Mostrando entradas con la etiqueta POESÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta POESÍA. Mostrar todas las entradas

30 de septiembre de 2010

Otoño con libros

Tal día como hoy, 3o de septiembre, pero del año 1970, el poeta español Blas de Otero fechó el poema que reproduzco a continuación. He querido rememorarlo en estos días de tribulación y hastío. Es un homenaje literario y a la vez un recordatorio de aquellas personas íntegras que, aún en las peores adversidades, no se rinden y encuentran consuelo en los libros para continuar bregando, para seguir abonando la esperanza.


NO ME MOVERÁN

Cuando se alcanza la edad de los libros un poco amarillentos y
[manoseados,
y el cuerpo comienza a tropezar consigo mismo si intenta
[adelantar un paso más de lo establecido,
y hablamos con cierta gravedad y un poco de escepticismo y
[resignación,
entonces que no nos vengan con la declaración de los derechos
[del hombre,
los deberes de la mujer y la rebeldía de los jóvenes,
sabemos de sobra,
conocemos a fondo la marcha de los acontecimientos
en Vietnam, en Rodesia, en Portugal y en Puerto Rico,
nos limitamos a amar a una mujer y con un poco de
[distanciamiento a los hombres en general,
fui niño pisoteado por una cruz de palo,
muchacho alegre entre las calles de Madrid,
joven meditativo, y ahora alcanzo la madurez como quien un libro
[alcanza del penúltimo estante de la biblioteca,
verbi gratia, Fortunata y Jacinta que vuelvo a leer esta tarde del
[otoño
en que el mundo sigue enredado en sus propios hilos
manejados un poco abusivamente por dos poderosos trujamanes,
sabemos de sobra
que abunda la injusticia y sobran el hambre y la falta de libertad,
hicimos cuanto pudimos para evitarlo,
continuaremos leyendo a Galdós y manteniendo nuestra integridad
[de mera persona humana,
no me moverán
los sueños ni las imposturas,
prolongaré hasta el final el timbre de mi voz directamente dirigida
[a los hombres
y algún pedazo de pared que otro.

Blas de Otero, Hojas de Madrid

28 de agosto de 2010

Verano y literatura X

ROSETTA, I

Cuando tu cuerpo
todo era distinto, inesperado y joven:
habitaban los ojos
rompeolas,
caballos,
pleamares
y era Agosto feliz y sorprendido
frente a nuestra pasión, frente al misterio.

Y qué fuerza en tus brazos,
qué parajes de fuego,
qué tormenta de luz, amada mía.
Mas he aquí, de pronto, que vinieron
los cuchillos del miedo a desnudar el frío,
a pretender herrumbres y cenizas,
y espaldas,
grupas,
lejos,
partiendo en dos la tarde.

Tempestades que alzaron,
borrascas que nublaron,
huracanes que vimos
llevarse nuestra casa como un copo de nieve.

Porque estábamos solos
comprendimos la luz de las ruinas,
los hierros retorcidos,
sin apenas un grito,
como si hubiese sido nuestra casa de siempre
aquel palo tronchado,
aquel espejo roto,
y vasos,
sillas,
naipes,
mirándonos allí desde el escombro.

Y entre los dos qué grande la montaña,
qué terribles los álamos y el río,
qué tremenda la calle
y el asfalto y el humo
y el silencio aterido sobre los pedestales,
espeso,
grande,
inmóvil.

En medio de la calle cesaba yerto el sol.

Javier Egea, Troppo mare

19 de agosto de 2010

Verano y literatura VIII

LA CALLE PANDROSSOU


Bienamadas imágenes de Atenas.

En el barrio de Plaka,
junto a Monastiraki,
una calle vulgar con muchas tiendas.

Si alguno que me quiere
alguna vez va a Grecia
y pasa por allí, sobre todo en verano,
que me encomiende a ella.

Era un lunes de agosto
después de un año atroz, recién llegado.
Me acuerdo que de pronto amé la vida,
porque la calle olía
a cocina y a cuero de zapatos.

Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo

9 de agosto de 2010

Verano y literatura VI

NIÑO DE LA PLAYA

Las manos te ayudaban a mirar lo infinito,
y me hacías castillos sobre los pies descalzos
con adornos dulcísimos y sonrisas inéditas
en tus pómulos tersos.

Destrenzabas enigmas, entreabrías caminos
sin apenas notarlo, dibujabas con palo
tembloroso muñecos sobre la playa húmeda.

Buscador del cristal y la concha más rara,
se escuchaba tu voz, se palpaba revuelta
en las arenas vivas, al helor de la entrada.

Cabalgabas las gotas, el salpicar del agua
sobre tu piel desnuda, como el vuelo de un pájaro
sostenido por nubes.

Convidaban tus brazos extendidos al aire
a estrecharte en la ola y a proclamarte dueño
de la voz de la brisa.

Porque así te recuerdo te convoco en mis horas,
entreabierto a mi anhelo, dulcemente extasiado,
como en aquellos días por cuando agosto suele
enamorarse.

María Victoria Atencia, La señal

2 de agosto de 2010

Verano y literatura IV

VERANO

Mediodía

Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,

el mar ensimismado,
el mar,
a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.
Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.



Tarde

Cuerpos tendidos, cuerpos
infinitos, concretos, olvidados del frío
que los irá inundando, colmando poco a poco.
Cuerpos dorados, brazos, anudada tibieza
olvidando la sombra ahora estremecida,
detenida, expectante, pronta para emerger
que escuda la piel ciega.
Olvidados también los huesos blancos
que afirman que no es un sueño cada vida,
más fieles a la forma que la piel,
que la sangre, volubles, momentáneas.
Cuerpos tendidos, cuerpos
sometidos, felices, concretos,
infinitos...
Surgen niños alegres, húmedos y olorosos,
jóvenes victoriosos, de pie, como su instinto,
mujeres en el punto más alto de dulzura,
se tienden, se alzan, hablan,
habla su boca, esa un día disgregada,
se incorporan, se miran con miradas de eternos.


La noche

Es un oro imposible de comprender, un acabado
silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire, el aire
se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto
en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano...
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo, el cielo
a estrellas. La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma, inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla,
conoce su poder que crea, ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.


Idea Vilariño, Poesía completa

25 de julio de 2010

Verano y literatura II

MAÑANAS DE VERANO


Algunos días de fiesta religiosa, cuya celebración tenía resonancia particularmente local o familiar, fiestas que siempre caían durante el verano, salía el niño por la mañana, camino de la iglesia. Unas veces le llevaban a la catedral, otras más lejos, a algún barrio popular, nunca o raramente visitado, donde estaba la iglesia en cuestión, y en ocasiones hasta había que atravesar el río, cuya densa luminosidad verde parecía metal fundido entre las márgenes arcillosas.

Qué aire inusitado cobraba todo. Era primero lo de ir y volver en horas cuando ya comenzaba a apretar el calor, porque las salidas veraniegas acostumbradas se hacían al caer la tarde o a la noche. Luego lo de ir por las calles matinales, entoldadas unas, otras descubiertas hacia el cielo radiante, cuyo igual no encontraría después en parte alguna. Por último lo de mirar al paso y de cerca la actividad tranquila del barrio popular y del mercado.

Cuánta gracia tenían formas y colores en aquella atmósfera, que los esfumaba y suavizaba, quitándoles a unas dureza y a otros estridencia. Ya era el puesto de frutas (brevas, damascos, ciruelas), sobre las que imperaba la rotundidad verde oscuro de la sandía, abierta a veces mostrando adentro la frescura roja y blanca. O el puesto de cacharros de barro (búcaros, tallas, botellas), con tonos rosa o anaranjado en panzas y cuellos. O el de los dulces (dátiles, alfajores, yemas, turrones), que difundían un olor almendrado y meloso de relente oriental.

Pero siempre sobre todo aquello, color, movimiento, calor, luminosidad, flotaba un aire limpio y como no respirado por otros todavía, trayendo consigo también algo de aquella misma sensación de lo inusitado, de la sorpresa, que embargaba el alma del niño y despertaba en él un gozo callado, desinteresado y hondo. Un gozo que ni los de la inteligencia luego, ni siquiera los del sexo, pudieron igualar ni recordárselo.

Parecía como si sus sentidos, y a través de ellos su cuerpo, fueran instrumento tenso y propicio para que el mundo pulsara su melodía rara vez percibida. Pero al niño no se le antojaba extraño, aunque sí desusado, aquel don precioso de sentirse en acorde con la vida y que por eso mismo ésta le desbordara, transportándole y transmutándole. Estaba borracho de vida, y no lo sabía; estaba vivo como pocos, como sólo el poeta puede y sabe estarlo.

Luis Cernuda, Ocnos

21 de julio de 2010

Verano y literatura I

LOS VERANOS

¡Fueron largos y ardientes los veranos!
Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.

Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.

Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!

Francisco Brines, El otoño de las rosas

24 de junio de 2010

Palabras de agua

El miércoles, en los prolegómenos de la Noche de San Juan, asistí en el carmen del Aljibe del Rey a una lectura poética de Rafael Juárez, que culminaba el ciclo 'El agua y la palabra' organizado por la Fundación Agua Granada. Ingresar en un carmen en un atardecer de junio, con la primera luz estival dorando los árboles y los rostros, con la temperatura amable de los días sin pesar, es una experiencia de plenitud sensual. Un jardín, un estanque, una fuentecilla, unas columnas de piedra... ¡Con qué escasos dones nos sentimos felices! ¡Con qué facilidad se despliegan las sonrisas! Si la poesía se nos regala luego a manos llenas, la alegría puede desbordarse. Así ocurrió.

La poesía de Rafael Juárez posee el raro don de la transparencia y la intensidad. Sus poemas parecen engañosamente sencillos, casi improvisados. Es la virtud de los grandes poetas, de aquellos que hacen posible que el lector no sólo sienta como propios los versos ajenos, sino que los leen o los escuchan como si fueran un reflejo exacto de sus sentimientos, como si esa escritura fuera en realidad un anticipo de la suya. Esa aparente sencillez es en realidad el fruto de una muy paciente labor de depuración, de una implacable lucha contra lo accesorio. El resultado es el brillo de lo esencial. Los poemas fluyen entonces como el agua de un arroyo de montaña, como si la lengua cotidiana discurriese siempre limpia y prometedora, como si un soneto fuese en verdad la manera elemental de hablar. Un poema parece en esos casos una simple necesidad.

Les reproduzco algunos de los poemas leídos esa tarde.

CATACENA (LOS SIFONES)

En junio los crepúsculos se alargan con la brisa
y las noches son cortas
porque amanece pronto y con vigor.

Se suceden las rosas, las gayombas
brillan, trama el olivo,
las viñas trepan con pujanza y cuece
su estuche de cerámica la almendra.

Si pasa una tormenta
la mies mojada huele a sentimientos
maduros.
¡Qué ansiedad por el otoño!

Las huellas de otros pasos en el polvo
sellado del camino
nos hacen recordar que somos sombras,
sólidas sombras.


SOLANA DE LA MORA

Mirar los nísperos dorarse,
oír sisear a la lechuza
y que se pierda en la enramada
el pensamiento vuelto música.

Y ser feliz por cumplimiento,
como en septiembre son las uvas,
mientras la muerte sin ventajas
entre otras páginas me busca.


SONETO DE LA CASA Y DE LA HUERTA

El mejor libro sobre los estragos
del tiempo es una casa abandonada.
Antes de abrirla avisa la fachada
cómo es la muerte: los colores vagos,

la proporción que ya no espera halagos
sino paciencia para ser borrada,
las rejas de belleza saqueada
y las losas mohosas como lagos.

Pero si entras persiguiendo el eco
de los gozos de ayer hasta la huerta
-rosas viejas, membrillos y nogales-

encontrarás que la humedad y el hueco
hacen volver a tu niñez despierta
páginas de pecados inmortales.

12 de mayo de 2010

Amistad, muerte, poesía

Escribí la última entrada con apremio y angustia, sabiendo que de un momento a otro podía interrumpirla y posponer su redacción. Quería hacerla ese día, justo cuando se cumplían dos años desde las primeras palabras que escribí en este blog, pero temía que fuese imposible. La causa era que uno de mis más antiguos e íntimos amigos, Joaquín Gallegos Rosillo, estaba en una cama de hospital perdiendo la vida lentísimamente. En efecto, unas horas después, rodeado de algunas de las personas que más lo habíamos querido, murió.

Doy cuenta de la importancia que puede tener la literatura, la poesía en particular, en los dolorosos trances de la enfermedad y la muerte.

En los últimos tiempos, cuando la comunicación entre nosotros se fue volviendo más incierta a causa del cáncer, Andrea, mi mujer, fue estableciendo con él una sutilísima y distante conversación a través del teléfono móvil. No hablaban, no era necesario. Bastaban los SMS. Casi a diario, Andrea le enviaba un haiku o unos pocos versos a modo de salutación afectuosa y breve. Era un modo delicado de manifestarle nuestra disposición y nuestra proximidad, cuando ya la presencia física de los demás lo incomodaba un poco. Él respondía con el mismo código poético.

Cuando el pasado domingo hubimos de redactar la esquela pública anunciando su fallecimiento, la poesía nos ayudó de nuevo. Encabezamos la esquela, sobria y exenta de distintivos religiosos, tal como él había deseado, con unos versos de René Char, extraídos del libro El desnudo perdido, que él tenía en su biblioteca:

Solamente la vida nos mata. La muerte es el anfitrión. Libera a la casa de su cercado y la empuja al lindero del bosque.
Mozalbete sol, te veo: pero ahí donde ya no estás.

Y unas horas después, durante la ceremonia laica de despedida que organizamos en la Sala del Adiós del cementerio de Granada, también la poesía ocupó un lugar dominante. Nos parecía que los versos de Wislawa Szymborska, Dylan Thomas y Walt Whitman que utilizamos expresaban bien lo que queríamos decir, y decirle y decirnos, momentos antes de que su cuerpo entrara en el crematorio. Con estos fragmentos poéticos lo despedimos:

No existe vida
que, aun por un instante,
no sea inmortal.

La muerte
siempre llega con un instante de retraso.
En vano golpea con la aldaba
en la puerta invisible.
Lo ya vivido
no se lo puede llevar.

***

Y la muerte no tendrá señorío.
Desnudos los muertos se habrán confundido
con el hombre del viento y la luna poniente;
cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,
tendrán estrellas a sus codos y a sus pies;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar saldrán de nuevo,
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;
y la muerte no tendrá señorío.
...
Y la muerte no tendrá señorío.
Aunque las gaviotas no vuelvan a cantar en su oído
ni las olas estallen ruidosas en las costas;
aunque no broten las flores donde antes brotaron ni levanten
ya más la cabeza al golpe de la lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
las cabezas de los cadáveres martillearán margaritas;
estallarán al sol hasta que el sol estalle,
y la muerte no tendrá señorío.

***

Querido amigo, quienquiera que seas acepta este beso,
especialmente te lo doy. No me olvides,
me siento como aquel que ha terminado la tarea del día y se retira a descansar,
vuelvo a recibir uno de mis numerosos tránsitos, asciendo de mis avatares; mas otros indudablemente me esperan, otros esperan por mí.
Una esfera desconocida y más real que la que soñé, más directa, arroja sobre mí dardos que me despiertan. ¡Hasta luego!
Recuerda mis palabras, tal vez yo vuelva,
te amo, abandono lo material,
soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.
...
Lo mejor de mí quedará cuando yo no sea visible; para ese fin me he preparado sin tregua.

¿Qué más hay que me demoro y me detengo y me agazapo con la boca abierta?
¿Hay acaso un adiós definitivo?

Mis cantos han cesado, los abandono,
desde la mampara que me ocultó, me acerco a ti, sólo a ti.
...
Sé tan feliz como si yo estuviera a tu lado. (No estés demasiado seguro de que no esté contigo.)

***

Para cumplir el deber de amistad y memoria que ese día nos reclamaba, la poesía fue nuestra aliada. Los versos llegaron hasta donde el lenguaje cotidiano no alcanza o se muestra impotente e impostor. Ahí reside una de las potestades de la poesía, su incólume singularidad.

16 de enero de 2010

Amantes

Comprobaba el jueves una vez más que a la mayoría de los alumnos que llegan a la universidad les encajaría bien la etiqueta de 'frustrados aprendices de filólogos'. Hablábamos de poesía y trataba de hacerles ver la necesidad de incorporarla tempranamente a las experiencias sensitivas de los niños, de hacérsela amable cuando aún no han sufrido los estragos del academicismo o los rigores de la pedagogía. Es decir, amistarlos cuando la poesía aún no es verso, estructura o retórica sino música, juego o ensoñación. Y, como siempre, quise comprobar quiénes de los presentes, después de quince o más años de escolaridad, habían desarrollado un mínimo sentimiento de aprecio y gusto por la poesía (me conformo en realidad con saber quienes al menos no han alimentado fobia o desdén hacia ella). Y, como siempre, sólo una minoría de alumnos se manifestó lector de poemas.

Cuando eso sucede, y siempre sucede, me preocupo por hacerles ver lo que no han sabido o no han podido ganar, lo que aún pueden recobrar. Y, sobre todo, me interesa hacerles reflexionar sobre las causas de ese fracaso. La fórmula es muy sencilla. Les pido que quienes lo deseen traigan a clase un poema que por alguna razón les parezca extraordinario y que lo lean ante sus compañeros y traten de explicar por qué consideran que los conmovió hasta hacerlo inolvidable. Tengo comprobado que esos simples actos de lectura y explicación constituyen, incluso para los alumnos más escépticos, una intensa lección literaria. Sobre todo, porque procede de uno de sus pares, de alguien que se sienta a su lado y con quien apenas han intercambiado un saludo. Y los porqués tienen más valor, o más bien un distinto valor, que los que podamos ofrecer los profesores: porque me hizo pensar en algo a lo que nunca había prestado atención, porque me reconozco en lo que el poeta dice, porque me recuerda a una persona querida, porque expresa sentimientos que yo tengo, porque habla de cosas que me importan, porque me ayudó en un momento de confusión y tristeza... Son razones elementales, sinceras, convincentes. Los silencios que provocan sus palabras indican la hondura del mensaje.

"Eso, y no otra cosa, es la poesía", suelo decirles. "¿Por qué entonces la rechazáis o la ignoráis?".

Las explicaciones, por repetidas, resultan desesperantes. Diré simplemente que la mayoría de los alumnos alberga el convencimiento de que la poesía es un artefacto literario creado para aprender a analizar, detectar, comparar, diseccionar, contar, etcétera. ¿Cómo es posible esto? La mejor respuesta, una metáfora irónica y certera, la escuché una vez en boca del gran poeta José Hierro: eso sucede porque a los alumnos se les enseña a actuar como ginecólogos antes que como amantes. Estoy de acuerdo.

Suelo concluir entonces que lo único importante, lo realmente provechoso, es exponer a los niños a la poesía desde muy temprano y que en las aulas tengan cientos de oportunidades de encontrarse con ella como se encuentran con la nieve o una caracola. Para asombrarse, divertirse, guardar. Exponerse a la poesía significa acercarse a un poema con la atención de un naturalista no con las herramientas de un taxidermista.

Como conclusión, les entrego el breve y sutil relato de Mario Benedetti titulado Lingüistas, con la esperanza de que lo recuerden cuando les toque a ellos enfrentarse a sus propios alumnos.

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.

De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:

- ¡Qué sintagma!
- ¡Qué polisemia!
- ¡Qué significante!
- ¡Qué diacronía!
- ¡Qué
exemplar ceterorum!
- ¡Qué
Zungenspitze!
- ¡Qué morfema!

La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas.

Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró en su oído: "Cosita linda".

8 de marzo de 2009

Poesía y lectura VII

Esta mañana, antes de emprender el regreso a casa, hice esta fotografía en una ciudad muy lejana de la mía. La luz que colmaba la plaza donde esa lectora inauguraba el día era intensa, convocadora.

Horas más tarde, en el aeropuerto, fotografié a esta otra lectora. Esperaba, como yo, que un avión la llevara a su destino.

Ahora todo está de nuevo en su sitio. El viaje ha concluido. Extraigo un libro del estante y copio este poema. Con él reanudo los hábitos.


LIBROS

En ellos aprendemos ciertas cosas
y nuestra vida es suya en cierto modo.
Los vemos ordenados, pacientes, anhelantes.
Qué raro.
Si pensamos un poco
resultan como extraños -y tan serios-
en nuestra intimidad, pero ya establecidos
saludo y conversación, ¿cómo evitar su influjo,
la magia de su trato agradecido?
Son a ratos corteses y a veces nos hirieron;
oculta en su penumbra vive una luz dorada.

Acabarán quizás en profusos catálogos
de libreros de viejo, sin saber en qué manos,
como antiguas amantes, hallarán su destino.

Morirán con nosotros, velándonos secretos.

Son páginas los sueños de un libro misterioso.



Felipe Benítez Reyes, La mala compañía

29 de enero de 2009

Mares de tinta

Regreso de Gijón, adonde había sido convocado por Carlos Lomas a conversar sobre literatura y formación literaria con profesoras y profesores de educación secundaria, con los agasajos y los afectos de costumbre. Suelo aceptar esas invitaciones con un sentimiento contradictorio. Me hace feliz poder conocer a nuevos colegas y escuchar sus experiencias y me satisface pensar que algo pudiera yo aportar a sus prácticas docentes y a su sentimiento de la enseñanza. Pero a la vez me siento cauteloso, incluso escéptico, al comprobar las dificultades de transmitir ideas complejas, meditadas, en unas pocas horas y de modo acelerado. Nunca estoy seguro de acertar, de poder decir lo que tenía previsto y consideraba fundamental. Y eso me frustra.

Pero agradezco de veras las invitaciones y respondo siempre que puedo a las llamadas amistosas. Pasear, conversar, escuchar, compartir mesa, contemplar, descubrir... son experiencias que siento siempre como regalos inmerecidos (gracias Amparo y Carlos por vuestra compañía). Y también acudo porque me tienta la curiosidad de conocer qué ocurre en otras geografías docentes, cómo se concibe la enseñanza de la literatura aquí y allá, cuáles son las expectativas de otros profesores. Y es entonces cuando, a pesar de la brevedad y la precipitación, me siento recompensado. Sé algo más gracias a las personas que asisten y preguntan y cuentan. Al final, no puedo asegurar que les he aportado algo. No me cabe la menor duda, sin embargo, de que yo sí he sido beneficiado.

Y entre las muchas cosas con que uno regresa -afectos, paisajes, visiones, confirmaciones...- hay, lógicamente, libros. Los anfitriones me regalaron en esta ocasión una antología de poemas de Berta Piñán, Noches de incendio, en una edición bilingüe, en lengua asturiana y en castellano, traducción realizada por la propia autora. Leer poesía sentado en la mesa de un bar
, solo y forastero, mientras alrededor brotan murmullos y risas y la lluvia cae suavemente sobre la ciudad, es una manera imprevista de felicidad. Leí esa noche un poema que me mantuvo pensativo un buen rato. Fue el siguiente:


LLECTURA NA PLAYA O MARES DE TINTA

El mar altivu de Simbad, el mar d'Ulises,
el mar d'Al-Mutanabbi, calmu y mansulín
como fiera adondada, el mar d'Eneas,
el de Byron, l'azul imposible de Withman,
de Kavafis, el mar de tinta que cuerre nos
sos versos, nun me dexó contemplar el mar
esta mañana.


LECTURA EN LA PLAYA O MARES DE TINTA

El mar altivo de Simbad, el mar de Ulises,
el mar de Al-Mutanabbi, calmado y dócil
como fiera aquietada, el mar de Eneas,
el de Byron, el azul imposible de Withman,
de Kavafis, el mar de tinta que corre por
sus versos, no me ha dejado contemplar el mar
esta mañana.


Leído el poema poco después de finalizar un encuentro en el que había ponderado la importancia de la literatura como medio de conocimiento y reconocimiento del mundo, como vía de acceso a la realidad, una pregunta apareció atropelladamente: ¿puede la literatura impedirnos mirar con nuestros propios ojos? Los versos de Berta Piñán me hacían de pronto vulnerable. Parecían advertir contra el riesgo de que una vez contemplado el mundo literariamente fuese imposible ya una mirada pura y soberana. ¿Pureza? ¿Soberanía? ¿Es acaso la experiencia personal la sola fuente de fiabilidad? ¿Qué es lo auténtico y qué lo falso? En la calidez del bar, resguardado del frío exterior, me dio por pensar en mis convicciones y en mis razonamientos. ¿Me engaño a mí mismo? ¿Estoy engañando a los demás? La paradoja era que esa repentina reflexión había sido provocada por una poesía. La literatura se mostraba generosa y reveladora
a la vez que prevenía contra ella misma. ¿Convendría entonces desintoxicarse o habría que seguir leyendo para entender las cosas un poco mejor? Levantaba los ojos del libro y miraba a los clientes con curiosidad, pero en seguida, ay, sentía deseos de fijar mis sensaciones en un papel. Fuera rugía el mar como reclamando una mirada amistosa y personal.

16 de diciembre de 2008

Celebración

El día 16 de diciembre es la fecha escogida para celebrar el Día de la Lectura en Andalucía. En tal día como hoy del año 1902 nació Rafael Alberti, y en tal día como hoy, pero de 1927, tuvo lugar la primera de las dos veladas celebradas en el Ateneo de Sevilla en homenaje a Luis de Góngora y en las que participaron muchos de los poetas que, posteriormente, fueron encuadrados en la generación literaria que recibió el nombre de aquel año y a partir de aquellos actos de reconocimiento al poeta cordobés.

Cada año, el Pacto Andaluz por el Libro encarga a una persona relacionada con el mundo de los libros la redacción de una alocución pública en defensa de la lectura. La de este año ha sido escrita por el novelista Eliacer Cansino. Habla del silencio que acompaña a todo libro y al que hay que acoger con delicadeza para poder penetrar en la frondosidad de sus palabras. Si quiere leerla puede pinchar aquí.

Y pues celebramos el aniversario de Rafael Alberti vamos a recordar un poema suyo.

A LA PINTURA

A ti, lino en el campo. A ti, extendida
superficie, a los ojos, en espera.
A ti, imaginación, helor u hoguera,
diseño fiel o llama desceñida.

A ti, línea impensada o concebida.
A ti, pincel heroico, roca o cera,
obediente al estilo o a la manera,
dócil a la medida o desmedida.

A ti, forma; color, sonoro empeño
porque la vida ya volumen hable,
sombra entre luz, luz entre sol, oscura.

A ti, fingida realidad del sueño.
A ti, materia plástica palpable.
A ti, mano, pintor de la Pintura.

8 de diciembre de 2008

Poesía y lectura VI

Muchos lectores de poesía acuden a los libros a robar palabras, o, para ser más exactos, a pedir prestadas algunas palabras con las que manifestar lo que se siente cuando uno está, por ejemplo, enamorado. Los versos leídos hablan de cada lector aunque se refieran en realidad a un amor extraño, desigual y secreto. Ayudan a decir lo inefable, a dar nombre a lo que aún no lo tenía aunque lo reclamaba insistentemente. ¡Esto es lo que siento yo!, dicen los lectores incipientes cuando descubren en un poema las palabras precisas para su estado de ánimo. Y no sólo sirven de reflejo. Los versos ayudan también a construir sentimientos, a dar forma a las sensaciones difusas y a las irreconocibles conductas. En efecto, al mostrar sus emociones, los poetas las propagan o las descubren en otros.

El soneto de Rafael Juárez que reproduzco hoy recrea esa doble actitud ante la poesía: el reconocimiento y el estímulo. Uno ve en la escritura y en la vida de otros una sombra de la propia vida, pero a la vez se sirve de ellas para decir lo que no debía ser callado. Leyendo el soneto no será difícil encontrar algunas de las imágenes que nos definen. En el amor, todos nos reconocemos indecisos y atrevidos. La poesía se ocupa de ello y la lectura nos lo hace comprender de mil maneras. Leer es elegir a alguien para que nos acompañe unas horas o una vida, para que nos diga lo que no podíamos o no queríamos saber; escribir es ofrecerse como acompañante, acaso como amigo.
Al escribir, confirma Rafael Juárez, se perpetúa la compañía recibida mientras estuvieron abiertos los libros.


La compañía

Cobarde como Borges o entregado
como Lorca, todo hombre tiene dos
maneras de vivir enamorado:
yo he vivido escondido entre las dos.

Silencioso en la línea de Machado
y elocuente en la lengua de Neruda,
ni he dicho lo que pude ni he callado:
para cada pasión tuve una duda.

Garcilaso discreto y dolorido,
Bécquer directo, lúcido y ligero
como un dardo, áspero Blas de Otero,

ayudadme a decir lo que he querido:
escribir para dar mi compañía
y acompañarme de los que leía.

Rafael Juárez, Métrica y tristeza

7 de noviembre de 2008

Recordatorio

No estoy muy seguro de que quien debiera leer estas palabras de manera prioritaria pueda o vaya a hacerlo. Resulta abrumador aceptar que al destinatario natural de tu escritura le resulte casi imposible darse por enterado, recibir el mensaje. Y no me estoy refiriendo a alguien desaparecido, pero sí a alguien que progresivamente se aleja, se ausenta. Es ese lento, implacable distanciamiento el que nos derrota a todos. Me dirijo a alguien que fue un gran poeta, que es un permanente amigo.

¿Es? ¿Fue? Qué difícil es encontrar en estos momentos el exacto tiempo verbal. 'Es' porque aludo a alguien que vive, se alimenta, camina, duerme, está... 'Fue' porque en todo lo que habitó y lo modeló -la escritura, la docencia, las conversaciones, la escena...- hace algún tiempo que ya no está con la vivacidad que le corresponde. Somos testigos de un abandono que no depende de la voluntad personal, que no puede ser impedido por fármacos o palabras, que se va produciendo sin fragor ni tregua, despiadadamente, como una sucesión de pequeños cataclismos neuronales que van derrumbando poco a poco los recuerdos, los íntimos gestos, los antiguos aprendizajes elementales. Quedará su obra, se consuelan a veces los amigos, y es cierto que quienes quieran en el futuro historiar el encuentro del flamenco con otras músicas o la exaltación poética de los gitanos en España deberán mencionar sin remedio Camelamos naquerar o Penar Ocono, pero esa certidumbre no evita la tristeza.

Ayer, el departamento universitario al que pertenezco decidió proponer la candidatura de José Heredia Maya al Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Fue una demostración de reconocimiento, de recordatorio. La solicitud no será tenida en cuenta, eso ya lo sé, lo cual no rebaja su sentido moral, su valor de homenaje público.

Copio aquí un poema perteneciente al último libro publicado por José Heredia Maya, Experiencia y juicio, como acto de admiración, de renovación de afectos.


ADHERENCIAS

Te han dicho que te quieren con locura,
y ha sido un golpe bajo, la verdad.
No estabas preparado. La inocencia
en estas horas te sorprende. Luego,
cuando quizás sobre la tarde suba
la lluvia y la tristeza de nivel
puede ser que recuerdes cuando, libre
el tiempo, ibas subiendo hasta la cumbre
altiva del misterio y de la duda. La duda
con la fe se vierte en dogma,
pero el misterio permanece activo
y multiplica y repta y anda y muerde
los talones y cae sobre ti
sin fe. Gravitatorio aplasta y sigue.

Te han dicho que te quieren con ternura
y ha sido un golpe bajo, creo yo.
Es planta, la ternura, de otra era
geológica -ser fosilizado-
pero a veces respira, es la verdad.
La ternura sorprende cuando llega
-no, nadie la esperaba- su visita
es puntual y caprichosa. Nadie
es un adverbio intemporal de dudas
y la ternura sí. ¿No lo comprendes?
Afirman que te quieren y adjetivan,
revisas los tratados más remotos,
no se da ese recurso en la sintaxis
contigua y yuxtapuesta con la vida.

Te ha dicho que te quiere una mirada,
mensaje claramente comprensible.
El sabor de la música en los ojos
y el olfato te evitan adherencias
de adverbios -siempre- y adjetivos. Toda
gramática de culpa queda ausente
de unos ojos que miran y desean.

9 de octubre de 2008

Poesía y lectura V


Si oteo mi pasado sólo avisto
recuerdos agradables de películas
y libros. La ficción y personajes
asumidos por mí como algo propio.

Y sueños inventados que sembraba
para segar amor, gloria y dinero.

Cual si mi vida real hubiera sido
la vida no vivida por mi cuenta.
Cuando he debido hacerlo por mí mismo
todo ha salido mal. Y aún mal me sale.


José María Fonollosa,
Destrucción de la mañana


Ocurre que la vida puede ser tan aciaga, tan malograda, tan incongruente a veces, que sólo en las ficciones se encuentran el orden y el sentido necesarios. Ocurre que la experiencia humana puede ser tan dolorosa e ininteligible que las afinidades únicamente se encuentran en las experiencias simuladas de la literatura y el cine. Ocurre que los anhelos pueden resultar tan estériles que sólo en las fantasías se encuentran la serenidad y la justificación. ¿Pero quién se atreve a reprobar la desesperanza? ¿Quién queda a salvo de los alivios de la ficción? ¿Quién, habiendo conocido la desdicha, puede censurar a otros su refugio en las vidas noveladas?
Erraríamos si sólo viésemos en los versos de Fonollosa las premoniciones de un poeta suicida. Pienso que él habla en nombre de todos y se dirige a todos los que de un modo continuado o fugaz han sentido la sombra de la derrota. Y porque conocía bien sus fracasos reales se reconocía en la coherencia de los personajes ficticios. Leer, como ver películas, puede ser por ello una manera consoladora y cierta de vivir.

21 de septiembre de 2008

Alguien nos habla

Desde hace poco más de tres lustros, soy testigo leal de un rito de amistad que se repite tres veces al año. Participo de lleno en él, pero siempre he tenido la impresión de que en realidad soy un invitado, mimado y bienvenido, por supuesto, lo que no evita que piense que lo que ocurre trimestralmente ante mis ojos se originó al margen de mí, sin que yo lo ocasionara o lo previera. En primavera, otoño e invierno, cuatro mujeres se reúnen en tres ciudades distintas para conversar, recordar, lamentarse, reír, comer, beber, consolarse..., pero sobre todo para celebrar que su amistad sigue incólume. En esas reuniones, de las que soy testigo privilegiado, Ana, Andrea, Lola y Trini, profesoras respectivamente de Griego, Lengua y Literatura, Latín y Matemáticas, rememoran indefectiblemente el lejano momento en que se conocieron en un instituto de enseñanza secundaria de la provincia de Málaga y cómo los destinos vitales las fueron luego dispersando aunque nunca separando. Urdir unas horas de felicidad sigue siendo el objetivo primordial del encuentro, pero nada que sea necesario hablar, por incómodo o pesaroso que sea, queda al margen de las conversaciones.

En las sobremesas siempre hay un intercambio de regalos -pendientes, bombones, libros, vinos, cuadernos, discos, mermeladas...- que siempre se dan y se reciben con una algarabía nada fingida. Esos regalos también me alcanzan. Ayer, en el encuentro de otoño, me obsequiaron el libro Tumbas de poetas y pensadores, escrito por Cees Nooteboom y colmado de bellas fotografías de Simone Sassen. Es un libro cautivador. Concebido como un tributo del escritor holandés a los autores que admira, la evocación está hecha junto a sus tumbas, a las que afirma que se acerca para estar cerca de las palabras que ya se han dicho, para dar cuenta de que aunque quien las escribió ya está muerto, sus palabras siguen viviendo. Le parece que decirlas en voz alta junto a sus tumbas es un modo de escucharlas en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.

En ese libro acabo de leer lo siguiente:

"He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe o existe sólo de manera ocasional. Sólo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no sólo escribirla, sino también leerla. No es algo que uno se proponga; esto se deduce fácilmente. A la mayoría de las personas les hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que se comporta de un modo distinto del habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Éste es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla".

Me reconozco en esas palabras y pienso que quizá la amistad no sea en el fondo algo muy distinto a la poesía: la emoción de saber que, a pesar de la distancia o la ausencia, siempre hay alguien dispuesto a hablarnos.

24 de agosto de 2008

Dar cuenta

Si para dar sentido a la literatura es importante entender por qué se lee, no lo es menos saber por qué se escribe. Conocer las íntimas pulsiones de cada escritor ayuda, así lo pienso, a leer con más agudeza, con más pasión. No siempre, sin embargo, las respuestas a los porqués de la escritura son satisfactorias, bien porque no se acierta a explicar con claridad lo que genera y sostiene ese deseo o porque son tan presuntuosas y triviales que mejor no haberlas sabido. Pero a menudo es tan limpia la respuesta que de repente nuestro modesto trato con los libros adquiere plenitud y significación, la escritura se ilumina y la lectura nos encumbra.

Imaginen por un momento a la poeta Anna Ajmátova en un día de frío sobrecogedor mientras guarda cola para conversar unos minutos con su hijo Lev, prisionero en la espantosa cárcel de Las Cruces, en Leningrado. Como tantos otros ciudadanos ha sido víctima de las crueldades de la policía secreta de Stalin (el último marido de Ajmátova tendría peor suerte y moriría de agotamiento en un campo de concentración del norte de Rusia). Como cada mañana de ese invierno inmisericorde aguarda a las puertas de la prisión sin saber si podrá ver a su hijo o, simplemente, saber si todavía vive. Y de pronto, alguien que aguarda también a que los guardianes permitan la entrada a la cárcel se acerca a ella y... Bueno, es mejor leer sus palabras.


EN VEZ DE PRÓLOGO

Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):

- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?

Yo le dije:

- Puedo.

Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.



La consoladora rotundidad con que Anna Ajmátova desafía al miedo y al frío resulta, más de medio siglo después, no sólo un testimonio de las ignominias del pasado, sino una estremecedora proposición ética para el presente. Ese escueto "puedo", musitado apenas, resuena hoy como un grito de fortaleza y esperanza.

(Las palabras de Anna Ajmátova fueron colocadas en su día como encabezamiento de su conmovedor Réquiem. La traducción es de Monika Zgustova y Olvido García Valdés. Está extraído de la antología El canto y la ceniza, publicada por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores)

18 de agosto de 2008

Decid a mis amigos...

A veces, los lugares en los que se lee agregan a la lectura significados que los textos originalmente no tenían. No es que desfiguren el sentido primigenio, sino que provocan recuerdos inesperados, emociones insondables que, probablemente, no aparecerían si esos textos fuesen leídos en otro lugar, con otra luz u otro paisaje.

Afirmo esto a propósito del Barranco de Víznar. En la madrugada del día 18 de agosto de 1936, el poeta Federico García Lorca fue fusilado por soldados del ejército de Franco. No hay constancia oficial del día de la muerte, se supone que fue ese día por testimonios indirectos, ni el lugar exacto de su enterramiento, aunque los recuerdos del joven que lo sepultó permiten hacerse una idea bastante aproximada. Murió, eso sí se sabe con certeza gracias a las investigaciones, entre otras, de Ian Gibson, junto a un maestro, Dióscoro Galindo, y dos conocidos banderilleros granadinos, Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, que se ganaban la vida en realidad como hojalateros y eran además militantes anarquistas. De lo que no hay duda es que su fusilamiento tuvo lugar en las proximidades del denominado Barranco de Víznar, en el camino que une ese pueblo granadino con el de Alfacar, en las estribaciones de la hermosa Sierra de la Alfaguara. Como también se sabe con seguridad que en ese barranco están enterrados otros muchos cientos de fusilados.

Durante décadas ese conocimiento fue secreto, transmitido en voz baja y con miedo. Pero desde unos pocos años se ha adecentado ese lugar y se ha colocado un monolito con una inscripción, Lorca eran todos, que recuerda algo elemental: que aunque el nombre del poeta descuelle sobre los demás, él siguió la misma infausta suerte de otras muchas personas anónimas. En una hondonada de ese barranco hay una improvisada cruz de piedras y ramas sobre la que los visitantes depositan cartas y poemas.

Cada año, en la madrugada de tal día como hoy, se celebran sendos homenajes a García Lorca y a los que murieron como él en el parque de Alfacar que lleva el nombre del poeta y en ese barranco próximo al pueblo de Víznar. En ambos casos, las conmemoraciones tienen lugar en terrenos bajo los cuales yacen los cadáveres de los ejecutados.

Siempre que conducimos a los amigos hacia esos lugares tenemos la precaución de llevar con nosotros algún libro con poemas de García Lorca. Leerlos en voz alta o en silencio, como hace en este caso nuestra amiga Shabnam, sabiendo que las palabras flotan sobre una fosa común, otorga a los poemas un irremediable carácter elegíaco, extrañamente vivificante.

Decid a mis amigos
que he muerto.
(El agua canta siempre
bajo el temblor del bosque.)

Decid a mis amigos
que he muerto.
(¡Cómo ondulan los chopos
la gasa del sonido!)

Decid que me he quedado
con los ojos abiertos
y que cubría mi cara
el inmortal pañuelo
del azul.
¡Ah!
y que me fui sin pan a
mi lucero.

A ese agudo sentimiento de veracidad me refería al principio cuando hablaba de la influencia de los lugares en la lectura, pues en esos casos parece que la literatura es parte inmanente de la tierra, como las rocas, los olivos, los grillos, las acequias.

15 de agosto de 2008

Poesía y lectura IV

El poema de Ángel González que reproduzco hoy, publicado en su libro póstumo, es, en primer lugar, un tributo de admiración y homenaje. Siempre he leído a Ángel González con la sensación de estar escuchando una voz carente de imposturas, diáfana, capaz de hacer que la poesía pareciera la forma de hablar de la gente (o quizá al contrario: capaz de hacer que la forma de hablar de la gente pareciera poesía). Quede constancia de mi agradecimiento por los momentos dichosos que nos regaló. Pero en segundo lugar porque en ese breve poema, próximo al aforismo como tantos de los suyos, está condensada de modo ejemplar una de las certidumbres de la lectura: la provocación emocional de las ficciones. Los lectores saben que Antígona nunca existió, que Pedro Páramo no transitó por las calles de Comala, que Alejandra Pizarnik reía por las mañanas aunque sus versos nocturnos fuesen desgarradores y suicidas, pero no por ello se sienten incrédulos o engañados cuando abren un libro. Antes al contrario, se dejan arrastrar, a veces sin pretenderlo, por las fantasías ajenas hasta el punto de sonreír, indignarse, sollozar o avergonzarse sin tapujos. Y ahí radica la primordial virtud de la literatura, en la autenticidad de las emociones y los razonamientos que genera el alfabeto de la imaginación.


LA VERDAD DE LA MENTIRA

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
- ¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:

- Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.


Ángel González. Nada grave