A lo largo de mi vida he sido cliente de muchas librerías, he tratado con muchos libreros. Si los he abandonado ha sido, por lo general, porque ellos me abandonaron antes. Es decir, cerraron la librería. Soy un cliente fiel, estable. No me gusta la dispersión. A la hora de comprar prefiero recorrer caminos transitados, recalar en espacios familiares. En mis viajes, me emociona conocer nuevas librerías, sobre todo si tienen un nombre llamativo o una fachada decadente o un interior con recovecos, pero en mi ciudad tiendo a la rutina. Salvo en caso de urgencia, prefiero la reincidencia.
La librería a la que acudo habitualmente se llama Atlántida y está ubicada en la Gran Vía de Granada, a espaldas de la catedral. Después de muchos años me siento parte del entramado, entro y salgo despreocupadamente, sé que mis gustos y mis manías están ya incorporados al ambiente. Disfruto además del privilegio consuetudinario, regio, de entrar sin dinero y comprar un libro, sostenido el gesto en una confianza mutua, antigua.
Me parecía que les debía este reconocimiento público.