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16 de noviembre de 2008

Una pregunta necesaria e incómoda

Invitado amablemente por su directora, Mar Campos, quise plantear y debatir públicamente en los Cursos de Otoño de la Universidad de Almería una pregunta que me acucia: ¿Leer nos hace mejores? No es para mí una cuestión insignificante y sé que no admite una respuesta breve o elemental, pero su formulación permite afrontar un asunto del que rara vez se habla abiertamente pese a estar en el centro de uno de los debates contemporáneos más apremiantes. Me refiero al empeño en que los ciudadanos en general, y los niños y los jóvenes en particular, lean. ¿Por qué esa obsesión? ¿Qué se persigue en realidad con tanta insistencia? ¿Por qué andamos todo el día lamentando lo poco que se lee? ¿Cuál es el objetivo social de esa práctica? ¿En qué piensan en realidad los profesores que amonestan a sus alumnos por su poco amor a los libros, los ministros y consejeros autonómicos que promueven campañas de fomento de la lectura y los publicistas que las diseñan, los periodistas que culpan a los poderes públicos de los paupérrimos índices de lectores, los pedagogos y expertos académicos que asisten a congresos y escriben libros sobre la materia, las instituciones públicas y privadas que redactan documentos y convocan seminarios para analizar el futuro de la lectura? No tengo una respuesta clara, pero a veces me da por pensar que muchos de los actores de los discursos vaporosos e inconsistentes que circulan sobre la lectura han reflexionado poco sobre las consecuencias de sus reivindicaciones.

Observo, sin embargo, que esa pregunta, ¿la lectura nos hace mejores?, provoca desconcierto y a menudo incomodidad, pues obliga a pensar en ella de un modo poco complaciente, comprometido. Es bueno leer, se afirma, y un eco universal reproduce el veredicto por todos los rincones del planeta. Pero la mayoría de las veces no se deriva de ahí ningún argumento, ninguna justificación. Observo que hay no poco pensamiento mágico en esa afirmación, pues se da a entender que por el mero hecho de abrir un libro ocurre "algo", un "algo" por lo general benéfico y definitivo. Parece como si se esperara un prodigio, como si el simple contacto con los libros provocara los efectos favorables que uno le supone al agua de los balnearios o al aire puro de las montañas. Todos sabemos, sin embargo, que no sucede así. Entonces, ¿qué queremos decir en realidad cuando afirmamos que es necesario leer?

Si la respuesta fuese meramente instrumental, es decir, si la pretensión básica fuese formar lectores competentes y autónomos, nada habría que comentar. Ese objetivo es primordial e incontestable. Leer ayuda a desarrollar las capacidades cognitivas elementales para comprender los complejos textos contemporáneos, de modo que eso no puede ser objeto de discusión. Estoy convencido, sin embargo, de que no es esa evidencia la que mueve la reclamación universal de lectura. Hay algo más, algo que late en el fondo de esa demanda y que no siempre se explicita.

Confieso que una feliz emoción me sacude siempre que veo por la calle a personas con ramos de flores en las manos, con violines o clarinetes, con libros. Pienso que son gestos pacíficos, civilizadores. Pero el placer de ver a gente porteando libros o instrumentos musicales no parece suficiente pretexto para defender la lectura o los conciertos sinfónicos. Si todo se limitara a la satisfacción de contemplar esos gestos amables no harían falta costosas campañas de promoción ni, por supuesto, estarían injustificadas las lamentaciones y las histerias por su escaso aprecio. Bastaría con alentar el transporte de objetos culturales, aunque ese esfuerzo estuviera desprovisto de un más profundo sentido. Y tampoco parece convincente la idea de que leer ayuda a pasar gratamente el tiempo, a entretenerse. Algo, por lo demás, obvio. En ese caso, igual valdría un iPod, un periódico o un cuaderno de crucigramas y sudokus, con lo que de paso nos ahorraríamos discursos catastrofistas, advertencias amenazantes, voluminosos estudios, mucho dinero.

Mi impresión es que, aun cuando no se diga abiertamente, incluso aunque haya personas que lo nieguen, la apología pública de la lectura esconde la idea de que leer puede mejorarnos de algún modo, puede hacer que las vidas individuales y las experiencias colectivas sean más gratas, menos bárbaras. Y si eso es así (¿para qué si no tanto desasosiego, tanto esfuerzo?), es necesario entonces pensar y hablar de otro modo del acto de leer. Es lo que trato de hacer cuando formulo esa pregunta a mis interlocutores, a sabiendas de que con ella puedo alterar las aguas calmas de la corrección política y de que corro el riesgo de ser confundido con los neutrales paladines de los "valores" (¿de qué valores se habla: la obediencia o la rebeldía, el patriotismo o el cosmopolitismo, la fidelidad tribal o los derechos humanos?) o con los beatíficos promotores de las lecturas piadosas y edificantes. No tengo mucho que ver con ese género de apologistas. Por lo que a mí respecta, la cuestión es bien sencilla: ¿puede contribuir la lectura a la conciencia ética de los lectores? O formulada de otro modo: ¿puede aportar algo la lectura a la reflexión moral de la sociedad? No es necesario que me recuerden que todo depende de los textos, de la manera de leer, de las intenciones de la lectura... Todo eso lo sé, lo cual no evita que, de entrada, afirme que la lectura puede hacernos mejores. El reto sigue siendo cómo lograrlo.

Se publica ahora en España un libro de un incisivo filósofo norteamericano, Stanley Cavell, que con anterioridad había escrito sobre el mismo asunto unas reflexiones bien interesantes (puede leerse al respecto su obra La búsqueda de la felicidad). El libro al que me refiero tiene un título muy próximo a nuestras preocupaciones, El cine, ¿puede hacernos mejores?, y, en efecto, para el profesor emérito de la Universidad de Harvard la pregunta no es gratuita ni simple. Se trata a su juicio de interrogarse seriamente sobre si el cine puede ayudar a la educación y la inteligencia de una cultura o, dicho de otro modo, a la comprensión que una cultura tiene de sí misma. Pues en ello estamos.