Hoy, 20 de noviembre, se conmemora en todo el mundo el centenario de la muerte de Lev Tolstói y he querido contribuir al homenaje con el recuerdo de un texto suyo, justo el que reproduje en la entrada publicada ayer. (A los lectores que no lo han leído les aconsejaría que lo hicieran previamente a la lectura de los comentarios que siguen, pues así los entenderán mejor.)
Sí, el texto era de Lev Tolstói y fue escrito hace ¡150 años! Como saben, su extraordinario interés por la educación lo llevó, entre otras realizaciones, a fundar una escuela para los hijos de los campesinos y los artesanos de la zona en la que pudieran ponerse en práctica las ideas pedagógicas que él consideraba más adecuadas para la instrucción de la infancia. La materializó en un edificio próximo a su residencia, por lo que recibió el nombre de su heredad, Yásnaia Poliana. Así se la conoce desde entonces y así figura en la historia de la pedagogía. Y él mismo, junto a otros maestros, impartió clases en ella, por lo que sus reflexiones sobre las prácticas educativas provienen no sólo de sus lecturas, sus viajes o sus conversaciones con pedagogos europeos sino de su experiencia concreta en las aulas. El texto que ayer reproduje demuestra muy bien ese compromiso.
Naturalmente, no puedo saber qué habrán pensado ustedes al leerlo, pero a mí me hace recapacitar, por ejemplo, en el hecho de que la inquietud por la 'comprensión' de la lectura no es un asunto contemporáneo. Ya entonces andaban preocupados por las mismas cosas que ahora. Lo cual me plantea una duda: o estamos condenados a reproducir generación tras generación los mismos errores o Tolstói fue realmente un visionario. Porque la infructuosa conversación que mantiene con sus alumnos a propósito de la lectura del relato de Gogol bien pudiera ser un reflejo de lo que acontece actualmente en muchas aulas de educación primaria y secundaria, en España y en otros países. ¿Por qué se siguen manteniendo entonces ese tipo de prácticas? ¿Por qué no hemos sido capaces de seguir el ejemplo de Tolstói y reconocer lo absurdo de ciertos modos de encarar la lectura de un texto? ¿Por qué se continúa exigiendo a los alumnos respuestas estereotipadas a sus lecturas en vez de alentar estrategias propias de comprensión de los textos? No tengo una respuesta clara a esas preguntas. Me abruma pensar, sin embargo, que ha pasado siglo y medio desde entonces y nada parece haber cambiado.
Algo en cambio hay en su relato que me reclama y me estimula: la capacidad de Lev Tolstói para pensar críticamente sobre su práctica docente. Tal vez sea ésa la lección más fructífera, el reconocimiento de su equivocación y la aceptación de la inteligencia de los niños para dar sentido a un texto si se les brinda oportunidades y se guía con delicadeza sus razonamientos. Una actitud que aún nos estimula.
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20 de noviembre de 2010
23 de septiembre de 2010
Entre Tolstói
He sabido de algunas muy buenas lectoras que este verano han dedicado horas y horas a leer novelas de Lev Tolstói. Han estado durante semanas enredadas en las atmósferas, las tramas y los personajes del escritor ruso, vagando como confiados viajeros en una metrópolis inabarcable y seductora. Todas, al término de sus lecturas, expresaban muy parecidos elogios hacia sus obras y mostraban el sentimiento común de una honda tristeza al abandonar esos espacios de ficción, como si hubieran sufrido una inmerecida expulsión del paraíso. ¿Qué empujaba a esas lectoras a perderse en los cientos y cientos de páginas de Ana Karenina o Guerra y paz? La conmemoración este año del centenario de la muerte de Tolstói ha podido influir en su elección, pero la fascinación sentida no creo que haya tenido mucho que ver con los reclamos de la actualidad. Esa atracción procede de las propias obras, de su viejo poder cautivador, de algo que va más allá de las urgencias del presente y sigue conquistando la atención y la emoción de los lectores de todo el mundo.
Quizá la explicación pudiera dárnosla Juan Eduardo Zúñiga, leyendo su libro Desde los bosques nevados. Memoria de escritores rusos, que es un apasionado memorial de lector además de un homenaje a la literatura rusa. La lectura de los breves y conmovedores ensayos que componen el libro permite observar las cualidades de lector de un excepcional narrador. Sus confidencias nos atrapan con la misma fuerza que sus relatos. Y aunque habla de él, en realidad habla de todos nosotros. Las palabras que siguen inician el capítulo titulado Mujeres leídas, soñadas.
"Todos los lectores acariciaron el perfumado cuerpo de Anna Karénina. Todos besaron, seducidos, las manos de Tatiana o mantuvieron la mirada altiva de Grúshenka, la amante de los hermanos Karamázov. Así, muchos lectores de novelas rusas se enamoraron de mujeres soñadas. Al abrir el libro ellas les esperaban para acompañarles quizá durante meses, como radiante ideal femenino, esbozado en una novela o en un cuento y completado con la fantasía de todos los lectores de Gorki, Tolstói, Goncharov o Turguénev. En estos libros la mujer era emblema primordial y su persona subyugante llevaba al lector a reconocerse amante suyo. Durante años de incierta adolescencia y juventud, estas heroínas convivieron con ellos, fueron visitantes invisibles de sus casas, su presencia evocadora las convertía en remanso de ensueños. A ellas deben haber olvidado las penurias, los desamores, la mezquindad; imaginaban su apasionamiento, su belleza, su consagración a causas generosas y así aprendieron a amar y así compensaban no alcanzar nunca figuras tangibles sino simples quimeras.
Leían: en el capítulo V, un hondo desaliento aflige a una mujer -está sola, junto a una ventana, mira a la calle cubierta de nieve, las pobres casas de madera y, lejos, una iglesia de cúpulas doradas: está acaso en Riazán, en Vologda, en Penza-, aunque sus ojos estén secos su garganta se contrae; desea hundirse en la muerte, hundirse aniquilada en un abismo negro y terminar de soportar un sufrimiento diario, inacabable, humillante, pero impuesto por costumbres centenarias. Si pertenecía a la clase elevada, sólo la esperaba la ignorancia, estar encerrada hasta su matrimonio y luego dar hijos, hijos, la decrepitud ineludible. Si era de clase humilde, trabajar sin descanso y ser apaleada por el brutal marido, ajena al uso de los sentimientos.
En el lector de novelas rusas crecía un deseo de proteger a aquella mujer cuyo aislamiento indefenso le parecía reconocerlo como propio, pero la barrera entre su impulso y la irrealidad literaria frustraba siempre su propósito.
La ventisca en un camino solitario golpea el rostro de otra mujer: capítulo VIII; el bosque la rodea..."
Quizá la explicación pudiera dárnosla Juan Eduardo Zúñiga, leyendo su libro Desde los bosques nevados. Memoria de escritores rusos, que es un apasionado memorial de lector además de un homenaje a la literatura rusa. La lectura de los breves y conmovedores ensayos que componen el libro permite observar las cualidades de lector de un excepcional narrador. Sus confidencias nos atrapan con la misma fuerza que sus relatos. Y aunque habla de él, en realidad habla de todos nosotros. Las palabras que siguen inician el capítulo titulado Mujeres leídas, soñadas.
"Todos los lectores acariciaron el perfumado cuerpo de Anna Karénina. Todos besaron, seducidos, las manos de Tatiana o mantuvieron la mirada altiva de Grúshenka, la amante de los hermanos Karamázov. Así, muchos lectores de novelas rusas se enamoraron de mujeres soñadas. Al abrir el libro ellas les esperaban para acompañarles quizá durante meses, como radiante ideal femenino, esbozado en una novela o en un cuento y completado con la fantasía de todos los lectores de Gorki, Tolstói, Goncharov o Turguénev. En estos libros la mujer era emblema primordial y su persona subyugante llevaba al lector a reconocerse amante suyo. Durante años de incierta adolescencia y juventud, estas heroínas convivieron con ellos, fueron visitantes invisibles de sus casas, su presencia evocadora las convertía en remanso de ensueños. A ellas deben haber olvidado las penurias, los desamores, la mezquindad; imaginaban su apasionamiento, su belleza, su consagración a causas generosas y así aprendieron a amar y así compensaban no alcanzar nunca figuras tangibles sino simples quimeras.
Leían: en el capítulo V, un hondo desaliento aflige a una mujer -está sola, junto a una ventana, mira a la calle cubierta de nieve, las pobres casas de madera y, lejos, una iglesia de cúpulas doradas: está acaso en Riazán, en Vologda, en Penza-, aunque sus ojos estén secos su garganta se contrae; desea hundirse en la muerte, hundirse aniquilada en un abismo negro y terminar de soportar un sufrimiento diario, inacabable, humillante, pero impuesto por costumbres centenarias. Si pertenecía a la clase elevada, sólo la esperaba la ignorancia, estar encerrada hasta su matrimonio y luego dar hijos, hijos, la decrepitud ineludible. Si era de clase humilde, trabajar sin descanso y ser apaleada por el brutal marido, ajena al uso de los sentimientos.
En el lector de novelas rusas crecía un deseo de proteger a aquella mujer cuyo aislamiento indefenso le parecía reconocerlo como propio, pero la barrera entre su impulso y la irrealidad literaria frustraba siempre su propósito.
La ventisca en un camino solitario golpea el rostro de otra mujer: capítulo VIII; el bosque la rodea..."
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