La trama de la novela se teje en torno al cadáver de una inmigrante centroeuropea que muere en un atentado suicida perpetrado en un mercado de Jerusalén y cuyo cuerpo permanece en el depósito de cadáveres de un hospital sin que nadie lo identifique y lo reclame. El dueño de la empresa panificadora donde la protagonista trabajaba como limpiadora se hace personalmente cargo de la repatriación del cadáver para expiar la vergüenza de ser acusado de "falta de humanidad" por un periodista que descubre la identidad de Julia Ragayev. Con el fin de mantener la reputación personal y empresarial, el dueño de la empresa encarga al director de recursos humanos las gestiones para que el cuerpo de su empleada sea enviado a su país en las más dignas condiciones, lo que incluye que él mismo viaje con el féretro hasta la aldea de la que Julia es oriunda. La historia, humorística a ratos, da cuenta del proceso de transformación sentimental del director de recursos humanos, que de la indiferencia inicial va deslizándose hacia la comprensión, el afecto y la fraternidad. Como han reconocido los críticos literarios, Yehoshúa hace de Jerusalén una ciudad donde tiene cabida la compasión, la humanidad, el bien. Me pareció que el autor, consecuente con sus postulados éticos, pretendía mostrar que, en paralelo a la conciencia del director de recursos humanos de la empresa, esa ciudad podía erigirse en símbolo terrenal de la comprensión, el afecto y la fraternidad.Me he acordado de ese sentido de la novela al ver estos días las imágenes de los cadáveres palestinos en Gaza, sobre todo las de los niños. Me parecía que la piedad que sobrevuela la novela era un sentimiento que debía ser aplicado también en esta ocasión.

Por ello, me quedé sumamente perplejo, incrédulo, decepcionado, cuando leí hace unos días laentrevista que el diario EL PAÍS hizo a Abraham B. Yehoshúa. De sus afirmaciones, la más chocante, la más turbadora, era la que sostenía que dado que "la capacidad de sufrimiento de los palestinos es mucho mayor", lo cual "les hace mucho más fuertes", la respuesta del ejército israelí "tenía que ser mucho mayor", pues una "respuesta moderada no les impresionaría". No fui capaz de entender el sentido de esa grosería y no dejo de hacerme preguntas desde entonces: ¿Estaba justificando las matanzas perpetradas por los suyos? ¿Significaban sus palabras que el cadáver de un niño o un anciano palestino no merece la misma consideración que el de una inmigrante europea muerta en Jerusalén en un atentado palestino? ¿El dolor humano admite acaso jerarquías o magnitudes? ¿Pudo interpretar mal las palabras del escritor la periodista que lo entrevistó? ¿Es la literatura más benevolente que la realidad?
Ante las desgarradoras imágenes de la masacre del ejército israelí en Gaza quiero dejarme guiar por la ficción. Prefiero ignorar las declaraciones políticas del ciudadano Yehoshúa y prestar atención a la compasiva imaginación del novelista Yehoshúa, a la narración que me confirmaba que la 'humanidad', es decir, la conmiseración, es un sentimiento que distingue a los virtuosos de los bárbaros, a los juiciosos de los fanáticos.