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11 de julio de 2010

Darwin y la ficción

"Así pues, la narrativa de ficción no es una capacidad que surja únicamente de los tipos de no ficción que describen y comunican hechos, sino que es una ramificación que existía de modo adaptativo en las primeras fases de la mente humana. Si lo comparamos con toda la historia humana, uno de los pasos más significativos de la evolución de la mente fue el procesamiento de información sofisticada de naturaleza no fáctica. Dicho de otro modo, la capacidad de los seres humanos de ir más allá de sí mismos representando en sus mentes acontecimientos posibles pero no existentes: situaciones que fueron ciertas en el pasado o no son ciertas en el presente o son posibles en el valle de al lado o podrían suceder en el próximo invierno. Como es evidente, esta facultad de razonamiento práctico imaginativo tenía un inmenso valor de supervivencia en el entorno ancestral, y permitía a los grupos de cazadores-recolectores especialmente hábiles en este sentido explorar oportunidades, enfrentarse a amenazas y superar a grupos e individuos menos precisos e imaginativos. Las historias de ficción, que con toda probabilidad aparecieron después, no funcionan al margen de esta facultad, sino que suponen una mejora y una extensión del pensamiento contrafáctico para adentrarse en más mundos posibles. Éstos deben ofrecer más posibilidades de las que toda la experiencia vital podría dar a una sola persona. A esta capacidad de pensar en contra de los datos fácticos, el razonamiento basado en casos concretos añade una capacidad para interpretar y, por tanto, adquirir conocimientos, pues consiste en usar analogías e identificar discrepancias en situaciones altamente complejas que se abordan en la realidad y se contemplan en la imaginación.

Antes he insistido en la capacidad espontánea de los niños pequeños para clasificar datos en función de si éstos pertenecen a algún mundo ficticio o bien al mundo real, así como a la posibilidad de cruzar en su imaginación de un mundo a otro sin confundirse. Una vez más, se trata de una facultad humana fundamental que posee un valor decisivo para la supervivencia: una especie imaginativa cuyos miembros no pudieran distinguir a un tigre en un bosque de soñar de día con un tigre en el bosque tendría una clara desventaja competitiva. Pero una manifiesta capacidad evolucionada para discernir entre los aspectos verdaderos o válidos de un mundo concreto y los que pertenecen al ámbito de la fantasía no significa que todo lo que forme parte de un mundo fantástico sea un hecho fantasioso. Del mismo modo que el servicio de té de nuestro ejemplo anterior obedece a las mismas leyes de la gravedad que el té de verdad, los hechos y la información básica de las ficciones pueden servirnos para vivir en el mundo de verdad. La capacidad de transmitir hechos precisos y enseñar lecciones vitales es una característica ancestral de la ficción y una parte muy apreciada de su importancia adaptativa."

Las esclarecedoras palabras precedentes están extraídas del libro El instinto del arte. Belleza, placer y evolución humana, publicado hace unos meses por la editorial Paidós, y su autor es
Denis Dutton, profesor de la Universidad de Canterbury, Nueva Zelanda. Su especialidad es la Filosofía del Arte y ha sido además fundador de la revista Philosophy and Literature, así como de la web Arts & Letters Daily.

Denis Dutton forma parte de una corriente de la crítica literaria denominada en inglés
Darwinian Literary Studies o, dicho de un modo más conciso, 'darwinismo literario'. La idea dominante de ese movimiento es entender la literatura como un producto fundamental de la evolución, como algo consustancial por tanto a la naturaleza humana. Su inspiración procede de los textos científicos, más concretamente de las informaciones que aportan la biología y la psicología evolucionistas. Me produce un enorme gozo intelectual comprobar cómo se va demostrando que lo todavía considerado una experiencia irrelevante, leer o contemplar ficciones, resulta ser un rasgo esencial de la humanidad, una necesidad ancestral.

4 de enero de 2009

Efemérides 2009. Segunda Parte

Comenzamos las efemérides de 2009 mirando al Universo con el telescopio de Galileo Galilei; continuamos ahora mirando a los seres vivos de nuestro planeta con los ojos de un naturalista. La segunda conmemoración que quiero destacar es el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin y los 150 años de la publicación de su obra capital, El origen de las especies.

Pienso que en algún momento de la adolescencia o la juventud, bien en las aulas o fuera de ellas, toda persona razonable debería, antes de que cualquier clase de fanatismo arrase su pensamiento, leer algún fragmento de ese libro
. Y debería hacerlo no como una tarea académica o un mandato cívico, sino como un modo de acceder a uno de los textos fundacionales de nuestro tiempo y de nuestro mundo. Sería una forma de acercarse con suma facilidad al meollo de una de las cuestiones científicas que más profundamente ha determinado el pensamiento contemporáneo: qué es el ser humano, de dónde procede, cuál es su destino. Sin necesidad de recurrir a las empecinadas y grotescas afirmaciones del 'creacionismo' moderno, aún es posible encontrar en libros, revistas, páginas web o programas de radio y televisión alusiones irónicas y cautelosas a las ideas de Darwin sobre la selección natural y la evolución, confirmando con ello cuán difícil resulta desprenderse de supersticiones y tabúes y aceptar sin temor la pequeñez y la soledad de nuestra especie, tan sublime y capaz al mismo tiempo.


Querría realizar un particular homenaje a ese texto y a su autor reproduciendo un breve fragmento de
El origen de las especies. Es un testimonio de Darwin de confianza en la ciencia y de esperanza en la fortuna de su teoría. Aunque no sin dificultad, sus deseos van cumpliéndose.

"Pero la causa principal de nuestra repugnancia natural a admitir que una especie ha dado nacimiento a otra distinta es que siempre somos tardos en admitir grandes cambios cuyos grados no vemos. La dificultad es la misma que la que experimentaron tantos geólogos cuando Lyell sostuvo por primera vez que los agentes que vemos todavía en actividad han formado las largas líneas de acantilados del interior y han excavado los grandes valles. La mente no puede abarcar toda la significación ni siquiera de la expresión un millón de años; no puede sumar y percibir todo el resultado de muchas pequeñas variaciones acumuladas durante un número casi infinito de generaciones.

Aun cuando estoy completamente convencido de la verdad de las opiniones dadas en este libro bajo la forma de un extracto, no espero en modo alguno convencer a experimentados naturalistas cuya mente está llena de una multitud de hechos vistos todos, durante un largo transcurso de años, desde un punto de vista diametralmente opuesto al mío. Es comodísimo ocultar nuestra ignorancia bajo expresiones tales como el plan de creación, unidad de tipo, etc., y creer que damos una explicación cuando tan sólo repetimos la afirmación de un hecho. Aquellos cuya disposición natural les lleve a dar más importancia a dificultades inexplicadas que a la explicación de un cierto número de hechos, rechazarán seguramente la teoría. Algunos naturalistas dotados de mucha flexibilidad mental, y que han empezado ya a dudar de la inmutabilidad de las especies, pueden ser influidos por este libro, pero miro con confianza hacia el porvenir, hacia los naturalistas jóvenes, que serán capaces de ver los dos lados del problema con imparcialidad. Quienquiera que sea llevado a creer que las especies son mudables prestará un buen servicio expresando honradamente su convicción, pues sólo así puede quitarse la carga de prejuicios que pesan sobre esta cuestión."

[Traducción de Antonio de Zulueta. Editorial Espasa Calpe, Colección Austral]