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14 de septiembre de 2009

Literatura, vida, enseñanza

"Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que de forma espontánea me viene a la cabeza es: porque me ayuda a vivir. Ya no le pido, como en la adolescencia, que me evite las heridas que podría sufrir en mis contactos con personas reales. Más que excluir las experiencias vividas, me permite descubrir mundos que se sitúan en continuidad con ellas y entenderlas mejor. Creo que no soy el único que la ve así. La literatura, más densa y más elocuente que la vida cotidiana, pero no radicalmente diferente, amplía nuestro universo, nos invita a imaginar otras maneras de concebirlo y organizarlo. Todos nos conformamos a partir de lo que nos ofrecen otras personas: al principio nuestros padres, y luego los que nos rodean. La literatura abre hasta el infinito esta posibilidad de interacción con los otros, y por tanto nos enriquece infinitamente. Nos ofrece sensaciones insustituibles que hacen que el mundo real tenga más sentido y sea más hermoso. No sólo no es un simple divertimento, una distracción reservada a las personas cultas, sino que permite que todos respondamos mejor a nuestra vocación de seres humanos."

Me reconozco plenamente en esa cita. Son palabras que me hacen feliz y que suscribo en su totalidad. Más aún: de una u otra forma las he venido repitiendo, tal vez con más torpeza, en textos e intervenciones públicas. En este mismo blog creo estar dando testimonio de ello. Lo que me llena de satisfacción no son, pues, esas ideas tan familiares sino la autoría de las mismas. Porque quien eso escribe es ni más ni menos que Tzvetan Todorov.

No deja de ser significativo, y a la vez digno de celebración, que uno de los más relevantes teóricos y críticos literarios de los últimos cincuenta años, que tanto contribuyó a la extensión del estructuralismo como método de análisis y conocimiento, y consecuentemente al afianzamiento de los estudios formalistas de la obra literaria, reconozca que se han cometido severos errores en la enseñanza y promoción de la literatura. El título del libro que acaba de publicarse en España, y del que está extraídas las palabras citadas, puede ser entendido a la par como una contrición y una advertencia: La literatura en peligro. Porque lo que viene a decir Todorov es de una obviedad apabullante para muchos de quienes trabajan en las aulas de educación primaria y secundaria, pero al parecer no tanto para quienes lo hacen en las universidades: que el conocimiento de la historia literaria o de los elementos de análisis estructural puede ayudar pero nunca suplantar el verdadero fin de la lectura y el principal objetivo del lector, que es la búsqueda personal del sentido de una obra literaria. Cuántos disgustos y cuántas frustraciones nos ahorraríamos si se asumiera mayoritariamente este principio. Resulta incomprensible la resistencia de tantos profesores a aceptar que una novela o un poema o un ensayo filosófico no se escribieron para ser destripados en un laboratorio o en un aula sino para incrustar un poco de emoción y pensamiento en la vida de un lector anónimo y curioso. Y que en consecuencia las prácticas pedagógicas deben encaminarse a favorecer esa búsqueda.

Citemos de nuevo a Todorov:

"Es preciso también que nos interroguemos sobre la finalidad última de las obras que consideramos dignas de ser estudiadas. En general, tanto ayer como hoy, el lector no profesional lee estas obras no para dominar mejor un método de lectura, ni para obtener información de la sociedad en la que se crearon, sino para encontrar en ellas un sentido que le permita entender mejor al hombre y el mundo, para descubrir en ellas una belleza que enriquezca su existencia. Y cuando lo hace se entiende mejor a sí mismo. El conocimiento de la literatura no es un fin en sí, sino una de las grandes vías que llevan a la realización personal. El camino por el que en la actualidad se ha adentrado la enseñanza de la literatura, que da la espalda a este horizonte ('esta semana hemos estudiado la metonimia, y la semana que viene pasaremos a la personificación'), corre el riesgo de conducirnos a un callejón sin salida, por no decir que difícilmente podrá desembocar en el amor a la literatura."

Creo que es una alentadora reflexión justo cuando comienza el nuevo curso escolar.

(La literatura en peligro está publicado en Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores. Traducción de Noemí Sobregués)

21 de enero de 2009

Preguntas

En el transcurso de un debate en torno a un texto de Martha Nussbaum sobre el valor social de la literatura, una alumna hizo una pregunta que me dejó pensativo. Era una de esas preguntas que condensan repentinamente el sentido de una explicación, incluso de un curso académico, pero cuya transparencia impide, paradójicamente, una respuesta elemental o definitiva. En realidad, su pregunta debía haberse producido al comienzo y no al término del curso académico, como ocurría en esta ocasión, pero en ese caso no habría podido formularla ella, sino yo, pues justamente a intentar responderla han estado dedicadas las clases y las discusiones. El hecho de que la pregunta la expusiera una alumna al final del proceso es para mí muy satisfactorio, pues indica que he logrado transmitir algunas de mis inquietudes. La pregunta, en fin, no manifestaba una duda, como podría parecer, sino una perplejidad. Mi perplejidad.

A propósito de la defensa que estábamos haciendo de la función pública de la literatura y de la mejor disposición de los textos narrativos o poéticos para comunicar 'verdades' éticas sobre los seres humanos, la alumna preguntó lo siguiente: "Y si esto es así, ¿por qué entonces la mayoría de la gente no ve clara la importancia de la lectura para sus vidas y para conocer el mundo?". Y declaró sentirse asombrada por el hecho de que algo tan evidente y relevante, tal como ella había descubierto, no fuera de dominio común.

Como comprenderán, la pregunta indica que esa alumna había comprendido y asumido en parte el valor de la literatura, lo que irremediablemente lleva aparejada una cierta frustración. Porque, como dije antes, su perplejidad es asimismo la mía. Por eso me resultó tan difícil responderle. ¿Qué se dice en esos casos? Lo más honesto es decir la verdad: "No lo sé. Y no dejo de preguntármelo. Y por eso, en parte, soy profesor, para tratar de dar una explicación más o menos coherente". Pero ese tipo de respuestas quedan bien en un texto escrito, pero resultan muy cortantes dichas ante un grupo de alumnos. Así es que respondí con un poco más de retórica y al final me encogí de hombros en señal de impotencia.

En efecto, esas preguntas me agobian y a la vez me estimulan a reflexionar: ¿Por qué lo que para unos es fuente de gozo y conocimiento resulta para otros indiferente y hasta aborrecible? ¿Qué responsabilidad corresponde a los profesores en esa dualidad sentimental? ¿Por qué incomoda reconocer el valor ético de los textos literarios? ¿Cómo salvaguardar a la lectura de los escolasticismos, las futilidades, las grandilocuencias o las defensas burocráticas que la desvirtúan?

Vamos a seguir pensando.

26 de noviembre de 2008

Presente y memoria

Por más que leo biografías o testimonios personales de lectores raramente encuentro agradecimientos a los maestros o profesores por haberlos guiado con claridad y delicadeza, por haberles dispensado consejos u orientaciones. Si me dejara llevar por esos silencios tendría que pensar que en las aulas apenas se han producido momentos felices con los libros, apenas tienen lugar experiencias literarias inolvidables. Las lamentaciones y los reproches, por el contrario, son frecuentes. Es cierto que lo que fastidia o duele se conserva en la memoria con más fuerza y al cabo del tiempo puede evocarse para ajustar cuentas con el pasado. Y es cierto también que lo satisfactorio y pródigo se da por descontado, no merece atención o alabanza. Se recuerda la sequía, pero se olvidan las lluvias puntuales del otoño. Esa evidencia, sin embargo, no explica del todo la penuria de elogios. Es un vacío que debería hacernos pensar. ¿Por qué los desafectos son más frecuentes que las adhesiones? ¿Por qué son tan escasos los recuerdos felices y el reconocimiento a la labor mediadora de la escuela? ¿Deberíamos aceptar que el sistema escolar es incompatible con el gozo de la literatura y que el disfrute de la lectura y la escritura en las aulas será siempre una excepción?

Carlos Lomas ha coordinado un libro colectivo en el que esas cuestiones se abordan con sinceridad y algo de esperanza. En él, como ante un espejo, se confrontan los recuerdos escolares de algunos escritores y las reflexiones de algunos profesores sobre la función de la literatura en la escuela.


No es luminosa la memoria literaria de las aulas, como no es loable la presencia de la literatura en la escuela. La imagen aún dominante en la literatura es la de una escuela asfixiante, enemiga de la fantasía, discriminatoria. ¿Es así, realmente, o responde a la herrumbre que provoca el paso de los días? Es difícil de saber. Bien es verdad que los testimonios que podemos leer en este libro corresponden a quienes fueron niños en el apogeo o las postrimerías del franquismo, a quienes ya pueden escribir sobre su infancia como se contempla el curso del río desde lo alto de la montaña (me pregunto si entenderán esa sombría mirada los lectores que fueron a la escuela en otros países, en otros contextos históricos, en otras sociedades). Pero esa evidencia no impide pensar que quizá exista un cierto antagonismo entre la rigidez del sistema escolar y el albedrío que exige la lectura literaria. ¿Cuál será el testimonio futuro de los niños que cada mañana veo encaminarse a las aulas, soportando sus mochilas cargadas de libros, charlatanes unos y medio dormidos otros? ¿Recordarán la escuela con igual acritud, cuando echen la vista atrás, los jóvenes que nacieron o se educaron en la democracia? No puedo asegurar nada, pero quisiera pensar que los recuerdos serán más amables, menos hostiles.

¿Y la literatura? ¿Seguirá generando en los años venideros unos recuerdos tan mortecinos y adversos como ocurre ahora y ocurrió asimismo en el pasado? Sería lamentable que nada cambiara, pero lo cierto es que la literatura continúa compareciendo en las aulas menguada y sin brillo, desfigurada por temarios desproporcionados y metodologías obsoletas. ¿No hay remedio para ese desacierto? ¿Hay acaso una incompatibilidad radical entre las rutinas de las aulas y el goce de la literatura? ¿Estamos condenados a la queja y la insatisfacción permanentes? ¿Podrá evitarse en el futuro la desafección o la indiferencia? En este asunto voy sobrado de preguntas y pobre de respuestas. Y no es por pereza o falta de análisis. Se debe, simplemente, a la constatación de que por más que se señalen los defectos y se apunten soluciones todo resulta insignificante ante el prestigio de los viejos hábitos pedagógicos y la desmesura de los programas escolares. Y ello a pesar de las incongruencias, las antipatías, las insatisfacciones en torno a la enseñanza de la literatura. Naturalmente, ignoro qué escribirán en el futuro los alumnos de hoy, pero lo cierto es que en las aulas están ahora construyendo su memoria literaria.


¿Es posible entonces otra memoria, otra pedagogía literaria? La respuesta debe ser necesariamente afirmativa. Estamos obligados a ello. De las razones para la esperanza y de algunas cuestiones más se habla en este libro.

30 de octubre de 2008

Lo que dicen las cosas (conclusión)

Las cosas, en efecto, constituyen una de las puertas más anchas y franqueables de ingreso en la literatura. Es seguro que cada lector guarda en su memoria cuentos, poemas o fragmentos de novelas en los que las cosas poseen un protagonismo relevante. Bastaría con escoger alguno de esos textos y presentarlos a continuación de los relatos de los participantes (en mi caso, los alumnos) para hacerles comprender la contigüidad que existe entre sus vidas y el vasto territorio de la imaginación literaria. Yo me sirvo de algunos de ellos.

Hace casi una década, el escritor Paul Auster participó en un proyecto admirable de la Radio Pública Nacional estadounidense. En lo que posteriormente se llamó Proyecto Nacional de Relatos, Auster se encargó de coordinar las respuestas que los oyentes de todo el país dieron a una proposición de la emisora de radio: enviar relatos verídicos y breves sobre sus vidas. Es decir, escribir y hacer públicas historias reales que bien pudieran ser una ficción. Cada mes, Auster se encargaría de leer en el programa
Weekend All Things Considered algunas de las historias enviadas. En palabras del escritor "todos nosotros sentimos que tenemos una vida interior. Todos sentimos que formamos parte del mundo y que, sin embargo, vivimos exiliados en él. Todos ardemos en las llamas de nuestra propia existencia. Necesitamos palabras para expresar lo que hay dentro de nosotros". Los oyentes no desaprovecharon la oportunidad que se les brindaba y los relatos comenzaron a llegar de modo masivo e inmediato.

Las historias eran realmente conmovedoras y deslumbrantes, pero a la vez efímeras, pues sólo florecían en el breve lapso de su lectura a través de los micrófonos. Para remediar esa desventaja, Auster, finalizada la experiencia radiofónica, decidió prolongar su existencia a través de un libro.
Seleccionó 179 de las cuatro mil historias que llegaron a la emisora y las publicó con el título Creía que mi padre era Dios, llevando hasta la portada el título de uno de los relatos incluidos en él. Recomiendo fervientemente su lectura. La desgastada afirmación de que leer ayuda a entender y apreciar a los seres humanos adquiere pleno sentido en las páginas de ese libro.

Pues bien, una de las secciones del libro se denomina, precisamente, Objetos, y como indica su nombre recoge algunas historias en las que las cosas desempeñan un papel preponderante: una antigua vajilla de porcelana extraviada en una mudanza y encontrada azarosamente en un mercadillo muchos años después; el reloj que un soldado lleva pertinazmente consigo durante la guerra y el cautiverio posterior como un signo de supervivencia y de recuerdo de su madre que se lo regaló; la fotografía que descubre repentinamente la inquilina de una casa de alquiler y que representa a los antiguos moradores, uno de cuyos miembros está en ese momento y por casualidad en la casa de enfrente participando en una boda; la cadena con una estrella de David perdida en el mar y descubierta diez años más tarde en el escaparate de una joyería... La vida de la gente ofrece en esos relatos su rostro más enigmático, más inaprensible, más asombroso. Mis alumnos escuchan esas historias con la sensación de que sus nombres habrían podido figurar sin dificultad en el índice de ese libro. Les invito entonces a escribir sus relatos pensando en esa posibilidad.

Tal vez no fuera necesario ir más lejos. Que la vida y la literatura son consanguíneas queda irrebatiblemente demostrado. Pero, ya adentrados en ese territorio, ¿por qué no seguir aventurándose en él? Entonces, una oda de Pablo Neruda (a los calcetines o al diccionario, por ejemplo) o un relato de José Jiménez Lozano (sobre las gafas de leer de la abuela o el viejo espejo de la casa), un poema de José Antonio Muñoz Rojas (al paraguas o las llaves perdidas) o un fragmento de alguna obra de Georges Perec (Las cosas o La vida instrucciones de uso, por ejemplo, en las que tan manifiesta es la meticulosidad del autor por describir los objetos que forman parte de la vida cotidiana), pueden conducir al corazón mismo de los ensueños poéticos de la humanidad.

Lo que comenzó como un simple y tímido relato de la propia vida a través de un anillo, un peluche o un pañuelo acaba siendo un hermanamiento feliz con la literatura, que aparece así próxima a sus experiencias, deseable y emocionante. Ése era el objetivo.

Esto es todo cuanto quería contarles sobre el lenguaje de las cosas.

28 de octubre de 2008

Lo que dicen las cosas (continuación)

En efecto, la alumna abre su mochila y extrae de ella... un enorme muñeco de peluche.

Pudiera esperarse, dado el carácter público del acto y el ámbito académico en que se desarrolla, que hubiera extraído algún objeto más aristocrático, más deslumbrante: un libro antiguo o una vieja entrada al Museo del Louvre, por ejemplo. Pero no. Ella ha cumplido estrictamente la consigna: "Traed a clase un objeto significativo en vuestras vidas, al que os sintáis unidos de un modo intenso". Y ese peluche cumple fielmente los requisitos. Las sonrisas iniciales de sus compañeros van transformándose en sorpresa y felicidad a medida que la dueña va desgranando la historia del muñeco, cuenta las circunstancias en que llegó a sus manos, describe los lugares en los que ha estado depositado, muestra las marcas que el paso del tiempo ha dejado en su piel. Por lo general, todos quedan conmovidos. Descubren cuánta memoria puede atesorar un simple objeto.

Y entonces comienza la celebración. Ya nada los para. Uno muestra un anillo que le regaló su abuelo poco antes de morir a modo de despedida, otra muestra una fotografía de sus amigas tomada unos días antes de separarse de ellas para ir a estudiar a otra ciudad, otra se coloca la nariz de payaso que siempre lleva consigo para darse ánimos cuando está decaída, otro enseña la pinza cauterizante del cordón umbilical de su primer hijo, otra muestra el diario que escriben a cinco manos ella y cuatro compañeras, otra exhibe la carta que le escribió su primer amor adolescente, otro muestra el llavero que perteneció a su padre ya fallecido, otra muestra el libro que su madre le leía antes de acostarse cuando era niña, otro despliega la kufiyya palestina que le regaló un íntimo amigo, otra ondea el delantal que le regaló una tía como signo de inicio de una nueva vida independiente, otra muestra el reloj que le regaló su hermano a modo de reconciliación, otro enseña una caracola que recogió en un inolvidable viaje al mar, otra habla del frasco de pastillas del que no se separa jamás pues de él depende su vida en caso de una crisis de su enfermedad, otro muestra la primera pluma que le regalaron en un cumpleaños y con la que aún sigue escribiendo, otra muestra la primera máquina de fotografías que llegó a sus manos, otra toca el acordeón que la acompaña esté donde esté...

La vida se despliega ante ellos con toda su plenitud y belleza.

Este breve muestrario de historias basta para hacer ver que al término de esa ceremonia, y una vez han hablado en voz alta de sus objetos, los alumnos comprenden que todos poseen historias dignas de contarse y que esas historias están depositadas en las cosas que los rodean, los acompañan y conforman sus vidas. Por el atento silencio con que han escuchado las narraciones de sus compañeros percibo que se han dado cuenta de que las "cosas lo dicen todo", que los objetos mostrados son portadores de melancolías, tristezas, felicidades, amores, esperanzas, dudas..., que todos ansían saber más e ir más lejos, que gracias a esos minúsculos objetos compartidos han descubierto la cara oculta y más auténtica de sus compañeros.

Durante ese tiempo se han reído, algunos han lagrimeado, se han mirado de otro modo, todos se han sentido contentos, curiosos y cómplices. Y por lo que luego dicen sé que han entendido que sus muñecos, pulseras, monedas, gafas, espejos, zapatillas, cascabeles... dan testimonio de una pertenencia, homenajean a seres amados, sostienen la memoria, afirman identidades, vinculan a lugares. Ese simple descubrimiento es el don que se ofrecen mutuamente.

Pero, ¿y la literatura? ¿En qué momento se hace presente? ¿Cómo se engarzan esas emociones y esos relatos con los poemas y las novelas? ¿Cómo hacerles migrar desde sus mundos interiores hacia las anchas regiones de la imaginación poética? Sé que los discretos lectores de este blog ya habrán trazado por sí mismos las rutas que emplearían para conducirlos a los textos. En su mente habrán comenzado a pergeñar sus propios procedimientos para enaltecer la literatura. Podría, por tanto, no continuar la narración y dejar a cada cual con sus ensoñaciones. Sin embargo, me parecería descortés dejar inconclusa esa experiencia, de modo que la culminaré mostrando lo que yo hago.

Pero, dada la extensión de esta entrada, y a fin de no cansar a los ocupados lectores (ya me gustaría creer que todos merecen el calificativo que Miguel de Cervantes dedicó a los suyos en el prólogo al Quijote), dejo para el próximo día la terminación del relato.

26 de octubre de 2008

Lo que dicen las cosas

Nunca resulta fácil explicar el sentido profundo de la literatura y menos aún a jóvenes alumnos universitarios atiborrados de interpretaciones historicistas, informaciones biográficas y nomenclaturas espurias. A menudo es una tarea titánica lograr que se deshagan de las ideas pedestres que atesoran como verdades prestigiosas e intocables: la literatura sirve para expresarse mejor, para leer con fluidez, para adquirir cultura, para evitar las faltas de ortografía, para incrementar el vocabulario, para evadirse... Esa roma concepción de la lectura está tan arraigada en sus conciencias, les resulta tan indudable, que hay que actuar como el restaurador de un viejo cuadro: paciente y delicadamente hasta quitar la pátina de prejuicios y errores.

Hace ya algunos años descubrí un modo sutil y eficiente de afrontar esa tarea. Me inspiró un poema de Pablo Neruda, Oda a las cosas, que forma parte de su libro Navegaciones y regresos. Como saben, Neruda era un enamorado de las cosas, que coleccionaba de un modo abrumador y obsesivo. En realidad, a él le gustaba definirse como 'cosista' antes que como coleccionista. Su residencia de Isla Negra es un testimonio escenográfico de esa pasión. Mascarones de proa, botellas de vidrio, caracolas, relojes, mariposas e insectos, figurillas de barro, máscaras, estribos, instrumentos musicales... ocupan todas las habitaciones de la casa en una promiscuidad armónica y asombrosa. Esa oda no es sino un canto a las cosas que le fascinaban, desde las minúsculas a las supremas, desde las naturales a las creadas por manos humanas, desde las toscas a las aterciopeladas. Visitar sus casas es como transitar a la vez por un museo, un baratillo y un almacén de utilería teatral.

La última estrofa de ese poema me abrió el camino.

Oh río / irrevocable / de las cosas, / no se dirá / que sólo / amé / los peces, / o las plantas de selva y de pradera, / que no sólo / amé / lo que salta, sube, sobrevive, suspira. / No es verdad: / muchas cosas / me lo dijeron todo. / No sólo me tocaron / o las tocó mi mano, / sino que acompañaron / de tal modo / mi existencia / que conmigo existieron / y fueron para mí tan existentes / que vivieron conmigo media vida / y morirán conmigo media muerte.

'Muchas cosas me lo dijeron todo': qué afortunado hallazgo. Las cosas, en efecto, son reveladoras, pueden ser el germen de una admirable narración. Me di cuenta de que si quería hacer ver a mis alumnos el significado nuclear de la escritura literaria debía partir de su propia experiencia, de su propia memoria, de sus propias emociones. ¿Y qué mejor modo para lograrlo que hacerles contar una historia personal a partir de algún objeto que formara parte de su más recóndita intimidad? Así pues, en los primeros días del curso, y mientras se las ven con textos de Jerome Bruner, Bruno Bettelheim o Martha C. Nussbaum acerca del sentido de la literatura, les pido a los alumnos que lleven a clase alguna cosa que consideren preciada y significativa y a la que se sientan unidos sentimentalmente. No deja de turbarles la petición, más todavía cuando les anuncio que deberán narrar ante sus compañeros el porqué de su elección y el valor que ese objeto tiene para ellos.

Pudiera pensarse que, dadas sus inseguridades y sus pudores, el día fatídico fijado para la actividad de narración los alumnos prefieren ausentarse a pasar el mal trago de hablar públicamente de su propia vida, de sus modestos recuerdos. Pero puedo asegurar que nunca ha habido deserciones u olvidos. Más bien al contrario.

El día señalado se percibe siempre una soterrada tensión, un rumor temeroso y expectante. Se colocan en círculo, se enfrentan unos a otros. ¿Quién comenzará? Una mano se alza al fin. Las miradas se dirigen a la audaz compañera (las alumnas suelen ser las más decididas) y la envuelven con su silencio. Ella, mientras tanto, ha abierto su mochila y lentamente extrae...

[Para no cansar a los lectores con una explicación muy extensa prefiero interrumpir aquí el relato y continuarlo en una próxima entrada. Disculpen las molestias]