El resultado es la librería El Ateneo Grand Splendid de Buenos Aires.
En efecto, lo que desde 1919 fue el teatro Grand Splendid, promovido por el emigrante austriaco Max Glucksman, y que a lo largo del siglo XX acogió representaciones teatrales y de ballets, proyecciones cinematográficas, conciertos de tango y espectáculos musicales, es desde el año 2000 una librería. La arquitectura y la decoración primigenias han sido respetadas escrupulosamente -los palcos, las pinturas de la cúpula, las barandillas, las estriadas columnas, las molduras doradas...-, por lo que la primera impresión de cualquier lector es la de que ingresa en un teatro, sólo que en vez de butacas se encuentra con anaqueles y mostradores y sillones para leer. Porque esa librería, además de vender libros, actúa también como biblioteca. Nada impide que un lector se allegue a ella, escoja el libro apetecido o encontrado al azar y se siente a leerlo hasta acabarlo. Y nadie lo mirará sospechosamente si apila un montón de libros para pasar la tarde. Los palcos hacen el papel de reservados gabinetes de lectura, pero cualquier rincón o pasillo cumplen adecuadamente esa función.
El escenario, que permanece parcialmente oculto por el telón original, ha sido convertido en una cafetería. La antigua simbiosis entre café y lectura adquiere allí su más natural expresión. Es un espacio también para las tertulias o la presentación de libros. Todas las tardes hay además música en directo: un pianista, solo o acompañado por un flautista, pone banda sonora a la lectura tranquila o la conversación civilizada. Desde esa apacible atalaya se divisa un enjambre de lectores ocupados en lo que más les gusta: deambular entre estanterías, ojear libros, detenerse a leer. Parece entonces que se han invertido las tornas, que el espectáculo se desarrolla en el patio de butacas y la acción la protagonizan anónimos lectores que llegan solos o en compañía, recorren las distintas secciones, abren y cierran libros, se ensimisman en ellos, se sientan un momento en una silla, van en busca de otros libros, levantan la vista, piensan, abandonan el lugar. Es un movimiento continuo, improvisado y siempre cambiante que desde el escenario adquiere el sentido de una danza, de una vital representación teatral, pues allí se manifiestan día tras día todos los sueños, todas las expectativas, todos los descubrimientos que los libros son capaces de concitar y satisfacer.