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24 de abril de 2009

Mi relación con el Quijote. Tiempo de creación

Pasaron los años y Cervantes y el Quijote fueron entrando y saliendo de mi vida personal y profesional de modo ininterrumpido. Pero fue llegando el tiempo de dar, de devolver algo de lo adquirido. En 1991, con motivo de un curso sobre lectura y bibliotecas escolares que impartí en el colegio público Nuestra Señora del Rosario, en Teba, un hermoso y encumbrado pueblo de Málaga, se me presentó una ocasión de recuperar los afectos primeros. Propuse a los maestros y maestras presentes la posibilidad de emprender un proyecto integral de lectura en la escuela que, como homenaje al lector ideado por Cervantes, pero también por la audacia y la 'locura' que suponía llevarlo a cabo, podría denominarse "Don Quijote". La idea se aceptó con vehemencia y a la hora de buscar un emblema para la aventura que comenzaba recurrí a las ilustraciones de mi viejo libro de lectura, del que les hablé hace unos días. Me pareció que era un modo de regresar a los orígenes, de restituir algo de lo recibido. Así es que fotocopié una de las imágenes de Don Quijote realizadas por Alfredo Bruzón, y coloreadas en su tiempo por mis manos de niño, y la ofrecí como insignia.

Y así quedó hecho. La imagen ocupó el lugar que le correspondía en carnés, marcapáginas, fichas, carteles... ¿Qué mejor homenaje podía yo hacer a Cervantes que regalar un emblema de mis lejanas lecturas de infancia?

Debo decir que aquel proyecto fue el germen de otros más ambiciosos. Recordaré que uno de aquellos jóvenes maestros participantes, José García Guerrero, es hoy el coordinador del Proyecto Biblioteca Escolar - CREA de la provincia de Málaga, de tan feliz andadura.

Como ven, las emociones de la infancia no desaparecen del todo.

Y llegó otra oportunidad de creación En el año 2005, el Festival Internacional de Música y Danza de Granada encargó a la compañía Da.Te Danza, con la que habitualmente colaboro, la creación de un espectáculo para niños y jóvenes en torno a Don Quijote de la Mancha, al cumplirse cuatrocientos años de la publicación de la Primera Parte de la novela de Cervantes. Pude entonces ofrecer un homenaje artístico. Ideé una dramaturgia que permitiera una lectura contemporánea del Quijote, un vínculo con el tiempo que nos ha tocado vivir. Fue así como pensé actualizar la historia de Alonso Quijano el Bueno. Escogí el título a partir de las últimas palabras de don Quijote, cuando moribundo, lúcido, reconoce su locura y declara su bondad. Imaginé entonces la historia de un joven lector de nuestros días, enajenado con los libros a través de los cuales juzga el mundo, enamorado de una dulcinea de su mismo colegio a la que él ve bella y donosa, que se enfrenta a las injusticias y maltratos que sus compañeros infligen a los más débiles,
que sufre las burlas de sus compañeros por su actitud educada y caballeresca, que se refugia en sus fantasías para sobrevivir. Intenté recrear algunos capítulos de la novela en una situación actual, esbozar un quijote fácilmente reconocible por los jóvenes espectadores, reflejar el acoso y las chanzas que sufren en los patios de los centros escolares y en las calles los seres más indefensos y más fantasiosos.

Como dije, el resultado fue Alonso Quijano el Bueno. Y creo poder afirmar que el trabajo de la compañía y los colaboradores fue, sencillamente, excepcional.

Y esto es todo. En esta Semana del Libro he querido dejarles constancia de algunos de los encuentros que he tenido con don Quijote a lo largo de mi vida, de lo que mucho me regaló y de algunas restituciones.
Es seguro que habrá nuevos retos, nuevas oportunidades de homenajear al conmovedor personaje ideado por Miguel de Cervantes. No descarto poder contárselo algún día.

22 de abril de 2009

Mi relación con el Quijote. Entre la ignorancia y la candidez

Tenía 17 o 18 años y acababa de comenzar mis estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. Era el primer estudiante universitario de mi familia, compuesta de trabajadores y empleados sin apenas estudios. Es fácil suponer lo que esa conquista significaba para todos. Ya entonces era un lector solitario y tenaz. Y en la Facultad me enfrenté de nuevo con el Quijote. En esa ocasión con una nueva mirada, con una nueva actitud.

La edición que utilicé entonces era la de Espasa Calpe, el número 150 de la colección Austral. También conservo el ejemplar de entonces.


Como digo, comencé a leer la novela de Cervantes como se espera de un estudiante de filología, es decir, con una conciencia más aplicada, más rigurosa. Y he aquí que de pronto, al leer el capítulo XXIII y siguientes de la Primera Parte, el corazón me palpitó violentamente. Sentí que acababa de hacer un hallazgo sorprendente. ¿Qué había 'descubierto'? Ni más ni menos que Miguel de Cervantes había cometido un error inexcusable. Si en los primeros párrafos del capítulo XXIII Ginés de Pasamonte robaba el rucio a Sancho Panza, ¿cómo era posible que unas pocas líneas después Sancho se apease a comprobar que contenía la maleta que Don Quijote encuentra en el camino? Y, oh asombro, ¿cómo podía ser que en el mismo capítulo, más adelante, de nuevo Sancho fuese detrás de su amo "a pie y cargado, merced a Ginesillo de Pasamonte"? Me dediqué con minuciosidad forense a subrayar con un lápiz rojo todos los episodios en los que el asno de Sancho aparecía y desaparecía, dejando constancia de que en unos capítulos estaba y en otros no. ¿Cómo se explicaba aquel yerro tan tremendo? ¡Qué gran descubrimiento acababa de hacer!

Excitado y ufano, acudí con mi 'descubrimiento' a un profesor que me ofrecía confianza. Era don Emilio Orozco, eminente catedrático de Literatura Española, de cuyo nacimiento se han cumplido estos días 100 años. Con el atrevimiento del adolescente inculto, y creyendo que tenía en mi poder una clave hasta entonces ignorada, me atreví a comentarle que había encontrado un error fatal de Cervantes y que me aprestaba a comunicárselo. Íntimamente esperaba no sólo que reconociera mis méritos sino que me estimara en adelante como un alumno aventajado.

(Ruego a los lectores que contengan las risas y se abstengan de sarcasmos y que sólo vean en el episodio una minúscula muestra de la ingenua fatuidad de la juventud.)

El caso es que don Emilio, con la bonhomía que lo caracterizaba, y tal vez comprendiendo que eran preferibles lecturas personales, aunque torpes, a lecturas desinteresadas, aunque correctas, me dijo amablemente que eso se sabía desde el mismo momento de la publicación del libro, pues Cervantes no revisó el manuscrito original como debería haberlo hecho y que hasta el último momento, incluso en la propia imprenta de Juan de la Cuesta, estuvo modificando la novela, intercalando episodios y cambiando otros de lugar, sin darse cuenta de las incongruencias que aparecían, lo cual explicaba los errores de la primera edición. Me quedé estupefacto y avergonzado. Le di las gracias y abandoné su despacho. Don Emilio Orozco acababa de impartir para mí solo, sin testigos ni premuras, tres lecciones inolvidables: una, acerca de las vicisitudes de la edición original de la obra de Cervantes; otra, acerca de los riesgos de la petulancia y la inconsciencia; la tercera, acerca del trato benevolente que un profesor debe prodigar a los alumnos, incluso a los más simples, como era mi caso (esto nunca lo he olvidado y me ha servido de duradera guía en mi labor docente).

Y así fue cómo en el plazo de unos días pasé del sueño de reconocimiento público por mi agudeza lectora al sentimiento de frustración por un desliz tan descomunal. Tales pueden ser las enseñanzas de vida que un libro puede dar a un joven sin pretenderlo.

20 de abril de 2009

Mi relación con el Quijote. Los comienzos

Quiero comentar a lo largo de esta semana, constituida en Semana del Libro en rememoración de la muerte (más bien el enterramiento) de Miguel de Cervantes, que tuvo lugar el 23 de abril de 1616, algunos de los hitos de mi relación con el Quijote. Me parece la más íntima y personal manera de homenaje que puedo hacer.

Comienzo hoy evocando mi temprano contacto con la obra cervantina.
Tuvo lugar cuando yo tenía 10 años. Cursaba entonces el denominado "Ingreso", que era un curso previo a los estudios de Bachillerato (téngase en cuenta que hablo de una organización escolar muy remota, ya desaparecida). Como lectura obligatoria teníamos los alumnos una edición abreviada y adaptada de 'Don Quijote de la Mancha'. De aquel tiempo recuerdo las lecturas en voz alta, monótonas, realizadas por turnos, que practicábamos sobre todo por las tardes. No sé si aquella cansina práctica pedagógica me ayudó mucho o poco a estimar la obra de Miguel de Cervantes. Tal vez, no demasiado. Lo que sí me viene a la memoria en cuanto abro el libro (que aún conservo, ya desencuadernado, descolorido, incompleto, pero aún resistente) son los momentos dedicados al juego de colorear las imágenes y algunas palabras que entonces me parecían enigmáticas, inaccesibles.

Es muy significativo. La visión de los colores con los que yo trataba de iluminar las ilustraciones en blanco y negro me transportan de inmediato al círculo de luz tenue que un flexo proyectaba sobre el libro, a las cajas de lápices Alpino, a las gomas de borrar Milan, al placer de acertar en la combinación de los colores. Es eso, más que la historia, lo primero que evoco, lo que he conservado con más nitidez. Algunas de las ilustraciones, debidas al dibujante Alfredo Bruzón, están cuadriculadas por mí, señal de que intenté reproducirlas y ampliarlas en un cuaderno de dibujo.

Mi acercamiento al Quijote comenzó así: con un haz de lápices de colores en la mano.

Y también, claro está, con un diccionario. Hay palabras que aún recuerdo rodeadas de hechizo, de atractivo: jubón, redoma, alabarda, galeote, profesar, menester... Era un lenguaje muy alejado del que usábamos los niños del Zaidín, el barrio creciente al que me trasladé cuando toda mi familia emigró del pueblo donde nací hasta Granada, pero esa diferencia, lejos de amedrentarme, me estimulaba. La naturaleza emocional e intelectiva de los primeros encuentros con
las palabras que no son tuyas pero merecen serlo determina el aprecio o el rechazo de la lectura. La seducción o la aversión del lenguaje literario condicionan el acercamiento a los libros. Está claro que en mi caso pudo más la atracción. No siempre sucede así.