Aún faltan muchos años para que ese joven emigrante indio en la isla de Trinidad comience a publicar sus primeras novelas y muchos más para que le sea concedido el Premio Nobel de Literatura. Entonces es tan sólo un joven oriundo de la India llamado Vidiadhar Surajprasad Naipaul, que vive a la par en dos mundos bien diferentes, en dos lenguas, en dos culturas: el de su casa y el del colegio. Los libros trazan caminos inesperados y a veces contrapuestos entre uno y otro. La figura del padre resulta ahí determinante. Al cabo de los años seguirá recordando la deuda con la voz paternal.
El testimonio que hoy les ofrezco procede del libro Leer y escribir. Una versión personal, de V. S. Naipaul.
"Sin embargo, ya había empezado a hacerme mi propia idea de lo que significa escribir. Era una idea mía, curiosamente ennoblecedora, sin nada que ver con el colegio ni con nuestro clan familiar hindú. Esa idea de escribir -que me despertaría la ambición de ser escritor- se cimentó en las cositas que me leía mi padre de vez en cuando.
Mi padre era autodidacto, y se hizo periodista por sus propios medios, leía a su manera. Por entonces tenía treinta y pocos años, y aún estaba aprendiendo. Leía muchos libros a la vez, sin terminar ninguno, y no le interesaban ni el relato ni la trama, sino las cualidades especiales o el carácter del escritor. Eso era lo que le gustaba, y solo disfrutaba de los escritores en pequeños arranques. A veces me llamaba para que le oyera leer tres o cuatro páginas, raramente más, de un escritor que le agradaba especialmente. Leía y explicaba con ardor, y no me costaba trabajo que me gustara lo que le gustaba a él. De esta forma tan curiosa -teniendo en cuenta las circunstancias: la mezcla de razas en el colegio de una colonia, la introversión asiática en casa- empecé a construir mi propia antología de la literatura inglesa.
Estos eran algunos fragmentos de tal antología antes de que cumpliera los doce años: varios parlamentos de Julio César; páginas sueltas de los primeros capítulos de Oliver Twist, Nicholas Nickleby y David Copperfield; la leyenda de Perseo de Los héroes, de Charles Kingsley; unas cuantas páginas de El molino junto al Floss; un cuento romántico de amores, fugas y muerte en malasia de Joseph Conrad; algo de los Cuentos de Shakespeare, de Lamb; relatos de O. Henry y Maupassant; un par de páginas cínicas sobre el Ganges y una fiesta religiosa de Jesting Pilate, de Aldous Huxley; otras cosas del mismo estilo de Hindoo Holiday, de J. R. Ackerley y unas cuantas páginas de Somerset Maugham.
Lo de Lamb y Kingsley debió de resultarme demasiado anticuado y enrevesado, pero por alguna razón -sin duda el entusiasmo de mi padre- fui capaz de simplificar todo lo que oía. En mi cabeza, todos los fragmentos (incluso los de Julio César) adquirían un aire de cuento de hadas, se transformaban en relatos de Andersen, remotos e intemporales, y no me costaba nada jugar mentalmente con ellos".
31 de julio de 2009
26 de julio de 2009
Voces primordiales
Quisiera ir ofreciendo en las próximas semanas algunos testimonios de escritores/lectores acerca de la influencia que sus padres tuvieron en sus deseos y gustos por la lectura. Me parecen oportunos en estos días en que el tiempo parece dilatarse, en que la proximidad se hace más íntima y duradera. Espero que les gusten y les haga pensar o quizá recordar.
El primero corresponde a la escritora española Soledad Puértolas y está incluido en su libro Con mi madre.
"Cuando, a los tres años, la enfermedad del tifus se apoderó de mí y también de mi madre, pasé un largo mes recluida con ella en uno de los cuartos de la casa de mi abuela, en Pamplona. Lo llamábamos el cuarto rojo, porque predominaba el color rojo; los muebles, unas sillas muy rectas y unos sillones de brazos y un sofá, todos muebles rectos y duros, estaban tapizados de terciopelo rojo con dibujos de flores, y las cortinas y la colcha de una cama turca eran de damasco rojo, igualmente floreado. Era un cuarto destinado a recibir las visitas -si bien yo no recuerdo ninguna- y en algún momento también albergó la mesa de despacho de mi tío Pedro, el único hijo que todavía vivía en casa de la abuela. Era un eterno opositor a notarías.
Pero es difícil determinar el tiempo que duró nuestra reclusión, y no estoy segura de que fuera un mes o dos o tres... El tiempo no se contaba de forma convencional, tenía un ritmo lentísimo. Aquel tiempo ocupa un bloque importante dentro de mis recuerdos y sé que mi vida no habría sido la misma si mi memoria no hubiera guardado en un lugar especial esa suma de días que conviví con mi madre, las dos enfermas, amenazadas de muerte, envueltas en el color rojo de aquel cuarto que fue, mientras duró la enfermedad, enteramente nuestro y un territorio casi prohibido para los otros habitantes de la casa.
Fue en ese cuarto rojo donde me contaron el cuento que me aprendí de memoria y que también marcó mi vida, porque, luego, vencida la enfermedad, cogí entre las manos el libro en el que se encontraba el relato y reconocí una a una todas las palabras. Fue así, de golpe, como aprendí a leer. Y, sobre todo, me quedé para siempre seducida por la vida que se contiene en los relatos, esa otra vida que te ayuda en la vida que tú, esa enferma de tres años, estás viviendo.
Esa enferma de tres años accedió, a través del cuento que le contaban día a día, y seguramente más de una vez en el mismo día, según me dijeron, a un mundo mágico en el que no son necesarias las reglas que rigen éste. Accedí a la invención, y, como eso ocurrió durante aquella larga enfermedad, la invención quedó para siempre ligada a una idea de refugio, de territorio prohibido para los otros y sagrado para mí. Y para mi madre. Por eso siempre he tenido la sensación de que ha sido mi madre la responsable de que la imaginación, la necesidad de escribir, se haya ido abriendo paso a lo largo de mi vida, día a día también, y haya llegado a ocupar el espacio que hoy ocupa y que casi no podría delimitar, tan ligado está a lo que es mi vida, a lo que soy.
¿De qué trataba aquel cuento?, ¿qué es lo que aún recuerdo de él?
De que la protagonista del cuento era una gallina no tengo la menor duda, una gallina petirroja, adjetivo cuyo verdadero significado desconocía, pero que para mí siempre tuvo un sentido de desdicha. La gallina petirroja era una pobre y desgraciada gallina a quien nadie quería. Imagino que si nadie me explicó lo que significaba el adjetivo de petirroja fue porque nunca lo pregunté, segura como estaba de mi interpretación.
Incorporada en la cama supletoria que pusieron para mí al lado de la cama turca que ocupaba mi madre una y otra vez pedía, exigía, con impertinente obstinación, que me leyeran el cuento. En alguna parte perdida de mi memoria se habrá quedado grabado si, como sostienen algunos neurólogos, todo lo que vivimos es archivado en el cerebro, si bien no todo aflora en los recuerdos.
[...]
Supongo que ese impulso permanece. Cuando estoy escribiendo un relato o una novela y me aproximo al final, estoy muy atenta a los más mínimos destellos de luz. eso es lo que me empuja a escribir. Esa luz fue lo que la gallina petirroja que me acompañó durante mi larga enfermedad encontró al final.
Pero yo tenía a mi lado, durante los largos días del tifus, otra luz más cálida y esencial, la que provenía de la cama de mi madre. Los hilos van y vienen, se entremezclan. En un relato y una novela puedes poner la palabra fin. En la vida, es la muerte quien escribe esa palabra. Pero, al escribir, puedes borrar la palabra fin. Sin necesidad de escribirla, ésta es la palabra que se queda flotando en el aire: CONTINUARÁ."
El primero corresponde a la escritora española Soledad Puértolas y está incluido en su libro Con mi madre.
"Cuando, a los tres años, la enfermedad del tifus se apoderó de mí y también de mi madre, pasé un largo mes recluida con ella en uno de los cuartos de la casa de mi abuela, en Pamplona. Lo llamábamos el cuarto rojo, porque predominaba el color rojo; los muebles, unas sillas muy rectas y unos sillones de brazos y un sofá, todos muebles rectos y duros, estaban tapizados de terciopelo rojo con dibujos de flores, y las cortinas y la colcha de una cama turca eran de damasco rojo, igualmente floreado. Era un cuarto destinado a recibir las visitas -si bien yo no recuerdo ninguna- y en algún momento también albergó la mesa de despacho de mi tío Pedro, el único hijo que todavía vivía en casa de la abuela. Era un eterno opositor a notarías.
Pero es difícil determinar el tiempo que duró nuestra reclusión, y no estoy segura de que fuera un mes o dos o tres... El tiempo no se contaba de forma convencional, tenía un ritmo lentísimo. Aquel tiempo ocupa un bloque importante dentro de mis recuerdos y sé que mi vida no habría sido la misma si mi memoria no hubiera guardado en un lugar especial esa suma de días que conviví con mi madre, las dos enfermas, amenazadas de muerte, envueltas en el color rojo de aquel cuarto que fue, mientras duró la enfermedad, enteramente nuestro y un territorio casi prohibido para los otros habitantes de la casa.
Fue en ese cuarto rojo donde me contaron el cuento que me aprendí de memoria y que también marcó mi vida, porque, luego, vencida la enfermedad, cogí entre las manos el libro en el que se encontraba el relato y reconocí una a una todas las palabras. Fue así, de golpe, como aprendí a leer. Y, sobre todo, me quedé para siempre seducida por la vida que se contiene en los relatos, esa otra vida que te ayuda en la vida que tú, esa enferma de tres años, estás viviendo.
Esa enferma de tres años accedió, a través del cuento que le contaban día a día, y seguramente más de una vez en el mismo día, según me dijeron, a un mundo mágico en el que no son necesarias las reglas que rigen éste. Accedí a la invención, y, como eso ocurrió durante aquella larga enfermedad, la invención quedó para siempre ligada a una idea de refugio, de territorio prohibido para los otros y sagrado para mí. Y para mi madre. Por eso siempre he tenido la sensación de que ha sido mi madre la responsable de que la imaginación, la necesidad de escribir, se haya ido abriendo paso a lo largo de mi vida, día a día también, y haya llegado a ocupar el espacio que hoy ocupa y que casi no podría delimitar, tan ligado está a lo que es mi vida, a lo que soy.
¿De qué trataba aquel cuento?, ¿qué es lo que aún recuerdo de él?
De que la protagonista del cuento era una gallina no tengo la menor duda, una gallina petirroja, adjetivo cuyo verdadero significado desconocía, pero que para mí siempre tuvo un sentido de desdicha. La gallina petirroja era una pobre y desgraciada gallina a quien nadie quería. Imagino que si nadie me explicó lo que significaba el adjetivo de petirroja fue porque nunca lo pregunté, segura como estaba de mi interpretación.
Incorporada en la cama supletoria que pusieron para mí al lado de la cama turca que ocupaba mi madre una y otra vez pedía, exigía, con impertinente obstinación, que me leyeran el cuento. En alguna parte perdida de mi memoria se habrá quedado grabado si, como sostienen algunos neurólogos, todo lo que vivimos es archivado en el cerebro, si bien no todo aflora en los recuerdos.
[...]
Supongo que ese impulso permanece. Cuando estoy escribiendo un relato o una novela y me aproximo al final, estoy muy atenta a los más mínimos destellos de luz. eso es lo que me empuja a escribir. Esa luz fue lo que la gallina petirroja que me acompañó durante mi larga enfermedad encontró al final.
Pero yo tenía a mi lado, durante los largos días del tifus, otra luz más cálida y esencial, la que provenía de la cama de mi madre. Los hilos van y vienen, se entremezclan. En un relato y una novela puedes poner la palabra fin. En la vida, es la muerte quien escribe esa palabra. Pero, al escribir, puedes borrar la palabra fin. Sin necesidad de escribirla, ésta es la palabra que se queda flotando en el aire: CONTINUARÁ."
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Soledad Puértolas
20 de julio de 2009
Madrugada de julio de 1969
"La ventana del comedor está justo enfrente de la lámpara encendida en la esquina de la calle del Pozo: cuando empujo la puerta hay un cuadrilátero de luz recortado sobre las baldosas, y se escucha el mecanismo del reloj de pared al que mi abuelo le dio cuerda antes de acostarse. La claridad que entra por la ventana es la de la bombilla de la esquina y también la de la Luna en la que ya se ha posado la nave Eagle. Sin dar la luz enciendo el televisor: hay primero una nebulosa de puntos grises, negros, blancos, cruzando la pantalla, como sucede a veces cuando se corta la emisión, un crepitar como de lija, de rumores estáticos. Quizás se ha perdido la imagen, o no han funcionado las cámaras del módulo lunar, o ha ocurrido alguna de las desgracias que imaginaban los científicos y los proveedores de augurios: una radiación solar cegadora ha fulminado a los astronautas nada más asomarse a la intemperie de la Luna, una lluvia de meteoritos ha acabado con ellos. Entonces el granizado de puntos grises, blancos y negros empieza a disiparse, o más bien parece que se condensa en imágenes muy borrosas, en sombras o espectros blancos que acaban cobrando la forma extraña y reconocible del módulo lunar: las patas metálicas, la escalera, la plataforma sobre la que se levanta el poliedro confuso con ángulos irregulares y brillos como de papel de plata en cuyo interior los astronautas quizás aguardan el momento preciso de abrir la escotilla, la orden de salida que ha de llegar desde la Tierra. Es un aparato no menos extraño que la esfera antigravitatoria de Wells o que la bala hueca y gigante de cañón de los viajeros de Julio Verne. Parece hecho de cualquier manera, con materiales demasiado livianos, para reducir el peso al máximo, una yuxtaposición de partes que no acaban de encajar entre sí, las patas largas de crustáceo o de arácnido, tan frágiles que parece que un aterrizaje brusco podría romperlas, el cuerpo poliédrico forrado de una lámina dorada de aluminio, la escalera metálica, las ventanillas triangulares. ¿Por qué triangulares, y no redondas, como ojos de buey? Voces nasales dicen excitadamente en inglés algo que no entiendo: voces metálicas de transmisiones de radio medio ahogadas por sonidos estáticos, por un fragor de lejanía que desciende luego a un murmullo y por fin se desvanece en silencio. No escucho nada ahora, y aunque giro la rueda del volumen las vagas imágenes y fulguraciones grises se deslizan en la pantalla acompañadas por ningún sonido. Un brazo metálico se extendió automáticamente cuando el módulo lunar se posó sobre el polvo y en su extremo estaba la cámara de televisión que transmite ahora mismo estas imágenes. Formas vagas, difíciles de discernir, las patas del módulo, la escalera, de un aire tan inseguro como el del propio vehículo espacial, con sus paredes de aluminio tan delgadas que un meteorito del tamaño de una almendra podría atravesarlas. Mientras aguardaban, antes de vestirse los trajes espaciales y las escafandras, Armstrong y Aldrin oían un repiqueteo tenue de algo que chocaba contra el exterior del módulo, como arañazos, como gotas de llovizna: eran las partículas infinitesimales, llegadas del espacio, los granos de asteroides que puntean el polvo de la Luna como las patas de los insectos y de los pájaros la arena fina de una playa en la Tierra. Algo se mueve ahora, gris más claro y casi blanco en medio de la grisura, sobre la línea nítida que separa la superficie de la Luna de la oscuridad del fondo. Algo se mueve, alguien, flota, como en un acuario, una joroba grande que parece no pesar, una escafandra, unas piernas torpes que tantean los peldaños de la escalera metálica. Como alguien que baja cautelosamente por la escalerilla de una piscina y tantea el agua, no se atreve a arrojarse a ella, pero es impulsado de nuevo hacia arriba, sin peso, como si el traje estuviera hinchado por un gas más ligero que el aire. Un peldaño tras otro, despacio, y por fin el último, un salto ligero, y la figura salta y se eleva, se queda instantáneamente suspendida, ingrávida, más bien torpe, las botas tan gruesas, los brazos extendidos, el cuerpo entero oscilando, de un lado a otro, como en una danza pueril. La luz gris que llega a través del televisor desde la Luna ilumina mi cara en la habitación en penumbra. Siento como si todavía no hubiera despertado del todo, como si soñara que me he despertado en mi cuarto del último piso, que he bajado con cautela los peldaños para no despertar a mis padres o a mis abuelos, que caen cada noche en el sueño como piedras al fondo de un pozo."
(Fragmento de la novela El viento de la Luna, escrita por Antonio Muñoz Molina y publicada en la editorial Seix Barral. Reproducido con motivo del cuadragésimo aniversario del alunizaje del Apolo 11 y la primera huella de la especie humana en la superficie de la Luna)
(Fragmento de la novela El viento de la Luna, escrita por Antonio Muñoz Molina y publicada en la editorial Seix Barral. Reproducido con motivo del cuadragésimo aniversario del alunizaje del Apolo 11 y la primera huella de la especie humana en la superficie de la Luna)
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Antonio Muñoz Molina
17 de julio de 2009
Crisis y lecturas
A quienes admiren la sensibilidad y las ideas de Michèle Petit sobre la lectura;
a quienes quieran conocer testimonios sobre la potestad reparadora de los libros;
a quienes busquen argumentos sobre la importancia o la necesidad de leer;
a quienes interesen las experiencias que en tantos lugares del mundo se llevan a cabo para formar lectores;
a quienes aún duden del valor cívico de la lectura;
a quienes no hayan reparado en el papel determinante de la literatura en la vida;
a quienes sientan curiosidad por la compleja psicología humana;
a quienes admiren el coraje y la fortaleza de los individuos en momentos de aflicción personal o colectiva;
a quienes deseen saber algo más sobre las relaciones entre lectura y emoción;
a quienes consideren que leer es algo más que un pasatiempo;
a quienes preocupen los modos de promover la lectura;
a quienes crean o nieguen la virtud reconfortante de la voz y la palabra;
a quienes piensen en los libros como moradas hospitalarias;
a quienes estimen la relevancia social de las bibliotecas y las escuelas;
a quienes, sencillamente, importe la suerte de sus semejantes;
a todos
recomiendo la lectura de este libro:
a quienes quieran conocer testimonios sobre la potestad reparadora de los libros;
a quienes busquen argumentos sobre la importancia o la necesidad de leer;
a quienes interesen las experiencias que en tantos lugares del mundo se llevan a cabo para formar lectores;
a quienes aún duden del valor cívico de la lectura;
a quienes no hayan reparado en el papel determinante de la literatura en la vida;
a quienes sientan curiosidad por la compleja psicología humana;
a quienes admiren el coraje y la fortaleza de los individuos en momentos de aflicción personal o colectiva;
a quienes deseen saber algo más sobre las relaciones entre lectura y emoción;
a quienes consideren que leer es algo más que un pasatiempo;
a quienes preocupen los modos de promover la lectura;
a quienes crean o nieguen la virtud reconfortante de la voz y la palabra;
a quienes piensen en los libros como moradas hospitalarias;
a quienes estimen la relevancia social de las bibliotecas y las escuelas;
a quienes, sencillamente, importe la suerte de sus semejantes;
a todos
recomiendo la lectura de este libro:
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MICHÈLE PETIT
11 de julio de 2009
Cuentos del lejano oeste
Reproduzco cuatro cuentos breves de un autor al que admiro mucho, Luciano G. Egido. Es el mejor modo de mostrar mi reconocimiento. Pertenecen los cuatro al libro Cuentos del lejano oeste, cuya originalísima organización es ya un motivo de fascinación. Los cuentos van creciendo en extensión a medida que avanza el libro, de modo que el primero, titulado Presente, se compone de dos palabras (Yo, era) y el último, Circo, alcanza las 18 páginas. Además, cada uno de ellos va precedido de una cita literaria, que, en conjunto, componen un magnífico catálogo de admiraciones.
Enigma
Se desnuda todo de sí para no ser más que amor.
Fray Luis de León
Él tenía un tiro en el corazón y ella, en la cabeza. Nunca se sabrá quién de los dos amaba más al otro: si ella por matarse por él o él por dejarse matar por ella.
Desnudo
Lo más profundo del ser humano es la piel.
Paul Valéry
Le dije: "Desnúdate". Y ella me dijo: "¿Tan pronto?". Y yo le dije: "Entiéndeme; lo que quiero decirte es que me hables de ti". Y ella me dijo: "Entonces, mejor será que me desnude".
Error
Yo fui loco y ya soy cuerdo
Miguel de Cervantes
El mucho leer le había trastornado el cerebro. Era viejo, flaco y visionario. Creía en la bondad, en la solidaridad y en la justicia. Cuando vino la República, su locura se exacerbó hasta el éxtasis y la guerra civil le cogió a contrapié. Lo fusilaron contra una tapia que creyó que era la frontera del paraíso, unos pistoleros, a los que confundió con ángeles, un día de sol que le pareció de buen agüero. Tuvo tiempo de reconocer ante los suyos, que le recogieron agonizante, que se había equivocado.
El árbol
El árbol bello dos veces centenario
las poderosas ramas extendidas,
cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,
dosel donde una sombra edénica subsiste.
Luis Cernuda
Todas las mañanas, lo primero que hacía era abrir la ventana de su cuarto para verlo y se pasaba largo rato mirándolo. Había crecido con él y le parecía la imagen de la perfección. Reproducía con exactitud el árbol ideal de los tratados de botánica. Era alto, frondoso y ancho sin ser agobiante y tenía dos troncos nudosos y paralelos, que ascendían como dos columnas robustas, que se doblaban en una continuidad de ramas, esbeltas e intrincadas, que lo coronaban con una armonía, levemente asimétrica, que se concretaba en una floración de hojas inquietas, brillantes, graciosas y variadas, que se movían a la menor brisa y recogían el relente de la noche y lo transformaban en perlas sobre el azul del primer cielo. Lo habitaban los pájaros, lo frecuentaban los niños y lo agradecían los caminantes. Cuando cambiaron el trazado de la carretera estatal, quedó condenado a muerte y no sirvieron de nada sus protestas, sus denuncias en los periódicos, sus pleitos contencioso-administrativos, sus desesperados intentos de sabotaje. Todas sus apelaciones terminaron en el mismo fracaso. Alegó la belleza, la tradición, la humanidad y el respeto a la naturaleza; pero nadie le hizo caso. En el momento en que la sierra mecánica atacó uno de sus troncos, con decisión mañanera e indiferencia criminal, se oyó un quejido desgarrador, largo y pavoroso. El tipo de la sierra, con su gorra de béisbol de los Yankees de Nueva York y un bozal de plástico transparente debajo de unas anteojeras oscuras, detuvo el aparato, sobrecogido por la intensidad del dolor humano de aquel lamento insólito. Pero, al cabo de unos segundos, volvió al ataque con idéntica ferocidad y el mismo aire rutinario, hasta que su víctima cayó solemnemente, con gallardía de dios destronado. Los médicos certificaron su muerte como consecuencia de un infarto de miocardio y ni siquiera le dieron la satisfacción de enterrarlo en un ataúd, hecho con los tablones del árbol talado enfrente de su casa, como sin duda él hubiera querido.
(El libro Cuentos del lejano oeste está publicado en la editorial Tusquets)
Enigma
Se desnuda todo de sí para no ser más que amor.
Fray Luis de León
Él tenía un tiro en el corazón y ella, en la cabeza. Nunca se sabrá quién de los dos amaba más al otro: si ella por matarse por él o él por dejarse matar por ella.
Desnudo
Lo más profundo del ser humano es la piel.
Paul Valéry
Le dije: "Desnúdate". Y ella me dijo: "¿Tan pronto?". Y yo le dije: "Entiéndeme; lo que quiero decirte es que me hables de ti". Y ella me dijo: "Entonces, mejor será que me desnude".
Error
Yo fui loco y ya soy cuerdo
Miguel de Cervantes
El mucho leer le había trastornado el cerebro. Era viejo, flaco y visionario. Creía en la bondad, en la solidaridad y en la justicia. Cuando vino la República, su locura se exacerbó hasta el éxtasis y la guerra civil le cogió a contrapié. Lo fusilaron contra una tapia que creyó que era la frontera del paraíso, unos pistoleros, a los que confundió con ángeles, un día de sol que le pareció de buen agüero. Tuvo tiempo de reconocer ante los suyos, que le recogieron agonizante, que se había equivocado.
El árbol
El árbol bello dos veces centenario
las poderosas ramas extendidas,
cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,
dosel donde una sombra edénica subsiste.
Luis Cernuda
Todas las mañanas, lo primero que hacía era abrir la ventana de su cuarto para verlo y se pasaba largo rato mirándolo. Había crecido con él y le parecía la imagen de la perfección. Reproducía con exactitud el árbol ideal de los tratados de botánica. Era alto, frondoso y ancho sin ser agobiante y tenía dos troncos nudosos y paralelos, que ascendían como dos columnas robustas, que se doblaban en una continuidad de ramas, esbeltas e intrincadas, que lo coronaban con una armonía, levemente asimétrica, que se concretaba en una floración de hojas inquietas, brillantes, graciosas y variadas, que se movían a la menor brisa y recogían el relente de la noche y lo transformaban en perlas sobre el azul del primer cielo. Lo habitaban los pájaros, lo frecuentaban los niños y lo agradecían los caminantes. Cuando cambiaron el trazado de la carretera estatal, quedó condenado a muerte y no sirvieron de nada sus protestas, sus denuncias en los periódicos, sus pleitos contencioso-administrativos, sus desesperados intentos de sabotaje. Todas sus apelaciones terminaron en el mismo fracaso. Alegó la belleza, la tradición, la humanidad y el respeto a la naturaleza; pero nadie le hizo caso. En el momento en que la sierra mecánica atacó uno de sus troncos, con decisión mañanera e indiferencia criminal, se oyó un quejido desgarrador, largo y pavoroso. El tipo de la sierra, con su gorra de béisbol de los Yankees de Nueva York y un bozal de plástico transparente debajo de unas anteojeras oscuras, detuvo el aparato, sobrecogido por la intensidad del dolor humano de aquel lamento insólito. Pero, al cabo de unos segundos, volvió al ataque con idéntica ferocidad y el mismo aire rutinario, hasta que su víctima cayó solemnemente, con gallardía de dios destronado. Los médicos certificaron su muerte como consecuencia de un infarto de miocardio y ni siquiera le dieron la satisfacción de enterrarlo en un ataúd, hecho con los tablones del árbol talado enfrente de su casa, como sin duda él hubiera querido.
(El libro Cuentos del lejano oeste está publicado en la editorial Tusquets)
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Luciano G. Egido
7 de julio de 2009
Bellezas durmientes
Hace un año, el director del Festival Internacional de Música y Danza de Granada encargó a la compañía DA.TE Danza, con la que colaboro asiduamente, la creación de un nuevo espectáculo para su estreno en la edición de 2009. En esta ocasión, la propuesta poseía dos condiciones: recrear el cuento de La bella durmiente y que el espectáculo se hiciera pensando en un público adolescente, tan complejo y tan difícil de cautivar. Ayer, 6 de julio, se estrenó la obra.
El desafío era mayúsculo, pero como todo desafío resultaba excitante. Desde los primeros esbozos de la dramaturgia tuve claro que no podíamos reproducir literalmente las versiones tradicionales del cuento (Basile, Perrault, Grimm...) sino que era necesario leer la historia con ojos del siglo XXI. Las princesas, los castillos, las hadas, las urnas de cristal, las zarzas del bosque... no son sino marcas históricas, perfectamente prescindibles. Lo importante era conservar la médula de la historia: el adiós a la infancia y el letargo prolongado que sigue antes de despertar a la plenitud de la vida sexual y social. Ésa es una de las principales ventajas de los arquetipos populares: su ductilidad. Sin alterar la poderosa imagen del cuento (una joven de quince años sumida en un profundo sueño de 'cien años' a causa de un maleficio) era posible y obligatorio traerlo al mundo contemporáneo y recrear el 'sueño' de unos jóvenes adolescentes de 2009.
Y a la vez me parecía que, tras los medios tecnológicos y las músicas y las prendas de vestir de los adolescentes de hoy, permanecía la incertidumbre elemental: el porvenir incierto, la búsqueda de un espacio propio. Ése es el sentido último de la adolescencia. La laxitud, la desgana, la desafección, los silencios, la disconformidad... son manifestaciones de una búsqueda incesante y dolorosa, de la que las transformaciones corporales no son sino síntomas de una profunda metamorfosis psíquica. Las palabras y las voces de un grupo de adolescentes y jóvenes (gracias especialmente a Paloma, Ana, José Carlos, Celia y Noemí) han sido nuestra guía permanente.
De sus ceremonias grupales, sus gestos, sus sentimientos íntimos quisimos hablar mediante el lenguaje de la danza, es decir, del cuerpo y el movimiento. El resultado ha sido Belleza durmiente. Cuento contemporáneo para adolescentes, que, como dije, se estrenó ayer en el Teatro CajaGranada Isidoro Máiquez. ¿Y qué puede decir de la obra uno de sus autores? Simplemente que me sentí emocionado, feliz por ver la culminación de un trabajo largamente meditado y ensayado, admirado de la fecunda colaboración de tantos y tan excelentes profesionales, desde los músicos al iluminador o el escenógrafo. Como la relación de todos ellos haría de esta entrada casi un listín telefónico, me limitaré a citar, en representación de todos, los nombres de los directores, Omar Meza y Valeria Frabetti, y los bailarines, los verdaderos protagonistas: Celia Sako, Rosa Mari Herrador, Maximiliano Sanfort, Marie Klimesova e Iván Montardit.
Espero que alguna vez tengan la oportunidad de ver el espectáculo.
El desafío era mayúsculo, pero como todo desafío resultaba excitante. Desde los primeros esbozos de la dramaturgia tuve claro que no podíamos reproducir literalmente las versiones tradicionales del cuento (Basile, Perrault, Grimm...) sino que era necesario leer la historia con ojos del siglo XXI. Las princesas, los castillos, las hadas, las urnas de cristal, las zarzas del bosque... no son sino marcas históricas, perfectamente prescindibles. Lo importante era conservar la médula de la historia: el adiós a la infancia y el letargo prolongado que sigue antes de despertar a la plenitud de la vida sexual y social. Ésa es una de las principales ventajas de los arquetipos populares: su ductilidad. Sin alterar la poderosa imagen del cuento (una joven de quince años sumida en un profundo sueño de 'cien años' a causa de un maleficio) era posible y obligatorio traerlo al mundo contemporáneo y recrear el 'sueño' de unos jóvenes adolescentes de 2009.
Y a la vez me parecía que, tras los medios tecnológicos y las músicas y las prendas de vestir de los adolescentes de hoy, permanecía la incertidumbre elemental: el porvenir incierto, la búsqueda de un espacio propio. Ése es el sentido último de la adolescencia. La laxitud, la desgana, la desafección, los silencios, la disconformidad... son manifestaciones de una búsqueda incesante y dolorosa, de la que las transformaciones corporales no son sino síntomas de una profunda metamorfosis psíquica. Las palabras y las voces de un grupo de adolescentes y jóvenes (gracias especialmente a Paloma, Ana, José Carlos, Celia y Noemí) han sido nuestra guía permanente.
De sus ceremonias grupales, sus gestos, sus sentimientos íntimos quisimos hablar mediante el lenguaje de la danza, es decir, del cuerpo y el movimiento. El resultado ha sido Belleza durmiente. Cuento contemporáneo para adolescentes, que, como dije, se estrenó ayer en el Teatro CajaGranada Isidoro Máiquez. ¿Y qué puede decir de la obra uno de sus autores? Simplemente que me sentí emocionado, feliz por ver la culminación de un trabajo largamente meditado y ensayado, admirado de la fecunda colaboración de tantos y tan excelentes profesionales, desde los músicos al iluminador o el escenógrafo. Como la relación de todos ellos haría de esta entrada casi un listín telefónico, me limitaré a citar, en representación de todos, los nombres de los directores, Omar Meza y Valeria Frabetti, y los bailarines, los verdaderos protagonistas: Celia Sako, Rosa Mari Herrador, Maximiliano Sanfort, Marie Klimesova e Iván Montardit.
Espero que alguna vez tengan la oportunidad de ver el espectáculo.
1 de julio de 2009
Onetti

Ya he olvidado cómo conocí las ficciones de Juan Carlos Onetti, quién me habló inicialmente de él, dónde leí su nombre por primera vez. Sí sé desde luego que no fue un autor de mi juventud, del tiempo de las lecturas inaugurales y desbocadas. Antes que él, y por citar únicamente a escritores latinoamericanos, habían llegado Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Juan Rulfo o Jorge Luis Borges, cada uno por un camino y por distintos motivos. Ya no sé si Onetti no fue nombrado entonces o yo no presté atención a su nombre. Aunque tiendo a pensar ahora que las cosas hubieran sido de otra manera si ese encuentro se hubiera producido antes. Tal vez uno recibe las cosas que importan cuando las merece, o cuando verdaderamente las necesita, o cuando se tiene la disposición necesaria para recibir un libro como el regalo largamente esperado. Tan tardío entonces, tan imprescindible ahora, tan irremediablemente enredado ya en mi conciencia, no sabría decir si Onetti me ayudó a mirar el mundo y la gente como lo hago o si aquel incipiente e inseguro modo de mirar, necesitado de excusas literarias, me aproximó a él. Todos necesitamos el auxilio de una mirada ajena, algunos nombres, algunas ficciones, que conformen nuestras pasiones. Somos lo que hemos leído tanto como lo que dejamos de leer.
Hablo ahora de esto sin lamentaciones. Mi tardío descubrimiento de Onetti no puede ya ensombrecer la existencia de Santa María, la ciudad inmunda y portuaria a la que llegué por primera vez en ferrocarril, intruso en un vagón donde conversaban con desgana Larsen y las tres mujeres (María Bonita, Irene, Nelly) que había contratado en la capital para abrir el primer prostíbulo de la ciudad. Hice mi entrada a través de un idioma muy distinto al que estaba acostumbrado, aunque fuera la misma lengua que yo hablaba. Larsen, por lo demás, tampoco era el prototipo de héroe de las novelas latinoamericanas que acostumbraba a leer, sino un pobre hombre, un vulgar proxeneta, gordo y sudoroso, grosero, envejecido, al que su antigua dedicación al macró le había adjuntado el sobrenombre de 'Juntacadáveres'. Inesperadamente, me encontré en medio de una desconocida Santa María, es decir, en medio de una lengua y una literatura insólitas, cuyos habitantes, y los conflictos que los mantenían juntos y enfrentados, me hicieron conocer las formas más extremas de la tristeza y la melancolía.
De ese mundo tan literario pero tan poco afectado procedía Larsen y su desaforado ideal de fundar un burdel, una ambición que después (aunque literariamente suceda antes, pues Onetti interrumpió la redacción de Juntacadáveres para redactar El astillero) trasladará inútilmente a la tarea de hacer funcionar un astillero arruinado. Como todas las novelas inaugurales, aquélla imponía una singular manera de leer, que más tarde ratificarían otras novelas y sus cuentos (ay, sus cuentos). Las palabras parecían importadas de otro mundo, de lugares donde el fracaso, los sueños irrealizados, la mediocridad, la desesperanza, se cultivaban con ahínco. Llegaban ordenadas de un modo inusual, unidas unas a otras por un parentesco imprevisto, tan exacto como amargo, con una claridad insoportable. Aquella escritura, dotada de una adjetivación acumulada y apabullante, aparecía como una desencantada confidencia y la lectura, como una estupefacta manera de conocimiento. Parecía escribir para un lector nada acomodado, del que exigía una concentración de relojero. Tras aquellas frases uno adivinaba un tipo de escritor nada petulante, algo cansado de la vida, aunque no indiferente, que narraba con la serena sabiduría de quien no concede a su oficio más trascendencia que la que se concede a un oficinista o a un camarero. Aquel tipo, simplemente Onetti a partir de entonces, me elevó como lector.
Hoy se cumplen cien años de su nacimiento. Quería recordarlo, mostrar mi gratitud.
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JUAN CARLOS ONETTI
26 de junio de 2009
En la despedida
Fui a despedirme del grupo 'Las palomas', de la Escuela Infantil Arlequín, en Granada, del que ya he hablado. Conté que en su día fui invitado por ellos a hablarles de China y de libros y que mantuvimos una larga conversación sobre los más dispares asuntos y luego les leí algunos cuentos. Al día siguiente, en la asamblea de la mañana, se dedicaron a comentar la visita. Isabel, la maestra, me dio las notas que había tomado mientras los niños me evocaban. Es una descripción tan exacta, tan afectuosa, que no me resisto a reproducir los comentarios que hicieron. Pueden imaginar un círculo de niños y niñas, levantando la mano para intervenir, aportando sus impresiones, matizando o corrigiendo las afirmaciones de sus compañeros:
Con gafas
Alto
Calvo
No. Medio calvo
La cara la tenía demasiado redonda
Sí, como una pelota
Mayor
Más joven que mi padre
Medio mayor y medio joven
Con un maletín
Leía muy bien
No, muy bien no. Fenomenal
A veces era serio
Y a veces sonriente
No caben descripciones más ajustadas a la realidad. Casi tengo la tentación de utilizarlas como perfil para el blog. Me conmovió leerlas. Me sentí elevado y agradecido.
No faltaron, claro está, las evocaciones pictóricas. Reproduzco algunas.




Me asombró además conocer sus temores e incertidumbres. El próximo año acudirán ya a otras escuelas. Se separarán y los nuevos ámbitos les crean inquietud. Saben que en la escuela que abandonan son los mayores y en las escuelas a las que van serán los pequeños. Se saben vulnerables y tienen miedo al cambio. No saben qué les aguarda. Les preocupa saber si serán capaces de responder a lo que se espera de ellos, si sabrán desenvolverse en el mundo. Una niña está dándole vueltas a algo que ya percibe como un gran desafío. Hace unos días le preguntó a su maestra si pensaba que aprobaría el examen de 5º. ¿Cómo imaginará ese examen? ¿Dónde habrá adquirido conciencia de su dificultad? Aún no ha comenzado la enseñanza primaria y ya está preocupada por un porvenir tan remoto. Escuchándolos, me parecía que, a pesar de la diferencia de edad, compartíamos las mismas expectativas, las mismas inseguridades, las mismas aspiraciones. Les deseé suerte y procuré transmitirles confianza. Sé que no van a tener ningún problema, pero de repente me sentí torpe, balbuciente, indeciso. ¿Qué puede uno decirles en esos casos? ¿Cómo subestimar un camino que ellos ven lleno de riesgos y encrucijadas? ¿Cómo librarlos de una experiencia que han de vivir por ellos mismos? ¿Cómo minusvalorar unos desasosiegos tan presentes en sus vidas? Frente a ellos, es fácil entender la fascinación que ejercen tantos cuentos de niños solos en medio del bosque, de brujas y animales amenazantes, de hadas protectoras, de dones y energías para salir adelante. ¿Puede sorprender entonces que el libro que les regalé, 3 brujas, en el que la serenidad, la confianza y la sonrisa de dos niños pequeños resisten y modifican el carácter belicoso de las tres brujas protagonistas, esté pasando incesantemente de mano en mano?

Con gafas
Alto
Calvo
No. Medio calvo
La cara la tenía demasiado redonda
Sí, como una pelota
Mayor
Más joven que mi padre
Medio mayor y medio joven
Con un maletín
Leía muy bien
No, muy bien no. Fenomenal
A veces era serio
Y a veces sonriente
No caben descripciones más ajustadas a la realidad. Casi tengo la tentación de utilizarlas como perfil para el blog. Me conmovió leerlas. Me sentí elevado y agradecido.
No faltaron, claro está, las evocaciones pictóricas. Reproduzco algunas.




Me asombró además conocer sus temores e incertidumbres. El próximo año acudirán ya a otras escuelas. Se separarán y los nuevos ámbitos les crean inquietud. Saben que en la escuela que abandonan son los mayores y en las escuelas a las que van serán los pequeños. Se saben vulnerables y tienen miedo al cambio. No saben qué les aguarda. Les preocupa saber si serán capaces de responder a lo que se espera de ellos, si sabrán desenvolverse en el mundo. Una niña está dándole vueltas a algo que ya percibe como un gran desafío. Hace unos días le preguntó a su maestra si pensaba que aprobaría el examen de 5º. ¿Cómo imaginará ese examen? ¿Dónde habrá adquirido conciencia de su dificultad? Aún no ha comenzado la enseñanza primaria y ya está preocupada por un porvenir tan remoto. Escuchándolos, me parecía que, a pesar de la diferencia de edad, compartíamos las mismas expectativas, las mismas inseguridades, las mismas aspiraciones. Les deseé suerte y procuré transmitirles confianza. Sé que no van a tener ningún problema, pero de repente me sentí torpe, balbuciente, indeciso. ¿Qué puede uno decirles en esos casos? ¿Cómo subestimar un camino que ellos ven lleno de riesgos y encrucijadas? ¿Cómo librarlos de una experiencia que han de vivir por ellos mismos? ¿Cómo minusvalorar unos desasosiegos tan presentes en sus vidas? Frente a ellos, es fácil entender la fascinación que ejercen tantos cuentos de niños solos en medio del bosque, de brujas y animales amenazantes, de hadas protectoras, de dones y energías para salir adelante. ¿Puede sorprender entonces que el libro que les regalé, 3 brujas, en el que la serenidad, la confianza y la sonrisa de dos niños pequeños resisten y modifican el carácter belicoso de las tres brujas protagonistas, esté pasando incesantemente de mano en mano?
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Educación Infantil
21 de junio de 2009
Verano, Junio, Invierno
Hoy, 21 de junio, tiene lugar el solsticio de verano en el hemisferio norte. Hoy también, en el hemisferio sur, sucede el solsticio de invierno. Mismo día, sensaciones distintas.
Aquellos veranos
Lentos veranos de niñez
con monte y mar, con horas tersas,
horas tendidas sobre playas
entre los juegos de la arena,
cuando el aire más ancho y libre
nunca embebe nada que muera,
y se ahondan los regocijos
en luz de vacación sin tregua,
el porvenir ni tiene término,
la vida es lujo y va muy lenta.
Jorge Guillén
Oda al invierno
(fragmento)
...
Pero eres frío, invierno;
y tus racimos
de nieve negra y agua
en el tejado
atraviesan
la casa
como agujas,
hieren
como cuchillos oxidados.
Nada
te detiene.
Comienzan
los ataques de tos, salen los niños
con zapatos mojados,
en las camas la fiebre
es como
la vela de un navío
navegando a la muerte,
la ciudad de los pobres
que se quema,
la mina
resbalosa,
el combate del viento.
Desde entonces,
invierno, yo conozco
tu agujereada ropa
y el silbato
de tu bocina entre las araucarias
cuando clamas
y lloras,
racha en la lluvia loca,
trueno desenrollado
o corazón de nieve.
El hombre
se agigantó en la arena,
se cubrió de intemperie,
la sal y el sol vistieron
con seda salpicada
el cuerpo de la nueva nadadora.
Pero
cuando viene el invierno
el hombre
se hace un pequeño ovillo
que camina
con mortuorio paraguas,
se cubre
de alas impermeables,
se humedece
y se ablanda
como una miga, acude
a las iglesias,
o lee tonterías enlutadas.
Mientras tanto,
arriba,
entre los robles,
en la cabeza de los ventisqueros,
en la costa,
tú reinas
con tu espada,
con tu violín helado,
con las plumas que caen
de tu pecho indomable.
...
Pablo Neruda
Aquellos veranosLentos veranos de niñez
con monte y mar, con horas tersas,
horas tendidas sobre playas
entre los juegos de la arena,
cuando el aire más ancho y libre
nunca embebe nada que muera,
y se ahondan los regocijos
en luz de vacación sin tregua,
el porvenir ni tiene término,
la vida es lujo y va muy lenta.
Jorge Guillén
(fragmento)
...
Pero eres frío, invierno;
y tus racimos
de nieve negra y agua
en el tejado
atraviesan
la casa
como agujas,
hieren
como cuchillos oxidados.
Nada
te detiene.
Comienzan
los ataques de tos, salen los niños
con zapatos mojados,
en las camas la fiebre
es como
la vela de un navío
navegando a la muerte,
la ciudad de los pobres
que se quema,
la mina
resbalosa,
el combate del viento.
Desde entonces,
invierno, yo conozco
tu agujereada ropa
y el silbato
de tu bocina entre las araucarias
cuando clamas
y lloras,
racha en la lluvia loca,
trueno desenrollado
o corazón de nieve.
El hombre
se agigantó en la arena,
se cubrió de intemperie,
la sal y el sol vistieron
con seda salpicada
el cuerpo de la nueva nadadora.
Pero
cuando viene el invierno
el hombre
se hace un pequeño ovillo
que camina
con mortuorio paraguas,
se cubre
de alas impermeables,
se humedece
y se ablanda
como una miga, acude
a las iglesias,
o lee tonterías enlutadas.
Mientras tanto,
arriba,
entre los robles,
en la cabeza de los ventisqueros,
en la costa,
tú reinas
con tu espada,
con tu violín helado,
con las plumas que caen
de tu pecho indomable.
...
Pablo Neruda
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Jorge Guillén,
PABLO NERUDA
17 de junio de 2009
Colección de sombras
Todo comenzó cuando José Antonio Portillo, artista intensamente ligado al teatro y a los libros, propuso a un numeroso grupo de niños y adolescentes que se formularan una provocadora pregunta, ¿Qué piensa mi sombra?, y a la par que reflexionaran y describieran su 'camino orgánico', ese camino cotidiano y rutinario que marca nuestras vidas y que está pleno de objetos, colores, personas, horizontes, edificios... Las respuestas -divertidas, melancólicas, filosóficas, imaginativas...- no tardaron en llegar. Daban cuenta de pensamientos, observaciones, interrogantes y sueños, es decir, de la belleza de la vida que les salía al paso donde menos lo esperaban: en el cansino itinerario que cada mañana recorrían sin apenas conciencia.
"Pienso que puedo volar, y por la noche recorrer todos los lugares donde me gustaría estar. ¡Ojalá!"
Souhaib
El resultado de aquella experiencia emocional e intelectiva fue el libro ¿Qué piensa mi sombra?, editado por Kalandraka, y que está compuesto por las imágenes de las sombras que captaron los propios protagonistas, y a las que adjuntaron breves comentarios personales, y el fotógrafo Jordi Pla. ¡Qué asombrosa puede ser la creatividad de los jóvenes a poco que se les dé una buena excusa para echar a volar su imaginación!
Pero más todavía que la colección de sombras me gusta el dvd que acompaña al libro, obra de Jordi Pla y José Antonio Portillo. Las siete historias de adolescentes narradas en primera persona a partir de sus sombras constituyen un documental de una sencilla, profunda y conmovedora belleza. Por distintos motivos, lo he visto una decena de veces. En ninguna ocasión he dejado de emocionarme. Hay algunos relatos en los que hay que hacer un gran esfuerzo por contener las lágrimas. Dejan a los espectadores silenciosos y pensativos. Si tienen ocasión de leer el libro y ver el documental, háganlo. Se sentirán felices, agradecidos.
"Pienso que puedo volar, y por la noche recorrer todos los lugares donde me gustaría estar. ¡Ojalá!"Souhaib
El resultado de aquella experiencia emocional e intelectiva fue el libro ¿Qué piensa mi sombra?, editado por Kalandraka, y que está compuesto por las imágenes de las sombras que captaron los propios protagonistas, y a las que adjuntaron breves comentarios personales, y el fotógrafo Jordi Pla. ¡Qué asombrosa puede ser la creatividad de los jóvenes a poco que se les dé una buena excusa para echar a volar su imaginación!
Pero más todavía que la colección de sombras me gusta el dvd que acompaña al libro, obra de Jordi Pla y José Antonio Portillo. Las siete historias de adolescentes narradas en primera persona a partir de sus sombras constituyen un documental de una sencilla, profunda y conmovedora belleza. Por distintos motivos, lo he visto una decena de veces. En ninguna ocasión he dejado de emocionarme. Hay algunos relatos en los que hay que hacer un gran esfuerzo por contener las lágrimas. Dejan a los espectadores silenciosos y pensativos. Si tienen ocasión de leer el libro y ver el documental, háganlo. Se sentirán felices, agradecidos.
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Editorial Kalandraka,
Jordi Pla,
José Antonio Portillo
12 de junio de 2009
Los niños que trabajan
Hoy, 12 de junio, es (no soy capaz de escribir 'se celebra' o 'se conmemora') el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Convendrán conmigo en que es una de las lacras más terribles de nuestro mundo. Afecta, cómo no, a los países pobres, a las familias pobres. Es un infortunio de pobres. También existe en los países ricos, pero de modo casi marginal. Considero un crimen el secuestro de la infancia, la negación de los goces que consideramos hermosos y necesarios: jugar, pasear con amigos, estudiar, ir al teatro, explorar juntos... Es descorazonador pensar que mientras escribo estas palabras hay niños cosiendo balones para empresas multinacionales, niñas acarreando materiales en fábricas clandestinas, niños transportando pesadas piedras sobre sus cabezas, niñas prostituidas en burdeles infectos, niños enfangados en los arrozales, niñas sirviendo como criadas, niños pastoreando cabras... ¿Cómo podemos aceptarlo? Ya sé que no es nada nuevo, que es el negro precio de la miseria. Eso no evita, sin embargo, que lamente que en mi tiempo, cuando somos capaces de lanzar sondas a Marte e identificar el ADN de un ser humano, pervivan las calamidades de un pasado casi abolido en esta parte del mundo en la que vivo.
La literatura ha dado cuenta de esa desdicha. ¡Cuántos niños y niñas trabajadores han dejado su huella en los cuentos populares y en los libros! Porque, ¿quién es Lázaro de Tormes sino un niño trabajador vagando por Castilla al servicio de un ciego? ¿Y no lo son igualmente Oliver Twist o Kimball O'Hara? ¿Recuerdan el episodio en el que Don Quijote se enfrenta a un labrador que está azotando a un niño al que acusa de haber perdido una oveja? ¿Y cómo catalogar a la pequeña cerillera del cuento homónimo de Hans Christian Andersen? La lista sería interminable.
También la literatura contemporánea es sensible a ese infortunio. Querría hoy hacer mención a algunos libros que lo testimonian. Es una lista personal, complementaria de la que seguramente tendrán ustedes.
No hay tiempo para jugar. Relatos de niños trabajadores, de Sandra Arenal y Mariana Chiesa. Editorial Media Vaca.
Los Hermanos Negros, de Hannes Binder y Lisa Tetzner. Editorial Lóguez. Traducción de Eduardo Martínez.
A lo lejos, Menkaura, de Elena O'Callaghan. Editorial Edelvives.
La historia de Iqbal, de Francesco D'Adamo. Editorial SM. Traducción de Rosa Huguet.
Trabajar no es un juego, Varios Autores. Fundación CEAR - Planeta - Debate.
Los niños de la mina, de Fabian Grégoire. Editorial Corimbo. Traducción de Carlos Fanlo Malagarriga.
La literatura ha dado cuenta de esa desdicha. ¡Cuántos niños y niñas trabajadores han dejado su huella en los cuentos populares y en los libros! Porque, ¿quién es Lázaro de Tormes sino un niño trabajador vagando por Castilla al servicio de un ciego? ¿Y no lo son igualmente Oliver Twist o Kimball O'Hara? ¿Recuerdan el episodio en el que Don Quijote se enfrenta a un labrador que está azotando a un niño al que acusa de haber perdido una oveja? ¿Y cómo catalogar a la pequeña cerillera del cuento homónimo de Hans Christian Andersen? La lista sería interminable.
También la literatura contemporánea es sensible a ese infortunio. Querría hoy hacer mención a algunos libros que lo testimonian. Es una lista personal, complementaria de la que seguramente tendrán ustedes.
Los Hermanos Negros, de Hannes Binder y Lisa Tetzner. Editorial Lóguez. Traducción de Eduardo Martínez.
La historia de Iqbal, de Francesco D'Adamo. Editorial SM. Traducción de Rosa Huguet.
Trabajar no es un juego, Varios Autores. Fundación CEAR - Planeta - Debate.
Los niños de la mina, de Fabian Grégoire. Editorial Corimbo. Traducción de Carlos Fanlo Malagarriga.
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Infancia,
LITERATURA
8 de junio de 2009
Nuevas palabras pintadas
Las escaleras de acceso a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, donde trabajo, han vuelto a poblarse de palabras. Al término del pasado curso académico ya fueron adornadas con esas y otras palabras, cuyo brillo fue desvaneciéndose con el paso de los días. Ahora, en las postrimerías del presente curso, como un fruto tardío de primavera, han aparecido otra vez, más coloristas, más diversas.
Las nuevas palabras siguen recordándonos a qué vamos allá, a qué tendríamos que aspirar, a qué reclamaciones deberíamos atender: cooperar, disfrutar, luz, escuchar, autonomía, comprender, empatía, soñar, aventura, imaginar, vivir, respeto, arriesgar, mirar, diversidad, justicia, vivir, leer...
Las nuevas palabras siguen recordándonos a qué vamos allá, a qué tendríamos que aspirar, a qué reclamaciones deberíamos atender: cooperar, disfrutar, luz, escuchar, autonomía, comprender, empatía, soñar, aventura, imaginar, vivir, respeto, arriesgar, mirar, diversidad, justicia, vivir, leer...
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EDUCACIÓN,
UNIVERSIDAD DE GRANADA
4 de junio de 2009
Si los robots leyeran
Hace ya algunos años, Jerry R. Hobbs, un investigador norteamericano en el campo de la informática y la inteligencia artificial, escribió un artículo cuyo título planteaba una pregunta intelectualmente muy estimuladora: Will Robots Ever Have Literature? [¿Tendrán los robots alguna vez literatura?]. Si desean leerlo completo en la lengua original pueden hacerlo aquí.
La verdad es que no es fácil dar una respuesta satisfactoria. Ni la negativa rotunda, a partir de la condición no 'humana' de los robots, ni la afirmación ligera, en base a la infinitas 'capacidades' de los robots para hacer cualquier cosa, son aceptables. Aunque tal vez lo urgente o lo importante no sea responder a la pregunta de modo inequívoco sino poder reflexionar sobre el asunto.
A mi juicio, Hobbs no nos propone un ejercicio de adivinación, sino un esfuerzo de análisis. Y no tanto sobre las posibilidades de los robots sino sobre la propia literatura. Como afirma en su artículo, el asunto más interesante, de los más misteriosos y estimuladores, y donde la ciencia cognitiva y la teoría literaria pueden cooperar provechosamente, es determinar qué hace que un texto sea literatura, qué hace que una obra literaria sea buena.
En efecto, no dejamos de preguntarnos qué es la literatura y por qué nos seduce tanto y por qué la seguimos produciendo. Y no acabamos de dar respuestas definitivas. Por lo que vamos sabiendo, una de las características de lo 'humano' es la disposición a pensar narrativamente, a entender la realidad social mediante historias verídicas o ficticias. Y también a imaginar mundos posibles, mundos donde lo interesante es lo probable y no lo cierto. ¿Poseemos entonces los humanos literatura a causa de nuestra débil naturaleza, de nuestras insuficiencias cognitivas, de las limitaciones de nuestro cerebro?
La cuestión sería saber entonces si los robots necesitarían literatura, si les resultaría imprescindible leer ficciones o poemas. Porque leer lo podrían hacer sin dificultades, pero ¿leer literatura? Tal vez no, o sí. ¿Quién sabe? Todo dependería de su programación. ¿Podrían entonces programarse de tal manera que precisaran de textos literarios para vivir o sobrevivir? Y si fuera así, ¿en qué radicaría esa peculiaridad, ese frágil atributo que les acercaría a las necesidades humanas: en la curiosidad, en la fantasía, en el sentimiento, en la incertidumbre?
Me gusta pensar en ello por placer y porque me ayuda a entender un poco mejor qué mueve a seres como nosotros, vulnerables e inseguros, a abrir un libro y leer.
La verdad es que no es fácil dar una respuesta satisfactoria. Ni la negativa rotunda, a partir de la condición no 'humana' de los robots, ni la afirmación ligera, en base a la infinitas 'capacidades' de los robots para hacer cualquier cosa, son aceptables. Aunque tal vez lo urgente o lo importante no sea responder a la pregunta de modo inequívoco sino poder reflexionar sobre el asunto.A mi juicio, Hobbs no nos propone un ejercicio de adivinación, sino un esfuerzo de análisis. Y no tanto sobre las posibilidades de los robots sino sobre la propia literatura. Como afirma en su artículo, el asunto más interesante, de los más misteriosos y estimuladores, y donde la ciencia cognitiva y la teoría literaria pueden cooperar provechosamente, es determinar qué hace que un texto sea literatura, qué hace que una obra literaria sea buena.
En efecto, no dejamos de preguntarnos qué es la literatura y por qué nos seduce tanto y por qué la seguimos produciendo. Y no acabamos de dar respuestas definitivas. Por lo que vamos sabiendo, una de las características de lo 'humano' es la disposición a pensar narrativamente, a entender la realidad social mediante historias verídicas o ficticias. Y también a imaginar mundos posibles, mundos donde lo interesante es lo probable y no lo cierto. ¿Poseemos entonces los humanos literatura a causa de nuestra débil naturaleza, de nuestras insuficiencias cognitivas, de las limitaciones de nuestro cerebro?
La cuestión sería saber entonces si los robots necesitarían literatura, si les resultaría imprescindible leer ficciones o poemas. Porque leer lo podrían hacer sin dificultades, pero ¿leer literatura? Tal vez no, o sí. ¿Quién sabe? Todo dependería de su programación. ¿Podrían entonces programarse de tal manera que precisaran de textos literarios para vivir o sobrevivir? Y si fuera así, ¿en qué radicaría esa peculiaridad, ese frágil atributo que les acercaría a las necesidades humanas: en la curiosidad, en la fantasía, en el sentimiento, en la incertidumbre?
Me gusta pensar en ello por placer y porque me ayuda a entender un poco mejor qué mueve a seres como nosotros, vulnerables e inseguros, a abrir un libro y leer.
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LITERATURA
1 de junio de 2009
Quise llenar de estrellas el corazón del hombre
La Universidad de Granada ha decidido proponer al poeta Marcos Ana como candidato al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2009.
Podrían haber sido más, o menos, pero los promotores han elaborado 23 razones para justificar la candidatura, pues esos fueron los años que pasó encarcelado Marcos Ana durante la atroz dictadura de Francisco Franco. Entró en la cárcel cuando tenía 19 años y salió con 42. Es imposible pensar en ello sin estremecerse. Toda la juventud devastada por el simple hecho de ser comunista. Su delito fue únicamente su forma de pensar. Uno no puede leer su libro de memorias, Decidme cómo es un árbol, sin pesadumbre, sin rabia. Pero no puede evitar sentir a la vez una confianza inagotable en el coraje, la esperanza y la bondad de los seres humanos.
Uno podía esperar que esa amarga experiencia hubiese hecho del poeta un ser resentido, escéptico, vengativo, triste. Pero no ocurrió así. Por el contrario, tengo la impresión de que Marcos Ana (que es en realidad su seudónimo poético, la suma de los nombres de sus padres: su nombre civil es Fernando Macarro Castillo) abandonó la prisión invicto, animoso, conciliador. Asombra tanta fortaleza, tanta magnanimidad.
En el encabezamiento del Manifiesto redactado en su favor pueden leerse estas palabras suyas:
"No siento ningún rencor; me sentiría muy desgraciado si así fuera. Al haber sufrido tantas calamidades soy incapaz de generar venganza. La venganza no es ningún ideal político ni revolucionario. La única venganza a la que yo aspiro es ver un día el triunfo de los ideales por los que he luchado y por los que tantos hombres y mujeres en España perdieron su vida o su libertad”.
¿Hay más alto sentido de la dignidad y de la benevolencia? Alguien que piensa así, después de tan largas penalidades, está dotado de los delicados dones de la concordia.
He aquí un poema suyo:
Autobiografía
Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
ya muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña.
En las bases del Premio de la Concordia se declara que "será concedido a la persona, institución, grupo de personas o de instituciones cuya labor haya contribuido de forma ejemplar y relevante al entendimiento y a la convivencia en paz entre los hombres, a la lucha contra la injusticia, la pobreza, la enfermedad, la ignorancia o a la defensa de la libertad, o que haya abierto nuevos horizontes al conocimiento o se haya destacado, también de manera extraordinaria, en la conservación y protección del patrimonio de la Humanidad". ¿Creen que erraría el jurado si premiara a un hombre que ha transformado su sufrimiento en testimonio de paz, libertad y cordialidad?
Podrían haber sido más, o menos, pero los promotores han elaborado 23 razones para justificar la candidatura, pues esos fueron los años que pasó encarcelado Marcos Ana durante la atroz dictadura de Francisco Franco. Entró en la cárcel cuando tenía 19 años y salió con 42. Es imposible pensar en ello sin estremecerse. Toda la juventud devastada por el simple hecho de ser comunista. Su delito fue únicamente su forma de pensar. Uno no puede leer su libro de memorias, Decidme cómo es un árbol, sin pesadumbre, sin rabia. Pero no puede evitar sentir a la vez una confianza inagotable en el coraje, la esperanza y la bondad de los seres humanos.
Uno podía esperar que esa amarga experiencia hubiese hecho del poeta un ser resentido, escéptico, vengativo, triste. Pero no ocurrió así. Por el contrario, tengo la impresión de que Marcos Ana (que es en realidad su seudónimo poético, la suma de los nombres de sus padres: su nombre civil es Fernando Macarro Castillo) abandonó la prisión invicto, animoso, conciliador. Asombra tanta fortaleza, tanta magnanimidad.En el encabezamiento del Manifiesto redactado en su favor pueden leerse estas palabras suyas:
"No siento ningún rencor; me sentiría muy desgraciado si así fuera. Al haber sufrido tantas calamidades soy incapaz de generar venganza. La venganza no es ningún ideal político ni revolucionario. La única venganza a la que yo aspiro es ver un día el triunfo de los ideales por los que he luchado y por los que tantos hombres y mujeres en España perdieron su vida o su libertad”.
¿Hay más alto sentido de la dignidad y de la benevolencia? Alguien que piensa así, después de tan largas penalidades, está dotado de los delicados dones de la concordia.
He aquí un poema suyo:
Autobiografía
Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
ya muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña.
En las bases del Premio de la Concordia se declara que "será concedido a la persona, institución, grupo de personas o de instituciones cuya labor haya contribuido de forma ejemplar y relevante al entendimiento y a la convivencia en paz entre los hombres, a la lucha contra la injusticia, la pobreza, la enfermedad, la ignorancia o a la defensa de la libertad, o que haya abierto nuevos horizontes al conocimiento o se haya destacado, también de manera extraordinaria, en la conservación y protección del patrimonio de la Humanidad". ¿Creen que erraría el jurado si premiara a un hombre que ha transformado su sufrimiento en testimonio de paz, libertad y cordialidad?
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MARCOS ANA
28 de mayo de 2009
Homenajes
Imagino que habrán sido miles los actos que, en todo el mundo, han rendido homenaje a Mario Benedetti con motivo de su fallecimiento. No me cuesta trabajo figurármelos. He tenido ocasión de conocer de cerca dos de ellos y puedo entonces deducir los rasgos de los demás.
Ayer, jueves, en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, donde trabajo, un grupo de alumnos y alumnas de Educación Social tomó la iniciativa de rotular una sala de la biblioteca de la Facultad con el nombre de Mario Benedetti. En principio, sus pretensiones eran más bien modestas: dar testimonio de admiración pegando una cartela con su nombre en uno de los rincones donde se acomodan los estudiantes a hacer consultas o a preparar exámenes. Pero finalmente, y pues había posibilidades, decidieron colocar la improvisada placa de cartón en la puerta de acceso a la propia biblioteca.
Aun cuando era el gesto lo que importaba, no quisieron restarle solemnidad a la inauguración (una solemnidad un poco burlona), para lo cual prepararon la cortina reglamentaria (de un color acorde con el poeta y el acto), que descorrieron como corresponde.
Y también como corresponde se leyeron poemas en recuerdo del poeta uruguayo.
La celebración continuó luego en la entrada de la Facultad. Allí se siguió leyendo poesía y cantando canciones con los poemas de Mario Benedetti.

Estoy seguro de que ese homenaje no fue muy diferente a los que se le han hecho en otros cientos de lugares, pero para mí tuvo un significado especial, no sólo por el hecho de que los promotores fueran estudiantes que me son cercanos, sino por ocurrir en una facultad universitaria donde se forman futuros maestros, pedagogos y educadores sociales, y asimismo por la iniciativa de ligar el nombre del Mario Benedetti a una biblioteca, es decir, a un lugar de libros, de lectura, de estudio. Se daba a entender que el compromiso civil y político, que para muchos de los participantes de ayer tan claramente simbolizaba Mario Benedetti, se afianza en las bibliotecas y en la formación intelectual. Ese razonamiento es un motivo de alegría y de esperanza.
Como lo es igualmente el conocimiento de los muchos elogios hechos en las aulas, los poemas colocados en los pasillos o las lecturas realizadas en las bibliotecas de tantos centros escolares de todo el mundo. Admiro en estos casos la voluntad y el esfuerzo de los profesores y las profesoras que consideran importante que la memoria de sus alumnos se pueble con las palabras vivas de los poetas. En representación de todos los colegios e institutos donde la voz de Mario Benedetti ha resonado estos días con emoción y reconocimiento escojo la imagen de un modesto tablón de homenaje colocado junto a la biblioteca del IES Ilíberis de Atarfe, Granada.

Son iniciativas así las que enaltecen el acto de aprender y enseñar.
Ayer, jueves, en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, donde trabajo, un grupo de alumnos y alumnas de Educación Social tomó la iniciativa de rotular una sala de la biblioteca de la Facultad con el nombre de Mario Benedetti. En principio, sus pretensiones eran más bien modestas: dar testimonio de admiración pegando una cartela con su nombre en uno de los rincones donde se acomodan los estudiantes a hacer consultas o a preparar exámenes. Pero finalmente, y pues había posibilidades, decidieron colocar la improvisada placa de cartón en la puerta de acceso a la propia biblioteca.
Como lo es igualmente el conocimiento de los muchos elogios hechos en las aulas, los poemas colocados en los pasillos o las lecturas realizadas en las bibliotecas de tantos centros escolares de todo el mundo. Admiro en estos casos la voluntad y el esfuerzo de los profesores y las profesoras que consideran importante que la memoria de sus alumnos se pueble con las palabras vivas de los poetas. En representación de todos los colegios e institutos donde la voz de Mario Benedetti ha resonado estos días con emoción y reconocimiento escojo la imagen de un modesto tablón de homenaje colocado junto a la biblioteca del IES Ilíberis de Atarfe, Granada.
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MARIO BENEDETTI
26 de mayo de 2009
Leyendo a Pablo Neruda
Hoy quiero ofrecerles dos poemas que representan, a la vez, dos modos de leer. Son dos diferentes respuestas literarias a la poesía de Pablo Neruda. Me gustan porque demuestran que cada lector responde de manera íntima y singular a lo que lee, porque presentan la escritura como una posibilidad de proseguir y culminar la lectura.
El primero de ellos, cuyo autor es Luis Alberto de Cuenca, es una sutil e irónica contestación al célebre poema 15 del libro 20 poemas de amor y una canción desesperada. Ya recuerdan: "Me gustas cuando callas porque estás como ausente..." (aquí pueden leerlo completo). Si colocan ambos poemas uno al lado del otro y los dan a leer a los jóvenes, es seguro que aprenderán algo más sobre lo que significa la lectura y sobre los diversos modos de dialogar con la poesía que la escritura permite.
EL DESAYUNO
Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
"Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno".
El siguiente poema es de Javier Bozalongo y desgrana sus recuerdos juveniles de lector, cuando los versos de Pablo Neruda lo deslumbraron y le hicieron observar el mundo a través de ellos. Los incorporó a sus modos de mirar y de sentir, igual que al cabo del tiempo los incorpora al poema que escribe en memoria de aquellas primeras lecturas. Es también perceptible el rastro de los 20 poemas de amor y una canción desesperada, así como del libro que da título al poema.
RESIDENCIA EN LA TIERRA
(A/con Pablo Neruda)
Verano del setenta y ocho.
Recuerdo bien la vieja librería,
a las chicas con guardapolvo azul
y el tío Pepe al fondo, sentado en su despacho.
La penumbra del enorme almacén
escondía tesoros
difíciles de descubrir
para el joven aprendiz de poeta.
Recuerdo bien mis treinta años menos
y las ganas ingenuas de escribir, por ejemplo:
La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.
Acorralado entre el mar y la tristeza
de mis diecisiete años de entonces
siempre me acompañaba el sortilegio
que tú dejaste escrito:
Aquí vive un poeta.
La tristeza no puede
entrar por estas puertas.
Desde entonces, mi vida
ha sido un galopar de años alegres
cantándole a los ojos oceánicos
de las pocas mujeres que amaron.
Ahora que el día lunes arde como el petróleo,
yo vuelvo a la oficina y no sé si estos versos
serán un homenaje para ti
o serán, para mí, como un largo lamento
del hombre que se cansa
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro. *
* (Este último poema está extraído del libro Corazón de casa. Catorce jóvenes poetas cantan a Neruda, editado por el Ayuntamiento de Peligros, Granada, con motivo de la inauguración del Teatro Pablo Neruda de la citada localidad)
El primero de ellos, cuyo autor es Luis Alberto de Cuenca, es una sutil e irónica contestación al célebre poema 15 del libro 20 poemas de amor y una canción desesperada. Ya recuerdan: "Me gustas cuando callas porque estás como ausente..." (aquí pueden leerlo completo). Si colocan ambos poemas uno al lado del otro y los dan a leer a los jóvenes, es seguro que aprenderán algo más sobre lo que significa la lectura y sobre los diversos modos de dialogar con la poesía que la escritura permite.
EL DESAYUNO
Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
"Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno".
El siguiente poema es de Javier Bozalongo y desgrana sus recuerdos juveniles de lector, cuando los versos de Pablo Neruda lo deslumbraron y le hicieron observar el mundo a través de ellos. Los incorporó a sus modos de mirar y de sentir, igual que al cabo del tiempo los incorpora al poema que escribe en memoria de aquellas primeras lecturas. Es también perceptible el rastro de los 20 poemas de amor y una canción desesperada, así como del libro que da título al poema.
RESIDENCIA EN LA TIERRA
(A/con Pablo Neruda)
Verano del setenta y ocho.
Recuerdo bien la vieja librería,
a las chicas con guardapolvo azul
y el tío Pepe al fondo, sentado en su despacho.
La penumbra del enorme almacén
escondía tesoros
difíciles de descubrir
para el joven aprendiz de poeta.
Recuerdo bien mis treinta años menos
y las ganas ingenuas de escribir, por ejemplo:
La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.
Acorralado entre el mar y la tristeza
de mis diecisiete años de entonces
siempre me acompañaba el sortilegio
que tú dejaste escrito:
Aquí vive un poeta.
La tristeza no puede
entrar por estas puertas.
Desde entonces, mi vida
ha sido un galopar de años alegres
cantándole a los ojos oceánicos
de las pocas mujeres que amaron.
Ahora que el día lunes arde como el petróleo,
yo vuelvo a la oficina y no sé si estos versos
serán un homenaje para ti
o serán, para mí, como un largo lamento
del hombre que se cansa
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro. *
* (Este último poema está extraído del libro Corazón de casa. Catorce jóvenes poetas cantan a Neruda, editado por el Ayuntamiento de Peligros, Granada, con motivo de la inauguración del Teatro Pablo Neruda de la citada localidad)
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JAVIER BOZALONGO,
LUIS ALBERTO DE CUENCA,
PABLO NERUDA
23 de mayo de 2009
Otros niños
La maestra, Mercedes, me escribe lo siguiente:
Juan, te mando algunas fotocopias de la 'lista de libros' y ' críticas literarias' que me dijiste que te habían gustado.
Gracias. Las sensaciones que sintieron el día que viniste y hoy cuando se han visto nombrados en tu blog, y Fernanda ha visto su dibujo, son tan diferentes a las que su entorno proyecta constantemente sobre ellos que creo que se sintieron, en palabras de Ángel González, limpios, inteligentes, sencillos, tiernos y buenos. Así debe ser, si esto tiene algún sentido. Son felices, están aislados de la brutalidad por unas horas y espero que aprendan a defenderse de ella. Gracias por tu ayuda.
Mercedes hace alusión a una visita reciente a una clase de 1º de Primaria del colegio Juan Ramón Jiménez, en Granada. Para mí fue una experiencia imborrable, aunque por razones algo diferentes a las de la visita a la Escuela Infantil Arlequín, de la que hablaba en la entrada anterior. He querido poner ambas experiencias en correlación para hacer ver hasta qué punto el entorno familiar y social puede condicionar los aprendizajes. Los alumnos a los que hace mención Mercedes en su carta no son equiparables a los del grupo 'Las palomas', que ya conocen ustedes, aunque únicamente los separe un año de edad. Sus biografías difieren notoriamente en muchos casos, los estímulos culturales que reciben en su casas también, así como las circunstancias laborales, económicas o convivenciales de sus padres. Bastaría conocer en qué desconsoladores mundos cotidianos viven algunos de esos niños para darse cuenta de que aprender no es sólo una cuestión de voluntad personal o metodología didáctica, sino que está determinada por causas que están más allá del esfuerzo individual o la disciplina colectiva, como se empeñan en hacernos creer los apóstoles del neoconservadurismo educativo. ¡Cuánta distancia puede haber entre unos niños y otros, aunque entre una y otra escuela medien tan sólo unos pocos cientos de metros!
Fui igualmente a hablar con ellos y a leerles cuentos. Conociendo su origen social y las a menudo penosas circunstancias familiares me pareció oportuno comenzar por un relato que me gusta especialmente: Yo, de Philip Waechter.
Si lo conocen, entenderán por qué lo escogí. Me pareció que esa imagen gozosa, optimista, segura, un tanto vanidosa, que el oso protagonista proyecta de sí mismo podría crear en aquellos niños un íntimo y luminoso espacio de ensoñación. Suponía que las frases afirmativas que desde la misma portada van construyendo la historia (yo soy guapo... yo soy listo... yo me alegro de los pequeños detalles de la vida... yo soy fantástico... me gusta vivir... yo no tengo miedo... yo sé lo que quiero...) podrían ser recibidas por los oyentes como el agua por el sediento, como la caricia por el herido. De hecho, y de modo espontáneo, los niños fueron repitiendo en voz alta las palabras del cuento, con lo que las sencillas frases del oso parecían en sus bocas una jubilosa declaración de identidad. Más evidente todavía cuando al final del relato el protagonista acaba reconociendo que, sin embargo, hay días en que se siente solo, aislado, y necesita entonces correr y correr hasta llegar a alguien que lo espera con los abrazos abiertos, que lo estrecha fuertemente contra su cuerpo, y con quien inicia un tranquilo paseo por el campo.
Aquella celebración del gozo me bastaba, la defensa final del afecto era la mejor contribución que un libro podía ofrecerles a sus vidas. Los dibujos que de inmediato se pusieron a hacer y luego me regalaron colmaban mis propósitos. En sus colores era manifiesta la expresión de sus íntimos sentimientos tras escuchar el relato.
La emoción más intensa me alcanzó, sin embargo, unos días más tarde, cuando junto a las palabras de la maestra que he reproducido al comienzo llegaron a mis manos algunos textos escritos por ellos. Ustedes juzgarán por sí mismos, pero no me resisto a comentarles que en sus vacilantes escrituras, en sus sinceras declaraciones de cariño, percibo la huella de una previa demostración de afecto, del alud de sentimientos que desencadenó una ficción literaria. ¿Cómo no creer entonces en el poder alentador de la literatura? ¿Cómo no entenderla como una revelación, como un alivio?




Leo sus textos y pienso en ellos con la respiración contenida, como cuando observamos las gotas de suero que van pausadamente de la botella a los cuerpos tendidos en las camas de los hospitales, flujo en el que depositamos la esperanza de la curación. Sé que esas gotas sanadoras son en el aula la multitud de gestos, palabras, saberes, sentimientos, ideales... que brindamos a los alumnos y los avivan y les hacen sentirse confiados y soñadores. Pero qué tremendo fracaso colectivo supondría que, ahora que esos niños están en la frontera entre la redención y la rendición, no fuésemos capaces de asegurarles que saldrán victoriosos, que la escuela es más poderosa que las fatalidades familiares o los destinos ancestrales, que las promesas de un YO libre e ilusionado no son una lacerante quimera.
Juan, te mando algunas fotocopias de la 'lista de libros' y ' críticas literarias' que me dijiste que te habían gustado.
Gracias. Las sensaciones que sintieron el día que viniste y hoy cuando se han visto nombrados en tu blog, y Fernanda ha visto su dibujo, son tan diferentes a las que su entorno proyecta constantemente sobre ellos que creo que se sintieron, en palabras de Ángel González, limpios, inteligentes, sencillos, tiernos y buenos. Así debe ser, si esto tiene algún sentido. Son felices, están aislados de la brutalidad por unas horas y espero que aprendan a defenderse de ella. Gracias por tu ayuda.
Mercedes hace alusión a una visita reciente a una clase de 1º de Primaria del colegio Juan Ramón Jiménez, en Granada. Para mí fue una experiencia imborrable, aunque por razones algo diferentes a las de la visita a la Escuela Infantil Arlequín, de la que hablaba en la entrada anterior. He querido poner ambas experiencias en correlación para hacer ver hasta qué punto el entorno familiar y social puede condicionar los aprendizajes. Los alumnos a los que hace mención Mercedes en su carta no son equiparables a los del grupo 'Las palomas', que ya conocen ustedes, aunque únicamente los separe un año de edad. Sus biografías difieren notoriamente en muchos casos, los estímulos culturales que reciben en su casas también, así como las circunstancias laborales, económicas o convivenciales de sus padres. Bastaría conocer en qué desconsoladores mundos cotidianos viven algunos de esos niños para darse cuenta de que aprender no es sólo una cuestión de voluntad personal o metodología didáctica, sino que está determinada por causas que están más allá del esfuerzo individual o la disciplina colectiva, como se empeñan en hacernos creer los apóstoles del neoconservadurismo educativo. ¡Cuánta distancia puede haber entre unos niños y otros, aunque entre una y otra escuela medien tan sólo unos pocos cientos de metros!
Fui igualmente a hablar con ellos y a leerles cuentos. Conociendo su origen social y las a menudo penosas circunstancias familiares me pareció oportuno comenzar por un relato que me gusta especialmente: Yo, de Philip Waechter.
Si lo conocen, entenderán por qué lo escogí. Me pareció que esa imagen gozosa, optimista, segura, un tanto vanidosa, que el oso protagonista proyecta de sí mismo podría crear en aquellos niños un íntimo y luminoso espacio de ensoñación. Suponía que las frases afirmativas que desde la misma portada van construyendo la historia (yo soy guapo... yo soy listo... yo me alegro de los pequeños detalles de la vida... yo soy fantástico... me gusta vivir... yo no tengo miedo... yo sé lo que quiero...) podrían ser recibidas por los oyentes como el agua por el sediento, como la caricia por el herido. De hecho, y de modo espontáneo, los niños fueron repitiendo en voz alta las palabras del cuento, con lo que las sencillas frases del oso parecían en sus bocas una jubilosa declaración de identidad. Más evidente todavía cuando al final del relato el protagonista acaba reconociendo que, sin embargo, hay días en que se siente solo, aislado, y necesita entonces correr y correr hasta llegar a alguien que lo espera con los abrazos abiertos, que lo estrecha fuertemente contra su cuerpo, y con quien inicia un tranquilo paseo por el campo.Aquella celebración del gozo me bastaba, la defensa final del afecto era la mejor contribución que un libro podía ofrecerles a sus vidas. Los dibujos que de inmediato se pusieron a hacer y luego me regalaron colmaban mis propósitos. En sus colores era manifiesta la expresión de sus íntimos sentimientos tras escuchar el relato.
La emoción más intensa me alcanzó, sin embargo, unos días más tarde, cuando junto a las palabras de la maestra que he reproducido al comienzo llegaron a mis manos algunos textos escritos por ellos. Ustedes juzgarán por sí mismos, pero no me resisto a comentarles que en sus vacilantes escrituras, en sus sinceras declaraciones de cariño, percibo la huella de una previa demostración de afecto, del alud de sentimientos que desencadenó una ficción literaria. ¿Cómo no creer entonces en el poder alentador de la literatura? ¿Cómo no entenderla como una revelación, como un alivio?




Leo sus textos y pienso en ellos con la respiración contenida, como cuando observamos las gotas de suero que van pausadamente de la botella a los cuerpos tendidos en las camas de los hospitales, flujo en el que depositamos la esperanza de la curación. Sé que esas gotas sanadoras son en el aula la multitud de gestos, palabras, saberes, sentimientos, ideales... que brindamos a los alumnos y los avivan y les hacen sentirse confiados y soñadores. Pero qué tremendo fracaso colectivo supondría que, ahora que esos niños están en la frontera entre la redención y la rendición, no fuésemos capaces de asegurarles que saldrán victoriosos, que la escuela es más poderosa que las fatalidades familiares o los destinos ancestrales, que las promesas de un YO libre e ilusionado no son una lacerante quimera.
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EDUCACIÓN,
PHILIP WAECHTER
20 de mayo de 2009
Crónica de una visita anunciada
Hace unos días les di cuenta de una carta que había recibido procedente del grupo 'Las palomas' de la Escuela Infantil Arlequín, en Granada. Los niños y niñas que lo componen tienen 5 años. En la citada carta me invitaban a ir a su clase a leerles algunos cuentos y a hablarles de China (próximamente les contaré el asombroso proyecto de investigación sobre el país asiático en el que están inmersos).
Previamente a la visita yo les envié una carta de respuesta.


Desde el principio de curso están entregados al estudio y uso de la correspondencia. Reciben y escriben cartas y tarjetas postales desde muy diversos lugares y luego las cuelgan en el espacio destinado a ello, como si formaran una escultura móvil de Alexander Calder.
Como yo quería que conocieran otros medios de hacer llegar una carta a su destinatario, les envié la mía por medio de un mensajero. Al chico que la llevó, larga melena recogida en una cola y casco negro reglamentario en mano, lo asaetearon a preguntas sobre su oficio. Aprendieron algo más sobre el correo.
A la hora prevista me presenté en la clase ante el nerviosismo general (incluido el mío). Había mucha expectación, porque imaginaban que podía ser una jornada especial. Una madre me confesó luego que su hija había estado muy inquieta la víspera pensando en el acontecimiento del día siguiente. Aún me sigue sorprendiendo la entrega emocional de la que son capaces los niños cuando intuyen que algo especial les aguarda.
Ese día había cargado de cuentos el maletín de los días excepcionales.
Los primeros minutos los destinamos a examinarnos mutuamente. Ellos con más minuciosidad que yo. Era lógico: querían saber si la espera había merecido la pena. Habría sido lamentable que el invitado los hubiera decepcionado (ése era mi temor). Pero pasé la prueba. Sin dejar de observar el maletín se dedicaron luego a comentarme la carta que les había enviado, que se sabían casi de memoria. La habían leído ellos solos (insistieron mucho en eso, aunque reconocieron alguna ayuda de su maestra Isabel). Y como era de esperar, mi declarada predilección por las patatas fue el primer gran asunto de conversación. Todos los presentes manifestaron cómo les gustaban a ellos (las fritas y mojadas en huevo o kétchup sobresalieron sobre las otras formas de comerlas).
Luego dedicamos un largo tiempo a hablar de China, les escribí algunos caracteres en la pizarra y ellos me mostraron todo lo que ya sabían sobre el país y su cultura. Pero, como he dicho, dedicaré una entrada independiente a ese asunto.
Y como no dejaban de preguntar qué cuentos había en el maletín, lo abrí para desvelar el secreto. Llevaba una decena, a la espera de poder elegir los más convenientes. Escogí finalmente dos: ¿Quieres ser mi amigo?, de Eric Carle y 3 brujas, de Grégoire Solotareff.

Los dos cuentos les gustaron, claro está, pero la densidad del silencio durante la lectura de la historia de los dos niños solitarios, confiados y risueños que, tras ser raptados, transforman a Escoli, Escori y Esqueli, las tres brujas, me hace pensar que les cautivó más la segunda narración. Sus comentarios me confirmaron la extraordinaria importancia de la literatura en sus vidas y la inmensa sensibilidad e inteligencia con que se enfrentan a ella. Les regalé ambos libros, con gran contento de todos.
Algunos se dieron cuenta de la similitud con otro cuento que ya conocían: Los tres bandidos, de Tomi Ungerer. También eran tres, como las brujas, y raptan asimismo a una niña huérfana, que finalmente los transforma. Esa sutil asociación demuestra cómo se construye la educación literaria. Algunos de los dibujos que en su día hicieron tras la lectura de la historia de los tres bandidos parecían ilustraciones de la que acababan de conocer.


Los más curiosos no tardaron en sacar el resto de cuentos del maletín y algunos de ellos se pusieron a hojearlos, a mirarlos, a leerlos. Más de dos horas después de comenzar nuestra amistad llegó el tiempo de salir al patio. Lo necesitaban. Pero antes me hicieron prometer que regresaría para seguir leyéndoles. ¿Cómo podía negarme? Una niña me hizo al final un comentario que me partió el corazón: Pero no tardes tanto en venir la próxima vez. ¡Ay!
Visité un aula donde aprender es una actividad apasionada, alegre, intensa, sensible, abierta al mundo. Me sentí feliz.
Cuento todo esto por gratitud, pero también como reconocimiento. Fui a esa clase porque me invitaron los alumnos, porque su maestra es amiga mía (antes fue mi alumna), porque me entusiasma conversar con los niños de los asuntos que les interesan. Pero publicar todo esto es asimismo un modo de proclamar el mérito de la pedagogía investigadora, cooperativa y respetuosa con los procesos individuales de aprendizaje que se sigue en ésa como en las restantes escuelas del Patronato Municipal de Educación Infantil de Granada, tan amenazadas, tan subestimadas por quienes deberían mimarlas y defenderlas con orgullo.
Previamente a la visita yo les envié una carta de respuesta.


Desde el principio de curso están entregados al estudio y uso de la correspondencia. Reciben y escriben cartas y tarjetas postales desde muy diversos lugares y luego las cuelgan en el espacio destinado a ello, como si formaran una escultura móvil de Alexander Calder.
A la hora prevista me presenté en la clase ante el nerviosismo general (incluido el mío). Había mucha expectación, porque imaginaban que podía ser una jornada especial. Una madre me confesó luego que su hija había estado muy inquieta la víspera pensando en el acontecimiento del día siguiente. Aún me sigue sorprendiendo la entrega emocional de la que son capaces los niños cuando intuyen que algo especial les aguarda.
Ese día había cargado de cuentos el maletín de los días excepcionales.
Luego dedicamos un largo tiempo a hablar de China, les escribí algunos caracteres en la pizarra y ellos me mostraron todo lo que ya sabían sobre el país y su cultura. Pero, como he dicho, dedicaré una entrada independiente a ese asunto.
Y como no dejaban de preguntar qué cuentos había en el maletín, lo abrí para desvelar el secreto. Llevaba una decena, a la espera de poder elegir los más convenientes. Escogí finalmente dos: ¿Quieres ser mi amigo?, de Eric Carle y 3 brujas, de Grégoire Solotareff.

Los dos cuentos les gustaron, claro está, pero la densidad del silencio durante la lectura de la historia de los dos niños solitarios, confiados y risueños que, tras ser raptados, transforman a Escoli, Escori y Esqueli, las tres brujas, me hace pensar que les cautivó más la segunda narración. Sus comentarios me confirmaron la extraordinaria importancia de la literatura en sus vidas y la inmensa sensibilidad e inteligencia con que se enfrentan a ella. Les regalé ambos libros, con gran contento de todos.
Algunos se dieron cuenta de la similitud con otro cuento que ya conocían: Los tres bandidos, de Tomi Ungerer. También eran tres, como las brujas, y raptan asimismo a una niña huérfana, que finalmente los transforma. Esa sutil asociación demuestra cómo se construye la educación literaria. Algunos de los dibujos que en su día hicieron tras la lectura de la historia de los tres bandidos parecían ilustraciones de la que acababan de conocer. 

Los más curiosos no tardaron en sacar el resto de cuentos del maletín y algunos de ellos se pusieron a hojearlos, a mirarlos, a leerlos. Más de dos horas después de comenzar nuestra amistad llegó el tiempo de salir al patio. Lo necesitaban. Pero antes me hicieron prometer que regresaría para seguir leyéndoles. ¿Cómo podía negarme? Una niña me hizo al final un comentario que me partió el corazón: Pero no tardes tanto en venir la próxima vez. ¡Ay!
Visité un aula donde aprender es una actividad apasionada, alegre, intensa, sensible, abierta al mundo. Me sentí feliz.
Cuento todo esto por gratitud, pero también como reconocimiento. Fui a esa clase porque me invitaron los alumnos, porque su maestra es amiga mía (antes fue mi alumna), porque me entusiasma conversar con los niños de los asuntos que les interesan. Pero publicar todo esto es asimismo un modo de proclamar el mérito de la pedagogía investigadora, cooperativa y respetuosa con los procesos individuales de aprendizaje que se sigue en ésa como en las restantes escuelas del Patronato Municipal de Educación Infantil de Granada, tan amenazadas, tan subestimadas por quienes deberían mimarlas y defenderlas con orgullo.
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