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15 de agosto de 2009

Dos libros

Hace unos días, mientras aguardaba mi turno en la cola de un supermercado, escuché a mis espaldas un diálogo que atrajo mi atención. Los interlocutores eran un joven bien entrado en la treintena, enjuto, pelo muy rasurado, con un casco de moto en la mano, y una señora que podía ser su madre. No lo era, evidentemente, sino quizá una vecina o una conocida. Lo que me sedujo fue el tono eufórico del joven, que hablaba a la mujer con un aire de no fingida satisfacción, casi exultante. No obstante, el rostro de su interlocutora mostraba un rictus de pesadumbre, de incredulidad. Daba la impresión de que estaba acostumbrada a escuchar palabras semejantes y ya no le producían la más mínima sorpresa o complacencia. Deduje que hacía tiempo que no se veían y el joven le estaba dando noticias de su vida.

- Pues sí, he adelgazado, me he divorciado, he encontrado trabajo, me he leído dos libros, estoy yendo a un gimnasio... En fin, que he cambiado de vida y estoy muy bien. ¿No se me nota?

La mujer asentía, casi inexpresiva,
a cada detalle, como si pensara que todo ese cúmulo de dichas no compensaba el precio que el joven habría debido de pagar.

- ¿Pero ahora estás bien? -le preguntó.

- Pues sí, la verdad.

- No sabes lo que me alegro.

- Muchas gracias -concluyó el joven contento.

Me tocó pagar y abandoné el supermercado.

De regreso a casa fui reflexionando acerca de las cosas en que el joven del supermercado cifraba su presente felicidad. Y de entre todos los signos que conformaban su nuevo estado me quedé atrapado en esos dos libros leídos que había exhibido como un trofeo, como una conquista titánica, como una clara demostración del cambio de rumbo de su vida. ¡Dos libros como dos cimas inmensas culminadas en alguna cordillera lejana! Pensé la aventura colosal que es para unos lo que para otros es apenas un gesto rutinario, insignificante. Me pareció que la incorporación de la lectura (no importa ahora ni los títulos ni el número de páginas ni el tema de esos libros, sino el mero acto de leerlos) a la lista de sus transformaciones era conmovedora, pero más aún que ese joven hubiera tomado conciencia, espontáneamente, de que leer puede ayudar a ser otro. De hecho así parecía haber ocurrido. ¡Cuánto me habría gustado saber algo más de su historia, de sus esperanzas!

13 de diciembre de 2008

Estampas de mi ciudad. Plazas y Jardines

Estos son algunos de los lugares por los que camino casi a diario, solo o acompañado de amigos.

Plaza de la Trinidad. Granada.

Jardines del Paseo del Salón. Granada

Plaza de Bibataubín y Plaza del Campillo. Granada.

Jardines del Generalife. Granada.

Plaza de Mariana Pineda. Terraza del Café Fútbol. Granada.

Carrera del Genil. Granada.

Plaza Bib-Rambla. Granada.

Plaza de la Romanilla. Granada.

Jardines del Triunfo. Granada.

30 de noviembre de 2008

Confieso que lo he leído... o no

Para ser consecuente, yo no debía haber leído el libro que voy a comentar. Debería haberlo hojeado, entresacado algunas frases y, acaso, haber consultado en la Red algún comentario sobre el autor o sobre el libro en cuestión. Quince o veinte minutos deberían haber sido suficientes para escribir esta entrada sin que nadie dudara de mi seriedad y mis conocimientos. Si me hubiera guiado la coherencia, me habría limitado a dar cuenta del libro sin molestarme en pasar de las dos primeras páginas o, en el más incongruente de los casos, podría haber leído por encima el epílogo, que siempre suministra datos relevantes para saber más o menos de qué trata el libro. Sí, eso es lo que debía haber hecho, si es que de verdad quería homenajear al autor, Pierre Bayard, o elogiar su decisión de escribir el libro.

Pero no he sido del todo honesto y, contradiciendo los postulados del libro, he cedido a la tentación de leerlo. En mi descargo, diré que no lo he leído enteramente, de pe a pa, como suele decirse. Me he saltado algunas páginas y otras las he leído a vuela pluma, lo cual no evita un cierto remordimiento. Hablo del libro con conocimiento de causa, es decir, habiéndolo leído.

El libro que comento es un magnífico manual de imposturas. Muestra y demuestra que es perfectamente posible hablar con autoridad de un libro sin haberlo abierto jamás, sin sentirse por ello azorado o irresponsable. De la clasificación que hace el autor de las maneras de no leer (aunque ello no impida hablar de un libro), la primera de ellas, hablar sin conocer el libro, me parece la más censurable (¿pero cabe hablar en estos casos en términos de moral?). Es, sin embargo, la más común, al menos en ciertos ámbitos académicos o culturales. Lo sé por experiencia. ¿Acaso no es lo que se fomenta en los estudiantes en general y en los universitarios en particular: hablar de libros que jamás han abierto ni tienen intención de abrir? Y eso sin hablar de los profesores, cuyo comportamiento no difiere demasiado del de sus alumnos. Para Bayard lo importante en esas circunstancias, que él no censura, no es la lectura concreta, sino tener "una visión de conjunto" del mundo de los libros, lo cual permite hablar de cualquiera de ellos en relación con los otros libros. ¿Acaso no solemos incurrir en eso de "... esta novela es algo menos ambiciosa que la anterior" o en aquello de "... hay un par de poemas en el libro realmente excepcionales" o en aquello otro de "... tiene algo de Proust o me recuerda el realismo mágico de Rulfo (autores a los que naturalmente no se ha leído)?". Esa capacidad del no-lector para hablar como un lector es una virtud a juicio de Bayard. Las otras tres maneras de no leer -hablar de libros que sólo se han hojeado, de los que se ha oído hablar o de aquellos que simplemente se han olvidado- resultan más disculpables.

Las recomendaciones finales sobre las conductas que conviene adoptar en semejantes situaciones son a su vez de una utilidad indudable. Según figuran en el índice éstas serían las siguientes: no tener vergüenza, imponer nuestras ideas, inventar los libros, hablar de uno mismo. Este último consejo, siguiendo la estela de Oscar Wilde, sería a fin de cuentas el modo de actuar más coherente, el más práctico si llegara el caso de verse uno en la necesidad de hablar de libros no leídos. De hecho, como sabrán de sobra, es el más practicado.

No sé si sería conveniente afirmar que he gozado leyendo el libro. En algunas de las escenas que describe me he reconocido sin tapujos y, como el niño que es cogido en una falta, he sonreído c0n malicia y un poco de vergüenza (a pesar de las advertencias de Bayard). Por ejemplo, cuando describe el rito de las conferencias públicas, en las que alguien que no ha leído determinados libros se presta a disertar sobre ellos ante unos asistentes que tampoco los han leído aunque fingen que sí lo han hecho. ¿No les resulta familiar la escena? Al menos lo es para mí, que frecuento esos actos. Las sonrisas no han impedido, sin embargo, la pesadumbre. ("¿Y por qué pesadumbre?", diría Bayard si leyera estas palabras. "Las cosas funcionan así y hay que aceptarlo sin culpa".)

En los capítulos que componen el libro, construidos todos a partir de muy interesantes fragmentos literarios, lo que aparece ante nuestros ojos es una descripción detallada de las prácticas culturales de los no-lectores y las no-lecturas, mucho más frecuentes de lo que estaríamos dispuestos a admitir. Y aunque Bayard se refiere básicamente al ámbito académico, sus análisis son perfectamente extensibles a cualquier entorno. ¿Acaso no sucede algo similar en la Red? ¿No sobreabundan los comentarios de libros que no se han leído? ¿No se hacen pasar simples anuncios de novedades editoriales por meditados comentarios críticos? En cualquier caso, el ensayo de Pierre Bayard no es una mera denuncia de ese hecho habitual y aceptado. Es también una oblicua y certera reflexión sobre la propia lectura, sobre el sentido social de las conversaciones sobre libros, sobre las opiniones de los no-lectores, con frecuencia más certeras y creativas que las de los auténticos lectores.

(¿Qué pensarían ustedes si les confesara que en realidad no me he leído el libro y que los comentarios que anteceden son una simple patraña, una demostración de la veracidad de las afirmaciones de Bayard? Lamentablemente, si desean comprobar si hablo como lector o como no-lector deberán leer el libro por sí mismos, lo cual va en contra de la tesis defendida en el propio libro. En fin, lo dejo en sus manos.)

2 de noviembre de 2008

Gente que lee V

"Cualquiera que sea su forma -poema, novela, drama, biografía, ensayo-, la literatura vuelve comprensibles las miríadas de formas en las cuales los seres humanos hacen frente a las infinitas posibilidades que ofrece la vida. Y siempre buscamos algún contacto estrecho con una mente que expresa su sentido de la vida. Y también siempre, en mayor o menor grado, el autor ha escrito a partir de un esquema de valores, de un marco social o incluso, quizá, de un orden cósmico. [...] ¿Qué ocurre, entonces, en la lectura de una obra literaria? El lector, haciendo uso de su experiencia pasada con la vida y con el lenguaje, vincula los signos sobre la página con ciertas palabras, ciertos conceptos, ciertas experiencias sensoriales, ciertas imágenes de cosas, personas, acciones, escenas. Los significados especiales y, sobre todo, las asociaciones ocultas que estas palabras e imágenes tienen para el lector individual determinarán, en gran medida, lo que la obra le comunica a él. El lector aporta a la obra rasgos de personalidad, recuerdos de acontecimientos pasados, necesidades y preocupaciones actuales, un estado de ánimo específico del momento y una condición física particular. Éstos y muchos otros elementos, en una combinación que jamás podrá repetirse, determinan su fusión con la peculiar contribución del texto".


Louise M. Rosenblatt, La literatura como exploración

19 de septiembre de 2008

Gente que lee IV

"¿Y por qué leemos y nos importa tanto que otros lean? Porque con cada página leída y que hacemos leer se construye el pensamiento propio. Con cada libro que se lee se coloca un ladrillito más en lo alto de la gran muralla que es el conocimiento. Con cada lectura damos un paso adelante y retrocede la ignorancia. Me podrán decir que no todo lo que se lee es bueno y provechoso, y es verdad; pero yo responderé que el que más lee diferencia mejor. No sabe de panes el que come vidrio, sino el que prueba todos los trigos. Por eso leemos tanto y por eso fomentamos la lectura. Porque cada texto bien leído es desmentir a los corruptos, a los autoritarios, a los que medran con el engañoso fin de la historia, a los globalizados que nos gobiernan. Cada lectura demuestra que la historia sigue su curso, siempre en movimiento. Y cada poema y cada cuento demuestra que lo importante de las utopías es soñarlas, porque eso hace más digna la vida y además nos permite entrar en la hermosura. La humanidad, nuestros pueblos, la gente más simple, todos, siempre, necesitan de la poesía -aunque no lo sepan y aunque lo nieguen- para soportar mejor la propia tragedia."

Mempo Giardinelli, Volver a leer

12 de septiembre de 2008

La literatura intoxicada

Amy Bellette, un personaje de la última novela de Philip Roth, Sale el espectro, escribe una carta al diario New York Times mostrando su indignación por la deriva que va tomando la crítica literaria, más ocupada en el sensacionalismo y el chismorreo que en hablar seriamente de literatura. Piensa que ha llegado a su fin la época en que la literatura se usaba para pensar y que se había entrado en otra en la que lo único que interesa es hurgar en la vida privada de los escritores y en su cotización monetaria, así como criticar con obtusa hipocresía moral el daño que la ficción puede causar en la sociedad. Puro vandalismo, afirma.

Copio aquí el fragmento final de esa carta, pues me parece una lúcida y vehemente declaración del autor a favor de la literatura, una defensa radical de la libertad del lector.


"[...] Si yo tuviera un poder como el de Stalin, no lo dilapidaría en silenciar a los escritores imaginativos. Silenciaría a quienes escriben acerca de los escritores imaginativos. Prohibiría todo debate público sobre literatura en periódicos, revistas y publicaciones académicas. Prohibiría la enseñanza de la literatura en las escuelas, los institutos, los colegios mayores y las universidades de todo el país. Declararía ilegales los grupos de lectura y los foros sobre libros en internet, y sometería a control policial las librerías para asegurarme de que ningún empleado hablará jamás con un cliente sobre un libro y de que los clientes no osaran hablar entre ellos. Dejaría a los lectores a solas con los libros, para abordarlos como les pareciese por sí mismos. Haría esto durante tantos siglos como fuese necesario para desintoxicar a la sociedad de sus venenosas majaderías."



No sé qué ocurriría si se cumpliese el drástico deseo de Amy Bellette, pero no me negarán que de llevarse a cabo su programa de desinfección a la vuelta de cien años habría cambiado sustancialmente el modo de leer y la literatura habría recobrado una frescura y una pureza inimaginables ahora.
Merecería la pena ver la carta enmarcada en facultades universitarias, redacciones de periódicos y revistas culturales, bibliotecas, librerías, editoriales, colegios o centros cívicos. A todos nos haría bien levantar los ojos de cuando en cuando y recordar sus advertencias.

12 de agosto de 2008

¿Qué habrá sido de ella?

Hace ya bastantes años compré en un mercadillo de Beijing, junto al Templo del Cielo, varios ejemplares de los libros rojos que durante la Gran Revolución Cultural china utilizaban los guardias rojos como guía para sus debates y sus acciones. Eran pequeñísimos libros con reflexiones y pensamientos de Mao Zedong, en aquel momento el líder indiscutible de la República Popular China. Era casi lo único que podía leerse entonces, pues todo lo demás, incluyendo las novelas y la poesía milenaria del propio país, era considerado basura ideológica, arte venenoso. Los estudiantes revolucionarios los empuñaban y exhibían públicamente como testimonio de su adhesión a aquel enloquecido movimiento político, que tanta miseria y tanta desgracia acarreó al pueblo chino bajo la excusa de extirpar para siempre las dañinas tradiciones culturales y procurar una pura sociedad igualitaria, un mundo nuevo sin rastro de clases sociales ni vicios occidentales. Los compré por un impulso sentimental, como reliquias de la época convulsa y confiada de mi juventud.

A quienes no habían nacido entonces o eran niños en las postrimerías del franquismo les resultará difícil entender que aquel terrible movimiento político tuviera un eco tan desmesurado en Occidente, hasta el punto de que las simplicidades del pensamiento maoísta fueran utilizadas por miles de estudiantes de todo el mundo como guía para la revolución en sus respectivos países industrializados y ricos. Pero en aquel tiempo de incertidumbre todo parecía elemental y al alcance de la mano.

Cuando compré aquellos ejemplares de libros rojos se iniciaba ya la gran transformación de China, la revolución económica y cultural que la ha convertido en la potencia capitalista que es hoy, y cuyo desarrollo social y tecnológico ha quedado patente en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de 2008. Ya entonces, todos los símbolos de la fracasada Gran Revolución Cultural -folletos, bustos, insignias, libros, banderas, carteles...- estaban puestos a la venta como souvenirs para turistas. Lo que había sido sagrado se vendía entonces como mercancía barata y chatarra histórica.

Para mi sorpresa, en uno de aquellos libros de pensamientos de Mao Zedong comprados en los puestos de baratijas encontré la minúscula fotografía de una joven revolucionaria, cuya imagen canónica podía figurar en cualquiera de los afiches de la época para representar el rostro feliz de la nueva China. Estaba escondida en el forro rojo de plástico que protegía el libro y cuyo color daba nombre a aquel tipo de opúsculos. El dueño de aquel ejemplar había guardado celosamente la fotografía de su amor en aquel severo nicho de máximas y consignas revolucionarias, como aliento quizá para sus codiciadas hazañas
, como señal también de la frágil condición humana. Y allí quedó la fotografía cuando llegó el tiempo de la decepción y el fracaso, del abandono de aquella sangrienta y destructora utopía, del reconocimiento del error y de la culpa. Y allí permaneció cuando los libros fueron a parar a manos de los vendedores callejeros.

Viendo ahora la fotografía de esa anónima joven revolucionaria me da por pensar qué habrá sido de ella. Ha pasado casi medio siglo desde que probablemente fuera tomada la fotografía. No me cuesta imaginarla sexagenaria y jubilada. ¿Pero acabarían unidos ella y el joven enamorado que contemplaba su imagen mientras memorizaba los pensamientos de Mao Zedong? ¿Dónde habrá vivido todos estos años? ¿En qué habrá trabajado? ¿Cómo será su familia? ¿Y su casa? ¿Qué pensará del cambio gigantesco de su país? ¿Seguirá fiel a los viejos principios comunistas? ¿Dónde vería la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing? ¿Sentada en un sillón junto a sus hijos y sus nietos? ¿Sentiría el mismo escalofrío de asombro y admiración que sentimos nosotros? ¿Habrá muerto?

Este silencio que sigue a las preguntas es el instante que precede a la escritura, a la respuesta literaria.

6 de agosto de 2008

De mano en mano

Me gusta comprar de cuando en cuando libros de ocasión. Hace algunos años compré un lote de libros de Lin Yutang, un autor que me interesaba entonces por diversas razones. Eran libros usados, naturalmente. Todos habían pertenecido a un mismo lector, del que conozco únicamente su nombre, Francisco Prendes Maracaibo, y su caligrafía pulcra y elegante, y asimismo que vivió en Caracas, no sé si azarosamente o desde siempre, hace unos sesenta años. También sé que durante una parte de su vida le interesó la misma literatura que a mí. Las pocas cosas que sé de él las he conocido gracias a los libros que una vez fueron suyos y ahora me pertenecen. Ignoro, pero eso ya no me interesa, qué camino recorrieron esos libros hasta llegar a mí, qué sucesos determinaron que lo que había sido atesorado con tanto afán fuera un día desbaratado o quién los vendió al librero al que luego yo se los compré. No me interesa saberlo porque nada relevante agregaría a lo que de verdad importa: el hecho de que él en un tiempo y yo ahora hayamos tenido en las manos los mismos ejemplares. Cuando abro alguno de los libros que fueron suyos, Sabiduría china o La importancia de vivir, tropiezo ineludiblemente con su nombre, con la fecha de la compra o, inclusive, con los días en que fueron leídos, con el nombre de la librería donde los compró, y también con nombres propios dispersos, signaturas personales y operaciones aritméticas que sólo él, y a lo mejor ni siquiera él, si viviera, podría desvelar. Y me encuentro, claro está, acotaciones, párrafos subrayados con lápiz, signos marginales de interrogación o exclamación, que dan cuenta de momentos de sorpresa o euforia. Y esas huellas, lejos de irritarme, me atraen.

No es que me agrade que ese desconocido guíe mi lectura o me obligue a detenerme en pensamientos que a él le subyugaron y a mí me parecen irrelevantes, ni que me congratule el emborronamiento de los libros; lo que me conmueve es descubrir las marcas de una experiencia intelectual, los gustos de un hombre con el que jamás me he cruzado ni me cruzaré, el itinerario con que se fue enfrentando a las ideas que otro escribió. Desperdigadas por los libros que ahora son míos reconozco vestigios de una vida disconforme, de la curiosidad que la estimulaba y de las lecturas que la configuraron, y eso me enternece porque lo conozco de un modo que quizá no conoció ningún otro ser más próximo o de más confianza. Sin perseguirlo participo de algo que él no quiso o no intentó compartir, las señales de sus lecturas en soledad. Es eso lo que me cautiva de los libros usados, lo primero que busco en los libros viejos, de los que apenas me interesa la originalidad de la edición, su valiosa encuadernación o su antigüedad sino saber que esos libros pertenecieron antes a otros, que otros los manejaron antes que yo, que anónimos lectores, lustros o siglos antes, dejaron en ese ejemplar el rastro de su tiempo y de su inteligencia.

Aunque ignoro todo sobre ese lector, me siento unido a él por un vínculo que nada tiene que ver con la sangre o la geografía, sino con el deseo y los gozos de la lectura.

3 de agosto de 2008

Gente que lee (III)

"¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: Yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes. [...] ¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales."

Gabriel Zaid

13 de junio de 2008

Sobre el lector

"Y a todo esto, ¿quién eres tú? Yo no te conozco. Puede que seas una buena persona, digna de todo respeto, a quien apreciaría si conociese; pero no te conozco. Entre yo, que escribo, y tú, que lees, no media lazo alguno, y si no tuviera en el mundo a nadie más que a ti, estaría tan solo como Robinson Crusoe en su isla. [...] Y no hablo sólo de mí, que puedo no ser digno de tu simpatía, sino de todos mis compañeros de pluma, que diariamente lanzan cartas al espacio, que es mudo y no responde. Jamás oímos tu voz, e ignoramos si eres amigo o enemigo, si te gustan o no te gustan nuestros escritos. [...]
No te conozco, lector. Mentalmente te incluyo en la categoría que me es familiar, de los profesores, doctores, abogados, estudiantes, fabricantes, negociantes, etc. Mentalmente soy amigo de una categoría de lectores y enemigo de otra; mentalmente escucho frases de aplauso o de crítica... Pero todo mentalmente. En otras palabras: que tan poco trabajo me cuesta imaginarme que hablo contigo como un habitante del planeta Marte. [...]
Pero si el lector es tan malo, ¿para quién escribo y0? Porque también lo que hoy digo espero que despierte la comprensión y la simpatía de alguien, ya que, en otro caso, no lo escribiría. Y así es, en verdad. Pero conste que no tengo yo en el pensamiento al lector, a ese lector que lee con indiferencia lo mismo una cosa que otra. Puede que haya una decena o dos de personas que me sean afines en ideas, sentimientos y carácter , y para ellas escribo. No sé ni dónde están ni quiénes sean, porque son tan calladas como las demás; pero en alguna parte existen, deben de existir.
Y para ellas escribo yo hoy."

Las palabras que anteceden son de Leonid Andréiev y fueron escritas hace poco más de cien años en un periódico de Moscú. Me topo con ellas mientras preparo una intervención para un coloquio en su homenaje. El hoy reputado escritor ruso siente una tarde de invierno la desconsolada soledad de quien escribe sin saber para qué o para quién. Y envía entonces a su periódico no la crónica social acostumbrada, sino una interpelación a sus probables y mudos lectores. Quiere saber de ellos, quiere escuchar sus voces. La titula, precisamente, Sobre el lector.

¿Y no parece su decepción la de un contemporáneo? ¿No es su lamento el de cualquiera de nosotros? ¿No nos representa aunque viviera hace un siglo, aunque él hable de periódicos y nosotros de blogs?

Ay, siempre presente la cuestión del lector.

11 de junio de 2008

Gente que lee (II)

"Leer no nos separa del mundo. Nos introduce en él de manera diferente. Lo más íntimo tiene que ver con lo más universal, y eso modifica la relación con los otros. La lectura puede contribuir, de ese modo, a la elaboración de una identidad que no se basa en el mero antagonismo entre "ellos" y "nosotros", mi etnia contra la tuya, mi clan, mi pueblo o mi "territorio" contra el tuyo. Puede ayudar a elaborar una identidad en la que uno no está reducido solamente a sus lazos de pertenencia, aun cuando esté orgulloso de ellos. A la elaboración de una identidad plural, más flexible, más lábil, abierta al juego y al cambio."

Michèle Petit

6 de junio de 2008

En compañía de lectores

No subscribo del todo la afirmación de que los padres lectores engendran de inmediato hijos lectores. Miles de lectores de todo el mundo hemos nacido en el seno de familias no lectoras, y viceversa. A menudo no se tiene en cuenta que más allá de los alegatos y los modelos está el albedrío de las personas. No solemos valorar como se merece el acto de libertad que supone no leer, cuando todo está a favor. Nos gusta más ensalzar la idea de la lectura como un acto soberano y rebelde. La paronomasia entre libro y libre da mucho juego a los publicistas y a los redactores de discursos institucionales, pero ignora que tan libre es el que decide leer como el que, pudiendo hacerlo, rehúsa relacionarse con los libros. La familia puede ser un estímulo, pero no es una garantía para la lectura. Pero observando la fotografía que encabeza estas palabras me da por pensar que el ejemplo no es estéril, que siempre queda en nuestra conciencia un suave eco, la sombra de un gesto, un leve arañazo de las lecturas de nuestros padres.

2 de junio de 2008

Ensoñación (II)

La voz de la madre llega a las hijas por igual, pero mientras la pequeña recibe las palabras con estupor y desamparo, a la mayor le sirven para delimitar un espacio de retiro y fantasía. En su rostro es visible la serenidad del gozo, en el de su hermana menor se refleja el desasosiego de la novedad. Ambas están cautivadas por el relato, pero cada una de ellas lo acoge de un modo diferente. Para la mayor es una ocasión de ausentarse y vivir imaginaria y libremente una experiencia que vulnera su condición y su edad; a la pequeña le permite experimentar una desconocida fascinación ante el mundo. Las palabras del libro, regaladas por la joven madre, entornan los ojos de la mayor y abren desmesuradamente los de la pequeña. La ensoñación de una se complementa con los descubrimientos de la otra. Ambas hermanas representan las dualidades de la lectura: mirar dentro y mirar fuera, ensimismarse y evadirse, ser uno y ser otro.

[El cuadro de James J. Shannon se titula Jungle Tales]

25 de mayo de 2008

Descubrimientos y reconciliaciones

Ahora que va finalizando el curso académico me enfrento una vez más a los comentarios de mis alumnos acerca de la asignatura que he impartido. Sé que la mayoría son sinceros, aunque no faltan los agradecimientos retóricos y las alabanzas interesadas. Los muchos años de docencia me permiten distinguir unos de otros, como también a saber que los desafectos raramente se expresan. Sus discrepancias las manifiestan sin palabras, con actitudes que uno ya ha aprendido a reconocer. Ese ejercicio de humildad que consiste en leer sus impresiones y su estado de ánimo es muy aleccionador. Es el espejo más inmediato en el que puede mirarse un profesor.

De sus apreciaciones me siguen sorprendiendo las que aluden al descubrimiento, o reconciliación incluso, que han hecho de la literatura. Tengo siempre la sensación de que trabajo con una multitud de letraheridos, pero no en el sentido benéfico que se le suele conceder a ese vocablo, sino en uno más literal, menos amable. Me enfrento año tras año a jóvenes realmente lastimados por las letras, decepcionados con los libros, enemigos de la literatura. No escasean los lectores entusiastas y las lectoras voraces, pero la mayor parte de los alumnos a los que me dirijo son víctimas de una sucesión de errores pedagógicos.

Por lo que confiesan, y en eso sí sé que no mienten, sus experiencias literarias se han limitado a la lectura forzada de unos cuantos libros recomendados, a la redacción de comentarios y resúmenes
más o menos previsibles, a la respuesta de preguntas sobre autores y libros en los exámenes y, naturalmente, al acopio de nombres, fechas y títulos inmediatamente olvidados. Pocos reconocen tener un aprecio sólido por la lectura, pocos estiman la literatura como algo determinante en sus vidas. Pero lo que me complace y me descorazona a la vez es la alegría que sienten al descubrir que un poema, un álbum ilustrado, un relato, un ensayo... les concierne, que lo que fue escrito antes incluso de que nacieran o en otras latitudes o en otras lenguas les habla a ellos de un modo único. Cuando se dan cuenta de que la literatura reclama sus emociones y sus razonamientos y que leer no es sino un modo de leerse, cuando se desprenden al fin de prejuicios y malentendidos, la lectura adquiere de pronto un carácter revelador.

Saber que contribuyo a ese descubrimiento, a esa reconciliación, me hace feliz, pero me deja perplejo. ¿Cuántos jóvenes abandonarán las aulas sin haber disfrutado nunca de una experiencia conmovedora con los libros? Y peor aún: ¿cuántos de ellos serán luego profesores y seguirán reproduciendo los desaciertos que en su día padecieron?

23 de mayo de 2008

Gente que lee

"Por el momento sólo puedo responder de forma aproximada diciendo que en ese tipo de lectura lo que buscamos es una ampliación de nuestro ser. Queremos ser más de lo que somos. ... Queremos ver también por otros ojos, imaginar con otras imaginaciones, sentir con otros corazones".

C. S. Lewis

17 de mayo de 2008

Lugares para leer

"Quizá este vicio por la lectura provenga de la infancia. Recuerdo que cuando era niño me escondía en uno de esos armarios que ya no se ven por el mundo, esos armarios enormes que cubrían toda una pared y que casi siempre estaban llenos de trastos. Bueno, pues yo me escondía adentro con un gato y un libro. Dejaba la puerta entreabierta para poder ver y allí permanecía durante horas. Y esta pasión por la lectura fue incrementada por el descubrimiento de un pariente lejano, y también lejano por la distancia. Había llegado a mis oídos que este hombre tenía la colección completa de las aventuras de Fantomas. Entonces yo me tenía que hacer cinco kilómetros a pie para conseguir que me prestara un tomo en cada visita".

Juan Carlos Onetti


Ese armario de Juan Carlos Onetti puede ser una metáfora exacta del acto de leer. ¿No es acaso eso lo que hacemos cuando leemos: observar el mundo desde un escondite seguro, íntimo, a resguardo de las miradas ajenas, sin temor a ser descubiertos o recriminados?

9 de mayo de 2008

Ensoñación

La lectora ha levantado los ojos del libro y dirige su mirada... a quién, en qué dirección, con qué propósito. Aunque observe las mesas del café o el paso de los transeúntes, en realidad mira dentro de sí. En las palabras de ese libro ha encontrado una senda que la conduce hacia su intimidad. Piensa en lo leído, pero piensa sobre todo en lo vivido y en lo que le gustaría vivir. Así leemos. Con los ojos puestos en las letras pero sondeando a cada instante nuestra memoria y nuestra imaginación. Leamos lo que leamos, siempre estamos leyendo nuestra vida.


[El cuadro de André Derain se titula La tasse de thé]