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15 de febrero de 2009

Mis libreros

¿Qué sería de los lectores sin los libreros? ¿Cuántos felices descubrimientos no les debemos a ellos? ¿Cómo imaginar una biografía lectora sin su sombra, sin su colaboración?

A lo largo de mi vida he sido cliente de muchas librerías, he tratado con muchos libreros. Si los he abandonado ha sido, por lo general, porque ellos me abandonaron antes. Es decir, cerraron la librería. Soy un cliente fiel, estable. No me gusta la dispersión. A la hora de comprar prefiero recorrer caminos transitados, recalar en espacios familiares. En mis viajes, me emociona conocer nuevas librerías, sobre todo si tienen un nombre llamativo o una fachada decadente o un interior con recovecos, pero en mi ciudad tiendo a la rutina. Salvo en caso de urgencia, prefiero la reincidencia.

La librería a la que acudo habitualmente se llama Atlántida y está ubicada en la Gran Vía de Granada, a espaldas de la catedral. Después de muchos años me siento parte del entramado, entro y salgo despreocupadamente, sé que mis gustos y mis manías están ya incorporados al ambiente. Disfruto además del privilegio consuetudinario, regio, de entrar sin dinero y comprar un libro, sostenido el gesto en una confianza mutua, antigua.


Si acudo a esa librería no es por su amplitud o su inabarcable fondo bibliográfico (en realidad es más bien estrecha y el flujo incesante de las novedades crea amontonamientos y obstáculos), sino porque allí me encuentro cómodo, soberano, bien atendido. La responsabilidad de ese bienestar es de los libreros que la atienden, Claudio y Mercedes, o Mercedes y Claudio. En realidad no son los dueños de la librería, sino dos empleados, pero para mí son los verdaderos libreros.

Ambos son gentiles, eficientes, sabedores. Me ofrecen la seguridad de que localizarán cualquier libro que les solicite, por muy rara o recóndita que sea la editorial. Y eso me tranquiliza. Conocen mis preferencias y me anuncian las novedades que suponen que pueden interesarme. Puedo conversar con ellos sobre libros, gustos, autores, tendencias. Son receptivos y agradecidos. Cada Navidad me regalan la pequeña joya que la editorial Aguilar publica para la ocasión, los ambicionados 'crisolines'. Me tratan con deferencia, afectuosamente (aunque en ese sentido no creo tener ventajas). Me allanan el camino hacia los libros deseados, me descubren los ignorados. Se disculpan cuando piensan que no pueden atenderme adecuadamente. ¿Qué más puedo desear como lector? Soy afortunado.

Me parecía que les debía este reconocimiento público.

25 de julio de 2008

El teatro de los lectores

Para entender bien el lugar del que hablo es preciso pensar en alguno de los bellos teatros decimonónicos que aún perduran en España: el Infanta Isabel de Madrid, el Arriaga de Bilbao, el Cervantes de Málaga, el Isabel la Católica de Granada, el Principal de Barcelona, el Campoamor de Oviedo... Hay que situarse imaginariamente en el escenario de cualquiera de ellos y mirar hacia el iluminado patio de butacas, los palcos, la platea, el anfiteatro, el paraíso (si lo tuviera). A continuación es necesario pensar ese espacio completamente vacío, sin artefactos de ninguna clase. Y por último, y quizá en un más difícil ejercicio de imaginación, deben proyectarse sobre esa limpia oquedad largas estanterías de libros hasta colmarla completamente.

El resultado es la librería El Ateneo Grand Splendid de Buenos Aires.

En efecto, lo que desde 1919 fue el teatro Grand Splendid, promovido por el emigrante austriaco Max Glucksman, y que a lo largo del siglo XX acogió representaciones teatrales y de ballets, proyecciones cinematográficas, conciertos de tango y espectáculos musicales, es desde el año 2000 una librería. La arquitectura y la decoración primigenias han sido respetadas escrupulosamente -los palcos, las pinturas de la cúpula, las barandillas, las estriadas columnas, las molduras doradas...-, por lo que la primera impresión de cualquier lector es la de que ingresa en un teatro, sólo que en vez de butacas se encuentra con anaqueles y mostradores y sillones para leer. Porque esa librería, además de vender libros, actúa también como biblioteca. Nada impide que un lector se allegue a ella, escoja el libro apetecido o encontrado al azar y se siente a leerlo hasta acabarlo. Y nadie lo mirará sospechosamente si apila un montón de libros para pasar la tarde. Los palcos hacen el papel de reservados gabinetes de lectura, pero cualquier rincón o pasillo cumplen adecuadamente esa función.

El escenario, que permanece parcialmente oculto por el telón original, ha sido convertido en una cafetería. La antigua simbiosis entre café y lectura adquiere allí su más natural expresión. Es un espacio también para las tertulias o la presentación de libros. Todas las tardes hay además música en directo: un pianista, solo o acompañado por un flautista, pone banda sonora a la lectura tranquila o la conversación civilizada. Desde esa apacible atalaya se divisa un enjambre de lectores ocupados en lo que más les gusta: deambular entre estanterías, ojear libros, detenerse a leer. Parece entonces que se han invertido las tornas, que el espectáculo se desarrolla en el patio de butacas y la acción la protagonizan anónimos lectores que llegan solos o en compañía, recorren las distintas secciones, abren y cierran libros, se ensimisman en ellos, se sientan un momento en una silla, van en busca de otros libros, levantan la vista, piensan, abandonan el lugar. Es un movimiento continuo, improvisado y siempre cambiante que desde el escenario adquiere el sentido de una danza, de una vital representación teatral, pues allí se manifiestan día tras día todos los sueños, todas las expectativas, todos los descubrimientos que los libros son capaces de concitar y satisfacer.