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11 de febrero de 2009

Un teatro, un poeta

Asistí ayer tarde a una lectura de poemas de Pablo Neruda en el vestíbulo de un teatro que lleva su nombre, recién inaugurado en Peligros, un pueblo próximo a Granada. Es un teatro muy bello, armonioso, coronado por una cenefa con un fragmento de la partitura del movimiento coral de la Sinfonía nº 9 de Beethoven, conocido como Himno a la Alegría.

Con motivo de su apertura, la concejalía de Cultura ha organizado un programa de actos en torno al poeta chileno con incursiones no sólo en la poesía sino en el teatro, la música, la pintura, el ensayo, la educación. El propósito merece alabanza: dotar al edificio no sólo de un nombre, sino de un sentido. Si se ha optado por ese nombre, ¿cómo no habitarlo de palabras, con sus palabras? Inaugurar, ya se sabe, es un modo de augurar, de vaticinar el porvenir, de invocar la fortuna. ¿Y qué mejor invocación que colmar el teatro de versos, imágenes, ideas, sonidos celebratorios de la potestad literaria de Pablo Neruda?

Para comenzar, y como una manera de trabar ese nombre en la conciencia de los jóvenes, los alumnos de Educación Secundaria del IES Clara Campoamor han ido leyendo en las aulas obras de Neruda y han dado una respuesta plástica a las imágenes poéticas que les asaltaban. Sus personales modos de recrear ese imponente universo lingüístico, de mostrar la naturaleza emocional de sus lecturas, ocupan, a modo de salutación y agradecimiento, el espacio que antecede a la sala
.

En la sala y en el vestíbulo del teatro se han sucedido estos días representaciones, exposiciones, lecturas y recitales en su homenaje. Anoche, junto a los paneles con las obras de los alumnos, se celebraba la tercera de las lecturas poéticas en torno al poeta. En esa ocasión estaba centrada en sus poemas amorosos. La voz transparente y tersa de la profesora Andrea Villarrubia condujo suavemente a los oyentes por las volcánicas, arrebatadas, solares sendas del sentimiento erótico de Neruda.

Ocurre siempre con los grandes poetas: aún leídos muchas veces, sus poemas siempre parecen recién llegados. ¡Qué plenitud verbal la de Neruda! ¡Qué deslumbrantes metáforas! ¡Qué modo tan insólito de dar palabras a emociones tan ancestrales, tan íntimas! A medida que escuchaba sus sonetos o sus odas me invadía la sensación de que expresaban una manera universal de sentir, a la vez que creaban modos inéditos de percibir. Pensaba que la poesía nos ayuda a reconocer lo vivido pero también nos revela lo desconocido. Uno se siente, ay, mejor amante si alguien acierta a convertir en literatura nuestros propios sentimientos. Por eso no acertaba a entender la amenaza del grupo municipal del Partido Popular de sustituir de inmediato el nombre del teatro por el de un artista local, no sé si un pintor o un escritor, en caso de acceder algún día al gobierno municipal. Podría ser juzgado ese desplante como una más de las muchas mezquindades de la acción política, pero resulta extraño todavía que el localismo se considere un valor prominente a la hora de construir la ciudadanía, que rendir un homenaje en un pequeño pueblo de España a un inmenso poeta nacido en Chile sea entendido como una afrenta, como una traición. Pero esas nimiedades quedaban pronto sepultadas por las palabras cautivadoras de Neruda, por el vitalismo que contagiaban, por la belleza que desprendían. La luna llena que nos acogió al salir a la calle parecía prolongar el eco de la lectura: Sólo la luna en medio de su página pura / sostiene las columnas del estuario del cielo, / la habitación adopta la lentitud del oro / y van y van tus manos preparando la noche...