¿Y qué narra este moderno cuento chino? Pues habla de las vicisitudes de un largo viaje en busca de una niña, de los sueños y los temores que preceden a la partida, del encuentro con la niña deseada, de las esperanzas que suscita su llegada a la nueva casa, de la introducción en los lugares desconocidos, de los significados inéditos que adquieren de pronto palabras como risa, pájaro o futuro. Quien cuenta la historia, quien la pinta, es el padre de esa niña procedente de Oriente, cuya presencia le genera la felicidad de la plenitud y la necesidad de la exposición. ¿Exponer qué? Sencillamente, las emociones y las imágenes provocadas por Julia, la hija que alteró su vida. De esa alteración interior habla la exposición de Juan Vida. Podría decirse que el pintor expone y el padre se expone. En efecto, lo que los espectadores reciben, y también los lectores, pues cada lienzo va acompañado de un breve texto a modo de ilustración verbal, es una íntima confesión, la expresión pública de una dichosa experiencia personal. Y al igual que un novelista utiliza palabras o un músico notas para contar lo que sienten y piensan, Juan Vida usa los recursos de su oficio: lienzos, pintura acrílica, tinta, objetos... El resultado es una invitación a compartir una alegría, a participar en la celebración de un estado de ánimo que hacemos nuestro mientras deambulamos ante los cuadros con la misma serenidad con que pasamos las páginas de un libro delicado y cautivador. La exposición es al mismo tiempo una exaltación de la pintura como arte de emoción y conocimiento.
(No es igual, pero pueden pinchar en este enlace si quieren hacerse una idea de la exposición de la que les hablo)