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1 de febrero de 2010

Cuento con libro 3

Hacía tiempo que no reproducía algún cuento relacionado con la lectura y la literatura. He pensado que era hora de recuperar esa costumbre. En esta ocasión recurro de nuevo a Luciano G. Egido, de quien hablé aquí hace unos meses. Del mismo libro que comenté entonces, Cuentos del Lejano Oeste, extraigo el titulado Adiós. Me parece un excelente e irónico ejemplo de voluntad lectora. Espero que su presencia en este blog no les parezca mal ni al autor ni a la editorial Tusquets.


Adiós


La única verdad es la literatura
Fernando Pessoa


Estaba condenado a muerte y los médicos le echaban de seis meses a un año de vida. Como es sabido el cáncer no perdona y ya era tarde para todo. Él ya se había hecho a la idea y había empezado a despedirse del mundo con una extraña resignación suicida. Hacía mucho tiempo que se había separado de su mujer y los hijos se habían desentendido de lo que le ocurriera. Sus amigos estaban muertos o vivían lejos y no quería darles el espectáculo de su agonía ni el golpe bajo de la crecida de sus remordimiento. Le hubiera gustado visitar por última vez algunos paisajes, que le habían congraciado con la naturaleza, y algunas ciudades donde había sido particularmente feliz, con toda la vida por delante para recordarlas. También hubiera querido encontrarse con algún viejo amor inolvidable, con alguna continuada manera de contemplar el mar, como la primera vez, y con algunos lugares, unidos a lecturas y a situaciones especialmente gratas. Pero todo le parecía irrealizable, porque exigía un esfuerzo que no se sentía con ganas de iniciar y menos de concluir.

Le quedaban los libros, más dóciles que su familia y más fieles que sus amigos. Los libros habían sido su pasión más fuerte y más duradera y los que habían ocupado la mayor parte de su pasado feliz. Muchas de las horas de su existencia, tan baqueteada y tan onerosa, las había pasado leyendo y en este ejercicio había aprendido todo lo que le había hecho falta saber. Arrastraba una deuda impagable con sus libros preferidos, inagotables, sorprendentes, luminosos, siempre cercanos. Podía señalar sin error la fecha en que cada uno de ellos había entrado en su biografía y el milagro que había esperado encontrar en el arcano interior de sus páginas cerradas. Recordaba la librería en que los había comprado y por supuesto el sitio exacto que ocupaban en su biblioteca. Le encantaba recorrerlos con la mirada, reconocer su título sin equivocarse y hasta acordarse de los avatares crueles de su encuadernación deteriorada. Coger alguno, hojearlo y comprobar los motivos de su adquisición, le producía un placer renovado, aunque a veces la memoria, después de tantos años, se resistía a completarlo.

Por eso quería despedirse de ellos, por gratitud, por obligación moral, por lo que si fueran hombres se llamaría honestidad. Aquel deseo era probablemente el trago más doloroso de su enfrentamiento con la muerte. Iba a romper una vieja lealtad de la que no quería deshacerse. Eran muchos años de convivencia y no podía llevárselos con él, allí donde fuera, para perpetuar sus débitos. Calculó el tiempo que le quedaba y no había ninguna posibilidad de leerlos todos otra vez, de resucitar las antiguas alegrías, sus descubrimientos definitivos, los oasis de su fertilidad. Un libro al día, incluyendo los domingos, le daría para muchos años. Se le escapó una lágrima de protesta infantil ante la confirmación matemática de la locura de su proyecto. No eran tantos; pero eran demasiados para el plazo disponible. Por lo menos tardaría de diez a quince años en terminar aquella vuelta de despedida que sería su adiós a la vida, con toda la conciencia de su caducidad y toda la pena de su valor inabarcable. En resumidas cuentas, no había derecho a aquella injusticia desaprensiva, que no respetaba ni los mínimos derechos de un hombre.

Escoger un libro, para iniciar la ronda, le costaba un disgusto, porque no sabía por cuál empezar. Leer algunos era dejar de leer otros y el tiempo apremiaba. Cada uno tenía su atractivo y el gozo de recuperarlo formaba parte de la felicidad prometida. ¿Cómo no despedirse de Proust, que le había desvelado el don de la mirada de la memoria? ¿Cómo olvidarse de Borges, que le había conmovido como un diamante tallado de una inteligencia artificial? ¿Cómo no releer a Faulkner, que le había enseñado a descubrir al prójimo, al negro que llevamos dentro? ¿Cómo irse sin haber vuelto por última vez a la luz mañanera de los sonetos de Petrarca? ¿Cómo no decirle adiós al pobre Don Quijote, perdido en las alucinaciones de su cerebro y de su tierra, de su marginación perpetua, de su obcecación suicida? ¿Cómo no recorrer el mundo a pie con Baroja, entre asperezas sentimentales? ¿Cómo abandonar al pobre Hamlet y dejarlo vagar a su albedrío sin una mirada de reconocimiento y de solidaridad? ¿Cómo no resucitar los convulsos sentimientos de Dostoievski, que tanto bien le hacían, aunque le dolían como un remordimiento? ¿Cómo renegar de Rilke y de su dolorosa lucidez? ¿Cómo resignarse a no volver a dialogar con Kafka, tan hermano, tan desgraciado, tan solitario y tan sufrido?

Los días pasaban y no se decidía por ninguno, hasta que cortó por lo sano y optó por el orden alfabético de una selección de sus clásicos amores y que fuera lo que Dios quisiera. Empezaría por San Agustín y hasta donde llegara. Se temía que no alcanzaría ni siquiera la Alejandría de Durrell y mucho menos el Japón de Kawabata y menos todavía el París de Zola. Fue una carrera contrarreloj. Notaba que la enfermedad le iba invadiendo, como el nivel del agua en los cántaros de la fuente. Pero seguía leyendo contra viento y marea, con el gozo renovado de siempre, con el ánimo de un heroísmo cotidiano. Su organismo luchaba no contra la supervivencia, sino contra el tiempo. Notaba que las fuerzas le abandonaban, sobre todo al acercarse el plazo fatal de los seis meses anunciados y descubrir que estaba todavía en Camus. Apuraba las horas de sueño y la luz de los ojos, con el solo paréntesis de la noche para ganar la paz de la lectura mañanera, que a veces se le hurtaba por un cansancio excesivo. No podía más. Pero no se rindió. Vivía exclusivamente para leer y los libros le hacían vivir, no sólo venciendo a la muerte, sino duplicándole el gozo de la precaria vida que le quedaba. Era penoso terminar un libro y esperanzador iniciar otro, que se encendía con la luminosidad de una mañana de verano.

El plazo definitivo del año se cumplió y esperó serenamente el desenlace con Garcilaso entre las manos y se dijo: «Que venga la muerte cuando quiera; pero me encontrará leyendo». Y no se murió, porque a veces los médicos no aciertan en la difícil previsión de las reacciones del insondable organismo humano. Y poco a poco empezó a creer en el milagro y leyó como si se drogara con una fruición renovada el Ulises de Joyce y hasta tuvo tiempo de coronarlo y cotejar la versión de Salas Subirat con la de José María Valverde. La furia irónica de Larra le vino como anillo al dedo para entretener la espera. A los dos años se enfrentó con La montaña mágica de Thomas Mann y consiguió llegar hasta el final, aunque le parecía imposible. El tiempo se dilataba para su satisfacción y los libros seguían acompañándolo en aquella carrera de fondo, que le dejaba sin aliento. A veces se desvanecía, se le iban las letras y se conformaba con acariciar el lomo de los libros, como si tuvieran piel humana. Aquellas interrupciones le parecían faltas a su deber, desfallecimientos de su moral. Cuando cerraba los ojos creía continuar leyendo de memoria. Los médicos estaban asombrados de aquella recuperación inexplicable.

Pasó por Melvilla, Novalis, O’Neill, Pessoa, Quevedo, Rulfo, Sade, Tolstói y cuando estaba entrando en Unamuno y creía que había vencido a la muerte, se murió.

11 de julio de 2009

Cuentos del lejano oeste

Reproduzco cuatro cuentos breves de un autor al que admiro mucho, Luciano G. Egido. Es el mejor modo de mostrar mi reconocimiento. Pertenecen los cuatro al libro Cuentos del lejano oeste, cuya originalísima organización es ya un motivo de fascinación. Los cuentos van creciendo en extensión a medida que avanza el libro, de modo que el primero, titulado Presente, se compone de dos palabras (Yo, era) y el último, Circo, alcanza las 18 páginas. Además, cada uno de ellos va precedido de una cita literaria, que, en conjunto, componen un magnífico catálogo de admiraciones.


Enigma

Se desnuda todo de sí para no ser más que amor.
Fray Luis de León


Él tenía un tiro en el corazón y ella, en la cabeza. Nunca se sabrá quién de los dos amaba más al otro: si ella por matarse por él o él por dejarse matar por ella.


Desnudo

Lo más profundo del ser humano es la piel.
Paul Valéry


Le dije: "Desnúdate". Y ella me dijo: "¿Tan pronto?". Y yo le dije: "Entiéndeme; lo que quiero decirte es que me hables de ti". Y ella me dijo: "Entonces, mejor será que me desnude".


Error

Yo fui loco y ya soy cuerdo
Miguel de Cervantes


El mucho leer le había trastornado el cerebro. Era viejo, flaco y visionario. Creía en la bondad, en la solidaridad y en la justicia. Cuando vino la República, su locura se exacerbó hasta el éxtasis y la guerra civil le cogió a contrapié. Lo fusilaron contra una tapia que creyó que era la frontera del paraíso, unos pistoleros, a los que confundió con ángeles, un día de sol que le pareció de buen agüero. Tuvo tiempo de reconocer ante los suyos, que le recogieron agonizante, que se había equivocado.


El árbol

El árbol bello dos veces centenario
las poderosas ramas extendidas,
cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,
dosel donde una sombra edénica subsiste.
Luis Cernuda


Todas las mañanas, lo primero que hacía era abrir la ventana de su cuarto para verlo y se pasaba largo rato mirándolo. Había crecido con él y le parecía la imagen de la perfección. Reproducía con exactitud el árbol ideal de los tratados de botánica. Era alto, frondoso y ancho sin ser agobiante y tenía dos troncos nudosos y paralelos, que ascendían como dos columnas robustas, que se doblaban en una continuidad de ramas, esbeltas e intrincadas, que lo coronaban con una armonía, levemente asimétrica, que se concretaba en una floración de hojas inquietas, brillantes, graciosas y variadas, que se movían a la menor brisa y recogían el relente de la noche y lo transformaban en perlas sobre el azul del primer cielo. Lo habitaban los pájaros, lo frecuentaban los niños y lo agradecían los caminantes. Cuando cambiaron el trazado de la carretera estatal, quedó condenado a muerte y no sirvieron de nada sus protestas, sus denuncias en los periódicos, sus pleitos contencioso-administrativos, sus desesperados intentos de sabotaje. Todas sus apelaciones terminaron en el mismo fracaso. Alegó la belleza, la tradición, la humanidad y el respeto a la naturaleza; pero nadie le hizo caso. En el momento en que la sierra mecánica atacó uno de sus troncos, con decisión mañanera e indiferencia criminal, se oyó un quejido desgarrador, largo y pavoroso. El tipo de la sierra, con su gorra de béisbol de los Yankees de Nueva York y un bozal de plástico transparente debajo de unas anteojeras oscuras, detuvo el aparato, sobrecogido por la intensidad del dolor humano de aquel lamento insólito. Pero, al cabo de unos segundos, volvió al ataque con idéntica ferocidad y el mismo aire rutinario, hasta que su víctima cayó solemnemente, con gallardía de dios destronado. Los médicos certificaron su muerte como consecuencia de un infarto de miocardio y ni siquiera le dieron la satisfacción de enterrarlo en un ataúd, hecho con los tablones del árbol talado enfrente de su casa, como sin duda él hubiera querido.


(El libro Cuentos del lejano oeste está publicado en la editorial Tusquets)