Cuando escucho a tantos y tantos deplorar la escasa calidad de los libros que ahora leen los jóvenes siempre me planteo la misma duda: ¿qué autores leerían en su adolescencia esos que lamentan ahora las mediocres lecturas juveniles? ¿Homero? ¿Horacio? ¿Shakespeare? ¿Lope de Vega? ¿Sor Juana Inés de la Cruz? Me da por pensar que en la mayoría de esas opiniones desdeñosas subyace tanta hipocresía como desmemoria. No niego que algunos lectores quejosos fuesen lectores asiduos de Cervantes y Shelley, pero estoy seguro de que la mayoría tuvo que leer algunos libros menores, incluso francamente malos.
Ese fue mi caso.
Leí en su día los libros que las modas imponían, los que comúnmente se leían, los que aconsejaban los profesores de entonces. Fui un perfecto representante de mi tiempo. Faltaban años para concretar mis gustos, para decidir las lecturas por mí mismo, de modo que en mi adolescencia fui un lector voraz de libros que, juzgados ahora, me parecen vulgares, tendenciosos, rebosantes de moralina, impostores.
He aquí algunos de ellos, que atesoro como vestigios descuadernados de mi pasado lector.






Quienes conozcan esas novelas sabrán que no las adorna precisamente la calidad literaria y que no soportarían una comparación con muchas de las novelas contemporáneas escritas para jóvenes. Eso no impidió que entonces las leyéramos con verdadera fruición. Y sobrevivimos. Algunos incluso tuvimos la oportunidad y la dicha de descubrir posteriormente la gran literatura. Por eso sonrío con cierto pesar cuando escucho las quejas de los puristas de hoy acerca de los malos libros que leen los jóvenes.