, y no es seguro del todo, leyendo". Pero, claro está, las pintadas no son ensayos filosóficos, no admiten matices ni oraciones subordinadas. Por su propia naturaleza deben ser escuetas y rotundas, indudables. Las inseguridades se manifiestan en los libros y las revistas, pero no en las paredes. Por eso me resulta difícil adherirme sin reservas a esa declaración. Querría creerla, y de hecho esa esperanza me sigue alentando, pero lo cierto es que no hay una correspondencia exacta entre la lectura y la erradicación del mal. Prevenir, quizá; curar, improbable. Y no es necesario recurrir al usual ejemplo de los jerarcas nazis, gran parte de los cuales, es cierto, eran personas sensitivas e instruidas, amantes de las artes y la música, lectores exquisitos (uno de los personajes literarios más logrados en ese sentido es Maximilien Aue, el protagonista de Las benévolas, la abrumadora novela de Jonathan Littell), lo que no les impidió actuar como metódicos y despiadados verdugos. Lamentablemente, los ejemplos han sido demasiados abundantes en el siglo XX y han afectado a todo tipo de ideologías y regímenes políticos (no olvidemos que muchos gobernantes democráticamente elegidos no han dudado, mientras leían antes de acostarse poemas o relatos de honda y estremecedora rectitud moral, en declarar guerras e invadir países a sabiendas de las muertes que causarían). La benevolencia y la integridad personales no coinciden necesariamente con la excelencia de las lecturas.
Cuenta Alberto Manguel en su libro En el bosque del espejo que el profesor de literatura que marcó su pasión por los libros, que recomendaba la lectura de las obras literarias más sublimes, que leía en clase con agudeza y emoción los pasajes más controvertidos, que, en definitiva, le enseñó a leer, fue al mismo tiempo un confidente de los militares argentinos durante los años más terribles de su dictadura, lo que lo llevaba a delatar a sus alumnos, de los que enviaba minuciosos informes acerca de su formación y sus gustos, lo cual permitió que muchos de ellos fueran posteriormente detenidos y torturados. Las explicaciones que ensaya Manguel merecen ser reproducidas:
"- Puedo decidir que la persona que tuvo una importancia fundamental en mi vida y en cierto modo me permitió ser el que soy, que fue la esencia misma del profesor iluminador e inspirador, era en realidad un monstruo; que todo lo que me enseñó y me alentó a querer estaba corrompido.
-Puedo hacer el intento de justificar sus actos injustificables y pasar por alto que éstos condujeron a la tortura y a la muerte de mis amigos.
- Puedo aceptar que Rivadavia era a la vez el buen profesor y el colaborador de torturadores, y dejar esa descripción incólume, como fuego en el agua.
No sé cuál de las tres es la correcta."
Tampoco yo tengo una respuesta irrefutable. Es un dilema moral de extraordinaria complejidad. Uno querría creer que los monstruos son, por definición, insensibles y taimados, pero no estoy seguro del todo. He constatado demasiadas veces que comparto gustos literarios y pasiones musicales con personas de ideas y conducta deplorables como para pensar que lo que a mí me mejora también enaltece a otros. Sin embargo, la creencia en las virtudes cognoscitivas y éticas de la lectura me sigue ayudando a ejercer honestamente mi profesión y a defender sin imposturas mis opiniones sobre los libros. Y eso me anima y me consuela. En cualquier caso, el valor de esos desafíos, como el de las pintadas, es las oportunidades que ofrecen para el razonamiento y el debate.
No sé qué pensarán los lectores de todo esto.
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UNIVERSIDAD DE GRANADA
14 de septiembre de 2008
En recuerdo de Ana
"La poesía no debe ser -como se ha formulado y se mantiene- moralizadora, utilitaria. No es posible reducirla a una enumeración de virtudes, enseñanza de tópicos escolares o composiciones improvisadas para una fecha clave, porque éste es el procedimiento más eficaz para despertar en el niño la repulsión al lenguaje poético. Es desvirtuar la esencia poética, es clasificarla dentro de normas científico-pedagógicas, es convertirla -como lo afirmara Gabriela Mistral- 'en un absurdo, que podríamos llamar balbuceos de docentes'."
Éstas palabras son de Ana Pelegrín y están extraídas de la introducción al libro Poesía española para niños, una antología realizada por ella y publicada en 1969 en la editorial Taurus. Me sorprenden, leídas casi cuatro décadas después, por su claridad y atrevimiento. Escritas entonces, cuando, en efecto, la poesía en las aulas apenas era otra cosa que una excusa para las conmemoraciones o la propagación de una moralina cursi y sentimental, tenían el valor de las ideas lúcidas y precursoras. Ahora nos parecen elementales, pero hace cuarenta años resultaban subversivas. Los poemas seleccionados, tanto de la poesía oral popular como de autores contemporáneos, demostraban que era posible un nueva forma de acercar la palabra poética a los niños. Ana amaba la poesía como se ama el aire.
Las recupero ahora, cuando Ana acaba de morir, como una íntima forma de homenaje. He buscado los libros que poseo de ella y, por su aspecto, me doy cuenta de que han sido muy usados, por mí y por los alumnos a quienes se los he ido prestando. Están descuadernados, los lomos rotos, las páginas sueltas, lo que significa que han sido leales acompañantes de mi andadura profesional. Su deterioro es el mejor reconocimiento que puedo ofrecerle a la autora.
La recuperación de la memoria formó parte del trabajo de Ana Pelegrín. Fue pionera en la divulgación de la tradición literaria popular, desde los cuentos y los juegos a las retahílas y las canciones, y muchos de nosotros acudimos a sus libros como el sediento a la fuente. Descubrimos el valor de las voces anónimas que guardaban el tesoro milenario de la literatura oral y aprendimos a protegerlas y propagarlas.
Abro al azar La aventura de oír y encuentro subrayadas estas palabras: "La poesía, el cuento (el cuento maravilloso o de encantamiento), encierra en sí materia de símbolo. Y el símbolo se despliega en la palabra irradiando multiplicidad de significados. Esta irradiación invita al niño a un viaje emocional y mental, le acerca a la imaginación literaria, hace posible la conjetura de que literatura y vida pueden estar ensamblados, literatura-vida, un solo ritmo". Lo que hace décadas me pareció sorprendente, forma hoy parte sustancial de mi pensamiento. Qué insólitos son los caminos del conocimiento.
El último gran proyecto de su vida fue rescatar del olvido los libros infantiles del exilio. Consideraba una tremenda injusticia el desconocimiento de la excelente labor de los escritores e ilustradores que abandonaron España y siguieron publicando en los respectivos países de acogida. Era su particular modo de reparar el agravio. En ese rescate ha estado trabajando hasta el último aliento. A punto de salir de la imprenta el fruto de su trabajo, Ana falleció. Lamentablemente, no pudo ver editado el libro. Sus amigos más íntimos decidieron armar con urgencia uno de los libros que en pocas semanas saldrán a la calle y colocarlo en su ataúd. El hecho de que sus cenizas se hayan mezclado con las de su obra adquiere el carácter límpido de un símbolo. La última vez que conversé telefónicamente con ella fue a propósito de la invitación que me hizo a participar en ese libro-homenaje. El recuerdo de su risa fácil y su suave voz argentina adquiere de pronto los rasgos de una despedida.
Éstas palabras son de Ana Pelegrín y están extraídas de la introducción al libro Poesía española para niños, una antología realizada por ella y publicada en 1969 en la editorial Taurus. Me sorprenden, leídas casi cuatro décadas después, por su claridad y atrevimiento. Escritas entonces, cuando, en efecto, la poesía en las aulas apenas era otra cosa que una excusa para las conmemoraciones o la propagación de una moralina cursi y sentimental, tenían el valor de las ideas lúcidas y precursoras. Ahora nos parecen elementales, pero hace cuarenta años resultaban subversivas. Los poemas seleccionados, tanto de la poesía oral popular como de autores contemporáneos, demostraban que era posible un nueva forma de acercar la palabra poética a los niños. Ana amaba la poesía como se ama el aire.
Las recupero ahora, cuando Ana acaba de morir, como una íntima forma de homenaje. He buscado los libros que poseo de ella y, por su aspecto, me doy cuenta de que han sido muy usados, por mí y por los alumnos a quienes se los he ido prestando. Están descuadernados, los lomos rotos, las páginas sueltas, lo que significa que han sido leales acompañantes de mi andadura profesional. Su deterioro es el mejor reconocimiento que puedo ofrecerle a la autora.La recuperación de la memoria formó parte del trabajo de Ana Pelegrín. Fue pionera en la divulgación de la tradición literaria popular, desde los cuentos y los juegos a las retahílas y las canciones, y muchos de nosotros acudimos a sus libros como el sediento a la fuente. Descubrimos el valor de las voces anónimas que guardaban el tesoro milenario de la literatura oral y aprendimos a protegerlas y propagarlas.
Abro al azar La aventura de oír y encuentro subrayadas estas palabras: "La poesía, el cuento (el cuento maravilloso o de encantamiento), encierra en sí materia de símbolo. Y el símbolo se despliega en la palabra irradiando multiplicidad de significados. Esta irradiación invita al niño a un viaje emocional y mental, le acerca a la imaginación literaria, hace posible la conjetura de que literatura y vida pueden estar ensamblados, literatura-vida, un solo ritmo". Lo que hace décadas me pareció sorprendente, forma hoy parte sustancial de mi pensamiento. Qué insólitos son los caminos del conocimiento.El último gran proyecto de su vida fue rescatar del olvido los libros infantiles del exilio. Consideraba una tremenda injusticia el desconocimiento de la excelente labor de los escritores e ilustradores que abandonaron España y siguieron publicando en los respectivos países de acogida. Era su particular modo de reparar el agravio. En ese rescate ha estado trabajando hasta el último aliento. A punto de salir de la imprenta el fruto de su trabajo, Ana falleció. Lamentablemente, no pudo ver editado el libro. Sus amigos más íntimos decidieron armar con urgencia uno de los libros que en pocas semanas saldrán a la calle y colocarlo en su ataúd. El hecho de que sus cenizas se hayan mezclado con las de su obra adquiere el carácter límpido de un símbolo. La última vez que conversé telefónicamente con ella fue a propósito de la invitación que me hizo a participar en ese libro-homenaje. El recuerdo de su risa fácil y su suave voz argentina adquiere de pronto los rasgos de una despedida.
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ANA PELEGRÍN
12 de septiembre de 2008
La literatura intoxicada
Amy Bellette, un personaje de la última novela de Philip Roth, Sale el espectro, escribe una carta al diario New York Times mostrando su indignación por la deriva que va tomando la crítica literaria, más ocupada en el sensacionalismo y el chismorreo que en hablar seriamente de literatura. Piensa que ha llegado a su fin la época en que la literatura se usaba para pensar y que se había entrado en otra en la que lo único que interesa es hurgar en la vida privada de los escritores y en su cotización monetaria, así como criticar con obtusa hipocresía moral el daño que la ficción puede causar en la sociedad. Puro vandalismo, afirma.
Copio aquí el fragmento final de esa carta, pues me parece una lúcida y vehemente declaración del autor a favor de la literatura, una defensa radical de la libertad del lector.
"[...] Si yo tuviera un poder como el de Stalin, no lo dilapidaría en silenciar a los escritores imaginativos. Silenciaría a quienes escriben acerca de los escritores imaginativos. Prohibiría todo debate público sobre literatura en periódicos, revistas y publicaciones académicas. Prohibiría la enseñanza de la literatura en las escuelas, los institutos, los colegios mayores y las universidades de todo el país. Declararía ilegales los grupos de lectura y los foros sobre libros en internet, y sometería a control policial las librerías para asegurarme de que ningún empleado hablará jamás con un cliente sobre un libro y de que los clientes no osaran hablar entre ellos. Dejaría a los lectores a solas con los libros, para abordarlos como les pareciese por sí mismos. Haría esto durante tantos siglos como fuese necesario para desintoxicar a la sociedad de sus venenosas majaderías."
No sé qué ocurriría si se cumpliese el drástico deseo de Amy Bellette, pero no me negarán que de llevarse a cabo su programa de desinfección a la vuelta de cien años habría cambiado sustancialmente el modo de leer y la literatura habría recobrado una frescura y una pureza inimaginables ahora. Merecería la pena ver la carta enmarcada en facultades universitarias, redacciones de periódicos y revistas culturales, bibliotecas, librerías, editoriales, colegios o centros cívicos. A todos nos haría bien levantar los ojos de cuando en cuando y recordar sus advertencias.
Copio aquí el fragmento final de esa carta, pues me parece una lúcida y vehemente declaración del autor a favor de la literatura, una defensa radical de la libertad del lector.
"[...] Si yo tuviera un poder como el de Stalin, no lo dilapidaría en silenciar a los escritores imaginativos. Silenciaría a quienes escriben acerca de los escritores imaginativos. Prohibiría todo debate público sobre literatura en periódicos, revistas y publicaciones académicas. Prohibiría la enseñanza de la literatura en las escuelas, los institutos, los colegios mayores y las universidades de todo el país. Declararía ilegales los grupos de lectura y los foros sobre libros en internet, y sometería a control policial las librerías para asegurarme de que ningún empleado hablará jamás con un cliente sobre un libro y de que los clientes no osaran hablar entre ellos. Dejaría a los lectores a solas con los libros, para abordarlos como les pareciese por sí mismos. Haría esto durante tantos siglos como fuese necesario para desintoxicar a la sociedad de sus venenosas majaderías."
No sé qué ocurriría si se cumpliese el drástico deseo de Amy Bellette, pero no me negarán que de llevarse a cabo su programa de desinfección a la vuelta de cien años habría cambiado sustancialmente el modo de leer y la literatura habría recobrado una frescura y una pureza inimaginables ahora. Merecería la pena ver la carta enmarcada en facultades universitarias, redacciones de periódicos y revistas culturales, bibliotecas, librerías, editoriales, colegios o centros cívicos. A todos nos haría bien levantar los ojos de cuando en cuando y recordar sus advertencias.
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LECTORES,
LITERATURA,
PHILIP ROTH
10 de septiembre de 2008
Imágenes de la lectura
No sólo los sociólogos o los filósofos o los críticos literarios crean brillantes metáforas de la lectura, también lo hacen los ilustradores, los fotógrafos o los pintores. Muy a menudo, sus imágenes resultan más iluminadoras y significativas que las elaboradas por las palabras. He aquí tres ejemplos.
El primero es del ilustrador Quint Buchholz, quien hace poco más de una década ideó un conjunto de imágenes en torno al libro y al acto de leer que, a mi juicio, poseen un tal poder de evocación que al contemplarlas sientes de inmediato la necesidad de adjuntarles una historia, de escribir las sensaciones que provocan en ti. Eso es lo que pensó su editor nada más verlas. Envió una imagen diferente a 46 escritores de todo el mundo a fin de que le pusieran palabras, de que revelaran la historia escondida en ellas. El resultado fue El Libro de los Libros, un conjunto de 47 estampas, incluyendo la de la portada, y otros tantos textos literarios cuya lectura, la verdad, decepciona un poco. Pocos de ellos están a la altura poética de las ilustraciones de Buchholz. Parecen escritos a vuelapluma, casi por compromiso, sin aliento. No importa. Lo relevante son las ilustraciones, cuya contemplación constituye siempre un renovado placer, un estímulo constante para la imaginación.

El segundo ejemplo es del fotógrafo y diseñador gráfico búlgaro Mladen Penev. La serie que con el título de The power of books realizó hace unos años siguen teniendo un poder extremo de fascinación. Pocas metáforas sobre la lectura tan sorprendentes, tan reveladoras, tan reconocibles. Con una fuerza visual deslumbrante, las imágenes de Penev ilustran las diversas emociones que procura la lectura, desde el impacto brutal de un pensamiento heterodoxo o la descripción de un crimen a la levedad poética de una oda o el relato de un enamoramiento.
El tercero, finalmente, es del ilustrador suizo Jörg Müller, autor de admirables álbumes ilustrados, a uno de los cuales quiero ahora referirme. Se titula El libro en el libro en el libro y muestra con extraordinaria agudeza la entrada del lector en el libro, en este caso de modo físico, pues el niño protagonista atraviesa las páginas del que le acaban de regalar, desde la portada hasta el origen del mismo, es decir, hasta la mano del escritor-ilustrador que lo está confeccionando, con la intención de desvelar el misterio de un dibujo cuyas figuras no encajan del todo con el significado del libro, al menos con el significado que él le da con su lectura. El protagonista regresa más tarde a la realidad más satisfecho, más confiado.
El primero es del ilustrador Quint Buchholz, quien hace poco más de una década ideó un conjunto de imágenes en torno al libro y al acto de leer que, a mi juicio, poseen un tal poder de evocación que al contemplarlas sientes de inmediato la necesidad de adjuntarles una historia, de escribir las sensaciones que provocan en ti. Eso es lo que pensó su editor nada más verlas. Envió una imagen diferente a 46 escritores de todo el mundo a fin de que le pusieran palabras, de que revelaran la historia escondida en ellas. El resultado fue El Libro de los Libros, un conjunto de 47 estampas, incluyendo la de la portada, y otros tantos textos literarios cuya lectura, la verdad, decepciona un poco. Pocos de ellos están a la altura poética de las ilustraciones de Buchholz. Parecen escritos a vuelapluma, casi por compromiso, sin aliento. No importa. Lo relevante son las ilustraciones, cuya contemplación constituye siempre un renovado placer, un estímulo constante para la imaginación.

El segundo ejemplo es del fotógrafo y diseñador gráfico búlgaro Mladen Penev. La serie que con el título de The power of books realizó hace unos años siguen teniendo un poder extremo de fascinación. Pocas metáforas sobre la lectura tan sorprendentes, tan reveladoras, tan reconocibles. Con una fuerza visual deslumbrante, las imágenes de Penev ilustran las diversas emociones que procura la lectura, desde el impacto brutal de un pensamiento heterodoxo o la descripción de un crimen a la levedad poética de una oda o el relato de un enamoramiento.
El tercero, finalmente, es del ilustrador suizo Jörg Müller, autor de admirables álbumes ilustrados, a uno de los cuales quiero ahora referirme. Se titula El libro en el libro en el libro y muestra con extraordinaria agudeza la entrada del lector en el libro, en este caso de modo físico, pues el niño protagonista atraviesa las páginas del que le acaban de regalar, desde la portada hasta el origen del mismo, es decir, hasta la mano del escritor-ilustrador que lo está confeccionando, con la intención de desvelar el misterio de un dibujo cuyas figuras no encajan del todo con el significado del libro, al menos con el significado que él le da con su lectura. El protagonista regresa más tarde a la realidad más satisfecho, más confiado.
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7 de septiembre de 2008
Lugares para leer IV
"Me pregunto si el lector podrá imaginarnos. Estamos sentadas alrededor de la mesa de hierro y cristal un nublado día de noviembre; las hojas amarillas y rojas que se reflejan en el espejo del comedor están envueltas en bruma. Yo y quizá dos más tenemos un ejemplar de Lolita en el regazo. Las demás tienen un pesado fajo de fotocopias. El acceso a estos libros no es fácil. , ya no se pueden comprar en las librerías. Además de los censores, que los prohibieron casi todos, el Gobierno ordenó que se retiraran del mercado: numerosas librerías extranjeras cerraron o sobrevivieron recurriendo a los fondos prerrevolucionarios. Muchos de aquellos libros se podían encontrar en librerías de lance y unos pocos en la Feria Internacional del Libro de Teherán, que se celebraba todos los años. Un libro como Lolita era difícil de encontrar, sobre todo la versión comentada que querían mis chicas. Fotocopiamos las trescientas páginas para las que no tenían ejemplares. Durante el descanso tomábamos té o café con pastas. No recuerdo a quién le tocaba llevar las pastas. Hacíamos turnos y cada semana se encargaba una."
Azar Nafisi, Leer "Lolita" en Teherán
Sí, podemos imaginarlas. O mejor aún: debemos imaginarlas.
La autora del relato es Azar Nafisi, profesora de literatura inglesa en la Universidad Allameh Tabatabai de Teherán en 1979, cuando se produce la revolución islámica encabezada por el imán Jomeini contra la tiranía del Sha Mohammad Reza Pahlevi. En sus inicios fue una revolución apoyada mayoritariamente, pues prometía la restitución de una democracia secuestrada durante décadas. Pero pronto se transformó en una nueva clase de tiranía. Las dementes doctrinas de los clérigos chiítas que la encabezaban impusieron progresivamente nuevas y estrictas normas morales, entre las que no faltaban, claro está, la prohibición de leer los libros que ellos consideraban peligrosos y corruptores (nada distinto a las obsesiones condenatorias de cualquier dictadura, ya se haga en nombre del pueblo, de una casta militar o de la religión). En el caso de Irán, la "revolución cultural" de los clérigos en el poder fue extremadamente restrictiva. Prohibieron a los jóvenes pasear de la mano o besarse en público, separaron a los niños y a las niñas en las escuelas pero también a los hombres y a las mujeres en los autobuses, amonestaban a quienes reían ostentosamente, castigaban a las chicas que usaban colorete en las mejillas, impedían escuchar música occidental... En adelante, las mujeres se vieron obligadas a llevar los reglamentarios pañuelos y mantos oscuros para salir a la calle. La obediencia, el recato, el silencio, la sumisión, la censura, la discriminación, el castigo... fueron desde entonces el proceder cotidiano (en ese sentido, puede ser muy provechoso, además de muy gozoso, leer las maravillosas historietas de la saga Persépolis, escritas y dibujadas por Marjane Satrapi).
Pero he aquí que no todo el mundo se conforma y, además de otros tipos de resistencias, van abriéndose espacios de rebeldía personal y clandestina. Es lo que hacen esas jóvenes estudiantes, alumnas de Azar Nafisi, que deciden reunirse una vez a la semana, los jueves por la mañana, para leer y comentar juntas obras de ficción, un ejercicio literario que consideran necesario para mantener viva su imaginación, para no sentirse humilladas. Y a eso dedican esas horas secretas: a conversar sobre las lecturas de los libros prohibidos.
Las jóvenes llegan desde distintos lugares de la ciudad, tapadas con sus respectivos pañuelos y mantos, hasta la casa de su profesora. Llaman a la puerta y cuando la franquean se quitan la vejatoria vestimenta impuesta y se muestran tal como son. Debajo de sus mantos negros o azules llevan camisas anchas de colores y vaqueros ajustados. Antes de acomodarse en la habitación que cada jueves las acoge, y que es ya su espacio más soberano, colocan flores sobre la mesa, se pintan los labios, se sueltan el pelo. Pueden parecer gestos insignificantes, coquetos, pero para ellas y en ese momento tienen el valor de una liberación. Y entonces, cuando ya están dispuestas, comienzan a hablar de las lecturas que han realizado, de los sentimientos experimentados, de las ideas surgidas, de las fantasías desplegadas. Durante dos años, aquellas horas matutinas fueron poblándose progresivamente con las palabras de Henry James, Virginia Woolf, Gustave Flaubert, Saul Bellow, Jane Austen, James Joyce, Las Mil y Una Noches... Y, sobre todas ellas, las de Vladimir Nabokov, quien ofrece en su Lolita un repertorio de quebrantamientos e insolencias, que leído en aquella enclaustrada habitación de Teherán, resuenan como un grito, como una acusación, como una huida. Las transgresiones literarias se convertían en transgresiones personales. Para aquellas mujeres, leer ficciones era su íntima forma de decir no, de mantenerse erguidas.
Azar Nafisi, Leer "Lolita" en Teherán
Sí, podemos imaginarlas. O mejor aún: debemos imaginarlas.
La autora del relato es Azar Nafisi, profesora de literatura inglesa en la Universidad Allameh Tabatabai de Teherán en 1979, cuando se produce la revolución islámica encabezada por el imán Jomeini contra la tiranía del Sha Mohammad Reza Pahlevi. En sus inicios fue una revolución apoyada mayoritariamente, pues prometía la restitución de una democracia secuestrada durante décadas. Pero pronto se transformó en una nueva clase de tiranía. Las dementes doctrinas de los clérigos chiítas que la encabezaban impusieron progresivamente nuevas y estrictas normas morales, entre las que no faltaban, claro está, la prohibición de leer los libros que ellos consideraban peligrosos y corruptores (nada distinto a las obsesiones condenatorias de cualquier dictadura, ya se haga en nombre del pueblo, de una casta militar o de la religión). En el caso de Irán, la "revolución cultural" de los clérigos en el poder fue extremadamente restrictiva. Prohibieron a los jóvenes pasear de la mano o besarse en público, separaron a los niños y a las niñas en las escuelas pero también a los hombres y a las mujeres en los autobuses, amonestaban a quienes reían ostentosamente, castigaban a las chicas que usaban colorete en las mejillas, impedían escuchar música occidental... En adelante, las mujeres se vieron obligadas a llevar los reglamentarios pañuelos y mantos oscuros para salir a la calle. La obediencia, el recato, el silencio, la sumisión, la censura, la discriminación, el castigo... fueron desde entonces el proceder cotidiano (en ese sentido, puede ser muy provechoso, además de muy gozoso, leer las maravillosas historietas de la saga Persépolis, escritas y dibujadas por Marjane Satrapi).
Pero he aquí que no todo el mundo se conforma y, además de otros tipos de resistencias, van abriéndose espacios de rebeldía personal y clandestina. Es lo que hacen esas jóvenes estudiantes, alumnas de Azar Nafisi, que deciden reunirse una vez a la semana, los jueves por la mañana, para leer y comentar juntas obras de ficción, un ejercicio literario que consideran necesario para mantener viva su imaginación, para no sentirse humilladas. Y a eso dedican esas horas secretas: a conversar sobre las lecturas de los libros prohibidos.
Las jóvenes llegan desde distintos lugares de la ciudad, tapadas con sus respectivos pañuelos y mantos, hasta la casa de su profesora. Llaman a la puerta y cuando la franquean se quitan la vejatoria vestimenta impuesta y se muestran tal como son. Debajo de sus mantos negros o azules llevan camisas anchas de colores y vaqueros ajustados. Antes de acomodarse en la habitación que cada jueves las acoge, y que es ya su espacio más soberano, colocan flores sobre la mesa, se pintan los labios, se sueltan el pelo. Pueden parecer gestos insignificantes, coquetos, pero para ellas y en ese momento tienen el valor de una liberación. Y entonces, cuando ya están dispuestas, comienzan a hablar de las lecturas que han realizado, de los sentimientos experimentados, de las ideas surgidas, de las fantasías desplegadas. Durante dos años, aquellas horas matutinas fueron poblándose progresivamente con las palabras de Henry James, Virginia Woolf, Gustave Flaubert, Saul Bellow, Jane Austen, James Joyce, Las Mil y Una Noches... Y, sobre todas ellas, las de Vladimir Nabokov, quien ofrece en su Lolita un repertorio de quebrantamientos e insolencias, que leído en aquella enclaustrada habitación de Teherán, resuenan como un grito, como una acusación, como una huida. Las transgresiones literarias se convertían en transgresiones personales. Para aquellas mujeres, leer ficciones era su íntima forma de decir no, de mantenerse erguidas.
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VLADIMIR NABOKOV
2 de septiembre de 2008
Lecturas razonables
"La novela nos insta a interpretar metáforas. Pero ahora podemos decir más: la novela se presenta ella misma como una metáfora. Nos sugiere que veamos el mundo de esta manera y no de otra, que miremos las cosas como si fueran esa historia y no como nos recomiendan las ciencias sociales. Al leerla no sólo obtenemos imágenes concretas que nos permiten imaginar este mundo en particular, sino también, y más significativamente, un marco intelectual general para abordar el nuestro.
Insisto en que no existe en esta novela -ni en mi propia postura- desprecio por la razón ni por la búsqueda científica de la verdad. Lo que yo critico es ese enfoque cientificista que pretende hablar en nombre de la razón y de la verdad. A mi entender, no logra hablar en nombre de la verdad porque representa errónea y dogmáticamente la complejidad de los seres humanos y de la vida humana. Y no logra hablar en nombre de la razón porque confía acríticamente en percepciones borrosas y teorías psicológicas burdas. La novela no nos exhorta a desechar la razón, sino a llegar a ella bajo la luz de la fantasía, entendida como una facultad creativa y veraz. [...] La novela indica que los tratados políticos y económicos de estilo abstracto y matemático pueden ser coherentes con su propósito mientras ofrezcan una visión del ser humano que sea tan rica como la visión que propone la novela, mientras no pierdan de vista lo que omiten por motivos de eficiencia. El gobierno no puede investigar la biografía de cada ciudadano como lo hace la novela con sus personajes, pero puede saber que cada ciudadano tiene una biografía compleja, y puede tener en cuenta que en principio la norma sería reconocer la individualidad, la libertad y la diferencia cualitativa de cada uno, tal como la novela."
Las palabras precedentes son de la filósofa Martha Nussbaum, profesora de Derecho y Ética de la Universidad de Chicago, y están extraídas del libro Justicia poética. Y aunque la novela a la que se refiere en el texto es Tiempos difíciles de Charles Dickens, sus reflexiones son perfectamente adjudicables a cualquier otra novela. La autora, una de las más vehementes defensoras de la consideración de la literatura, en especial de las narraciones, como un instrumento privilegiado de conocimiento del mundo y, en particular, de los seres humanos, plantea en el texto una cuestión capital: la voluntad de comprender lo que somos y el tiempo histórico del que somos protagonistas, el deseo de saber qué debemos hacer para vivir con más plenitud y más dignidad, el coraje para dar sentido a la experiencia personal y colectiva, no pueden ser satisfechos únicamente con teorías o discursos o estadísticas. Las narraciones, aunque sean ficticias, pueden contribuir de manera determinante a la búsqueda de la verdad. La literatura posee la admirable cualidad de imbricar las emociones y la imaginación en la exploración del mundo que está más allá de nuestra experiencia individual o cultural, en el acercamiento a otros seres humanos y a sus esperanzas y frustraciones, en el análisis de la propia vida a través de la reflexión sobre la vida de los personajes de la narración. A ese proceso intelectivo lo solemos llamar razonamiento. Razonar no consiste, por tanto, sólo en analizar, sistematizar, experimentar, calcular, verificar, concluir... También es sentir e imaginar. La lectura, por sí sola, no transforma radicalmente al lector. Pero la experiencia de leer sí puede proporcionarle la posibilidad de pensar, interpretar, valorar, optar..., que puede ser el prefacio de la transformación. Luego, claro está, todo depende de la voluntad.
Insisto en que no existe en esta novela -ni en mi propia postura- desprecio por la razón ni por la búsqueda científica de la verdad. Lo que yo critico es ese enfoque cientificista que pretende hablar en nombre de la razón y de la verdad. A mi entender, no logra hablar en nombre de la verdad porque representa errónea y dogmáticamente la complejidad de los seres humanos y de la vida humana. Y no logra hablar en nombre de la razón porque confía acríticamente en percepciones borrosas y teorías psicológicas burdas. La novela no nos exhorta a desechar la razón, sino a llegar a ella bajo la luz de la fantasía, entendida como una facultad creativa y veraz. [...] La novela indica que los tratados políticos y económicos de estilo abstracto y matemático pueden ser coherentes con su propósito mientras ofrezcan una visión del ser humano que sea tan rica como la visión que propone la novela, mientras no pierdan de vista lo que omiten por motivos de eficiencia. El gobierno no puede investigar la biografía de cada ciudadano como lo hace la novela con sus personajes, pero puede saber que cada ciudadano tiene una biografía compleja, y puede tener en cuenta que en principio la norma sería reconocer la individualidad, la libertad y la diferencia cualitativa de cada uno, tal como la novela."
Las palabras precedentes son de la filósofa Martha Nussbaum, profesora de Derecho y Ética de la Universidad de Chicago, y están extraídas del libro Justicia poética. Y aunque la novela a la que se refiere en el texto es Tiempos difíciles de Charles Dickens, sus reflexiones son perfectamente adjudicables a cualquier otra novela. La autora, una de las más vehementes defensoras de la consideración de la literatura, en especial de las narraciones, como un instrumento privilegiado de conocimiento del mundo y, en particular, de los seres humanos, plantea en el texto una cuestión capital: la voluntad de comprender lo que somos y el tiempo histórico del que somos protagonistas, el deseo de saber qué debemos hacer para vivir con más plenitud y más dignidad, el coraje para dar sentido a la experiencia personal y colectiva, no pueden ser satisfechos únicamente con teorías o discursos o estadísticas. Las narraciones, aunque sean ficticias, pueden contribuir de manera determinante a la búsqueda de la verdad. La literatura posee la admirable cualidad de imbricar las emociones y la imaginación en la exploración del mundo que está más allá de nuestra experiencia individual o cultural, en el acercamiento a otros seres humanos y a sus esperanzas y frustraciones, en el análisis de la propia vida a través de la reflexión sobre la vida de los personajes de la narración. A ese proceso intelectivo lo solemos llamar razonamiento. Razonar no consiste, por tanto, sólo en analizar, sistematizar, experimentar, calcular, verificar, concluir... También es sentir e imaginar. La lectura, por sí sola, no transforma radicalmente al lector. Pero la experiencia de leer sí puede proporcionarle la posibilidad de pensar, interpretar, valorar, optar..., que puede ser el prefacio de la transformación. Luego, claro está, todo depende de la voluntad.
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