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8 de junio de 2009

Nuevas palabras pintadas

Las escaleras de acceso a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, donde trabajo, han vuelto a poblarse de palabras. Al término del pasado curso académico ya fueron adornadas con esas y otras palabras, cuyo brillo fue desvaneciéndose con el paso de los días. Ahora, en las postrimerías del presente curso, como un fruto tardío de primavera, han aparecido otra vez, más coloristas, más diversas.

Las nuevas palabras siguen recordándonos a qué vamos allá, a qué tendríamos que aspirar, a qué reclamaciones deberíamos atender: cooperar, disfrutar, luz, escuchar, autonomía, comprender, empatía, soñar, aventura, imaginar, vivir, respeto, arriesgar, mirar, diversidad, justicia, vivir, leer...

23 de mayo de 2009

Otros niños

La maestra, Mercedes, me escribe lo siguiente:

Juan, te mando algunas fotocopias de la 'lista de libros' y ' críticas literarias' que me dijiste que te habían gustado.

Gracias. Las sensaciones que sintieron el día que viniste y hoy cuando se han visto nombrados en tu blog, y Fernanda ha visto su dibujo, son tan diferentes a las que su entorno proyecta constantemente sobre ellos que creo que se sintieron, en palabras de Ángel González, limpios, inteligentes, sencillos, tiernos y buenos. Así debe ser, si esto tiene algún sentido. Son felices, están aislados de la brutalidad por unas horas y espero que aprendan a defenderse de ella. Gracias por tu ayuda.

Mercedes hace alusión a una visita reciente a una clase de 1º de Primaria del colegio Juan Ramón Jiménez, en Granada. Para mí fue una experiencia imborrable, aunque por razones algo diferentes a las de la visita a la Escuela Infantil Arlequín, de la que hablaba en la entrada anterior. He querido poner ambas experiencias en correlación para hacer ver hasta qué punto el entorno familiar y social puede condicionar los aprendizajes. Los alumnos a los que hace mención Mercedes en su carta no son equiparables a los del grupo 'Las palomas', que ya conocen ustedes, aunque únicamente los separe un año de edad. Sus biografías difieren notoriamente en muchos casos, los estímulos culturales que reciben en su casas también, así como las circunstancias laborales, económicas o convivenciales de sus padres. Bastaría conocer en qué desconsoladores mundos cotidianos viven algunos de esos niños para darse cuenta de que aprender no es sólo una cuestión de voluntad personal o metodología didáctica, sino que está determinada por causas que están más allá del esfuerzo individual o la disciplina colectiva,
como se empeñan en hacernos creer los apóstoles del neoconservadurismo educativo. ¡Cuánta distancia puede haber entre unos niños y otros, aunque entre una y otra escuela medien tan sólo unos pocos cientos de metros!

Fui igualmente a hablar con ellos y a leerles cuentos. Conociendo su origen social y las a menudo penosas circunstancias familiares me pareció oportuno comenzar por un relato que me gusta especialmente: Yo, de Philip Waechter.


Si lo conocen, entenderán por qué lo escogí. Me pareció que esa imagen gozosa, optimista, segura, un tanto vanidosa, que el oso protagonista proyecta de sí mismo podría crear en aquellos niños un íntimo y luminoso espacio de ensoñación. Suponía que las frases afirmativas que desde la misma portada van construyendo la historia (yo soy guapo... yo soy listo... yo me alegro de los pequeños detalles de la vida... yo soy fantástico... me gusta vivir... yo no tengo miedo... yo sé lo que quiero...) podrían ser recibidas por los oyentes como el agua por el sediento, como la caricia por el herido. De hecho, y de modo espontáneo, los niños fueron repitiendo en voz alta las palabras del cuento, con lo que las sencillas frases del oso parecían en sus bocas una jubilosa declaración de identidad. Más evidente todavía cuando al final del relato el protagonista acaba reconociendo que, sin embargo, hay días en que se siente solo, aislado, y necesita entonces correr y correr hasta llegar a alguien que lo espera con los abrazos abiertos, que lo estrecha fuertemente contra su cuerpo, y con quien inicia un tranquilo paseo por el campo.

Aquella celebración del gozo me bastaba, la defensa final del afecto era la mejor contribución que un libro podía ofrecerles a sus vidas. Los dibujos que de inmediato se pusieron a hacer y luego me regalaron colmaban mis propósitos. En sus colores era manifiesta la expresión de sus íntimos sentimientos tras escuchar el relato.

La emoción más intensa me alcanzó, sin embargo, unos días más tarde, cuando junto a las palabras de la maestra que he reproducido al comienzo llegaron a mis manos algunos textos escritos por ellos. Ustedes juzgarán por sí mismos, pero no me resisto a comentarles que en sus vacilantes escrituras, en sus sinceras declaraciones de cariño, percibo la huella de una previa demostración de afecto, del alud de sentimientos que desencadenó una ficción literaria. ¿Cómo no creer entonces en el poder alentador de la literatura? ¿Cómo no entenderla como una revelación, como un alivio?

Leo sus textos y pienso en ellos con la respiración contenida, como cuando observamos las gotas de suero que van pausadamente de la botella a los cuerpos tendidos en las camas de los hospitales, flujo en el que depositamos la esperanza de la curación. Sé que esas gotas sanadoras son en el aula la multitud de gestos, palabras, saberes, sentimientos, ideales... que brindamos a los alumnos y los avivan y les hacen sentirse confiados y soñadores. Pero qué tremendo fracaso colectivo supondría que, ahora que esos niños están en la frontera entre la redención y la rendición, no fuésemos capaces de asegurarles que saldrán victoriosos, que la escuela es más poderosa que las fatalidades familiares o los destinos ancestrales, que las promesas de un YO libre e ilusionado no son una lacerante quimera.

3 de octubre de 2008

Los caminos de Elisa I

Ésta es Elisa.

Elisa tiene 6 años y un hermano, Peter. Ambos tienen un gato al que han llamado Silma.

Hace unos meses, a propósito de una reflexión sobre los comienzos de la escritura en los niños, adjunté un texto de Elisa para ejemplificar ese proceso. Cuando escribió su hermoso cuento, Elisa tenía tres años y medio. Su determinación era manifiesta.


Desde entonces su aprendizaje continuó. Fue dibujando, dibujando, dibujando...


... y alcanzando todas las etapas que los niños recorren hasta aprender a leer y escribir: las escrituras continuas y onduladas, el lento aislamiento de las grafías del alfabeto a partir sobre todo de las letras de su nombre, la diferenciación entre letras y números...

Su nombre, que es la primera palabra que los niños suelen aprender a escribir, ha estado omnipresente en estos años.










Hace un año, y de modo espontáneo, realizó a lo largo de una tarde una tarea titánica. Comenzó a copiar concentrada y minuciosamente el cuento que en ese momento le estaban leyendo en la escuela,
El dragón Danilo. Lo más portentoso es que el texto del cuento estaba escrito con letra minúscula y Elisa lo copió con letra mayúscula, demostrando así, de modo oblicuo, que a su modo y en silencio había logrado dominar las correspondencias entre letras minúsculas y mayúsculas. No dejo de asombrarme.

En el mes de julio de este año le hizo un regalo a su padre. Comenzaba a ensayar las minúsculas.

Luego, el verano, con su sensitiva sucesión de juegos y revelaciones, aminoró sus conocimientos. Dejó de practicar y olvidó un poco lo que había aprendido.

Hace unas semanas comenzó la educación primaria en el colegio público del pueblo donde reside. Está feliz. Aún habla de la escuela como un lugar de diversión y conocimiento. Muestra lo que hace diariamente con un sentimiento de orgullo y afirmación personal. Ya juzga sus antiguos trabajos como el vestigio de un tiempo casi ajeno: "Eso lo hice cuando era pequeña". Ahora está en la fase de dominar la correspondencia entre fonemas y grafemas y ha comenzado a reparar en la ortografía. Lee con soltura algunas palabras y se enfada si los adultos muestran impaciencia o le corrigen algún error. Tiene conciencia de que sabe hacer las cosas bien y no le gusta que los demás no la entiendan.

He pensado que sería interesante mostrar la aventura cognoscitiva de Elisa en este primer año de entrada en la enseñanza primaria. Lo hago, no obstante, con la sensación de estar invadiendo un espacio íntimo, vulnerable. Pero al mismo tiempo sé que mostrar ese acontecimiento es un acto de celebración, de elogio a todos los niños que con más o menos esfuerzo alcanzan el dominio de la escritura. Al mismo tiempo es una alabanza de la labor de sus maestras y sus maestros. Siento una gran admiración por la inteligencia y la confianza de los niños. Si se hacen las cosas bien esa conquista los colma de felicidad. Cuando consulté a Elisa la posibilidad de dar cuenta periódica de sus trabajos se mostró conforme. Cuando le apetezca se asomará a este blog y sus padres le leerán lo que voy escribiendo.

Ése es mi propósito: ir dando noticias de los progresos de Elisa. Sé que la culminación de ese aprendizaje es uno de los momentos capitales en la vida de los niños, y lo será por supuesto en la de Elisa, y quiero ofrecer la oportunidad de asistir a ese prodigio con los ojos abiertos, emocionados, admirativos.

17 de junio de 2008

Palabras pintadas

Desde hace unos días, las escaleras de acceso a la Facultad donde trabajo están adornadas con palabras que tratan de recordarnos el lugar al que llegamos. Han sido inscritas por manos anónimas, previsiblemente de alumnos descontentos o utópicos, o ambas cosas a la par, que han querido señalar lo fundamental, lo que con tanta facilidad se olvida sin embargo. Ahora nos vemos obligados a ingresar en la Facultad tras ascender por los sueños, el humor, la ilusión, el respeto, la cooperación, la igualdad, el llanto, la libertad, la lectura... Nadie se libra de esa advertencia, salvo quien expresamente opte por utilizar escaleras laterales a fin de no sentirse interpelado. Pocas veces unas pocas palabras han condensado tan fielmente los ideales de cualquier programa educativo, de cualquier estudiante o profesor que trabaje en el interior de ese recinto. ¿Son una celebración o una reclamación? ¿Ensalzan lo aprendido o señalan lo que echan en falta? No lo sé. Quizá no importe demasiado saberlo. En cualquier caso, me gustaría que no las borraran, que cuando se destiñan se vuelvan a reescribir. Quién sabe. Quizá una acción furtiva haya dado con la decoración apropiada para ese recinto.

Imagino que habrá sido la casualidad, pues no creo que los autores de las pintadas hicieran un estudio previo de los peldaños y la secuencia lingüística, pero la realidad es que la palabra LEER, que figura en lugar preeminente, casi en la cúspide, está rodeada de otras que le otorgan pleno sentido: disfrutar, empatía, vivir, alegría, igualdad, despertar. Qué exacta descripción. Y en los aledaños podemos encontrar aún vocablos asimilables: altruismo, amor, llorar, comprender, crear, aprender... Que la lectura aparezca como un acto incuestionable, como parte evidente de cualquier catálogo de sueños y sentimientos, me conmueve y me afirma en la esperanza.