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8 de junio de 2009

Nuevas palabras pintadas

Las escaleras de acceso a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, donde trabajo, han vuelto a poblarse de palabras. Al término del pasado curso académico ya fueron adornadas con esas y otras palabras, cuyo brillo fue desvaneciéndose con el paso de los días. Ahora, en las postrimerías del presente curso, como un fruto tardío de primavera, han aparecido otra vez, más coloristas, más diversas.

Las nuevas palabras siguen recordándonos a qué vamos allá, a qué tendríamos que aspirar, a qué reclamaciones deberíamos atender: cooperar, disfrutar, luz, escuchar, autonomía, comprender, empatía, soñar, aventura, imaginar, vivir, respeto, arriesgar, mirar, diversidad, justicia, vivir, leer...

17 de septiembre de 2008

Lectura y fascismo

Una vez más, las pintadas que leo en los muros y setos de la Universidad de Granada me hacen pensar. Los autores de la inscripción arriba reproducida (o mejor dicho, de la primera parte de esa inscripción) manifiestan una certidumbre en la potestad de la lectura que no comparto del todo. Comparto, eso sí, una cierta confianza en la virtud ilustrativa y civilizadora de las palabras, pero me resulta del todo imposible corroborar la afirmación que los autores hacen en su pintada (lo que me hace dudar de ese sueño es la advertencia que la continúa, que no sólo invalida lo anterior, sino que demuestra poca confianza en sus propias ideas: es justamente la lectura lo que debería hacer innecesarios los palos o hacerlos reprobables). Participaría plenamente de las intenciones de los autores si hubieran escrito, por ejemplo, "el fascismo puede prevenirse, y no es seguro del todo, leyendo". Pero, claro está, las pintadas no son ensayos filosóficos, no admiten matices ni oraciones subordinadas. Por su propia naturaleza deben ser escuetas y rotundas, indudables. Las inseguridades se manifiestan en los libros y las revistas, pero no en las paredes. Por eso me resulta difícil adherirme sin reservas a esa declaración. Querría creerla, y de hecho esa esperanza me sigue alentando, pero lo cierto es que no hay una correspondencia exacta entre la lectura y la erradicación del mal. Prevenir, quizá; curar, improbable.

Y no es necesario recurrir al usual ejemplo de los jerarcas nazis, gran parte de los cuales, es cierto, eran personas sensitivas e instruidas, amantes de las artes y la música, lectores exquisitos (uno de los personajes literarios más logrados en ese sentido es Maximilien Aue, el protagonista de Las benévolas, la abrumadora novela de Jonathan Littell), lo que no les impidió actuar como metódicos y despiadados verdugos. Lamentablemente, los ejemplos han sido demasiados abundantes en el siglo XX y han afectado a todo tipo de ideologías y regímenes políticos (no olvidemos que muchos gobernantes democráticamente elegidos no han dudado, mientras leían antes de acostarse poemas o relatos de honda y estremecedora rectitud moral, en declarar guerras e invadir países a sabiendas de las muertes que causarían). La benevolencia y la integridad personales no coinciden necesariamente con la excelencia de las lecturas.

Cuenta Alberto Manguel en su libro En el bosque del espejo que el profesor de literatura que marcó su pasión por los libros, que recomendaba la lectura de las obras literarias más sublimes, que leía en clase con agudeza y emoción los pasajes más controvertidos, que, en definitiva, le enseñó a leer, fue al mismo tiempo un confidente de los militares argentinos durante los años más terribles de su dictadura, lo que lo llevaba a delatar a sus alumnos, de los que enviaba minuciosos informes acerca de su formación y sus gustos, lo cual permitió que muchos de ellos fueran posteriormente detenidos y torturados. Las explicaciones que ensaya Manguel merecen ser reproducidas:

"- Puedo decidir que la persona que tuvo una importancia fundamental en mi vida y en cierto modo me permitió ser el que soy, que fue la esencia misma del profesor iluminador e inspirador, era en realidad un monstruo; que todo lo que me enseñó y me alentó a querer estaba corrompido.
-Puedo hacer el intento de justificar sus actos injustificables y pasar por alto que éstos condujeron a la tortura y a la muerte de mis amigos.
- Puedo aceptar que Rivadavia era a la vez el buen profesor y el colaborador de torturadores, y dejar esa descripción incólume, como fuego en el agua.

No sé cuál de las tres es la correcta."

Tampoco yo tengo una respuesta irrefutable. Es un dilema moral de extraordinaria complejidad. Uno querría creer que los monstruos son, por definición, insensibles y taimados, pero no estoy seguro del todo. He constatado demasiadas veces que comparto gustos literarios y pasiones musicales con personas de ideas y conducta deplorables como para pensar que lo que a mí me mejora también enaltece a otros. S
in embargo, la creencia en las virtudes cognoscitivas y éticas de la lectura me sigue ayudando a ejercer honestamente mi profesión y a defender sin imposturas mis opiniones sobre los libros. Y eso me anima y me consuela. En cualquier caso, el valor de esos desafíos, como el de las pintadas, es las oportunidades que ofrecen para el razonamiento y el debate.

No sé qué pensarán los lectores de todo esto.

21 de agosto de 2008

¿Pensar? ¿Leer?


En mi caso, me puse a pensar después de leer.

¿Qué querían expresar los autores de la pintada
aparecida en los muros de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de Granada ? ¿Acaso el que lee no piensa? ¿La lectura obstruye el pensamiento? ¿Hay riesgo de que los libros impidan pensar? ¿No usamos la lectura precisamente para pensar? ¿Es necesario tener un pensamiento propio antes de abrir los libros? ¿Corren el riesgo los lectores de dejarse contaminar por pensamientos ajenos antes de desarrollar los propios? ¿Cómo saber si uno ha pensado lo suficiente para poder comenzar a leer? ¿Es perjudicial apropiarse de pensamientos que no son inicialmente de uno? ¿Es más ventajoso pensar antes de leer? ¿Hay pensadores que no leen? ¿Hay lectores que no piensan? ¿Tal vez los autores querían denunciar que hay estudiantes que sólo leen y nunca piensan? ¿Es una crítica a la memorización de textos sin reflexión posterior? ¿Qué pensarían de esa frase los que leen? ¿Cómo la leerán los que piensan? ¿Y los que leen y piensan?

Si lo que pretendían los autores es hacernos pensar al leer su inscripción, conmigo lo consiguieron. No he dejado de hacerme preguntas, aunque no he logrado entender del todo la proposición.

¿Por qué establecer prioridades? ¿Por qué creer que los pensamientos propios deben preceder al contacto con los ajenos? ¿Hay pensamientos radicalmente individuales que no hayan sido fecundados antes por pensamientos extraños? ¿Por qué no considerar la lectura una forma privilegiada de pensamiento? ¿No sería preferible defender el pensamiento incesante... antes, durante y después de la lectura?

Pienso luego leo. Leo luego pienso.

17 de junio de 2008

Palabras pintadas

Desde hace unos días, las escaleras de acceso a la Facultad donde trabajo están adornadas con palabras que tratan de recordarnos el lugar al que llegamos. Han sido inscritas por manos anónimas, previsiblemente de alumnos descontentos o utópicos, o ambas cosas a la par, que han querido señalar lo fundamental, lo que con tanta facilidad se olvida sin embargo. Ahora nos vemos obligados a ingresar en la Facultad tras ascender por los sueños, el humor, la ilusión, el respeto, la cooperación, la igualdad, el llanto, la libertad, la lectura... Nadie se libra de esa advertencia, salvo quien expresamente opte por utilizar escaleras laterales a fin de no sentirse interpelado. Pocas veces unas pocas palabras han condensado tan fielmente los ideales de cualquier programa educativo, de cualquier estudiante o profesor que trabaje en el interior de ese recinto. ¿Son una celebración o una reclamación? ¿Ensalzan lo aprendido o señalan lo que echan en falta? No lo sé. Quizá no importe demasiado saberlo. En cualquier caso, me gustaría que no las borraran, que cuando se destiñan se vuelvan a reescribir. Quién sabe. Quizá una acción furtiva haya dado con la decoración apropiada para ese recinto.

Imagino que habrá sido la casualidad, pues no creo que los autores de las pintadas hicieran un estudio previo de los peldaños y la secuencia lingüística, pero la realidad es que la palabra LEER, que figura en lugar preeminente, casi en la cúspide, está rodeada de otras que le otorgan pleno sentido: disfrutar, empatía, vivir, alegría, igualdad, despertar. Qué exacta descripción. Y en los aledaños podemos encontrar aún vocablos asimilables: altruismo, amor, llorar, comprender, crear, aprender... Que la lectura aparezca como un acto incuestionable, como parte evidente de cualquier catálogo de sueños y sentimientos, me conmueve y me afirma en la esperanza.