12 de septiembre de 2008
La literatura intoxicada
Copio aquí el fragmento final de esa carta, pues me parece una lúcida y vehemente declaración del autor a favor de la literatura, una defensa radical de la libertad del lector.
"[...] Si yo tuviera un poder como el de Stalin, no lo dilapidaría en silenciar a los escritores imaginativos. Silenciaría a quienes escriben acerca de los escritores imaginativos. Prohibiría todo debate público sobre literatura en periódicos, revistas y publicaciones académicas. Prohibiría la enseñanza de la literatura en las escuelas, los institutos, los colegios mayores y las universidades de todo el país. Declararía ilegales los grupos de lectura y los foros sobre libros en internet, y sometería a control policial las librerías para asegurarme de que ningún empleado hablará jamás con un cliente sobre un libro y de que los clientes no osaran hablar entre ellos. Dejaría a los lectores a solas con los libros, para abordarlos como les pareciese por sí mismos. Haría esto durante tantos siglos como fuese necesario para desintoxicar a la sociedad de sus venenosas majaderías."
No sé qué ocurriría si se cumpliese el drástico deseo de Amy Bellette, pero no me negarán que de llevarse a cabo su programa de desinfección a la vuelta de cien años habría cambiado sustancialmente el modo de leer y la literatura habría recobrado una frescura y una pureza inimaginables ahora. Merecería la pena ver la carta enmarcada en facultades universitarias, redacciones de periódicos y revistas culturales, bibliotecas, librerías, editoriales, colegios o centros cívicos. A todos nos haría bien levantar los ojos de cuando en cuando y recordar sus advertencias.
10 de septiembre de 2008
Imágenes de la lectura
El primero es del ilustrador Quint Buchholz, quien hace poco más de una década ideó un conjunto de imágenes en torno al libro y al acto de leer que, a mi juicio, poseen un tal poder de evocación que al contemplarlas sientes de inmediato la necesidad de adjuntarles una historia, de escribir las sensaciones que provocan en ti. Eso es lo que pensó su editor nada más verlas. Envió una imagen diferente a 46 escritores de todo el mundo a fin de que le pusieran palabras, de que revelaran la historia escondida en ellas. El resultado fue El Libro de los Libros, un conjunto de 47 estampas, incluyendo la de la portada, y otros tantos textos literarios cuya lectura, la verdad, decepciona un poco. Pocos de ellos están a la altura poética de las ilustraciones de Buchholz. Parecen escritos a vuelapluma, casi por compromiso, sin aliento. No importa. Lo relevante son las ilustraciones, cuya contemplación constituye siempre un renovado placer, un estímulo constante para la imaginación.

El segundo ejemplo es del fotógrafo y diseñador gráfico búlgaro Mladen Penev. La serie que con el título de The power of books realizó hace unos años siguen teniendo un poder extremo de fascinación. Pocas metáforas sobre la lectura tan sorprendentes, tan reveladoras, tan reconocibles. Con una fuerza visual deslumbrante, las imágenes de Penev ilustran las diversas emociones que procura la lectura, desde el impacto brutal de un pensamiento heterodoxo o la descripción de un crimen a la levedad poética de una oda o el relato de un enamoramiento.
El tercero, finalmente, es del ilustrador suizo Jörg Müller, autor de admirables álbumes ilustrados, a uno de los cuales quiero ahora referirme. Se titula El libro en el libro en el libro y muestra con extraordinaria agudeza la entrada del lector en el libro, en este caso de modo físico, pues el niño protagonista atraviesa las páginas del que le acaban de regalar, desde la portada hasta el origen del mismo, es decir, hasta la mano del escritor-ilustrador que lo está confeccionando, con la intención de desvelar el misterio de un dibujo cuyas figuras no encajan del todo con el significado del libro, al menos con el significado que él le da con su lectura. El protagonista regresa más tarde a la realidad más satisfecho, más confiado.
7 de septiembre de 2008
Lugares para leer IV
Azar Nafisi, Leer "Lolita" en Teherán
Sí, podemos imaginarlas. O mejor aún: debemos imaginarlas.
La autora del relato es Azar Nafisi, profesora de literatura inglesa en la Universidad Allameh Tabatabai de Teherán en 1979, cuando se produce la revolución islámica encabezada por el imán Jomeini contra la tiranía del Sha Mohammad Reza Pahlevi. En sus inicios fue una revolución apoyada mayoritariamente, pues prometía la restitución de una democracia secuestrada durante décadas. Pero pronto se transformó en una nueva clase de tiranía. Las dementes doctrinas de los clérigos chiítas que la encabezaban impusieron progresivamente nuevas y estrictas normas morales, entre las que no faltaban, claro está, la prohibición de leer los libros que ellos consideraban peligrosos y corruptores (nada distinto a las obsesiones condenatorias de cualquier dictadura, ya se haga en nombre del pueblo, de una casta militar o de la religión). En el caso de Irán, la "revolución cultural" de los clérigos en el poder fue extremadamente restrictiva. Prohibieron a los jóvenes pasear de la mano o besarse en público, separaron a los niños y a las niñas en las escuelas pero también a los hombres y a las mujeres en los autobuses, amonestaban a quienes reían ostentosamente, castigaban a las chicas que usaban colorete en las mejillas, impedían escuchar música occidental... En adelante, las mujeres se vieron obligadas a llevar los reglamentarios pañuelos y mantos oscuros para salir a la calle. La obediencia, el recato, el silencio, la sumisión, la censura, la discriminación, el castigo... fueron desde entonces el proceder cotidiano (en ese sentido, puede ser muy provechoso, además de muy gozoso, leer las maravillosas historietas de la saga Persépolis, escritas y dibujadas por Marjane Satrapi).
Pero he aquí que no todo el mundo se conforma y, además de otros tipos de resistencias, van abriéndose espacios de rebeldía personal y clandestina. Es lo que hacen esas jóvenes estudiantes, alumnas de Azar Nafisi, que deciden reunirse una vez a la semana, los jueves por la mañana, para leer y comentar juntas obras de ficción, un ejercicio literario que consideran necesario para mantener viva su imaginación, para no sentirse humilladas. Y a eso dedican esas horas secretas: a conversar sobre las lecturas de los libros prohibidos.
Las jóvenes llegan desde distintos lugares de la ciudad, tapadas con sus respectivos pañuelos y mantos, hasta la casa de su profesora. Llaman a la puerta y cuando la franquean se quitan la vejatoria vestimenta impuesta y se muestran tal como son. Debajo de sus mantos negros o azules llevan camisas anchas de colores y vaqueros ajustados. Antes de acomodarse en la habitación que cada jueves las acoge, y que es ya su espacio más soberano, colocan flores sobre la mesa, se pintan los labios, se sueltan el pelo. Pueden parecer gestos insignificantes, coquetos, pero para ellas y en ese momento tienen el valor de una liberación. Y entonces, cuando ya están dispuestas, comienzan a hablar de las lecturas que han realizado, de los sentimientos experimentados, de las ideas surgidas, de las fantasías desplegadas. Durante dos años, aquellas horas matutinas fueron poblándose progresivamente con las palabras de Henry James, Virginia Woolf, Gustave Flaubert, Saul Bellow, Jane Austen, James Joyce, Las Mil y Una Noches... Y, sobre todas ellas, las de Vladimir Nabokov, quien ofrece en su Lolita un repertorio de quebrantamientos e insolencias, que leído en aquella enclaustrada habitación de Teherán, resuenan como un grito, como una acusación, como una huida. Las transgresiones literarias se convertían en transgresiones personales. Para aquellas mujeres, leer ficciones era su íntima forma de decir no, de mantenerse erguidas.
2 de septiembre de 2008
Lecturas razonables
Insisto en que no existe en esta novela -ni en mi propia postura- desprecio por la razón ni por la búsqueda científica de la verdad. Lo que yo critico es ese enfoque cientificista que pretende hablar en nombre de la razón y de la verdad. A mi entender, no logra hablar en nombre de la verdad porque representa errónea y dogmáticamente la complejidad de los seres humanos y de la vida humana. Y no logra hablar en nombre de la razón porque confía acríticamente en percepciones borrosas y teorías psicológicas burdas. La novela no nos exhorta a desechar la razón, sino a llegar a ella bajo la luz de la fantasía, entendida como una facultad creativa y veraz. [...] La novela indica que los tratados políticos y económicos de estilo abstracto y matemático pueden ser coherentes con su propósito mientras ofrezcan una visión del ser humano que sea tan rica como la visión que propone la novela, mientras no pierdan de vista lo que omiten por motivos de eficiencia. El gobierno no puede investigar la biografía de cada ciudadano como lo hace la novela con sus personajes, pero puede saber que cada ciudadano tiene una biografía compleja, y puede tener en cuenta que en principio la norma sería reconocer la individualidad, la libertad y la diferencia cualitativa de cada uno, tal como la novela."
Las palabras precedentes son de la filósofa Martha Nussbaum, profesora de Derecho y Ética de la Universidad de Chicago, y están extraídas del libro Justicia poética. Y aunque la novela a la que se refiere en el texto es Tiempos difíciles de Charles Dickens, sus reflexiones son perfectamente adjudicables a cualquier otra novela. La autora, una de las más vehementes defensoras de la consideración de la literatura, en especial de las narraciones, como un instrumento privilegiado de conocimiento del mundo y, en particular, de los seres humanos, plantea en el texto una cuestión capital: la voluntad de comprender lo que somos y el tiempo histórico del que somos protagonistas, el deseo de saber qué debemos hacer para vivir con más plenitud y más dignidad, el coraje para dar sentido a la experiencia personal y colectiva, no pueden ser satisfechos únicamente con teorías o discursos o estadísticas. Las narraciones, aunque sean ficticias, pueden contribuir de manera determinante a la búsqueda de la verdad. La literatura posee la admirable cualidad de imbricar las emociones y la imaginación en la exploración del mundo que está más allá de nuestra experiencia individual o cultural, en el acercamiento a otros seres humanos y a sus esperanzas y frustraciones, en el análisis de la propia vida a través de la reflexión sobre la vida de los personajes de la narración. A ese proceso intelectivo lo solemos llamar razonamiento. Razonar no consiste, por tanto, sólo en analizar, sistematizar, experimentar, calcular, verificar, concluir... También es sentir e imaginar. La lectura, por sí sola, no transforma radicalmente al lector. Pero la experiencia de leer sí puede proporcionarle la posibilidad de pensar, interpretar, valorar, optar..., que puede ser el prefacio de la transformación. Luego, claro está, todo depende de la voluntad.
30 de agosto de 2008
En compañía de libros
Uno de esos admirables vestigios se encuentra en la novela David Copperfield, escrita por Charles Dickens y publicada por entregas mensuales entre 1849 y 1850. Como se recordará, la novela cuenta en primera persona la vida de David Copperfield, cuyo padre había muerto antes de su nacimiento, el cual se ve obligado a convivir con el señor Edward Murdstone, con quien su madre se casa cuando David tiene siete años, y su tenebrosa hermana Jane, quien asimismo se instala en la casa, quienes lo tratan con una severidad y una inquina insoportables. La soledad y la aflicción de David sólo encuentran alivio en la lectura.
"El resultado lógico de semejante trato, que duró, según creo, alrededor de seis meses, fue convertirme en un muchacho triste, taciturno y obstinado. Contribuyó, asimismo, a ello el sentimiento de verme cada día más alejado de mi madre. Creo que me habría embrutecido casi por completo de no haber sido por una circunstancia.
Mi padre había dejado en un pequeño cuarto del piso superior, al que yo tenía acceso por estar junto a mi dormitorio, una pequeña colección de libros en la que nadie había reparado. De aquella bendita habitación salieron Roderick Random, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker, Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe, en hueste gloriosa, para hacerme compañía. Ellos -así como Las mil y una noches y los Cuentos de los genios- mantuvieron despierta mi imaginación y mi esperanza de una vida mejor; y no pudieron causarme el menor daño, pues, de existir algún mal en ellos, yo lo desconocía. Todavía ahora me asombra pensar cómo encontraba tiempo para leer aquellos libros, en medio de mis pesadas tareas y de mis tropiezos. Me resulta curioso que pudieran consolarme de mis pequeños problemas (que para mí eran muy grandes), al permitirme encarnar a mis personajes favoritos e identificar al señor y a la señorita Murdstone con todos sus malvados. Fui Tom Jones toda una semana (Tom Jones niño, una criatura inofensiva). Fui mi propia versión de Roderick Random un mes seguido. Leía con avidez los escasos volúmenes de viajes y expediciones -no recuerdo exactamente cuáles- que había en las estanterías; y, durante muchos días, recuerdo haber recorrido mi zona secreta de la casa armado con la pieza central de un viejo juego de hormas de zapatos, creyéndome la encarnación más perfecta del capitán Mengano, de la Armada Real Británica, en peligro de ser atacado por una tribu de salvajes y decidido a vender bien cara su vida. El capitán jamás perdía su dignidad, aunque le golpearan las orejas con una gramática latina. Yo sí; pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas de todas las lenguas del mundo, vivas o muertas.
Y ése fue mi único y constante consuelo."
Es verdaderamente iluminadora la descripción de los efectos confortadores de la lectura, los procesos de identificación que promueve, las confrontaciones de los actos de los personajes con los episodios de la propia vida. Tanto en tan pocas palabras.
(La cita está extraída de la edición de David Copperfield publicada en DeBolsillo Mondadori. La traducción es de Marta Salís)
27 de agosto de 2008
El sonido de los colores
"Cuando me dicen que un hombre es rubio y tiene los ojos azules, pienso que tiene que ser guapo. Pienso que los rubios son guapos. Quizá porque hay pocos. Y la palabra 'azul', con sólo decirla, ya es hermosa. Me han dicho que mi marido es guapo. Eso espero. Y me han dicho que, en la Costa Azul, las montañas se reflejan en el mar y los paisajes se mezclan. Debe ser hermoso."
En boca de una mujer que no había conocido la luz, las palabras 'azul', 'rubio', 'mezcla' o 'guapo' adquirían de pronto una connotación inesperada, inaugural.
Me he acordado de Sophie Calle y de las respuestas de sus interlocutores ciegos al leer el libro (¿álbum? ¿cuento? ¿historieta? ¿poema?) de Jimmy Liao El sonido de los colores.
El libro entrevera a partes iguales inventiva, afecto y poesía. Uno presiente que la adolescente ciega de la que habla Jimmy Liao puede ser el reflejo de cualquiera de nosotros, de las inseguridades, ofuscaciones, anhelos y fantasías que nos acompañan y nos definen. No puedo evitar leer-mirar la descripción de la luminosa oscuridad de la protagonista sin sentirme interpelado, sin dejar de pensar en los sombríos laberintos de nuestra mente.
(El sonido de los colores ha sido publicado por Bárbara Fiore Editora)
24 de agosto de 2008
Dar cuenta
Imaginen por un momento a la poeta Anna Ajmátova en un día de frío sobrecogedor mientras guarda cola para conversar unos minutos con su hijo Lev, prisionero en la espantosa cárcel de Las Cruces, en Leningrado. Como tantos otros ciudadanos ha sido víctima de las crueldades de la policía secreta de Stalin (el último marido de Ajmátova tendría peor suerte y moriría de agotamiento en un campo de concentración del norte de Rusia). Como cada mañana de ese invierno inmisericorde aguarda a las puertas de la prisión sin saber si podrá ver a su hijo o, simplemente, saber si todavía vive. Y de pronto, alguien que aguarda también a que los guardianes permitan la entrada a la cárcel se acerca a ella y... Bueno, es mejor leer sus palabras.
EN VEZ DE PRÓLOGO
Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):
- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
- Puedo.
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.
La consoladora rotundidad con que Anna Ajmátova desafía al miedo y al frío resulta, más de medio siglo después, no sólo un testimonio de las ignominias del pasado, sino una estremecedora proposición ética para el presente. Ese escueto "puedo", musitado apenas, resuena hoy como un grito de fortaleza y esperanza.
(Las palabras de Anna Ajmátova fueron colocadas en su día como encabezamiento de su conmovedor Réquiem. La traducción es de Monika Zgustova y Olvido García Valdés. Está extraído de la antología El canto y la ceniza, publicada por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores)
21 de agosto de 2008
¿Pensar? ¿Leer?
En mi caso, me puse a pensar después de leer.
¿Qué querían expresar los autores de la pintada aparecida en los muros de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de Granada ? ¿Acaso el que lee no piensa? ¿La lectura obstruye el pensamiento? ¿Hay riesgo de que los libros impidan pensar? ¿No usamos la lectura precisamente para pensar? ¿Es necesario tener un pensamiento propio antes de abrir los libros? ¿Corren el riesgo los lectores de dejarse contaminar por pensamientos ajenos antes de desarrollar los propios? ¿Cómo saber si uno ha pensado lo suficiente para poder comenzar a leer? ¿Es perjudicial apropiarse de pensamientos que no son inicialmente de uno? ¿Es más ventajoso pensar antes de leer? ¿Hay pensadores que no leen? ¿Hay lectores que no piensan? ¿Tal vez los autores querían denunciar que hay estudiantes que sólo leen y nunca piensan? ¿Es una crítica a la memorización de textos sin reflexión posterior? ¿Qué pensarían de esa frase los que leen? ¿Cómo la leerán los que piensan? ¿Y los que leen y piensan?
Si lo que pretendían los autores es hacernos pensar al leer su inscripción, conmigo lo consiguieron. No he dejado de hacerme preguntas, aunque no he logrado entender del todo la proposición.
¿Por qué establecer prioridades? ¿Por qué creer que los pensamientos propios deben preceder al contacto con los ajenos? ¿Hay pensamientos radicalmente individuales que no hayan sido fecundados antes por pensamientos extraños? ¿Por qué no considerar la lectura una forma privilegiada de pensamiento? ¿No sería preferible defender el pensamiento incesante... antes, durante y después de la lectura?
Pienso luego leo. Leo luego pienso.
18 de agosto de 2008
Decid a mis amigos...
A veces, los lugares en los que se lee agregan a la lectura significados que los textos originalmente no tenían. No es que desfiguren el sentido primigenio, sino que provocan recuerdos inesperados, emociones insondables que, probablemente, no aparecerían si esos textos fuesen leídos en otro lugar, con otra luz u otro paisaje.
Afirmo esto a propósito del Barranco de Víznar. En la madrugada del día 18 de agosto de 1936, el poeta Federico García Lorca fue fusilado por soldados del ejército de Franco. No hay constancia oficial del día de la muerte, se supone que fue ese día por testimonios indirectos, ni el lugar exacto de su enterramiento, aunque los recuerdos del joven que lo sepultó permiten hacerse una idea bastante aproximada. Murió, eso sí se sabe con certeza gracias a las investigaciones, entre otras, de Ian Gibson, junto a un maestro, Dióscoro Galindo, y dos conocidos banderilleros granadinos, Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, que se ganaban la vida en realidad como hojalateros y eran además militantes anarquistas. De lo que no hay duda es que su fusilamiento tuvo lugar en las proximidades del denominado Barranco de Víznar, en el camino que une ese pueblo granadino con el de Alfacar, en las estribaciones de la hermosa Sierra de la Alfaguara. Como también se sabe con seguridad que en ese barranco están enterrados otros muchos cientos de fusilados.
Durante décadas ese conocimiento fue secreto, transmitido en voz baja y con miedo. Pero desde unos pocos años se ha adecentado ese lugar y se ha colocado un monolito con una inscripción, Lorca eran todos, que recuerda algo elemental: que aunque el nombre del poeta descuelle sobre los demás, él siguió la misma infausta suerte de otras muchas personas anónimas. En una hondonada de ese barranco hay una improvisada cruz de piedras y ramas sobre la que los visitantes depositan cartas y poemas.
Cada año, en la madrugada de tal día como hoy, se celebran sendos homenajes a García Lorca y a los que murieron como él en el parque de Alfacar que lleva el nombre del poeta y en ese barranco próximo al pueblo de Víznar. En ambos casos, las conmemoraciones tienen lugar en terrenos bajo los cuales yacen los cadáveres de los ejecutados.
Siempre que conducimos a los amigos hacia esos lugares tenemos la precaución de llevar con nosotros algún libro con poemas de García Lorca. Leerlos en voz alta o en silencio, como hace en este caso nuestra amiga Shabnam, sabiendo que las palabras flotan sobre una fosa común, otorga a los poemas un irremediable carácter elegíaco, extrañamente vivificante.
Decid a mis amigosque he muerto.
(El agua canta siempre
bajo el temblor del bosque.)
Decid a mis amigos
que he muerto.
(¡Cómo ondulan los chopos
la gasa del sonido!)
Decid que me he quedado
con los ojos abiertos
y que cubría mi cara
el inmortal pañuelo
del azul.
¡Ah!
y que me fui sin pan a
mi lucero.
A ese agudo sentimiento de veracidad me refería al principio cuando hablaba de la influencia de los lugares en la lectura, pues en esos casos parece que la literatura es parte inmanente de la tierra, como las rocas, los olivos, los grillos, las acequias.
15 de agosto de 2008
Poesía y lectura IV
LA VERDAD DE LA MENTIRA
Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
- ¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
Ángel González. Nada grave
12 de agosto de 2008
¿Qué habrá sido de ella?
A quienes no habían nacido entonces o eran niños en las postrimerías del franquismo les resultará difícil entender que aquel terrible movimiento político tuviera un eco tan desmesurado en Occidente, hasta el punto de que las simplicidades del pensamiento maoísta fueran utilizadas por miles de estudiantes de todo el mundo como guía para la revolución en sus respectivos países industrializados y ricos. Pero en aquel tiempo de incertidumbre todo parecía elemental y al alcance de la mano.Cuando compré aquellos ejemplares de libros rojos se iniciaba ya la gran transformación de China, la revolución económica y cultural que la ha convertido en la potencia capitalista que es hoy, y cuyo desarrollo social y tecnológico ha quedado patente en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de 2008. Ya entonces, todos los símbolos de la fracasada Gran Revolución Cultural -folletos, bustos, insignias, libros, banderas, carteles...- estaban puestos a la venta como souvenirs para turistas. Lo que había sido sagrado se vendía entonces como mercancía barata y chatarra histórica.
Para mi sorpresa, en uno de aquellos libros de pensamientos de Mao Zedong comprados en los puestos de baratijas encontré la minúscula fotografía de una joven revolucionaria, cuya imagen canónica podía figurar en cualquiera de los afiches de la época para representar el rostro feliz de la nueva China. Estaba escondida en el forro rojo de plástico que protegía el libro y cuyo color daba nombre a aquel tipo de opúsculos. El dueño de aquel ejemplar había guardado celosamente la fotografía de su amor en aquel severo nicho de máximas y consignas revolucionarias, como aliento quizá para sus codiciadas hazañas, como señal también de la frágil condición humana. Y allí quedó la fotografía cuando llegó el tiempo de la decepción y el fracaso, del abandono de aquella sangrienta y destructora utopía, del reconocimiento del error y de la culpa. Y allí permaneció cuando los libros fueron a parar a manos de los vendedores callejeros.
Viendo ahora la fotografía de esa anónima joven revolucionaria me da por pensar qué habrá sido de ella. Ha pasado casi medio siglo desde que probablemente fuera tomada la fotografía. No me cuesta imaginarla sexagenaria y jubilada. ¿Pero acabarían unidos ella y el joven enamorado que contemplaba su imagen mientras memorizaba los pensamientos de Mao Zedong? ¿Dónde habrá vivido todos estos años? ¿En qué habrá trabajado? ¿Cómo será su familia? ¿Y su casa? ¿Qué pensará del cambio gigantesco de su país? ¿Seguirá fiel a los viejos principios comunistas? ¿Dónde vería la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing? ¿Sentada en un sillón junto a sus hijos y sus nietos? ¿Sentiría el mismo escalofrío de asombro y admiración que sentimos nosotros? ¿Habrá muerto?Este silencio que sigue a las preguntas es el instante que precede a la escritura, a la respuesta literaria.
9 de agosto de 2008
Alice Munro
Eso me ocurre al hablar de Alice Munro, que al no ser una escritora habitual en las conversaciones literarias, al faltar en el ambiente las referencias que aportan los muchos lectores, me veo forzado a agregar informaciones que en cualquier otro caso serían innecesarias. Me limitaré en este caso a decir que leo sus relatos, que es el género que cultiva exclusiva y minuciosamente desde hace treinta años, con una expectación y una entrega que otorgo a muy pocos escritores.

Al iniciar la lectura de cualquiera de los relatos de Alice Munro uno reconoce de inmediato el territorio de la rutina, de la anodina felicidad. Todo parece estar en orden, igual a lo que fue e igual a lo que será. Nada sucede en las primeras páginas ni nada parece que pueda suceder. Pero justo cuando todo parece abocado a la más perfecta e inalterable inanidad algo se quiebra y modifica la realidad de un modo imprevisto y definitivo. Las protagonistas de los relatos de Alice Munro, pues la mayoría de los personajes de sus relatos son mujeres, poseen los rasgos de cualquier mujer que podamos observar en el autobús o en la calle. Sus cansinos trabajos, sus compromisos domésticos, sus convenciones sociales, sus afectos familiares... en nada las diferencia de las mujeres reales. Pero algo en ellas las hace distintas, algo que ha ido gestándose desde tiempo atrás y que repentinamente estalla y lo altera todo. Y aunque la autora nos lo ha ido anunciando sutilmente, sólo al final reparamos en la intensidad de los sueños, las esperanzas, las ambiciones... que, como una oruga en su capullo, habían permanecido ocultos a la mirada ajena y a la propia conciencia hasta su repentina eclosión. Y lo que observamos con ojos fascinados es una vida nueva, imprevista hasta entonces. Nos damos cuenta de pronto de las decisiones, las rupturas, los riesgos, las encrucijadas que pueden desviar el curso de la existencia o empantanarla para siempre. El modo delicado de describir la fortaleza oculta tras la máscara de la fragilidad, la determinación agazapada bajo la incertidumbre, la voluntad de reinventar la propia existencia que madura bajo la capa de conformismo, la vehemencia que aguarda bajo la apariencia de calma y que parecía no existir... es una de las principales razones que provoca la admiración hacia sus personajes y sus vicisitudes.
Me gusta asimismo el tono transparente y terso de su escritura. Ninguna palabra parece faltar, ninguna palabra parece sobrar. Uno lee sus historias como si comiera pan, con la sensación de estar ante algo elemental e incuestionable. La estructura de sus relatos no es, sin embargo, sencilla. Las arriesgadas elipsis, las continuas rupturas del texto, los calculados silencios, exigen una lectura atenta y cómplice. Alice Munro narra lo esencial, lo preciso, lo que no admite discusión. Y esa deliberada parquedad obliga al lector a no desdeñar ningún detalle, pues debe saber que los objetos o los gestos de las primeras páginas, que no parecían tener importancia, pueden determinar el desarrollo de la historia. Lo insignificante se revela entonces decisivo y nos sentimos de pronto empujados a reparar en lo invisible, en lo que habitualmente pasa desapercibido, en las nimiedades que también afectan a nuestra vida. Pocos son los seres humanos cuyas existencias se ven transformadas por acontecimientos tremendos o grandiosos. En la mayoría de los casos serán los minúsculos hechos cotidianos -un hallazgo, un reencuentro, una enfermedad, una negligencia...- el origen de la metamorfosis. Y de esas posibilidades nos habla Alice Munro. Nadie espere en sus relatos sucesos extraordinarios o decisiones heroicas. Es la simple insinuación del cambio, el esbozo de un pensamiento divergente o la evocación de un lugar casi olvidado lo que desencadena la mutación y deja a los lectores maravillados y pensativos.
Es además una de las pocas escritoras que hace del mundo de las mujeres algo realmente cautivador, algo no impostado ni movido por militancias, cuotas o compensaciones. En sus manos, las mujeres parecen encarnar de modo natural lo que el relato pretende decir sobre la naturaleza humana, como si el argumento solamente pudiera entenderse si lo protagoniza una mujer.Algunos encuentros azarosos con su nombre han venido a reavivar mi admiración. Una de las pocas alegrías de la pasada temporada cinematográfica me la ha proporcionado la película Lejos de ella, dirigida por Sarah Poley y protagonizada por Julie Christie y Gordon Pinset, una historia de amores y desmoronamientos realmente conmovedora basada en un relato de Alice Munro, traducido en España como Ver las orejas al lobo, incluido en el libro Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Pocos meses después, Marisa Bortolussi, una profesora de la Universidad de Alberta, en el curso de un seminario sobre la recepción lectora, puso los relatos de Alice Munro como ejemplo de los vacíos estimuladores de un texto, de lo que el autor no formula y el lector ocupa feliz y creativamente con su imaginación. Y hace pocas semanas observé que en la divertida novela de Alan Bennett Una lectora nada común Alice Munro era uno de los pocos escritores que se salvaba de la mirada ácida e inmisericorde del autor. En el elenco de fatuos, ignorantes y ridículos personajes con los que tiene que relacionarse la reina de Inglaterra, convertida repentinamente en una lectora voraz, Alice Munro constituye una excepción, aparece como alguien de conversación agradable y cuyos libros lee Su Majestad con muchísimo gusto, lo que interpreto como una clara señal de admiración de Alan Bennett hacia la autora canadiense, semejante a la que le profeso.
Parecía llegado el momento de hablar de ella.
6 de agosto de 2008
De mano en mano

No es que me agrade que ese desconocido guíe mi lectura o me obligue a detenerme en pensamientos que a él le subyugaron y a mí me parecen irrelevantes, ni que me congratule el emborronamiento de los libros; lo que me conmueve es descubrir las marcas de una experiencia intelectual, los gustos de un hombre con el que jamás me he cruzado ni me cruzaré, el itinerario con que se fue enfrentando a las ideas que otro escribió. Desperdigadas por los libros que ahora son míos reconozco vestigios de una vida disconforme, de la curiosidad que la estimulaba y de las lecturas que la configuraron, y eso me enternece porque lo conozco de un modo que quizá no conoció ningún otro ser más próximo o de más confianza. Sin perseguirlo participo de algo que él no quiso o no intentó compartir, las señales de sus lecturas en soledad. Es eso lo que me cautiva de los libros usados, lo primero que busco en los libros viejos, de los que apenas me interesa la originalidad de la edición, su valiosa encuadernación o su antigüedad sino saber que esos libros pertenecieron antes a otros, que otros los manejaron antes que yo, que anónimos lectores, lustros o siglos antes, dejaron en ese ejemplar el rastro de su tiempo y de su inteligencia.

Aunque ignoro todo sobre ese lector, me siento unido a él por un vínculo que nada tiene que ver con la sangre o la geografía, sino con el deseo y los gozos de la lectura.
3 de agosto de 2008
Gente que lee (III)
Gabriel Zaid
1 de agosto de 2008
Literatura ambiente
En el número 15 de la calle San Matías, en Granada, el arquitecto restaurador del edificio ha dejado en la fachada un rastro de su admiración por Juan Ramón Jiménez. Las palabras grabadas -Donde está la ilusión allí está el mundo- pueden ser tanto una declaración sobre su trabajo como un aviso a caminantes. En cualquier caso es la reivindicación pública de una actitud ante la vida.
Y así sucesivamente.
Me gusta comprobar que las palabras en las ciudades no sólo sirven para anunciar, prohibir u ordenar, sino para recrear la vista y hacer más grato el paseo.
29 de julio de 2008
Lugares para leer III
Después iba colocando las páginas del libro clandestino para hacerlo "legal" frente a los cacheos. Y así el Canto General, bajo las tapas protectoras de un libro de versificación y poemas religiosos, pasó de mano en mano, como un pan necesario, encendiendo nuestra voluntad con sus versos maravillosos. Así teníamos nuestros libros camuflados.
[...] Los libros de María Teresa y de Alberti, que acabábamos de recibir en la prisión, después de camuflarlos, como hicimos con el Canto General de Neruda, circularon entre nosotros y se realizaron lecturas colectivas de sus poemas, explicando a la vez el gran papel que ambos jugaron durante nuestra guerra y especialmente en la salvación del Patrimonio Artístico Nacional."
Marcos Ana, Decidme cómo es un árbol.
He seleccionado este fragmento por dos razones. La primera, de acuerdo con el sentido general de estas entradas, para mostrar las dispares situaciones en las que tiene lugar la lectura, la voluntad irreductible de quienes sienten la necesidad de practicarla porque en ello les va la vida. El testimonio de Marcos Ana, que es el seudónimo literario (y ya casi su nombre) de Fernando Macarro Castillo, y que él ideó uniendo los nombres propios de sus padres, pertenece a un período sombrío de la historia de España. Lo que relata ocurre en la malhadada prisión de Burgos en los años cuarenta del siglo XX, pero ese episodio atestigua algo corriente aún en nuestros días y en cientos de lugares del planeta. La censura y la cárcel siguen siendo la respuestas despiadadas de muchos gobiernos al ansia de democracia y libertad pública de expresión de los ciudadanos. Los prisioneros políticos de la dictadura franquista, como los de cualquier tiranía antigua o contemporánea, consideraban la lectura un gesto de rebeldía, una afirmación de dignidad personal. Leer en el interior de una celda un poema o un ensayo filosófico o una novela constituía un modo sigiloso de evasión, de convencimiento de que la mente, pese a todo, seguía libre.
Y hay un segundo motivo para la elección. Y es de índole estrictamente sentimental. Hay personas, unas más reconocidas, otras más anónimas, sin cuyo comportamiento ejemplar sería imposible entender la historia de la democracia en España. Marcos Ana, que ingresó en las cárceles franquistas con 19 años y las abandonó 23 años después, es uno de esos individuos sobre cuyo sufrimiento descansa nuestra concordia actual. Uno los admira y se siente agradecido. Les debe un reconocimiento que no siempre es posible manifestarlo públicamente. Con la selección de ese fragmento y la mención de su nombre creo estar haciendo un homenaje personal y también un modesto ejercicio de memoria histórica.
27 de julio de 2008
La fragilidad del silencio
Sus voces traspasan los cristales y me acompañan en estos menesteres. Y no se piense que describo una escena de fracasados sociales (algunos de los comparecientes llegan en coches de marcas nada proletarias) ni de marginalidad inculta (en no pocas ocasiones algunos de los asiduos se personan con sus mochilas escolares al hombro). Tampoco de una rebeldía oral contra el orden lingüístico establecido. Lo que sucede a mi lado es, simplemente, la expresión de un usual y consentido modo de relación colectiva. ¿Por qué en un país tan gritón y faltón como el nuestro habrían de crecer adolescentes apacibles y corteses? ¿Por qué considerar procaces esas conversaciones cuando tantos programas radiofónicos hacen de los improperios un arte y tantos programas televisivos basan su éxito en la impudicia y el escarnio? ¿Por qué exigirles a estos jóvenes lo que sus mayores no practican ni, acaso, valoran? Es, sin embargo, esa normalidad lo que me descorazona.
Si en cualquier circunstancia resulta penoso comprobar el grado de agresividad verbal, y a menudo física, que pueden exhibir los seres humanos, lo es aún más si eso ocurre mientras uno trata de hilvanar alguna reflexión en torno a los libros, las palabras, las emociones. Me asalta entonces la sensación de que hay algo que me distancia de ese grupo que vocifera al otro lado del muro y que nada tiene que ver con la edad, la condición social o la experiencia. Es algo más sutil, más complejo. Lo que hace que me sienta desanimado es el cuestionamiento que sus gritos hacen del modo que siempre he considerado mejor para construir el propio pensamiento, y que no es otro que la relación sosegada e intensa con las palabras, uno de cuyos más sencillos recursos es la lectura. Leer pide ensimismamiento, cavilar a solas, abrirse sin temor a las palabras de otro. Miro entonces a mi alrededor y acepto la fragilidad de mi silencio frente a la fortaleza de sus voces. Y pienso, no sin pesadumbre, que el universo de narraciones, versos, pensamientos, confesiones, crónicas, averiguaciones... que se alinea ante mis ojos les será para siempre ajeno. Algo que, con toda probabilidad, no considerarían una contrariedad, sino un alivio. Sus ruidos invaden irremediablemente mi habitación, pero es casi seguro que los conocimientos acumulados en esos libros no afectarán a sus vidas. Y eso me desalienta.
Mi desazón es inseparable de mi condición de profesor, pues lo que percibo es la señal de un fracaso. No me importa reconocer que aún considero la enseñanza como un medio de perfección humana y que, por lo tanto, me siento frustrado cuando compruebo que después de varios lustros de escolaridad el lenguaje de esos jóvenes sigue siendo profundamente banal y soez. ¿Tiene sentido entonces seguir empleando el tiempo en estas meditaciones librescas y literarias? Quiero pensar que sí, pese a todo. Lejos de abatirme, lejos de ignorarlas, esas voces deprimentes anclan mis pensamientos en la realidad y me reafirman en la convicción de que no es baldía la contienda, que es necesario, sin complacencias ni falsos apostolados, seguir proclamando que la lectura puede quebrar la inclinación natural a la brutalidad, que puede al menos poner almíbar en algunos ojos, en algunos oídos, en algunas bocas.
25 de julio de 2008
El teatro de los lectores
El resultado es la librería El Ateneo Grand Splendid de Buenos Aires.
En efecto, lo que desde 1919 fue el teatro Grand Splendid, promovido por el emigrante austriaco Max Glucksman, y que a lo largo del siglo XX acogió representaciones teatrales y de ballets, proyecciones cinematográficas, conciertos de tango y espectáculos musicales, es desde el año 2000 una librería. La arquitectura y la decoración primigenias han sido respetadas escrupulosamente -los palcos, las pinturas de la cúpula, las barandillas, las estriadas columnas, las molduras doradas...-, por lo que la primera impresión de cualquier lector es la de que ingresa en un teatro, sólo que en vez de butacas se encuentra con anaqueles y mostradores y sillones para leer. Porque esa librería, además de vender libros, actúa también como biblioteca. Nada impide que un lector se allegue a ella, escoja el libro apetecido o encontrado al azar y se siente a leerlo hasta acabarlo. Y nadie lo mirará sospechosamente si apila un montón de libros para pasar la tarde. Los palcos hacen el papel de reservados gabinetes de lectura, pero cualquier rincón o pasillo cumplen adecuadamente esa función.
El escenario, que permanece parcialmente oculto por el telón original, ha sido convertido en una cafetería. La antigua simbiosis entre café y lectura adquiere allí su más natural expresión. Es un espacio también para las tertulias o la presentación de libros. Todas las tardes hay además música en directo: un pianista, solo o acompañado por un flautista, pone banda sonora a la lectura tranquila o la conversación civilizada. Desde esa apacible atalaya se divisa un enjambre de lectores ocupados en lo que más les gusta: deambular entre estanterías, ojear libros, detenerse a leer. Parece entonces que se han invertido las tornas, que el espectáculo se desarrolla en el patio de butacas y la acción la protagonizan anónimos lectores que llegan solos o en compañía, recorren las distintas secciones, abren y cierran libros, se ensimisman en ellos, se sientan un momento en una silla, van en busca de otros libros, levantan la vista, piensan, abandonan el lugar. Es un movimiento continuo, improvisado y siempre cambiante que desde el escenario adquiere el sentido de una danza, de una vital representación teatral, pues allí se manifiestan día tras día todos los sueños, todas las expectativas, todos los descubrimientos que los libros son capaces de concitar y satisfacer.
9 de julio de 2008
Poesía y lectura III
LA ISLA DE KIRRIN
Los leías despues del viaje a la ciudad
sobre la cama, en junio o en julio sobre todo,
echada la persiana que dejaba filtrar
olor de albaricoques y pintura caliente
y una luz laminada verde oscura
sobre las bicicletas y los páramos,
las mochilas, las granjas,
el desayuno inglés, la isla de Jorgina:
historia fabulosa de una infancia
a punto de perderse. Porque una vez leídas
todas las aventuras de los Cinco
supuse que tenía que crecer.
¿De qué sirve ser niño, si luego en vacaciones
ningún bote te lleva a la isla de Kirrin?
Tal vez ya sospechaba que los libros
podían ser reloj o calendario
exacto y enigmático del cuerpo.
Aurora Luque. Problemas de doblaje
4 de julio de 2008
Contra el terror
El poema es de Wislawa Szymborska y está publicado en su libro El gran número. Es un alegato universal contra el terror, un retrato de la precariedad de la vida cuando el fanatismo político o religioso decide hablar con la muerte. Lo reproduzco a continuación.
UN TERRORISTA: ÉL OBSERVA
La bomba explotará en el bar a las trece veinte.
Ahora apenas son las trece y dieciséis.
Algunos todavía tendrán tiempo de salir.
Otros de entrar.
El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:
Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos están hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.
Ese más bajo tiene suerte y sube a una moto,
y ese más alto entra.
Trece diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo.
Sólo que de repente ese autobús la tapa.
Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.
Trece diecinueve.
Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.
Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba: la bomba explota.