29 de julio de 2008

Lugares para leer III

"Pasar un libro clandestinamente en la prisión era relativamente fácil, teníamos modos para hacerlo. Lo difícil era mantenerlo entre nosotros, meses, años, expuesto a los registros regulares o imprevistos de los guardianes. Para camuflar el Canto General de Neruda, por ejemplo, buscamos en la biblioteca de la cárcel un libro del tamaño exacto al que queríamos proteger. Mota, un gran artesano, librero de profesión, era quien dirigía la operación de camuflaje. Desencuadernaba los dos libros y construía uno solo, procurando que las tapas y las primeras hojas, donde iba el sello de "autorizado" y la firma del capellán de la prisión, fueran al comienzo.
Después iba colocando las páginas del libro clandestino para hacerlo "legal" frente a los cacheos. Y así el Canto General, bajo las tapas protectoras de un libro de versificación y poemas religiosos, pasó de mano en mano, como un pan necesario, encendiendo nuestra voluntad con sus versos maravillosos. Así teníamos nuestros libros camuflados.
[...] Los libros de María Teresa y de Alberti, que acabábamos de recibir en la prisión, después de camuflarlos, como hicimos con el Canto General de Neruda, circularon entre nosotros y se realizaron lecturas colectivas de sus poemas, explicando a la vez el gran papel que ambos jugaron durante nuestra guerra y especialmente en la salvación del Patrimonio Artístico Nacional."

Marcos Ana, Decidme cómo es un árbol.


He seleccionado este fragmento por dos razones. La primera, de acuerdo con el sentido general de estas entradas, para mostrar las dispares situaciones en las que tiene lugar la lectura, la voluntad irreductible de quienes sienten la necesidad de practicarla porque en ello les va la vida. El testimonio de Marcos Ana, que es el seudónimo literario (y ya casi su nombre) de Fernando Macarro Castillo, y que él ideó uniendo los nombres propios de sus padres, pertenece a un período sombrío de la historia de España. Lo que relata ocurre en la malhadada prisión de Burgos en los años cuarenta del siglo XX, pero ese episodio atestigua algo corriente aún en nuestros días y en cientos de lugares del planeta. La censura y la cárcel siguen siendo la respuestas despiadadas de muchos gobiernos al ansia de democracia y libertad pública de expresión de los ciudadanos. Los prisioneros políticos de la dictadura franquista, como los de cualquier tiranía antigua o contemporánea, consideraban la lectura un gesto de rebeldía, una afirmación de dignidad personal. Leer en el interior de una celda un poema o un ensayo filosófico o una novela constituía un modo sigiloso de evasión, de convencimiento de que la mente, pese a todo, seguía libre.

Y hay un segundo motivo para la elección. Y es de índole estrictamente sentimental. Hay personas, unas más reconocidas, otras más anónimas, sin cuyo comportamiento ejemplar sería imposible entender la historia de la democracia en España. Marcos Ana, que ingresó en las cárceles franquistas con 19 años y las abandonó 23 años después, es uno de esos individuos sobre cuyo sufrimiento descansa nuestra concordia actual.
Uno los admira y se siente agradecido. Les debe un reconocimiento que no siempre es posible manifestarlo públicamente. Con la selección de ese fragmento y la mención de su nombre creo estar haciendo un homenaje personal y también un modesto ejercicio de memoria histórica.

27 de julio de 2008

La fragilidad del silencio

Igual que hoy, algunas de las entradas de este blog están redactadas mientras en la calle, a escasos metros de la ventana de la habitación en la que escribo, se consuma una algarabía de obscenidades, insultos, comentarios vejatorios sobre las mujeres... protagonizada por un grupo de jóvenes y adolescentes cuyo principal afán es levantar la voz por encima del compañero y proferir una grosería de mayor calibre que la emitida antes por el interlocutor. Apenas comparecen chicas y cuando lo hacen se limitan a soportar, o quizá a compartir, esos feroces rituales masculinos. Supongo que los instintos se imponen en esos casos al raciocinio.

Sus voces traspasan los cristales y me acompañan en estos menesteres. Y no se piense que describo una escena de fracasados sociales (algunos de los comparecientes llegan en coches de marcas nada proletarias) ni de marginalidad inculta (en no pocas ocasiones algunos de los asiduos se personan con sus mochilas escolares al hombro). Tampoco de una rebeldía oral contra el orden lingüístico establecido. Lo que sucede a mi lado es, simplemente, la expresión de un usual y consentido modo de relación colectiva. ¿Por qué en un país tan gritón y faltón como el nuestro habrían de crecer adolescentes apacibles y corteses? ¿Por qué considerar procaces esas conversaciones cuando tantos programas radiofónicos hacen de los improperios un arte y tantos programas televisivos basan su éxito en la impudicia y el escarnio? ¿Por qué exigirles a estos jóvenes lo que sus mayores no practican ni, acaso, valoran? Es, sin embargo, esa normalidad lo que me descorazona.

Si en cualquier circunstancia resulta penoso comprobar el grado de agresividad verbal, y a menudo física, que pueden exhibir los seres humanos, lo es aún más si eso ocurre mientras uno trata de hilvanar alguna reflexión en torno a los libros, las palabras, las emociones. Me asalta entonces la sensación de que hay algo que me distancia de ese grupo que vocifera al otro lado del muro y que nada tiene que ver con la edad, la condición social o la experiencia. Es algo más sutil, más complejo. Lo que hace que me sienta desanimado es el cuestionamiento que sus gritos hacen del modo que siempre he considerado mejor para construir el propio pensamiento, y que no es otro que la relación sosegada e intensa con las palabras, uno de cuyos más sencillos recursos es la lectura. Leer pide ensimismamiento, cavilar a solas, abrirse sin temor a las palabras de otro. Miro entonces a mi alrededor y acepto la fragilidad de mi silencio frente a la fortaleza de sus voces. Y pienso
, no sin pesadumbre, que el universo de narraciones, versos, pensamientos, confesiones, crónicas, averiguaciones... que se alinea ante mis ojos les será para siempre ajeno. Algo que, con toda probabilidad, no considerarían una contrariedad, sino un alivio. Sus ruidos invaden irremediablemente mi habitación, pero es casi seguro que los conocimientos acumulados en esos libros no afectarán a sus vidas. Y eso me desalienta.

Mi desazón es inseparable de mi condición de profesor, pues lo que percibo es la señal de un fracaso. No me importa reconocer que aún considero la enseñanza como un medio de perfección humana y que, por lo tanto, me siento frustrado cuando compruebo que después de varios lustros de escolaridad el lenguaje de esos jóvenes sigue siendo profundamente banal y soez. ¿Tiene sentido entonces seguir empleando el tiempo en estas meditaciones librescas y literarias? Quiero pensar que sí, pese a todo. Lejos de abatirme, lejos de ignorarlas, esas voces deprimentes anclan
mis pensamientos en la realidad y me reafirman en la convicción de que no es baldía la contienda, que es necesario, sin complacencias ni falsos apostolados, seguir proclamando que la lectura puede quebrar la inclinación natural a la brutalidad, que puede al menos poner almíbar en algunos ojos, en algunos oídos, en algunas bocas.

25 de julio de 2008

El teatro de los lectores

Para entender bien el lugar del que hablo es preciso pensar en alguno de los bellos teatros decimonónicos que aún perduran en España: el Infanta Isabel de Madrid, el Arriaga de Bilbao, el Cervantes de Málaga, el Isabel la Católica de Granada, el Principal de Barcelona, el Campoamor de Oviedo... Hay que situarse imaginariamente en el escenario de cualquiera de ellos y mirar hacia el iluminado patio de butacas, los palcos, la platea, el anfiteatro, el paraíso (si lo tuviera). A continuación es necesario pensar ese espacio completamente vacío, sin artefactos de ninguna clase. Y por último, y quizá en un más difícil ejercicio de imaginación, deben proyectarse sobre esa limpia oquedad largas estanterías de libros hasta colmarla completamente.

El resultado es la librería El Ateneo Grand Splendid de Buenos Aires.

En efecto, lo que desde 1919 fue el teatro Grand Splendid, promovido por el emigrante austriaco Max Glucksman, y que a lo largo del siglo XX acogió representaciones teatrales y de ballets, proyecciones cinematográficas, conciertos de tango y espectáculos musicales, es desde el año 2000 una librería. La arquitectura y la decoración primigenias han sido respetadas escrupulosamente -los palcos, las pinturas de la cúpula, las barandillas, las estriadas columnas, las molduras doradas...-, por lo que la primera impresión de cualquier lector es la de que ingresa en un teatro, sólo que en vez de butacas se encuentra con anaqueles y mostradores y sillones para leer. Porque esa librería, además de vender libros, actúa también como biblioteca. Nada impide que un lector se allegue a ella, escoja el libro apetecido o encontrado al azar y se siente a leerlo hasta acabarlo. Y nadie lo mirará sospechosamente si apila un montón de libros para pasar la tarde. Los palcos hacen el papel de reservados gabinetes de lectura, pero cualquier rincón o pasillo cumplen adecuadamente esa función.

El escenario, que permanece parcialmente oculto por el telón original, ha sido convertido en una cafetería. La antigua simbiosis entre café y lectura adquiere allí su más natural expresión. Es un espacio también para las tertulias o la presentación de libros. Todas las tardes hay además música en directo: un pianista, solo o acompañado por un flautista, pone banda sonora a la lectura tranquila o la conversación civilizada. Desde esa apacible atalaya se divisa un enjambre de lectores ocupados en lo que más les gusta: deambular entre estanterías, ojear libros, detenerse a leer. Parece entonces que se han invertido las tornas, que el espectáculo se desarrolla en el patio de butacas y la acción la protagonizan anónimos lectores que llegan solos o en compañía, recorren las distintas secciones, abren y cierran libros, se ensimisman en ellos, se sientan un momento en una silla, van en busca de otros libros, levantan la vista, piensan, abandonan el lugar. Es un movimiento continuo, improvisado y siempre cambiante que desde el escenario adquiere el sentido de una danza, de una vital representación teatral, pues allí se manifiestan día tras día todos los sueños, todas las expectativas, todos los descubrimientos que los libros son capaces de concitar y satisfacer.

9 de julio de 2008

Poesía y lectura III

Años después descubrimos que aquellas lecturas que entonces parecían leves e intrascendentes han permanecido en la memoria como un hito, como la señal de un tiempo en que crecer significaba soñar. El poema de Aurora Luque es un homenaje a los libros que cumplen la delicada tarea de entretener y alentar la lenta vida de la infancia, y más exactamente al territorio donde los Cinco, esos personajes que excitaron tantas tardes de sopor y aburrimiento veraniego, aprendieron los códigos de la amistad y el valor: la isla de Kirrin. Es un aviso para quienes aún esbozan una media sonrisa ante los libros de aventuras, los libros baratos, los libros menores.


LA ISLA DE KIRRIN

Los leías despues del viaje a la ciudad
sobre la cama, en junio o en julio sobre todo,
echada la persiana que dejaba filtrar
olor de albaricoques y pintura caliente
y una luz laminada verde oscura
sobre las bicicletas y los páramos,
las mochilas, las granjas,
el desayuno inglés, la isla de Jorgina:
historia fabulosa de una infancia
a punto de perderse. Porque una vez leídas
todas las aventuras de los Cinco
supuse que tenía que crecer.
¿De qué sirve ser niño, si luego en vacaciones
ningún bote te lleva a la isla de Kirrin?
Tal vez ya sospechaba que los libros
podían ser reloj o calendario
exacto y enigmático del cuerpo.

Aurora Luque. Problemas de doblaje

4 de julio de 2008

Contra el terror

Es tan infrecuente que la literatura afronte la infamia del terrorismo de un modo comprometido, sin aspavientos ni imposturas, que cuando uno lee textos que demuestran esa determinación siente deseos de compartirlo. Me gustaría, en ese sentido, hacerles partícipes de un poema y un libro de relatos.

El poema es de Wislawa Szymborska y está publicado en su libro El gran número. Es un alegato universal contra el terror, un retrato de la precariedad de la vida cuando el fanatismo político o religioso decide hablar con la muerte. Lo reproduzco a continuación.

UN TERRORISTA: ÉL OBSERVA

La bomba explotará en el bar a las trece veinte.
Ahora apenas son las trece y dieciséis.
Algunos todavía tendrán tiempo de salir.
Otros de entrar.

El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:

Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos están hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.
Ese más bajo tiene suerte y sube a una moto,
y ese más alto entra.

Trece diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo.
Sólo que de repente ese autobús la tapa.

Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.

Trece diecinueve.
Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.

Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba: la bomba explota.


El libro es de Fernando Aramburu y se titula Los peces de la amargura. Habla de las víctimas del terrorismo de ETA. Y aunque los relatos son muy desiguales (es muy difícil mantener la intensidad dramática y la calidad literaria en cada uno de ellos), todos mantienen la emoción y el aliento que requieren los dramas que narra. Es un libro valiente no sólo por hablar de lo que habla, sino por querer dejar testimonio literario de esa ignominia. Textos así otorgan a la literatura su pleno sentido.

30 de junio de 2008

Poesía en el autobús


Quiero referirme una vez más a la poesía.

Con motivo de la celebración del Festival Internacional de Poesía Ciudad de Granada, y durante los días que dura el acontecimiento, se acostumbra a adherir poemas en las ventanas de los autobuses de la ciudad.


No considero la iniciativa una mera acción de propaganda, aunque contribuya a dar noticia del Festival. La estimo más bien como un ofrecimiento. La poesía aparece ante los ojos de los pasajeros como un mensaje discreto e intruso, insignificante comparado con los que a su lado prometen urbanizaciones de ensueño o viajes exóticos y baratos. Pero su presencia ya es suficiente. Muchos pasajeros apenas reparan en los poemas, algunos los miran de reojo o leen algún verso, los hay que leen con curiosidad el poema completo. No se busca, desde luego, convertir a los usuarios del transporte público en lectores de poesía; se trata simplemente de hacerla visible, cotidiana. He dicho algunas veces que la literatura no es un asunto privado, aunque se elabore en la intimidad, sino un artilugio público, aunque su disfrute se haga en silencio y a solas. Esa modesta y efímera iniciativa se encarga de recordárnoslo.

27 de junio de 2008

Contraseñas poéticas


Sigamos hablando de poesía.

En el CEIP Miguel Servet de Fraga, Huesca, sucede algo sorprendente. Un maestro de 6º de Primaria, Mariano Coronas, bien conocido por quienes se preocupan y se ocupan de las bibliotecas escolares, ha ideado un recurso pedagógico que, además de establecer complicidades y sonrisas con los alumnos, hace presente la poesía en la vida cotidiana del grupo. Cada día, Mariano Coronas, copia en la pizarra un pequeño poema o unos versos, también a veces las primeras palabras de un relato, que los alumnos deben memorizar, pues esos versos son la contraseña que les servirá para entrar en el aula al día siguiente. Las sucesivas contraseñas van siendo anotadas escrupulosamente en el
Cuaderno de contraseñas que reciben al comenzar el curso escolar.

He aquí algunas de ellas:


La tarde está tendida
a lo largo del río,
y un rubor de manzana
tiembla en los tejadillos.

(Federico García Lorca)

Entre un álamo y un pino
mi hamaca se balancea.
Hojitas de verde plata
bailan sobre mi cabeza.

(Ángela Figuera)

A los árboles altos
los lleva el viento
y a los enamorados
el pensamiento.

(Popular)

Admira la cantidad de versos que, al cabo de un año, puede aprender cualquiera de esos alumnos. Y aunque pasadas algunas semanas los puedan olvidar, lo fundamental está conseguido: la poesía queda incorporada al lenguaje diario. Pero más aún que la familiaridad con la poesía, lo sobresaliente es el hecho de que unos versos se instauren como saludo matutino, que sirvan para inaugurar las tareas escolares, que actúen como mediadores entre el profesor y los alumnos. Y hay aún otra virtud: esos versos son utilizados por los alumnos para crear sus propios poemas. Combinados libremente, inspiran juegos poéticos personales e imaginativos. La poesía se presenta así como una forma de relación, de alborozo colectivo.

23 de junio de 2008

Puerta de la poesía

Todos los lunes, en la puerta de la biblioteca del IES Ilíberis de Atarfe, Granada, la profesora Andrea Villarrubia coloca un poema. Tiene como desafío no repetirlos nunca. De ese modo, y a lo largo de los años, se suceden ante los ojos de los alumnos poemas muy plurales, cuya minuciosa selección otorga a esa antología un extraordinario valor. Son numerosos los jóvenes que los leen cada semana y retiran luego de la biblioteca una copia del poema para conservarlo si, por algún motivo, los ha conmovido o les ha llamado la atención. Algunos incluso los encuadernan, sin ser del todo conscientes de que con ese gesto están coleccionando versos de autores que de no ser por ese regalo semanal difícilmente llegarían a conocer: Ángel Crespo, Alejandra Pizarnik, José Ángel Valente, Märta Tikkanen, Rainer María Rilke, Julia Uceda, Ángel González, Wislawa Szymborska...

La mera posibilidad de acercarse a las palabras de esos escritores constituye un privilegio, pero lo es más si se hace de un modo regular, distendido, expectante. Aparte de la edad en que las descubren, cuando más sensibles se muestran los jóvenes a los sentimientos y las complejidades de la vida, lo primordial de esas lecturas es el carácter gratuito que poseen. Nadie
les obliga a nada, nadie les reclama nada. Los poemas se colocan en la puerta para quien quiera leerlos, para quien considere que pueden ser motivo de reflexión o conversación. Los libros de los poetas seleccionados están siempre al otro lado de la puerta, esperando a quienes decidan leer o saber más.

Con esa costumbre, la biblioteca escolar de ese instituto cumple con creces una de sus fundamentales misiones: poner los textos literarios más intensos y reveladores al alcance de todos. Es una tarea cívica antes que académica. Universalizar la inteligencia y la emoción humanas, hacer ver a los jóvenes que en cada uno de ellos anida la posibilidad de igualar esos logros, es uno de los mayores cometidos de la educación pública. Sentirse convidados a ese conocimiento es algo que se aprecia quizá más tarde, cuando las experiencias cotidianas hacen ver que no es fácil toparse con las mejores voces, que no siempre la maravilla está al alcance de la mano, aunque parezca que todo es una cuestión de dinero y poder. Sólo entonces se comprende la suerte de haber tenido cerca a alguien empeñado en poner ante sus ojos, semana tras semana, las palabras más hermosas, más alentadoras.

20 de junio de 2008

Lugares para leer II

"Tumbada en el colchón, con el libro en la mano, leo al resplandor de una vela en el patio. Mi camastro es el último de todos. Mis hermanos ya duermen. La abuela está sentada en el suyo, a mi lado, y desgrana las cuentas del rosario en silencio. Sospecho que, en vez de rezar, está soñando o rumiando sus palabras nómadas. ¿Son también los sueños una oración? ¿Una oración para que al menos las palabras sigan siendo nómadas? Muchas veces, la abuela tiene la mirada perdida. Cuando es así, me digo que se ha ido más deprisa que sus palabras. [...] No tengo muchos libros, pero da igual, releo una y otra vez los mismos y siempre descubro nuevas palabras. Cada descripción, cada retrato es motivo de horas de invención. Pues mis libros me cuentan mundos totalmente ajenos. Mundos que ni siquiera los ojos de la abuela pueden alcanzar ni adivinar. Seguro que por eso se pierde su mirada. Yo, entre ella y mis libros, ya divago sobre las palabras. Sueño con mares y arroyos en las praderas de mis lecturas. Las palabras tienen colores desconocidos. Camino todas las noches por sus extrañas comarcas."

Malika Mokeddem


He ahí a una joven disconforme, soñadora, insomne, que lee incansablemente durante la noche en un camastro extendido en el patio de su casa en Kenadsa, Argelia. Esa niña, que ansía estudiar medicina, alimenta su imaginación con los pocos libros que posee, cuya relectura es sin embargo una fuente inagotable de descubrimientos y consuelos. Por el hecho de ser mujer está condenada a otros menesteres, a otros designios. Entre ellos, a casarse con quien determine la familia. Pero su disentimiento va cristalizando en un pequeño jergón, mientras los demás duermen, con la ayuda de unos pocos y desgastados libros. La dolorosa conquista de su libertad está narrada en su libro El desconsuelo de los insumisos.

17 de junio de 2008

Palabras pintadas

Desde hace unos días, las escaleras de acceso a la Facultad donde trabajo están adornadas con palabras que tratan de recordarnos el lugar al que llegamos. Han sido inscritas por manos anónimas, previsiblemente de alumnos descontentos o utópicos, o ambas cosas a la par, que han querido señalar lo fundamental, lo que con tanta facilidad se olvida sin embargo. Ahora nos vemos obligados a ingresar en la Facultad tras ascender por los sueños, el humor, la ilusión, el respeto, la cooperación, la igualdad, el llanto, la libertad, la lectura... Nadie se libra de esa advertencia, salvo quien expresamente opte por utilizar escaleras laterales a fin de no sentirse interpelado. Pocas veces unas pocas palabras han condensado tan fielmente los ideales de cualquier programa educativo, de cualquier estudiante o profesor que trabaje en el interior de ese recinto. ¿Son una celebración o una reclamación? ¿Ensalzan lo aprendido o señalan lo que echan en falta? No lo sé. Quizá no importe demasiado saberlo. En cualquier caso, me gustaría que no las borraran, que cuando se destiñan se vuelvan a reescribir. Quién sabe. Quizá una acción furtiva haya dado con la decoración apropiada para ese recinto.

Imagino que habrá sido la casualidad, pues no creo que los autores de las pintadas hicieran un estudio previo de los peldaños y la secuencia lingüística, pero la realidad es que la palabra LEER, que figura en lugar preeminente, casi en la cúspide, está rodeada de otras que le otorgan pleno sentido: disfrutar, empatía, vivir, alegría, igualdad, despertar. Qué exacta descripción. Y en los aledaños podemos encontrar aún vocablos asimilables: altruismo, amor, llorar, comprender, crear, aprender... Que la lectura aparezca como un acto incuestionable, como parte evidente de cualquier catálogo de sueños y sentimientos, me conmueve y me afirma en la esperanza.

15 de junio de 2008

Café, galletas, libros

Dos días a la semana, los miércoles y los viernes, desde las diez de la noche hasta las cuatro de la madrugada, una unidad de calle de la Cruz Roja, y dentro del programa de atención a mujeres en dificultad social, sale a las calles de Granada a atender a las mujeres que ejercen la prostitución. Además de las mínimas atenciones habituales -repartir café y galletas- y la entrega de material preventivo, los voluntarios se encargan asimismo de la asistencia sanitaria y psicológica, que en muchos casos no consiste en otra cosa que hablar y escuchar.

Pero desde hace dos años, junto a los termos o los preservativos, viaja también una pequeña biblioteca. Son libros donados que, aunque no siempre sean los más apropiados, cumplen con creces su misión. Los voluntarios, chicos y chicas jóvenes, ofrecen, como complemento a su labor asistencial, libros en préstamo.
En las estanterías improvisadas de la furgoneta se apilan, al lado de volúmenes de recetas de cocina y de chistes, novelas de Miguel Delibes o Pearl S. Buck y poemas de Federico García Lorca o Pablo Neruda. Pero aún hay espacio para más libros. Lo abundante para algunos puede ser escaso para otros muchos. Los libros no son una excepción. Supongo que recibirán con gusto lo que cada cual quiera dar, aunque no se trata de regalar lo que sobra, sino de entregar lo necesario.

Tal vez no sea lo más urgente, ni lo más imprescindible, pero la mera posibilidad de hojear o leer un libro mientras se descansa es un don en medio de la noche. Hay objetos cuyo valor reside en su mera presencia. El libro es uno de ellos. El simple gesto de cogerlo, abrirlo, pasar las páginas, deslizar los ojos por las letras... puede ser en determinadas circunstancias el mayor de los consuelos. Para algunas de esas mujeres, leer ha podido ser una costumbre, para otras es quizá un descubrimiento. En todos los casos son ocasiones de evasión, de olvido. Algunas de ellas se llevan los libros a sus casas, otras a los coches o los habitáculos donde viven. Allí continúan, con más o menos dificultad, leyéndolos. Pocas veces se evidencia con tanta claridad la consideración de la lectura como un acto de ensoñación, de abandono
grato y voluntario del mundo.

Qué amoroso modo de aliviar: en una mano un café, en la otra un libro.

13 de junio de 2008

Sobre el lector

"Y a todo esto, ¿quién eres tú? Yo no te conozco. Puede que seas una buena persona, digna de todo respeto, a quien apreciaría si conociese; pero no te conozco. Entre yo, que escribo, y tú, que lees, no media lazo alguno, y si no tuviera en el mundo a nadie más que a ti, estaría tan solo como Robinson Crusoe en su isla. [...] Y no hablo sólo de mí, que puedo no ser digno de tu simpatía, sino de todos mis compañeros de pluma, que diariamente lanzan cartas al espacio, que es mudo y no responde. Jamás oímos tu voz, e ignoramos si eres amigo o enemigo, si te gustan o no te gustan nuestros escritos. [...]
No te conozco, lector. Mentalmente te incluyo en la categoría que me es familiar, de los profesores, doctores, abogados, estudiantes, fabricantes, negociantes, etc. Mentalmente soy amigo de una categoría de lectores y enemigo de otra; mentalmente escucho frases de aplauso o de crítica... Pero todo mentalmente. En otras palabras: que tan poco trabajo me cuesta imaginarme que hablo contigo como un habitante del planeta Marte. [...]
Pero si el lector es tan malo, ¿para quién escribo y0? Porque también lo que hoy digo espero que despierte la comprensión y la simpatía de alguien, ya que, en otro caso, no lo escribiría. Y así es, en verdad. Pero conste que no tengo yo en el pensamiento al lector, a ese lector que lee con indiferencia lo mismo una cosa que otra. Puede que haya una decena o dos de personas que me sean afines en ideas, sentimientos y carácter , y para ellas escribo. No sé ni dónde están ni quiénes sean, porque son tan calladas como las demás; pero en alguna parte existen, deben de existir.
Y para ellas escribo yo hoy."

Las palabras que anteceden son de Leonid Andréiev y fueron escritas hace poco más de cien años en un periódico de Moscú. Me topo con ellas mientras preparo una intervención para un coloquio en su homenaje. El hoy reputado escritor ruso siente una tarde de invierno la desconsolada soledad de quien escribe sin saber para qué o para quién. Y envía entonces a su periódico no la crónica social acostumbrada, sino una interpelación a sus probables y mudos lectores. Quiere saber de ellos, quiere escuchar sus voces. La titula, precisamente, Sobre el lector.

¿Y no parece su decepción la de un contemporáneo? ¿No es su lamento el de cualquiera de nosotros? ¿No nos representa aunque viviera hace un siglo, aunque él hable de periódicos y nosotros de blogs?

Ay, siempre presente la cuestión del lector.

11 de junio de 2008

Gente que lee (II)

"Leer no nos separa del mundo. Nos introduce en él de manera diferente. Lo más íntimo tiene que ver con lo más universal, y eso modifica la relación con los otros. La lectura puede contribuir, de ese modo, a la elaboración de una identidad que no se basa en el mero antagonismo entre "ellos" y "nosotros", mi etnia contra la tuya, mi clan, mi pueblo o mi "territorio" contra el tuyo. Puede ayudar a elaborar una identidad en la que uno no está reducido solamente a sus lazos de pertenencia, aun cuando esté orgulloso de ellos. A la elaboración de una identidad plural, más flexible, más lábil, abierta al juego y al cambio."

Michèle Petit

8 de junio de 2008

Poesía y lectura II

La lectura, como nos descubre Joan Margarit, sirve tal vez para iluminar la realidad, o, mejor dicho, para incrustar en la realidad una pizca de una imaginación ajena. Nuestra mirada se afina entonces y aprendemos a amar, por ejemplo, como antes habíamos ensayado en los libros. Es así como la lectura va orientando, sutilmente, nuestras vidas.


MARE RÚSSIA

Era l'hivern de l'any seixanta-dos:
el llum encès en el capçal del llit
no s'apagava fins a ser esvanit,
a l'alba, per murmuris de clarors.

Tolstoi va ser incansablement llegit:
mentre en algun badiu bordava un gos,
jo imaginava, al bosc, un fabulós
passeig en el trineus sota la nit.

Va nevar a Barcelona, aquell hivern.
Calladament ens van embolcallar
els flocs de neu com una gran vitrina,

i, en arribar el bon temps, amb el desgel,
tu ja tenies per a mi, Raquel,
el rostre clar d'una Anna Karenina.


[MADRE RUSIA
Era el invierno del sesenta y dos:
en la cama, la lámpara encendida
no se apagaba hasta quedar disuelta
en el rumor de claridad del día.

Leía a Tolstoi incansablemente:
mientras ladraba un perro en algún patio,
yo imaginaba el bosque y fabulosos
paseos en trineo cada noche.

Nevaba, en Barcelona, aquel invierno.
En silencio nos fueron envolviendo
los copos como en una gran vitrina.

Y al llegar el buen tiempo y el deshielo,
tú ya tenías, para mí, Raquel,
el claro rostro de Ana Karenina.]

Joan Margarit, Cien poemas
[traducción al castellano del autor]

6 de junio de 2008

En compañía de lectores

No subscribo del todo la afirmación de que los padres lectores engendran de inmediato hijos lectores. Miles de lectores de todo el mundo hemos nacido en el seno de familias no lectoras, y viceversa. A menudo no se tiene en cuenta que más allá de los alegatos y los modelos está el albedrío de las personas. No solemos valorar como se merece el acto de libertad que supone no leer, cuando todo está a favor. Nos gusta más ensalzar la idea de la lectura como un acto soberano y rebelde. La paronomasia entre libro y libre da mucho juego a los publicistas y a los redactores de discursos institucionales, pero ignora que tan libre es el que decide leer como el que, pudiendo hacerlo, rehúsa relacionarse con los libros. La familia puede ser un estímulo, pero no es una garantía para la lectura. Pero observando la fotografía que encabeza estas palabras me da por pensar que el ejemplo no es estéril, que siempre queda en nuestra conciencia un suave eco, la sombra de un gesto, un leve arañazo de las lecturas de nuestros padres.

5 de junio de 2008

Bloc

Únicamente han publicado dos números, pero ya es una revista de referencia. Se llama Bloc y está dedicada a exaltar los álbumes ilustrados y la literatura que en ellos anida. Como la ignorancia es no sólo atrevida sino devastadora, viene siendo costumbre manifestar una cierta displicencia hacia esos libros por considerarlos productos destinados a la infancia, con todos los silencios y postergaciones que esa etiqueta lleva consigo. Rara vez se leen en revistas literarias o suplementos culturales análisis medianamente serios acerca de las extraordinarias historias que allí se cuentan y se iluminan, mientras que obras insubstanciales de autores de moda provocan elogios tan desmedidos como impostores. Y, sin embargo, cuánta vida, cuánta profundidad, cuánta emoción fluyen por decenas de ellos. Pocas veces se presentan tan bien hermanados la literatura y el arte, lo mejor de la imaginación humana. Y eso es, precisamente, lo que esta revista quiere mostrar. Escrita en castellano e inglés, Bloc es un regalo para la vista y un estímulo para el pensamiento.

Mientras escribo esta invitación a leer, un blog amigo, Librosfera, está dedicando las entradas de esta semana a ensalzar los álbumes ilustrados con la misma admiración y entusiasmo con que aquí tratamos de hacerlo.

2 de junio de 2008

Ensoñación (II)

La voz de la madre llega a las hijas por igual, pero mientras la pequeña recibe las palabras con estupor y desamparo, a la mayor le sirven para delimitar un espacio de retiro y fantasía. En su rostro es visible la serenidad del gozo, en el de su hermana menor se refleja el desasosiego de la novedad. Ambas están cautivadas por el relato, pero cada una de ellas lo acoge de un modo diferente. Para la mayor es una ocasión de ausentarse y vivir imaginaria y libremente una experiencia que vulnera su condición y su edad; a la pequeña le permite experimentar una desconocida fascinación ante el mundo. Las palabras del libro, regaladas por la joven madre, entornan los ojos de la mayor y abren desmesuradamente los de la pequeña. La ensoñación de una se complementa con los descubrimientos de la otra. Ambas hermanas representan las dualidades de la lectura: mirar dentro y mirar fuera, ensimismarse y evadirse, ser uno y ser otro.

[El cuadro de James J. Shannon se titula Jungle Tales]

27 de mayo de 2008

Cuando todo comienza

Hace unos días, entre tímida y excitada, Elisa, que ha cumplido seis años, quiso demostrarnos que ya sabía leer. O mejor: que había comenzado a reconocer los sonidos y el significado de algunas palabras. Estaba en ese apasionante momento de enfrentarse sola a un texto y descubrir que ese mar de letras tiene sentido y ella es capaz de reconocerlo. Pocas sonrisas tan hermosas como la que produce el desvelamiento de un secreto incitador e insondable. La expresión de gozo que Elisa dispensaba a todos los que la rodeaban evidenciaba la recién conquistada autonomía para transitar en silencio por el alfabeto del mundo. Era también una prueba manifiesta de la trascendencia de la lectura.

Cuando Elisa tenía tres años y medio escribió el cuento que reproduzco más arriba. Es un prodigio de imaginación y felicidad. Las líneas quebradas que rodean su dibujo, y que comparten los niños de esa edad en muy diversas culturas, eran las tempranas palabras de su incipiente fantasía. Eran asimismo los signos de un aprendizaje que estaba en marcha, que continuaría imparable en los siguientes años, que culminaría en la sonrisa que hace unos días nos regalaba. Leer ha comenzado ya a formar parte de sus modos de mirar la vida.

25 de mayo de 2008

Descubrimientos y reconciliaciones

Ahora que va finalizando el curso académico me enfrento una vez más a los comentarios de mis alumnos acerca de la asignatura que he impartido. Sé que la mayoría son sinceros, aunque no faltan los agradecimientos retóricos y las alabanzas interesadas. Los muchos años de docencia me permiten distinguir unos de otros, como también a saber que los desafectos raramente se expresan. Sus discrepancias las manifiestan sin palabras, con actitudes que uno ya ha aprendido a reconocer. Ese ejercicio de humildad que consiste en leer sus impresiones y su estado de ánimo es muy aleccionador. Es el espejo más inmediato en el que puede mirarse un profesor.

De sus apreciaciones me siguen sorprendiendo las que aluden al descubrimiento, o reconciliación incluso, que han hecho de la literatura. Tengo siempre la sensación de que trabajo con una multitud de letraheridos, pero no en el sentido benéfico que se le suele conceder a ese vocablo, sino en uno más literal, menos amable. Me enfrento año tras año a jóvenes realmente lastimados por las letras, decepcionados con los libros, enemigos de la literatura. No escasean los lectores entusiastas y las lectoras voraces, pero la mayor parte de los alumnos a los que me dirijo son víctimas de una sucesión de errores pedagógicos.

Por lo que confiesan, y en eso sí sé que no mienten, sus experiencias literarias se han limitado a la lectura forzada de unos cuantos libros recomendados, a la redacción de comentarios y resúmenes
más o menos previsibles, a la respuesta de preguntas sobre autores y libros en los exámenes y, naturalmente, al acopio de nombres, fechas y títulos inmediatamente olvidados. Pocos reconocen tener un aprecio sólido por la lectura, pocos estiman la literatura como algo determinante en sus vidas. Pero lo que me complace y me descorazona a la vez es la alegría que sienten al descubrir que un poema, un álbum ilustrado, un relato, un ensayo... les concierne, que lo que fue escrito antes incluso de que nacieran o en otras latitudes o en otras lenguas les habla a ellos de un modo único. Cuando se dan cuenta de que la literatura reclama sus emociones y sus razonamientos y que leer no es sino un modo de leerse, cuando se desprenden al fin de prejuicios y malentendidos, la lectura adquiere de pronto un carácter revelador.

Saber que contribuyo a ese descubrimiento, a esa reconciliación, me hace feliz, pero me deja perplejo. ¿Cuántos jóvenes abandonarán las aulas sin haber disfrutado nunca de una experiencia conmovedora con los libros? Y peor aún: ¿cuántos de ellos serán luego profesores y seguirán reproduciendo los desaciertos que en su día padecieron?

23 de mayo de 2008

Gente que lee

"Por el momento sólo puedo responder de forma aproximada diciendo que en ese tipo de lectura lo que buscamos es una ampliación de nuestro ser. Queremos ser más de lo que somos. ... Queremos ver también por otros ojos, imaginar con otras imaginaciones, sentir con otros corazones".

C. S. Lewis