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11 de septiembre de 2010

Homenaje a Leo

Las conmemoraciones suelen ser excusas para hablar de asuntos que, de un modo u otro, nos incumben. Eso hago hoy. Aprovecho que este año se celebra el centenario del nacimiento del escritor e ilustrador holandés Leo Lionni para manifestar mi admiración por su obra. La verdad es que aprecio todos sus libros, pero por encima de todos, dos: Pequeño Azul y Pequeño Amarillo y Frederick.

El primero, Pequeño Azul y Pequeño Amarillo, me parece una excepcional demostración de inventiva y sensibilidad. Contar una intensa historia de amistad usando como personajes tan sólo pequeñas manchas de color es un verdadero prodigio. Más aún si tenemos en cuenta el año de su publicación, 1959. He comprobado la facilidad con la que lectores muy jóvenes se identifican de inmediato con los colores,
viendo en el azul, el amarillo o el rojo a niños como ellos e identificando el conflicto emocional entre los colores protagonistas con sus propios sentimientos. Es uno de esos libros cuya posesión parece una exigencia inexcusable.

El segundo es Frederick, cuyo protagonista es, a mi juicio, uno de los personajes más sobresalientes de la literatura infantil contemporánea. Frederick, el ratón paciente y contemplativo, me parece la perfecta representación de la improductiva y a la vez imprescindible tarea del artista, de quien ofrece a los demás, reelaborados, dones tan inmateriales como palabras, colores u olores. La actitud serena de Frederick frente al frenesí laboral de sus compañeros, su generoso protagonismo cuando llega el invierno y todo a su alrededor es pura desolación, es un delicado manifiesto a favor de la libertad, la creatividad personal y la función colectiva de la cultura. Mis experiencias con él son igualmente conmovedoras. Otro libro que no debería faltar en las estanterías domésticas.

Aquí, aquí o aquí pueden encontrar más información sobre Leo Lionni.

2 de abril de 2010

Libros y niños

El día 2 de abril, fecha de nacimiento de Hans Christian Andersen, fue declarado por el IBBY (International Board on Books for Young People) como Día Internacional del Libro Infantil con la finalidad de promover la lectura y el conocimiento y estima de una literatura todavía muy desconocida a pesar de su excepcional calidad artística.



Este año, la sección española del IBBY ha sido la encargada de patrocinar este día. El escritor Eliacer Cansino ha redactado el mensaje dirigido a los niños del mundo y el cartel conmemorativo es obra de Noemí Villamuza.

22 de agosto de 2009

Esa mañana, el oso lloraba

Hace unas semanas, un lector del blog me solicitó consejo acerca de álbumes infantiles que abordaran el tema de la muerte. Una de sus alumnas, de siete años, había fallecido, y se encontraba en la tesitura de tener que afrontar con los demás alumnos el duelo de la ausencia de su compañera.

A los libros recomendados en su día -El pato y la muerte, ¿Cómo es posible??!, Como todo lo que nace, No es fácil, pequeña ardilla...- quiero hoy agregar un nuevo libro. Acabo de leerlo y me parece que el dolor ante la muerte del amigo está tratado con sumo tacto y extraordinaria belleza. Se titula
El oso y el gato salvaje. El texto es de Kazumi Yumoto y las ilustraciones, en blanco y negro con algunas pinceladas de color rosa, son de Komako Sakaï. Está publicado por la editorial Corimbo.

He hablado numerosas veces, en las aulas y fuera de ellas, sobre este tipo de libros, que tanto asustan a los adultos. Los consideran turbadores y peligrosos. A mí me parecen, en cambio, pertinentes y necesarios. En cualquier caso, inevitables. ¿Por qué los libros destinados a la infancia habrían de desentenderse de un asunto tan presente, tan desolador, como la muerte? Los niños están en el centro de la vida, es decir, de la muerte, cuya existencia les afecta y les desconcierta, como a todos. Nadie que se relacione con niños ignora lo que ese suceso les preocupa, las preguntas que les provoca, las hipótesis que elaboran. Muchos adultos consideran, sin embargo, que lo mejor, si llega el momento, es actuar como si nada hubiera ocurrido, desviar sus interrogantes, disimular la pena. Con ello únicamente consiguen acentuar la perplejidad de los niños, acrecentar su incomprensión.

La literatura, naturalmente, no protege, ni extingue el dolor, pero ayuda a distanciarse, a ver la propia historia como algo ajeno. Y ese extrañamiento es una pequeña liberación. Mi experiencia me hace pensar que lo más importante de esos libros es la oportunidad que brindan para hablar, para transformar el estupor en palabras, para poner orden en el caos. Sabemos que las palabras consuelan, que canalizan las emociones, lo cual hace más llevadero el duelo. Es lo que todos necesitamos. ¿Pero hay que darles esos libros a los niños como si tal cosa, como uno de tantos?, preguntan algunos padres, inquietos por la posibilidad de quebrar bruscamente un estado de edénica inocencia. No, no es necesario ilustrar sobre la muerte a nadie que no lo demande o no le interese. Pero es conveniente que esos libros estén cerca, que aparezcan si algo ocurre y es urgente conversar, que actúen de puente entre aflicciones personales, que den forma a la incoherencia. Cuando eso ocurre, les aseguro que los niños no se espantan, no se quedan alelados. Por el contrario, hablan mucho y hablan bien. Esos cuentos les aportan sobre todo ánimo, esperanza, pues no alientan el olvido, sino la memoria, como ocurre con el oso del cuento elaborado por Sakaï y Yumoto, que gracias al violín del gato salvaje, cuya música le hace evocar su vieja amistad con el pájaro, logra abrir un claro en la oscuridad del dolor.

15 de enero de 2009

Descubrimientos

Una de las mayores satisfacciones de la enseñanza es el conocimiento que otorga el contacto con lectores y no lectores, con sus historias y sus trayectorias vitales. Uno tiene la oportunidad de conocer de primera mano lo que estimula o desanima, lo que enciende o apaga una pasión, lo que deja una huella duradera o desaparece sin dejar rastro. Escuchándolos, trato de comprender qué libros, qué prácticas pedagógicas, qué circunstancias familiares, qué palabras... incitan o desalientan la lectura. Las historias lectoras de los jóvenes me alertan constamente contra las rutinas o los tópicos y conforman suavemente mi modo de pensar y actuar.

He aquí una de esas historias.



La joven de la fotografía se llama Jennifer Aguilar Palma y es estadounidense. Es alumna mía. La historia que un día contó públicamente me conmovió. Lo hizo a raíz de mi presentación en clase del libro que sostiene en las manos, Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak. Al término de mi intervención, levantó la mano y comentó que era uno de los álbumes que con más emoción recordaba de su infancia. Un sentimiento, por lo demás, muy común, pues es, ciertamente, uno de los libros más hermosos del siglo XX. Sin embargo, lo que agregaba a la historia un rasgo de excepción era el modo en que lo había conocido.

Jennifer es de origen salvadoreño. Sus padres emigraron a California a causa de la guerra civil y ella nació allí. Al poco de llegar, su madre se empleó como asistenta en el hogar de una familia. Algunos días, durante las vacaciones, Jennifer acompañaba a su madre al trabajo. En una de esas ocasiones descubrió en la habitación de los niños de la casa ese álbum. Y le fascinó. Pueden imaginar fácilmente la situación. Una niña explorando con los ojos inmesamente abiertos cada rincón del hogar donde trabaja su madre, entrando en el dormitorio de los chicos y descubriendo, entre otros tesoros, los libros infantiles dispuestos en las estanterías. Y he aquí que uno de los que toma en sus manos y lo abre y lo lee con absoluta fascinación es Where The Wild Things Are, que es el título original del álbum de Sendak.

Es fácil suponer lo que, en esa circuntancia casi clandestina, puede significar leer o simplemente mirar las imágenes de un libro. La mezcla de excitación y promesa puede resultar un acto inolvidable. Tantos años después, Jennifer aún recuerda vivamente aquellos momentos inaugurales, la entrada que hacía sin señales ni lazarillo no sólo en una geografía nueva, sino en una lengua nueva y en una nueva dimensión de la existencia.

De esas historias me nutro como profesor y con ellas afirmo mi convencimiento de que, en lo referente a la relación con los libros, el azar juega un papel determinante, irrenunciable, en la biografía personal. Ya sé que resultaría estéril y deshonesto esperar a que esos encuentros fundacionales se produzcan, sin hacer nada mientras tanto. Por eso sé que es necesario programar o facilitar las tempranas relaciones con los libros. Pero asimismo sé que la reglamentación, la obsesión por la eficiencia o las evaluaciones continuas no siempre garantizan el amor por los libros y pueden, en cambio, asfixiar lo que de azar o gratuidad debe tener necesariamente la lectura.

19 de diciembre de 2008

Tiempo de preguntas

No suele apreciarse la voluntad filosófica de los niños. La consideración más vulgar de la infancia tiende a considerarla como una etapa ingenua y ensimismada, cuyas mayores virtudes son la felicidad y la inocencia, que van perdiéndose conforme pasan los días y se dejan atrás los juegos, los compañeros, los asombros. La melancolía decepcionada de los adultos tiende a creer que en sus vidas hubo un pasado puro y despreocupado, perfecto, del que fueron expulsados injustamente. La infancia suele ser vista como un paraíso del que uno se aleja o es desterrado. Los deseos, sin embargo, suelen enmascarar o desvirtuar la memoria. Porque lo cierto es que la infancia es también una época de incertidumbres, miedos, desengaños y tristezas, que se soportan y se vencen como cada cual puede. Basta, eso sí, un momento de vehemente alegría para compensar las muchas decepciones que abruman a diario a los niños.

La infancia es asimismo una época de preguntas, tal vez el tiempo en el que son más intensas y más persistentes. Los porqués de los niños no son una expresión de simplicidad o empecinamiento, sino la muestra de una invencible curiosidad hacia el mundo y el comportamiento humano. Quieren saber qué es lo que hace que el universo sea como es y los artefactos funcionen como lo hacen, sienten verdaderos deseos de conocer el significado de las palabras y la razón de las normas y las conductas, porque todo para ellos es nuevo, apasionante. En sentido estricto, se comportan como genuinos filósofos y científicos. Únicamente la ceguera y la arrogancia de los adultos impiden entender la infancia como la época de la suprema curiosidad.

La literatura infantil y juvenil tiene en cuenta a veces esa realidad y afronta directamente, sin temor, algunas de las cuestiones que, desde hace siglos, son patrimonio de la filosofía. Quiero hacerme eco de dos libros que, cada cual a su manera, dan que pensar, es decir, ofrecen oportunidades para razonar y conversar. El primero, y pues hablamos de interrogaciones, es
La gran pregunta, escrito e ilustrado por Wolf Erlbruch.

Para Erlbruch, como para millones de personas, la pregunta capital es la que afecta a nuestra propia existencia, a nuestro papel en el mundo, al sentido de nuestra experiencia. ¿Qué respuesta dar a esa pregunta? Tantas quizá como personas. Pero son justamente las tentativas de respuesta las que otorgan significado a la vida. En el libro, cada personaje ofrece un argumento a ese niño que interroga, y es esa pluralidad de razones lo que afina y ensancha el pensamiento del lector. Las transparentes y sugestivas imágenes que lo ilustran no hacen más que acrecentar su valor.

Quienes piensen que los niños son incapaces de plantearse esa pregunta, y por supuesto de dar una respuesta, deberían pensar cuál es el significado de sus continuos porqués acerca del nacimiento, la muerte, la violencia o el día y la noche. No hay más que escucharlos seria y atentamente para darse cuenta de sus peculiares inquietudes, de sus profundos y emocionantes razonamientos. Un libro de reciente publicación (gracias Ricardo, gracias Pepa, por descubrírmelo) quiere diversificar las preguntas y enfrentar a los lectores con algunos de los contrarios filosóficos con los que los seres humanos vienen reflexionando desde hace milenios: razón y pasión, ser y apariencia, yo y el otro, cuerpo y mente, causa y efecto...


El libro, en cuyos textos (obra de Oscar Brenifier) resuenan las voces de los antiguos filósofos y cuyas expresivas imágenes (obra de Jacques Després) hacen contemporáneas las viejas indagaciones, bien podría servir como un manual para jóvenes filósofos. El conocimiento no es algo inerte ni es patrimonio de especialistas. Es necesario que salga al encuentro de los que aún no recelan de las cuestiones enigmáticas y peliagudas. La mera incitación a pensar es ya una cuestión filosófica y justifica con creces el compromiso de preguntar.

5 de noviembre de 2008

Pequeña memoria recobrada

Llega a mis manos un libro muy deseado. Se titula Pequeña memoria recobrada y es el fruto póstumo de la escritora Ana Pelegrín. Ya di noticia de su muerte en una entrada anterior, En recuerdo de Ana, y lamentaba allí que no hubiera alcanzado a ver tan espléndida obra.

El libro responde al empeño de Ana en hacer visible la obra de los escritores e ilustradores españoles de libros infantiles que, tras la Guerra Civil española, tuvieron que exiliarse y continuar su labor en los países que los acogieron. Como ha sido corriente en España, el trabajo de los trasterrados, de quienes se vieron forzados a cruzar fronteras perseguidos por el terror y la muerte, sigue sin reconocerse como merece y aún cuesta mucho esfuerzo incorporar sus nombres y sus obras al relato común de nuestra historia literaria y nuestros cánones artísticos. Esa injusticia, que continúa afectando a tantos hombres y mujeres de la diáspora, dolía a Ana Pelegrín de modo intenso y quiso repararla a su modo. Durante años fue rescatando aquí y allá los libros infantiles editados por ellos en Argentina, México, Cuba, Puerto Rico..., sobre los cuales se cernía la amenaza de la ignorancia y la desaparición. Algunos de esos volúmenes exiliados se reproducen ahora en el catálogo que acompaña al libro. La generosa colaboración que Ana Pelegrín recibió de María Victoria Sotomayor y Alberto Urdiales para culminar ese ambicioso proyecto merece el mayor de los reconocimientos.

Hay obras que adquieren sentido antes incluso de ver la luz. Este libro es uno de esos casos. El mero hecho de hacer memoria es uno de los más admirables actos de ciudadanía, pues 'hacer memoria' no es sólo evocar, sino construir y afianzar una equitativa narración pública. Y lo cierto es que cuando se habla de la historia de la literatura infantil española suele ignorarse a quienes escribieron y dibujaron en otras geografías, en otras atmósferas, aunque nunca olvidaron a qué tierra, a qué lenguas, a qué pasados pertenecían. Recordarlos es una obligación ética para quienes piensan que la memoria mutilada o desfigurada es una afrenta colectiva. Ésa fue, desde el comienzo, la voluntad de Ana Pelegrín.


La mayor virtud de los trabajos que componen el libro -el teatro infantil, las imágenes de los libros para niños, la labor cultural de las Misiones Pedagógicas, las obras de los escritores silenciados que quedaron en España tras la guerra...- reside en que contribuyen a capitular la siempre ofensiva historia de los exilios. Porque además de los desterrados hubo otra clase de exiliados: los que sin abandonar su tierra se vieron proscritos y silenciados, otra forma cruel de alejamiento. Ése fue, por ejemplo, el caso Hermenegildo Lanz, excelente profesor, grabador, pintor, escenógrafo, marionetista, fotógrafo..., del que he hablado en este libro con el mismo sentimiento de desagravio con que han escrito los demás colaboradores. Pienso que con este libro se reparan un poco más las viejas desgarraduras.