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20 de diciembre de 2009

Monstruos de peluche

En las semanas previas al estreno de la película Donde viven los monstruos he dudado mucho si debía verla o ignorarla. Temía decepcionarme, caer de nuevo en la tentación de comparar el libro con la película, comprobar una vez más la imposibilidad de llevar al cine la buena literatura, etcétera. Los avances de la película que iba viendo en el cine y en la televisión no invitaban mucho, la verdad. Y los materiales alrededor de la película que comenzaban a colonizar las librerías y los grandes almacenes tampoco auguraban nada bueno. ¿Ir o no ir al cine? Esa era la cuestión.

He ido. Y...

Lamento decir que la película es extremadamente insustancial y extrañamente confusa. ¿Era previsible? Hasta cierto punto, sí. Pero no tanto como ha resultado al final. Por lo pronto, y eso es tal vez lo peor, le han podado toda la sutileza y todo el encanto que el cuento de Maurice Sendak posee. En el álbum original es más relevante lo que se sugiere que lo que se ve, tienen más importancia las evocaciones que provoca que las certezas que ofrece. Como ocurre con todos los buenos libros, es la naturaleza del espacio que abre a las fantasías del lector lo que determina la cualidad de un álbum ilustrado. Es lo no-dicho, lo que no está explícitamente mostrado, lo que alienta la participación imaginativa de quienes leen una narración. En la película ese espacio se empobrece de tal modo que ahoga las posibilidades de fantasear.

La materialización de los monstruos, en ese sentido, roza el ridículo. El misterio que transmiten las ilustraciones de Sendak se transmuta ahora en evidencia e insipidez. Los monstruos derivan en adorables peluches de juguete, con lo que desaparece cualquier atisbo de magia, de inquietud, de subversión. El extremo talento de Sendak para dibujar unos monstruos que fuesen a la vez terribles y amables es sustituido en la pantalla por muñecos que parecen un remedo de Espinete y sus amigos de Barrio Sésamo. Adiós transgresión.

Pero aún más inconcebible resulta el intento de dotar a los monstruos de nombre y psicología, cuando su mayor atractivo reside precisamente en su indefinición, que es lo que permite al lector habitarlos con las sombras de sus propias turbaciones. Los confusos conflictos adolescentes que los guionistas han introducido en la trama con la excusa de hacer del monstruo Carol un reflejo del joven Max acaban por distorsionar la historia. Derivan la atención hacia las relaciones sentimentales entre Carol y KW, dos de los monstruos protagonistas, en detrimento de las ensoñaciones de Max, que es de lo que de verdad trata el cuento. Pero tampoco es que acabemos sabiendo muy bien cuál es el conflicto que afecta al reino de los monstruos, salvo esa ñoñería de necesitar ayuda para volver a reír, un asunto más propio de
un manual de autoayuda que de una ficción transgresora como es el cuento de Sendak.

Lamento además que haya desaparecido, no sé si por incapacidad técnica (cosa que no creo) o por voluntad de los guionistas, la escena más maravillosa del cuento: la lenta transformación de la habitación de Max en un bosque gracias a su fantasía. La huida por las calles oscuras, al estilo de las recientes películas de terror, que la ha sustituido no alcanza ni de lejos la sugerente metamorfosis ideada por Sendak. La desvirtuación de la historia es manifiesta. Pienso que, cinematográficamente, daba mucho más juego la idea primigenia de Sendak. Porque, tal como plantea el cuento, todo ocurre en la habitación de Max, en su mente. No entiendo el empeño de sacar la acción a la calle.


Como tampoco entiendo la mutilación de la palabra 'monstruo' en la película. Supongo que los productores lo habrán discutido mucho y habrán decidido mantener el título en castellano para no despistar, pero en ese caso deberían haber hecho alguna adaptación en el guión. Ya sé que en inglés no se habla en ningún momento de monstruos, sino de 'wild things', tal como muestra el título original, Where the wild things are. Pero en España, 'wild things' se tradujo por 'monstruos' y es 'monstruo' lo que la madre llama a Max al ver sus travesuras y antes de enviarlo a su habitación sin cenar. Ese calificativo es precisamente lo que desata las fantasías de Max, su deseo íntimo de huir al lugar donde viven los monstruos y ser coronado rey. Es ese término el que provoca su catarsis, su aventura interior y su regreso a la realidad. Me parece contradictorio mantener 'monstruos' en el título y no escucharlo ni una sola vez en la película.

En fin, hago esta crítica en defensa una vez más de la literatura, de su singularidad y su valor. Y también como queja por las adaptaciones cinematográficas que no están a la altura de la propuesta literaria, que rebajan sus cualidades estéticas y desfiguran sus significados profundos. Me molestan las edulcoraciones y las simplicidades a que son sometidos a diario los productos destinados a la infancia, cuando es justamente lo contrario lo que en su día propuso Maurice Sendak con su historia.
En previsión del desencanto, he ido advirtiendo a mis alumnos de que, si se decidían en estos días a comprar el libro para sí o para regalar a alguien querido, se decantaran por el álbum original, que es donde de verdad habitan los monstruos, donde se celebra realmente el poder liberador de la imaginación. Es lo que también me atrevo a aconsejarles ahora.

15 de enero de 2009

Descubrimientos

Una de las mayores satisfacciones de la enseñanza es el conocimiento que otorga el contacto con lectores y no lectores, con sus historias y sus trayectorias vitales. Uno tiene la oportunidad de conocer de primera mano lo que estimula o desanima, lo que enciende o apaga una pasión, lo que deja una huella duradera o desaparece sin dejar rastro. Escuchándolos, trato de comprender qué libros, qué prácticas pedagógicas, qué circunstancias familiares, qué palabras... incitan o desalientan la lectura. Las historias lectoras de los jóvenes me alertan constamente contra las rutinas o los tópicos y conforman suavemente mi modo de pensar y actuar.

He aquí una de esas historias.



La joven de la fotografía se llama Jennifer Aguilar Palma y es estadounidense. Es alumna mía. La historia que un día contó públicamente me conmovió. Lo hizo a raíz de mi presentación en clase del libro que sostiene en las manos, Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak. Al término de mi intervención, levantó la mano y comentó que era uno de los álbumes que con más emoción recordaba de su infancia. Un sentimiento, por lo demás, muy común, pues es, ciertamente, uno de los libros más hermosos del siglo XX. Sin embargo, lo que agregaba a la historia un rasgo de excepción era el modo en que lo había conocido.

Jennifer es de origen salvadoreño. Sus padres emigraron a California a causa de la guerra civil y ella nació allí. Al poco de llegar, su madre se empleó como asistenta en el hogar de una familia. Algunos días, durante las vacaciones, Jennifer acompañaba a su madre al trabajo. En una de esas ocasiones descubrió en la habitación de los niños de la casa ese álbum. Y le fascinó. Pueden imaginar fácilmente la situación. Una niña explorando con los ojos inmesamente abiertos cada rincón del hogar donde trabaja su madre, entrando en el dormitorio de los chicos y descubriendo, entre otros tesoros, los libros infantiles dispuestos en las estanterías. Y he aquí que uno de los que toma en sus manos y lo abre y lo lee con absoluta fascinación es Where The Wild Things Are, que es el título original del álbum de Sendak.

Es fácil suponer lo que, en esa circuntancia casi clandestina, puede significar leer o simplemente mirar las imágenes de un libro. La mezcla de excitación y promesa puede resultar un acto inolvidable. Tantos años después, Jennifer aún recuerda vivamente aquellos momentos inaugurales, la entrada que hacía sin señales ni lazarillo no sólo en una geografía nueva, sino en una lengua nueva y en una nueva dimensión de la existencia.

De esas historias me nutro como profesor y con ellas afirmo mi convencimiento de que, en lo referente a la relación con los libros, el azar juega un papel determinante, irrenunciable, en la biografía personal. Ya sé que resultaría estéril y deshonesto esperar a que esos encuentros fundacionales se produzcan, sin hacer nada mientras tanto. Por eso sé que es necesario programar o facilitar las tempranas relaciones con los libros. Pero asimismo sé que la reglamentación, la obsesión por la eficiencia o las evaluaciones continuas no siempre garantizan el amor por los libros y pueden, en cambio, asfixiar lo que de azar o gratuidad debe tener necesariamente la lectura.