La infancia es asimismo una época de preguntas, tal vez el tiempo en el que son más intensas y más persistentes. Los porqués de los niños no son una expresión de simplicidad o empecinamiento, sino la muestra de una invencible curiosidad hacia el mundo y el comportamiento humano. Quieren saber qué es lo que hace que el universo sea como es y los artefactos funcionen como lo hacen, sienten verdaderos deseos de conocer el significado de las palabras y la razón de las normas y las conductas, porque todo para ellos es nuevo, apasionante. En sentido estricto, se comportan como genuinos filósofos y científicos. Únicamente la ceguera y la arrogancia de los adultos impiden entender la infancia como la época de la suprema curiosidad.
La literatura infantil y juvenil tiene en cuenta a veces esa realidad y afronta directamente, sin temor, algunas de las cuestiones que, desde hace siglos, son patrimonio de la filosofía. Quiero hacerme eco de dos libros que, cada cual a su manera, dan que pensar, es decir, ofrecen oportunidades para razonar y conversar. El primero, y pues hablamos de interrogaciones, es La gran pregunta, escrito e ilustrado por Wolf Erlbruch.
Para Erlbruch, como para millones de personas, la pregunta capital es la que afecta a nuestra propia existencia, a nuestro papel en el mundo, al sentido de nuestra experiencia. ¿Qué respuesta dar a esa pregunta? Tantas quizá como personas. Pero son justamente las tentativas de respuesta las que otorgan significado a la vida. En el libro, cada personaje ofrece un argumento a ese niño que interroga, y es esa pluralidad de razones lo que afina y ensancha el pensamiento del lector. Las transparentes y sugestivas imágenes que lo ilustran no hacen más que acrecentar su valor.Quienes piensen que los niños son incapaces de plantearse esa pregunta, y por supuesto de dar una respuesta, deberían pensar cuál es el significado de sus continuos porqués acerca del nacimiento, la muerte, la violencia o el día y la noche. No hay más que escucharlos seria y atentamente para darse cuenta de sus peculiares inquietudes, de sus profundos y emocionantes razonamientos. Un libro de reciente publicación (gracias Ricardo, gracias Pepa, por descubrírmelo) quiere diversificar las preguntas y enfrentar a los lectores con algunos de los contrarios filosóficos con los que los seres humanos vienen reflexionando desde hace milenios: razón y pasión, ser y apariencia, yo y el otro, cuerpo y mente, causa y efecto...
El libro, en cuyos textos (obra de Oscar Brenifier) resuenan las voces de los antiguos filósofos y cuyas expresivas imágenes (obra de Jacques Després) hacen contemporáneas las viejas indagaciones, bien podría servir como un manual para jóvenes filósofos. El conocimiento no es algo inerte ni es patrimonio de especialistas. Es necesario que salga al encuentro de los que aún no recelan de las cuestiones enigmáticas y peliagudas. La mera incitación a pensar es ya una cuestión filosófica y justifica con creces el compromiso de preguntar.