En las sobremesas siempre hay un intercambio de regalos -pendientes, bombones, libros, vinos, cuadernos, discos, mermeladas...- que siempre se dan y se reciben con una algarabía nada fingida. Esos regalos también me alcanzan. Ayer, en el encuentro de otoño, me obsequiaron el libro Tumbas de poetas y pensadores, escrito por Cees Nooteboom y colmado de bellas fotografías de Simone Sassen. Es un libro cautivador. Concebido como un tributo del escritor holandés a los autores que admira, la evocación está hecha junto a sus tumbas, a las que afirma que se acerca para estar cerca de las palabras que ya se han dicho, para dar cuenta de que aunque quien las escribió ya está muerto, sus palabras siguen viviendo. Le parece que decirlas en voz alta junto a sus tumbas es un modo de escucharlas en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.
"He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe o existe sólo de manera ocasional. Sólo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no sólo escribirla, sino también leerla. No es algo que uno se proponga; esto se deduce fácilmente. A la mayoría de las personas les hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que se comporta de un modo distinto del habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Éste es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla".
Me reconozco en esas palabras y pienso que quizá la amistad no sea en el fondo algo muy distinto a la poesía: la emoción de saber que, a pesar de la distancia o la ausencia, siempre hay alguien dispuesto a hablarnos.