30 de mayo de 2010

Me gustó

Ayer, justo al día siguiente de que los iPad se pusieran a la venta en España, tuve oportunidad de manejar uno en casa de unos amigos.

Ya sé que es un suceso minúsculo, pero si hablo de ello es para dar cuenta de las gratísimas sensaciones que tuve mientras lo usaba. El mero hecho de tenerlo en las manos ya producía placer y algunas de las aplicaciones que exploré me dejaron admirado. Sólo tuve ocasión de ojear (y de hojear también, pues las páginas de los libros en él contenidos se pasan como las hojas de un volumen de papel) algunas de las Rimas de Bécquer, algunos párrafos de Platero y yo y algún capítulo de Winnie the Pooh (sí, ya sé que el muestrario no es para tirar cohetes, pero eran los textos que estaban instalados en la biblioteca) y debo decir que la lectura fue sorprendente. La calidad de las imágenes, la luminosidad y la facilidad de uso animaron esa primera experiencia. No es mi intención hacer un análisis concienzudo de las características del iPad, simplemente quería que supieran que si el futuro de la lectura, que tan apocalípticamente se vaticina, dependiera de artefactos como el iPad podríamos los lectores estar muy, muy tranquilos.

Y ya que hablamos de las primeras experiencias con los iPad les aconsejo que vean, si es que aún no lo han hecho, cómo reaccionan una niña de dos años y medio y una mujer centenaria ante ese mismo dispositivo electrónico.

27 de mayo de 2010

Territorio eBook

Si están interesados en el mundo de la lectura digital y los nuevos soportes de lectura estoy seguro de que les gustará visitar la web Territorio eBook.

El proyecto, iniciativa de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, trata de investigar seriamente las repercusiones de los libros electrónicos en las bibliotecas y las prácticas lectoras. Sobre el futuro del libro o, para ser más precisos, sobre el libro del futuro, las interrogaciones son todavía más abundantes que las certezas y las alarmas siguen teniendo más audiencia que los razonamientos. No hay muchos estudios fiables y coherentes que nos permitan vislumbrar de qué modo se verá afectada la lectura en las próximas décadas con la sucesiva implantación de los nuevos dispositivos electrónicos: cómo leeremos en ellos, qué clase de textos acogerán preferentemente, qué tipos de lectores promoverán, para qué prácticas de lectura los utilizaremos, qué métodos pedagógicos serán necesarios en adelante... No ha transcurrido un tiempo suficiente desde la aparición de los libros electrónicos, o de los iPad, como para poder esbozar razonablemente el inmediato porvenir. Hoy por hoy, las especulaciones son más prolíficas que la reflexiones.

Por eso, proyectos como este Territorio eBook, que quiere indagar los efectos reales de los libros electrónicos en las bibliotecas, los centros escolares y las universidades, son especialmente oportunos y alentadores. A ustedes corresponde explorar ese territorio, pleno ya de sugerencias y consideraciones, pero les adelanto que uno de los aspectos que más me han llamado la atención es la naturalidad con que los lectores mayores, a los que se les supone más reacios a estos nuevos artefactos, acogen y usan los libros electrónicos. Sus manifestaciones desmontan muchos prejuicios que aún afectan a la lectura digital.

Estoy seguro de que van a sentirse algo más lúcidos al término de la exploración.

19 de mayo de 2010

Eres culpable si el tribunal ha decidido condenarte

«¿Es usted inocente?», preguntó. «Sí», dijo K. La respuesta a esta pregunta le causó una total alegría, en especial porque tenía lugar ante un particular, o sea, sin responsabilidad alguna. Todavía nadie le había preguntado tan francamente. Para saborear esa alegría añadió aún: «Soy completamente inocente.» «Bien», dijo el pintor, hundió la cabeza y pareció reflexionar. De repente, levantó la cabeza y dijo: «Si usted es inocente, entonces el asunto es muy sencillo.» La mirada de K. se enturbió, este supuesto hombre de confianza del tribunal hablaba como un niño ignorante. «Mi inocencia no simplifica el asunto», dijo K. A pesar de todo tuvo que sonreír y movió lentamente la cabeza. «Depende de muchas sutilezas en las que el tribunal se pierde. Pero al final saca de cualquier parte, donde al principio no había nada en absoluto, una gran culpa.» «Sí, sí, claro», dijo el pintor como si perturbase de un modo innecesario el curso de sus pensamientos. «Pero usted es inocente, ¿no?», dijo el pintor. No se le podía influir con argumentos en contra, lo único era que a pesar de su decisión no quedaba claro si hablaba así por convicción o sólo por indiferencia. K. quería comprobar eso en primer lugar, y por ello dijo: «Seguro que usted conoce el tribunal mucho mejor que yo, yo no sé mucho más de lo que he oído sobre él a gentes, por otra parte muy distintas. Pero todos coincidían en que no se hacen acusaciones a la ligera y en que una vez que el tribunal acusa está firmemente convencido de la culpa del acusado y es muy difícil apartarlo de esta convicción.» «¿Difícil?», preguntó el pintor levantando una mano. «Jamás se le aparta de ella al tribunal. Si yo pinto aquí a todos los jueces juntos sobre un lienzo y usted tiene que defenderse ante este lienzo, tendrá más éxito que ante el verdadero tribunal.» «Sí», dijo K. para sí, y olvidó que sólo había querido sonsacar al pintor.

[El proceso, Franz Kafka. Editorial Cátedra. Traducción de Isabel Hernández]

***

Es imposible no evocar El proceso
cuando uno piensa estos días en la muy perversa suspensión de funciones del juez Baltasar Garzón. A quien leyere ahora la novela de Franz Kafka por primera vez le resultaría muy difícil no relacionarla con la afrenta que sus compañeros de oficio le han infligido. El término 'kafkiano', tan
utilizado, se entiende muy bien a la luz de este caso. La sombra de Josef K. nos sigue acompañando.

"Pero, ¿qué ha pasado?", preguntan amigos desprevenidos. Y hay que explicar entonces a quienes no conocen bien la realidad española que lo que se ha venido considerando universalmente una ejemplar conquista de la democracia en nuestro país se ha sustentado en la aceptación colectiva del silencio y la indulgencia hacia la casta político-militar, económica y eclesial que gobernó durante el franquismo. Ningún torturador fue jamás juzgado o condenado aquí por sus vilezas (por el contrario, la mayoría siguió cobrando como funcionarios del Estado hasta su jubilación); ningún juez de tribunales represivos fue jamás reprobado por sus indignas sentencias (muchos de ellos continuaron juzgando en democracia); ningún ministro firmante de penas de muerte fue jamás repudiado públicamente (es más: alguno de ellos dicta aún lecciones de democracia como senador del Partido Popular); ningún alto mando militar fue jamás apartado del servicio por su adhesión incondicional a un régimen despótico (los mismos mandos del ejército siguieron ascendiendo en el escalafón como si tal cosa); ningún obispo fue jamás censurado por su connivencia agradecida con la dictadura (muchos de ellos siguieron impartiendo doctrina moral sin signos de arrepentimiento); ningún periodista fue jamás marginado por su servilismo y sus mentiras constantes (no fueron pocos los que siguieron escribiendo en los periódicos sin ningún rubor); ningún mangante fue jamás desaprobado por sus sucias prácticas empresariales o sus latrocinios continuados (muchas fortunas actuales tuvieron su origen en los negocios amparados por los jerarcas franquistas). Es decir, las brutalidades y las corrupciones de la dictadura quedaron sin castigo. Por supuesto, el pueblo que con tanta firmeza había apoyado a Franco dejó de gritar aunque no de añorar. Los españoles demócratas aceptaron el silencio, no el olvido, como su suprema contribución a la convivencia pacífica.

Y hay que añadir además que
la poderosa casta de políticos, jueces, financieros, obispos, periodistas, mafiosos, especuladores... proveniente del franquismo, así como la ciudadanía que la apoya y la vota, nunca se sintió responsable de los exilios o las muertes o los abusos o los fraudes que asolaron el país y en ningún momento dejó de acallar y acusar de rencorosos a quienes trataban de esclarecer la verdad y recuperar la memoria de las víctimas.

La venganza contra el juez Baltasar Garzón no puede separarse de esas viejas prácticas, aunque los mandarines de siempre se escuden ahora en leyes, códigos, sentencias. No crean, pues, otros argumentos que intenten justificar este atropello. Lo ocurrido es una mezcla onerosa de odios personales, resentimientos gremiales y revanchas ideológicas. Pues el origen del problema, ya lo saben, reside en que, a petición de cientos de familias, algunos de cuyos miembros aún yacen en fosas comunes o enterrados sin dignidad en las cunetas de los caminos, el juez Baltasar Garzón quiso investigar los crímenes franquistas como crímenes contra la humanidad, imprescriptibles por tanto. Algunos jueces, alentados por la fracción más reaccionaria de la derecha española, vieron llegada la oportunidad de dar un escarmiento a quien, entre otras actuaciones, había investigado recientemente una de las mayores tramas de corrupción política y económica de nuestra democracia, el caso Gürtel. Así es que, amparados en argucias legales, iniciaron un proceso judicial para juzgarlo y apartarlo de su puesto. Lo terrible, lo denigrante, es que lo hicieron a instancia de dos partidos ultraderechistas, xenófobos y totalitarios.

El daño que esa casta judicial ha causado a la democracia española
va a ser difícilmente reparable y las razones que han añadido al ya antiguo desprestigio de la justicia en nuestro país pesarán en la conciencia ciudadana durante muchos años. ¿Creen que a sus autores les importa ese descrédito? En absoluto. Se saben poderosos, se saben impunes.

Josef K. ya nos lo había advertido:

«Mi inocencia no simplifica el asunto», dijo K. A pesar de todo tuvo que sonreír y movió lentamente la cabeza. «Depende de muchas sutilezas en las que el tribunal se pierde. Pero al final saca de cualquier parte, donde al principio no había nada en absoluto, una gran culpa.»

12 de mayo de 2010

Amistad, muerte, poesía

Escribí la última entrada con apremio y angustia, sabiendo que de un momento a otro podía interrumpirla y posponer su redacción. Quería hacerla ese día, justo cuando se cumplían dos años desde las primeras palabras que escribí en este blog, pero temía que fuese imposible. La causa era que uno de mis más antiguos e íntimos amigos, Joaquín Gallegos Rosillo, estaba en una cama de hospital perdiendo la vida lentísimamente. En efecto, unas horas después, rodeado de algunas de las personas que más lo habíamos querido, murió.

Doy cuenta de la importancia que puede tener la literatura, la poesía en particular, en los dolorosos trances de la enfermedad y la muerte.

En los últimos tiempos, cuando la comunicación entre nosotros se fue volviendo más incierta a causa del cáncer, Andrea, mi mujer, fue estableciendo con él una sutilísima y distante conversación a través del teléfono móvil. No hablaban, no era necesario. Bastaban los SMS. Casi a diario, Andrea le enviaba un haiku o unos pocos versos a modo de salutación afectuosa y breve. Era un modo delicado de manifestarle nuestra disposición y nuestra proximidad, cuando ya la presencia física de los demás lo incomodaba un poco. Él respondía con el mismo código poético.

Cuando el pasado domingo hubimos de redactar la esquela pública anunciando su fallecimiento, la poesía nos ayudó de nuevo. Encabezamos la esquela, sobria y exenta de distintivos religiosos, tal como él había deseado, con unos versos de René Char, extraídos del libro El desnudo perdido, que él tenía en su biblioteca:

Solamente la vida nos mata. La muerte es el anfitrión. Libera a la casa de su cercado y la empuja al lindero del bosque.
Mozalbete sol, te veo: pero ahí donde ya no estás.

Y unas horas después, durante la ceremonia laica de despedida que organizamos en la Sala del Adiós del cementerio de Granada, también la poesía ocupó un lugar dominante. Nos parecía que los versos de Wislawa Szymborska, Dylan Thomas y Walt Whitman que utilizamos expresaban bien lo que queríamos decir, y decirle y decirnos, momentos antes de que su cuerpo entrara en el crematorio. Con estos fragmentos poéticos lo despedimos:

No existe vida
que, aun por un instante,
no sea inmortal.

La muerte
siempre llega con un instante de retraso.
En vano golpea con la aldaba
en la puerta invisible.
Lo ya vivido
no se lo puede llevar.

***

Y la muerte no tendrá señorío.
Desnudos los muertos se habrán confundido
con el hombre del viento y la luna poniente;
cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,
tendrán estrellas a sus codos y a sus pies;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar saldrán de nuevo,
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;
y la muerte no tendrá señorío.
...
Y la muerte no tendrá señorío.
Aunque las gaviotas no vuelvan a cantar en su oído
ni las olas estallen ruidosas en las costas;
aunque no broten las flores donde antes brotaron ni levanten
ya más la cabeza al golpe de la lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
las cabezas de los cadáveres martillearán margaritas;
estallarán al sol hasta que el sol estalle,
y la muerte no tendrá señorío.

***

Querido amigo, quienquiera que seas acepta este beso,
especialmente te lo doy. No me olvides,
me siento como aquel que ha terminado la tarea del día y se retira a descansar,
vuelvo a recibir uno de mis numerosos tránsitos, asciendo de mis avatares; mas otros indudablemente me esperan, otros esperan por mí.
Una esfera desconocida y más real que la que soñé, más directa, arroja sobre mí dardos que me despiertan. ¡Hasta luego!
Recuerda mis palabras, tal vez yo vuelva,
te amo, abandono lo material,
soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.
...
Lo mejor de mí quedará cuando yo no sea visible; para ese fin me he preparado sin tregua.

¿Qué más hay que me demoro y me detengo y me agazapo con la boca abierta?
¿Hay acaso un adiós definitivo?

Mis cantos han cesado, los abandono,
desde la mampara que me ocultó, me acerco a ti, sólo a ti.
...
Sé tan feliz como si yo estuviera a tu lado. (No estés demasiado seguro de que no esté contigo.)

***

Para cumplir el deber de amistad y memoria que ese día nos reclamaba, la poesía fue nuestra aliada. Los versos llegaron hasta donde el lenguaje cotidiano no alcanza o se muestra impotente e impostor. Ahí reside una de las potestades de la poesía, su incólume singularidad.

9 de mayo de 2010

9 de mayo de 2008

El día 9 de mayo de 2008, con tanta ilusión como incertidumbre, inicié la redacción de este blog. Pensaba entonces que era llegado la hora de utilizar un instrumento tan poderoso para ensanchar el círculo de interlocutores. Dos años y ciento ochenta y dos entradas después querría compartir algunas reflexiones sobre esta experiencia. Las deben entender como la expresión pública de algunos de los pensamientos que me rondan estos días. Un balance es una mirada al pasado, una forma de darle sentido a un experimento. También una forma de pensar el futuro.

Comenzaré por lo más elemental: las alegrías.

Aunque lo imaginaba, y hasta lo deseaba, no podía suponer hasta qué punto iba a suceder como ha sucedido. Poder conversar, aunque de modo breve y entrecortado, con tantos lectores anónimos, poder conocer sus pensamientos y sus emociones, sus gustos y sus consejos, es un motivo permanente de gozo. Tal vez no soy capaz de medir el alcance exacto de mis palabras, pero me bastan los ecos que percibo para sentirme satisfecho. No aspiraba a más. No pensaba en lucimientos personales, ni en una forma de promoción profesional, ni en hacer propaganda de tal o cual producto. Tan sólo deseaba compartir con más gente lo que acostumbro a decir en círculos reducidos. Ese objetivo se ha cumplido con creces, con el regalo agregado de numerosas palabras juiciosas, cordiales y valiosas que envían quienes generosamente se acercan al blog. Esa circunstancia, que tanto se aproxima a la idea que tengo del civismo, me hace muy feliz. Repito ahora aquí una palabra que con harta frecuencia escribo en las respuestas a los comentarios de las entradas: gracias.

Pero esas alegrías están entreveradas con incomodidades, dudas e incapacidades que me han creado malestar. Comentaré algunas de ellas.

He comprendido que resulta muy difícil armonizar el deseo de discreción personal con la redacción de un blog abierto al mundo. Hago esfuerzos denodados por evitar el uso del pronombre 'yo', pero no siempre lo consigo. Cuando eso sucede me siento molesto, fracasado. Temo que algún lector pudiera confundir la información con la jactancia y eso me pone nervioso. Por eso casi nunca hablo de lo que hago, de las ciudades que visito, de las conferencias que doy. Pero al mismo tiempo me parece que esa actitud pudiera ser una forma de desconsideración, de descortesía hacia los organizadores y los lectores. ¿Por qué habría de ser una petulancia el hecho de hablar públicamente de las sensaciones placenteras que he vivido tras un encuentro con profesores o jóvenes o familias o bibliotecarios en torno a la lectura? Ya sé que muchos lectores no se sentirían incomodados por un relato de esas actividades, pero no puedo evitar percibirlo así. Soy consciente de que eso limita las posibilidades del blog, de que esa actitud contradice la propia naturaleza de un blog, pero no sé actuar de otro modo.

No estoy dotado para la brevedad o el aforismo. Y eso es causa asimismo de malestar. Tengo una forma de pensar muy discursiva y tiendo por ello a escribir entradas muy largas. Cuando redacto algo sucinto siento que he ocultado algo importante. Me pesan más las supresiones que las aportaciones. Sé que esa proclividad a la extensión no casa bien con la esencia de un blog, pero no soy capaz de actuar en consecuencia. Confieso que uno de los propósitos para el futuro es ser más conciso, pero no estoy muy seguro de poder lograrlo.

Durante muchos años fui columnista habitual en algunos periódicos de mi ciudad. Vivía esa condición con una excitación y una responsabilidad abrumadoras. Cuando se acercaba la hora de entregar el texto semanal me sentía agobiado, temeroso. Mientras desconocí el rostro de los lectores escribí con más libertad y más ligereza. Pero conforme fui identificando a quienes me leían, a quienes aguardaban con ansiedad mi columna semanal, fui perdiendo seguridad y fui ganando en incertidumbre. No era fácil ir a una oficina o a un taller o a un colegio o a un comercio y escuchar de pronto un comentario sobre lo que había escrito unos días antes. ¿Cómo sobrellevar el hecho de que el carnicero de un supermercado o la enfermera de un hospital te leen y te agradecen lo que escribes? Para mí no era sencillo. Porque eso me iba obligando a escribir para ellos, a pensar mientras tecleaba el texto en no decepcionar al taxista o al compañero de trabajo que en un mismo día podían comentarte un artículo reciente. Hace unas semanas, en los prolegómenos de la presentación de la novela de Antonio Rodríguez Almodóvar, de la que les hablé aquí, se acercó una mujer desconocida y me mostró un álbum de recortes de antiguos artículos míos que conservaba con devoción. Me pedía una dedicatoria. Comprenderán que me pusiera muy nervioso. ¿Y quién no en su sano juicio? Me resultaba incomprensible y al mismo tiempo fascinante comprobar que alguien hubiera guardado palabras mías durante años. ¿Qué habían significado para ella y por qué las seguía conservando? Lo único que puedo decir es que esa clase de preguntas se convirtieron en su día en un agobio difícil de soportar. De hecho no lo aguanté y decidí descansar temporalmente. Pero lo que iba a ser un respiro se convirtió en realidad en una renuncia. El blog fue un modo indirecto y más relajado de regresar al espacio público.

Les cuento todo esto para que entiendan que me tomo muy a pecho la redacción de cada entrada, que no soy capaz de frivolizar, que me siento muy contrariado cuando alguna circunstancia me impide escribir con regularidad. Pido disculpas por esta manera de actuar. Me desasosiega la sombra silenciosa de los lectores, aunque desconozca su identidad.

Y he aquí el otro gran fantasma que me abruma: el tiempo. He comprendido que un blog requiere muchas horas, muchas atenciones. No siempre dispongo de esas horas necesarias. Y cuando no escribo me siento mal, peor cuanto más tiempo pasa entre una entrada y otra. Y esa dilatación es otra causa de inquietud. Admiro a quienes son capaces de afrontar diez asuntos a la vez. No es mi caso. Si estoy concentrado en una tarea soy incapaz de distraerme en otra. Y si las circunstancias vitales te reclaman, no escatimo esfuerzos. Por eso habrán notado algunos silencios prolongados. No crean que no me pesan. Pido, por tanto, disculpas.

Bueno, así estoy: feliz y preocupado, con ánimos y con incertidumbres, pensando el pasado e imaginando el futuro. Me siento ante todo un hombre afortunado, con muchas razones para estar agradecido.

4 de mayo de 2010

Desde el principio

Proliferan las iniciativas para hacer que los libros formen parte de las vidas de los bebés desde su nacimiento, como lo hacen los biberones o los peluches. Son proyectos que tratan de implicar en la promoción de la lectura a todas las personas que rodean y cuidan a los niños, desde los padres y los maestros a los pediatras o los bibliotecarios. Los nombres de esas iniciativas son demostrativos de sus principios: nacemos para leer y nadie por tanto debería quedar excluido de ese don. La lectura se presenta así como una prueba de afecto, como una tarea comunitaria, como una forma de bienvenida al mundo.

Les doy cuenta, por si no las conocen, de algunas de esas iniciativas.

BOOKSTART



BORN TO READ



ACTIONS CULTURELLES CONTRE LES EXCLUSIONS ET LES SEGREGATIONS (ACCES)


NATI PER LEGGERE

NASCUTS PER LLEGIR

27 de abril de 2010

Una manera de ser feliz

La semana pasada, en un pasillo del CEIP Pilar Izquierdo, de Híjar (Granada), al que generosamente fui invitado para hablar sobre la participación de las familias en el desarrollo de la lectura y conocer de paso las numerosas y bien tramadas actividades de todo el colegio en torno a los cuentos, descubrí un larga tira de papel que unas profesoras habían dispuesto para que los alumnos escribieran libremente qué significaba para ellos los libros. Sus anotaciones, aun no libres de frases tópicas, expresaban sus incipientes modos de construir ideas sobre la lectura. Me llamaron la atención las alusiones a la felicidad de leer. La vinculación que algunas alumnas establecían entre lectura y emoción me conmovió. Leyendo sus palabras reafirmé mi confianza en el porvenir de los lectores.




20 de abril de 2010

Hacer memoria

(Ya sé que no estoy obligado, pero siento necesidad de pedir disculpas por una ausencia tan prolongada como indeseada. Me disgustan estos lapsos de silencio, pero uno no siempre dispone libremente de las horas necesarias para atender este blog como pienso que merecen quienes generosamente se acercan a él. Espero que sean comprensivos con las debilidades de su autor.)

Comencé la semana pasada con una conferencia en un instituto de enseñanza secundaria y la terminé con la presentación de un libro en el marco de la XXIX Feria del Libro de Granada. Entre ambos actos aún hubo tiempo para participar en otras actividades, aquí y aquí. Las comentaré en otro momento, pues de lo que hoy quiero hablar es de un asunto que concierne al primero y al último.

Con motivo de la inauguración del I Certamen de Teatro Escolar Hermenegildo Lanz, puesto en marcha por el Ayuntamiento de Peligros, Granada, fui invitado a dar una conferencia en el IES Clara Campoamor de esa localidad. Los organizadores del certamen consideraban que sería interesante explicarles a los alumnos quién fue Hermenegildo Lanz y por qué era un nombre adecuado para encabezar un certamen de teatro. Mi intervención estuvo dirigida a los alumnos de 3º de ESO y trató de hacerles comprender el significado de la elección de un nombre, el carácter simbólico y celebratorio que posee.

El sábado tuve la satisfacción de presentar una excelente novela, Si el corazón pensara, escrita por Antonio Rodríguez Almodóvar. La narración, que se desarrolla en un imaginario pueblo sevillano, Villanueva de las Águilas, en los años posteriores a la Guerra Civil española, se centra en las relaciones de Curro, Rosa y Amparo, tres personajes dignos de recuerdo, tan bien imaginados que se convierten de inmediato en signos de un tiempo histórico.

Pero, ¿qué vínculo existe entre la conferencia en el instituto con la presentación de la novela de Antonio Rodríguez Almodóvar, aparte de que yo mismo participara en ambos actos? Pues sencillamente que los dos tenían que ver con la memoria histórica.

En la biblioteca del instituto, frente a los rostros todavía pubescentes de los alumnos de 3º de ESO, fui enumerando algunas vicisitudes de la biografía del profesor y artista Hermenegildo Lanz, que iluminaban a su vez la historia de España de la primera mitad del siglo XX. Brevemente diré que Lanz fue uno de tantos jóvenes que se esforzaron en transformar el país en las primeras décadas del pasado siglo, que vieron en la proclamación de la República la oportunidad para cumplir viejos sueños de democracia, justicia social y progreso educativo y cultural, que padecieron posteriormente el zarpazo brutal de la guerra y la dictadura (unos murieron en los campos de batalla, otros se exiliaron, otros, como en el caso de Lanz, sufrieron las humillaciones, privaciones y arbitrariedades dispensadas a los perdedores que permanecieron en el país). Como comprenderán, no es fácil hablar con adolescentes sobre el pasado, y menos aún de ese oscuro pasado, pero pienso que la experiencia fue muy fecunda. Los alumnos se mostraron interesados y atentos a lo que también les pertenece y con tanta frecuencia se les hurta. Tuvieron además la fortuna (fue una feliz sorpresa para mí) de que asistieran al acto el hijo, el nieto y el bisnieto de Hermenegildo Lanz. Pueden imaginar lo que significa para unas decenas de adolescentes que una persona octogenaria les hable en vivo de las penalidades de su familia y que el nieto de Hermenegildo Lanz les comente cómo la compañía de títeres que actualmente dirige es en cierto modo una encarnación de los sueños teatrales de su abuelo.

Hablando a los alumnos ratifiqué la vieja idea de que tenemos un deber de memoria con respecto a los jóvenes y que no ejercerlo incumple una de las elementales obligaciones éticas de los adultos: transmitir a las nuevas generaciones el conocimiento histórico de los horrores. Y estamos obligados a hacerlo por respeto a las víctimas y por respeto asimismo a los que empiezan a vivir.


Pienso que esa misma voluntad rememoradora anima la escritura de Si el corazón pensara. Amparado en la ficción, Antonio Rodríguez Almodóvar ha culminado una tarea que ejemplifica ese deber de memoria del que hablaba antes. En su caso es el deber del testigo, de quien padeció en su infancia y adolescencia las miserias morales y sociales del régimen franquista y necesita narrarlas para exorcizarlas. Y lo hace sabiendo que la literatura y el arte custodian bien la memoria, que la ficción y las narraciones pueden ser las más accesibles, las más emocionantes, las más duraderas portadoras de la minúscula historia (o de las minúsculas historias), pues en ellas se recoge, como afirmaba Claudio Magris, "lo que se queda en los márgenes del devenir histórico, dando voz y memoria a lo que ha sido rechazado, reprimido, destruido y borrado por la marcha del progreso". En efecto, Curro, Rosa y Amparo, que como tanta otras personas de aquellos años no fueron ni heroicos militantes contra la dictadura ni verdugos encarnizados, aparecen también como víctimas de un régimen militar que hizo del país una ciénaga de corrupción, penuria, vulgaridad, fanatismo, santurronería, brutalidad, hipocresía, inmoralidad. Y para ello se sirve el autor del lenguaje de la burla, la sátira, el sarcasmo, pues acaso sea ése el mejor recurso para retratar una época cuya sola descripción bastaría para entender qué es el esperpento. Una farsa que no oculta sin embargo la verdad histórica, cuya espantosas cifras jalonan el relato como señales de un territorio que tantos se empeñan en ignorar.

Recordar ante los adolescentes vidas silenciadas o inventar narraciones para preservar la memoria de la ignominia acaso sean dos formas paralelas de compromiso ético.

2 de abril de 2010

Libros y niños

El día 2 de abril, fecha de nacimiento de Hans Christian Andersen, fue declarado por el IBBY (International Board on Books for Young People) como Día Internacional del Libro Infantil con la finalidad de promover la lectura y el conocimiento y estima de una literatura todavía muy desconocida a pesar de su excepcional calidad artística.



Este año, la sección española del IBBY ha sido la encargada de patrocinar este día. El escritor Eliacer Cansino ha redactado el mensaje dirigido a los niños del mundo y el cartel conmemorativo es obra de Noemí Villamuza.

25 de marzo de 2010

¿Los jóvenes no leen?

Hace unas semanas, la Federación de Gremios de Editores de España hizo público el 'Informe de hábitos de lectura y compra de libros' correspondiente al año 2009. Son cifras siempre muy esperadas, pues permiten conocer si aumenta o disminuye el número de lectores en España, un asunto que suscita no pocas ansiedades y algunos debates por lo general superficiales y superfluos. Para desilusión quizá de los amantes de las catástrofes el barómetro 2009 demuestra que el índice de lectores frecuentes y ocasionales en España no disminuye, incluso sube un poco el porcentaje de lectores frecuentes en comparación con los de años anteriores. Les aconsejo que consulten ustedes mismos el informe, pues contiene informaciones muy interesantes.

De entre todas esas informaciones querría destacar las que hacen referencia a la lectura de los más jóvenes. Como sabrán, uno de los tópicos más machaconamente repetidos en los últimos años asegura que los jóvenes no leen o leen cada vez menos. Es raro el encuentro o debate o entrevista sobre la lectura donde no se insista en el lamento. Luego, sin embargo, aparecen las estadísticas y demuestran lo contrario. He aquí la evidencia.

Sí, en efecto, el 91,2% de los niños entre diez y trece años lee habitualmente. Y si se fijan con atención, el porcentaje de lectores de esas edades que lee diaria o semanalmente no deja de aumentar. Y si nos referimos a los lectores entre 14 y 24 años, las cifras son igualmente claras: el 70,5% de la población comprendida entre esas edades son lectores frecuentes u ocasionales. ¿Por qué se mantiene entonces la cantinela de que los jóvenes no leen? Quién sabe. Quizá por desidia intelectual, por interés, por comodidad, por necesidad de cargar sobre los jóvenes los fracasos de los adultos... Porque el problema, como demuestra el cuadro que sigue, no es la lectura de los jóvenes, sino la lectura de los adultos.

Sí, son los mayores los que no leen. O, al menos, no leen en la misma medida que se exige que lo hagan los niños y los jóvenes. Esa decadencia tan acusada es lo que debería en realidad preocuparnos. Las causas de ese declive no vienen ahora al caso, pero esa evidencia debería servir al menos para abandonar de una vez por todas la manida afirmación de que "los jóvenes no leen", porque es falsa e inmerecida.

Hay, en efecto, muchos tópicos sobre los jóvenes y la lectura que considero injustos. Hoy mismo he tenido una experiencia con estudiantes del IES Albariza, de Mengíbar (Jaén), que me refuerza en la idea de que los jóvenes no son reacios al mundo de los libros y que les interesan mucho las reflexiones que sobre la lectura se les pueda hacer. Pero de eso les hablaré en la próxima entrada.

18 de marzo de 2010

Sobre el cerebro

Como sabrán, del 15 al 21 de marzo se celebra en numerosos países del mundo la Semana del Cerebro, incentivada por la Fundación Dana, encargada de promover la difusión pública de los conocimientos que sobre el cerebro se van realizando. Seguro que en sus ciudades podrán encontrar alguna actividad relacionada con esta celebración. El Parque de las Ciencias de Granada, una institución modélica de la que algún día les hablaré con detenimiento, ha organizado diversos actos al respecto.

Con motivo de la Semana del Cerebro, me gustaría recomendarles algunos libros que podría interesarles. Son libros muy diversos, que dan cuenta de la multiplicidad de miradas que admite el cerebro, es decir, nosotros. Es un territorio cuya exploración resulta apasionante. Junto a la portada, les reproduzco un breve párrafo de cada uno de ellos.

(Cuando empecé a escribir este libro, descubrí algo interesante sobre la neurociencia y la ética: no siempre se mezclan. Me he pasado la vida en laboratorios, buscando verdades verificables, reproducibles, incontrovertibles, sobre el funcionamiento del cerebro. Muchos de mis descubrimientos, así como los de otros investigadores, han influido en mi visión del mundo. Decidí escribir este libro porque creía que los datos concretos de la neurociencia podía y debían influir en muchas cuestiones éticas. El cerebro ético. Michael S. Gazzaniga)

(Pero ahora estamos listos para la mayor revolución de todas: la comprensión del cerebro humano. Sin duda será un punto de inflexión en la historia de la especie humana, puesto que, a diferencia de esas primeras revoluciones científicas, ésta no atañe al mundo exterior ni a la cosmología, la biología o la física, sino a nosotros mismos, al órgano que ha hecho posible estas anteriores revoluciones. Los laberintos del cerebro. V. S. Ramachandran)

(El conocimiento que tiene el cerebro humano de su entorno jamás está disociado de los esquemas de acción por los cuales actúa sobre este entorno. El arte es un acto de apropiación sobre el mundo, como el de un músico que interpreta una partitura. Surge de la fuente del deseo, en el seno de un conjunto de sensaciones portadoras de sentido. Es patético y conmovedor en la medida en que expresa los elementos emocionales que, al igual -sino más- que los elementos lógicos, determinan la esencia del hombre. En él, de forma específicamente humana, en un arranque de animalidad, estallan la alegría y el sufrimiento, que son las modalidades primeras del ser en el mundo. Viaje extraordinario al centro del cerebro. Jean-Didier Vincent)

(¿Cómo, sin la conciencia, sabría usted cómo se siente? Ésa es la función de la conciencia. No es sólo intrínsecamente introspectiva, sino que también es intrinsecamente evaluativa, asigna valor. Nos dice si algo es "bueno" o "malo", haciendo que las cosas se sientan bien o mal (o en algún punto intermedio). Para eso es la conciencia, para sentir. (Y por eso los psiquiatras están interesados en modificar la producción química de estos núcleos centrales del tallo cerebral). El cerebro y el mundo interior. Mark Solms y Oliver Turnbull)

(Hoy en día, la Neurociencia sabe que cada ser humano experimenta sus propios placeres, que son en su intimidad diferentes a los que sienten los demás porque cada cerebro, en la finura de su estructura y funcionamiento, es diferente al de cualquier otro. Por eso, el mismo aparente placer, aquel de la buena comida cuando se está hambriento, la misma parecida sexualidad o en mayor grado el placer de contemplar la belleza de un cuadro de Velázquez es diferente y único en cada ser humano. Los laberintos del placer en el cerebro humano. Francisco Mora)

(Mi padre era carnicero, y yo pasé la mayor parte de mi niñez alrededor de la carne. A temprana edad aprendí cómo se ve el interior de una vaca; la parte que más me interesaba era el viscoso y arrugado cerebro. Ahora, muchos años más tarde, paso mis días –y algunas noches– tratando de descubrir cómo funcionan los cerebros; y lo que más quiero saber acerca de ellos es cómo producen las emociones. El cerebro emocional. Joseph LeDoux)

11 de marzo de 2010

Respuesta

Sendos comentarios de Chose y Lammermoor realizados a la entrada anterior me dan pie a reflexionar abiertamente sobre un asunto que también a mí me preocupa. Dada la importancia de lo que comentan me ha parecido más oportuno responderles con una nueva entrada.

Los lectores, en efecto, podemos incurrir en el error de pensar que quienes no leen carecen de algo fundamental, algo que por fortuna poseemos quienes sí leemos. Pero ese 'algo' es muy difícil de definir porque a poco que lo intentemos nos daremos cuenta de la inutilidad del esfuerzo. ¿Qué cualidades tenemos los lectores que los demás no tengan? ¿Don de palabra? ¿Inteligencia? ¿Sensibilidad?
¿Vocabulario? ¿Criterio moral? ¿Bondad? ¿Cultura? ¿Glamour? Es indudable que nada de eso nos pertenece en exclusiva. Algunos de los atributos que más podemos estimar, y que nos gustaría pensar que los proporcionan los libros, también los poseen personas que nunca han leído un libro y que incluso son analfabetas. Y, por el contrario, algunas de las tachas que aborrecemos salpican a muchos lectores. Estoy harto de ver a lectores egocéntricos, insensibles, desdeñosos, torpes, corruptos, oportunistas, groseros, mentirosos, vacuos... No creo descubrir nada nuevo en ese sentido.

Y con respecto a los textos, ¿qué podríamos agregar? La lectura de un texto no asegura en absoluto la adquisición de virtudes o conocimientos. Textos que hoy pueden parecernos anodinos conmocionaron en su día a miles de lectores, de la misma manera que es seguro que muchos textos contemporáneos serán leídos en el futuro con una sutileza desconocida en nuestros días. Por lo demás, un mismo texto puede dejar indiferente a un lector y modificar el pensamiento a otro, de modo que no son los textos en sí mismos los que promueven lecturas iluminadoras o determinantes. Tampoco en esto hay novedad.

Y aún cabe otra cuestión: Todos los lectores, por el mero hecho de leer un libro excelente, no se impregnan de las posibles virtudes que contiene. Y no es necesario recurrir al trillado ejemplo de las crueldades llevadas a cabo por los muy leídos y melómanos jerarcas nazis para entender que la lectura por sí misma no concede a nadie cualidades especiales, superiores a las de cualquier otro ciudadano no lector. Sería por tanto una torpeza de los lectores creerse diferentes a los demás, como si estuviesen ungidos por un don especial. La realidad es muy diferente. En las páginas de un mismo libro, pongamos por caso Guerra y paz de Tolstói, pueden coincidir los ojos inaugurales y expectantes de una adolescente, los ojos cansados y descreídos de un octogenario, los ojos analíticos y presurosos de una profesora, los ojos aviesos y corrompidos de un diputado, pero es seguro que ninguno de ellos leerá el mismo libro, aunque el volumen sea igual para todos. En cada uno de ellos el texto intervendrá de un modo diferente, incluso divergente. Quiere ello decir que la mera lectura no regala nada, no garantiza nada.

Aceptar eso supone considerar la lectura una actividad terrenal no un acontecimiento místico. A lo que deberíamos aspirar entonces es a considerar la lectura como una posibilidad de conocimiento y deliberación moral (dejo de lado la consideración de la lectura como pasatiempo: esa práctica no necesita defensores). Pero esa conquista, lo sabemos, depende básicamente del lector, de su modo de leer o, mejor dicho, de la disposición con que lea. Pero aun así, la lectura seguirá siendo una más de las muchas posibilidades con las que una persona construye sus actos y sus pensamientos, es decir, su vida.

Por eso no me gusta hablar de 'buenos' o 'malos' lectores en el sentido que les da C. S. Lewis en su libro La experiencia de leer. Hay en él expresiones e ideas con las que me identifico plenamente y otras de las que discrepo. No me gusta, por ejemplo, su sentido aristocrático de la lectura cuando habla de lectores con sensibilidad literaria y de lectores mediocres, tomando como referencia la apreciación del texto
(no olvidemos que quien escribe es un profesor universitario de los años cincuenta del siglo XX), como si la emoción o la ensoñación fuesen de inferior categoría. Un lector no es menos 'bueno' por el hecho de no captar o no interesarse por las cualidades literarias de un texto. Y no comparto desde luego su desconsideración de la lectura como conocimiento o su empeño por desvincular tajantemente la filosofía de la literatura. Pienso, por el contrario, que la lectura puede ser una fuente sutil de conocimiento y que la literatura puede promover la reflexión ética. En ese sentido estoy mucho más cerca de Iris Murdoch, también novelista y también profesora, como Lewis, en Oxford. Lástima que sus ensayos no sean tan conocidos como los de Lewis.

Así pues, como nada nos está asegurado, los lectores deberíamos extremar la modestia, sabiendo en cada momento qué podemos esperar de una lectura, con qué disposición deberíamos leer, qué estamos dispuestos a recibir de un libro.

¿Y cómo actuar entonces con los adultos no lectores? Pues mostrando siempre con pasión, que es lo opuesto a la prepotencia y el iluminismo, las posibilidades emocionales y cognoscitivas de la experiencia lectora. Y, por supuesto, aceptando que la renuncia a leer es, como la decisión de leer, un acto de libertad. Tal vez así, quién sabe, podría incrementarse el censo de quienes eligen la lectura para entender el mundo un poco mejor.

5 de marzo de 2010

A vueltas con la lectura

Siempre que leo un libro de Juan Domingo Argüelles tengo la sensación de estar leyendo pensamientos muy íntimos, ideas que estaban en mí como un embrión a la espera de palabras para manifestarse y que de pronto las encuentro perfectamente formuladas en sus libros. Más que de encuentro debería hablar en realidad de reencuentro, porque al leerlas tengo siempre la impresión de que ya las conozco. O mejor dicho: en ellas me reconozco. La serenidad, la cordura, la pasión, la ecuanimidad, el respeto... con que Juan Domingo Argüelles habla de los libros me resultan especialmente gratos.

Y como no conozco mejor manera de recomendar la lectura de un libro que hacerlo hablar, reproduzco a continuación algunas reflexiones contenidas en La letra muerta. Tres diálogos virtuales sobre la realidad de leer. Tengo la esperanza de que les inviten a leerlo.

...

Pienso que son necesarios el diálogo y el debate cordial sobre un tema que se da por sabido, sobre aspectos del libro y la lectura que también se dan por hechos, y sobre cuestiones de estadísticas y de índices de lectura que aportan muy poco a la comprensión de por qué unos leemos y otros no, y por qué los denominados "no lectores" sólo lo son en el sentido de no leer libros canónicos o autorizados, pero que sí tienen, indudablemente, experiencias de lectura que no respetamos porque nos parecen deleznables.

Todos los que leemos podemos decir y acuñar frases muy efectistas sobre la nobleza del libro y la lectura, sabiendo perfectamente que nadie las discutirá. Son lugares comunes que se oyen muy bien y nos dan una aureola de seres inteligentes y sensibles a quienes importa mucho el pasado, el presente y el futuro de la cultura impresa. Sin embargo, con no poca frecuencia, de esas frases derivamos conceptos excluyentes y soberbios porque estamos, a un tiempo, autosatisfechos como lectores y resentidos porque los demás no son como nosotros.

Es obvio que siempre será más fácil emitir y formular estos pensamientos sobre la nobleza del libro y la lectura, que conseguir que los demás entiendan el porqué de la lectura de libros y nos emulen en nuestra pasión. Por eso, son muchos los lectores y promotores que se desesperan y se exasperan y comienzan a emitir, junto a sus discursos sobre la nobleza de la lectura, otros que consideran complementarios, de carácter agresivo y despectivo acerca de los que no leen: "burros" es lo menos que les dicen.

Éstas son las concepciones que me parecen moral e intelectualmente indecentes e inaceptables; de ahí mi propuesta de un verdadero diálogo, es decir donde realmente nos escuchemos, para debatir esas cosas "positivas" que siempre damos por sentadas. A mi juicio, es importante que una satisfacción íntima no nos conduzca a un fanatismo despreciativo hacia quienes no tienen las mismas satisfacciones que nosotros los lectores.

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Entiendo el placer de la lectura como algo que puedo hacer cuando yo quiera y en donde se me antoje, y suspenderlo en el momento que desee. Los hábitos generalmente no admiten interrupciones ni posposición. Por algo son hábitos. En cambio las aficiones son otra cosa. Podemos jugar futbol hoy y la próxima semana no, porque en lugar de jugar futbol se nos antojó ir al cine o salir a dar un paseo. Es así como entiendo la afición por la lectura. Leer cuando se nos pegue la gana y suspender la lectura cuando se nos antoje.

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No nos engañemos: así como los confesionarios de las iglesias pueden estar llenos de analfabetos y no lectores, o de lectores únicamente de la Biblia y la doctrina religiosa, así las clínicas psiquiátricas y los consultorios de psicoterapia están llenos de escritores y de lectores. A estos últimos, leer libros (y aun escribirlos) no les ha conferido toda la felicidad. En el caso de los primeros, el hecho de no leer tampoco los ha hecho felices, pero es que los libros, por sí mismos, no sirven para esto: ni prometen ni garantizan la felicidad, del mismo modo que la vida sin libros y sin lectura, tampoco nos vaticina ni nos asegura la infelicidad. El destino de la vida no depende sobre todo de los libros, como nos quieren hacer creer los libroadictos militantes ensombrecidos por el resentimiento.

Sensatamente, no deberíamos hacer del precioso placer de la lectura, nuestra fuente inagotable de resentimiento. Es probable que los fundamentalistas de la lectura me reprochen la siguiente expresión provocativa formulada en forma de pregunta: ¿Qué nos importa, o por qué nos importa tanto, que si después de poner todo nuestro empeño o nuestro oficio profesional en tratar de "formar" lectores, constatamos que hay muchas personas a las que no les interesa en absoluto la lectura de libros como una acendrada costumbre y a veces ni siquiera como un pasatiempo ocasional?

Es una pregunta políticamente incorrecta, porque formulada así, con sinceridad, da la impresión de que no nos importa el bien del género humano. Pero, en realidad, lo que molesta (lo he comprobado) tanto en la pregunta como en el móvil de la pregunta, no es tanto el bien del género humano sino nuestro personal fracaso. Si no fuese así, ¿por qué nos lo reprochamos y se lo reprochamos a los demás? Si, después de todo, la gente no quiere leer, allá ella. Nosotros ya hicimos nuestro esfuerzo, en el mejor de los casos, gentil. Y si no tuvimos éxito es porque equivocamos la estrategia o porque no todo el mundo desea ser lector de libros, y su derecho le asiste.

...

20 de febrero de 2010

Otros ojos

Y pues hablamos de ojos en la anterior entrada, quisiera mostrarles otros que me siguen admirando.

Los primeros son los de una joven que escucha atenta una lectura, probablemente hecha por su madre. Lo que muestro es un fragmento del cuadro
Jungle Tales, cuyo autor es James J. Shannon. Aquí pueden ver el cuadro completo.

Si observan con atención, en los ojos de la niña que mira de frente están condensados todo el asombro, toda la sorpresa, toda la fascinación que las palabras de la literatura pueden provocar. No hay duda: los relatos hechizan, sobrecogen, dilatan la mirada.

La fotografía que sigue es del célebre fotógrafo y cineasta José Val del Omar y fue tomada en algún pueblo de la comarca granadina de La Alpujarra, entre 1931 y 1933, en los años en que Val del Omar documentaba los trabajos de las Misiones Pedagógicas, que como saben ustedes fue el intento más audaz de los gobiernos de la República Española por extender la cultura a los lugares más recónditos, más olvidados de España. La fotografía recoge el momento en que dos chicos del lugar descubren el cine. Están viendo por primera vez en sus vidas una película, algo que ignoraban incluso que existiera. Pienso que pocas veces nos es dada la posibilidad de contemplar el instante del estupor, de la incredulidad, del deslumbramiento ante lo que está sucediendo.


Y esa mirada estupefacta no sólo es patrimonio de la infancia. Fíjense en los rostros de los adultos y también la encontrarán. Las fotografías son del mismo autor y del mismo acto.

Como observarán, entre esas miradas antiguas y las de los niños de hoy apenas hay diferencias. Pasan los años, pero la emoción del descubrimiento que propician las palabras o las imágenes se mantiene intacta.

16 de febrero de 2010

Esos ojos, esos ojos

Manos amigas me hacen llegar un libro extraordinario, un libro que, con el pretexto de una experiencia de fomento de la lectura, recolecta un catálogo de rostros y miradas que nos encantan de inmediato con su pasión y su veracidad. Uno piensa que el acercamiento a la literatura debería ser siempre así de espontáneo, así de emocionante.

El libro, titulado Os ollos do Contomar, es digno de poseer y hojear sin descanso. El fotógrafo Manuel G. Vicente ha ido recogiendo pacientemente las expresiones de los asistentes a las actividades de lectura y narración de cuentos celebradas en las bibliotecas y aulas del Concello de Gondomar, en la provincia gallega de Pontevedra, y el resultado es una fascinadora colección de ojos expectantes y confiados. No dejo de mirarlo. Agradezco a los responsables de Espazo Lectura, artífices de esa iniciativa, el regalo que me han hecho. Y los felicito y los aliento de todo corazón.

Y si tienen ustedes oportunidad, háganse con el libro. Entenderán muy bien qué se quiere decir cuando se habla de asombro, emoción, maravilla, ensoñación, entrega... a propósito de la literatura y la lectura.

11 de febrero de 2010

Mientras tanto

¿Conocen esa sensación de abatimiento que de cuando en cuando nos asalta y nos resta fuerzas y ánimo para hacer otras cosas que no sea la atención a los problemas inesperados que fluyen como arroyos que unieran sus corrientes hasta arrastrarnos sin remedio?

Si así es, comprenderán entonces de qué les hablo si les digo que estos días de silencio no son fruto de la desidia o la falta de ideas, sino del desasosiego y la concentración prioritaria en esos asuntos que reclaman nuestra energía y nuestro tiempo y que tienen que ver con la salud y los padecimientos de personas que queremos, con los estragos de la vejez, con esos infortunios que resumidamente llamamos 'vida'.

Mientras se serenan las cosas, y como quien acude brevemente a una casa deshabitada para regar las plantas que comienzan a secarse, les dejo unas reflexiones de Norbert Bilbeny extraídas de su libro Ética para la vida y que reflejan bien algunas de las encontradas sensaciones que se tienen cuando se está al lado de un enfermo.

"En otras palabras, el dolor lo padecemos solos. La soledad del paciente es inevitable, por acompañado que esté. Los demás pueden padecer con nosotros, pero no por nosotros. Eso nos desconecta de ellos, pero permite que puedan ayudarnos mejor. Los necesitamos disponibles de este modo. No obstante, la soledad del sufrimiento es tan consustancial a este nuevo estado que los otros pueden llegar a estorbarnos con sus atenciones o su mera presencia. Les agradecemos su compasión y su ayuda, pero sabemos que no nos curan. ¿Para qué atenderlos en nuestros peores momentos? Al final, nos sobran. El sufrimiento aísla. Por eso no hay forma de asociar esta experiencia con nada positivo ni que tenga 'sentido'. Este se reduce a un solo signo: el negativo.

Sufrir lo es por partida doble. En primer lugar percibimos la molestia o el malestar que supone. Por ejemplo, el daño físico, el abatimiento moral. Pero tendremos que enfrentarnos con un tipo u otro de impedimento que el dolor y el prolongado sufrimiento conllevan. Hasta peor que el mal concreto va a ser el cambio de vida que le sigue, resultado de los impedimentos. El 'no poder' de ahora nos atormenta tanto como el mal y la aflicción del inicio, que, mientras tanto, continúan. Hay que suprimir actividades, sustituir hábitos, actuar mucho menos. El dolor duele y además no permite actuar. Negativo sobre negativo. [...]

Aunque la soledad con que se vive el dolor es inevitable, ya lo dije antes, cuanto menos sola está la persona que padece tanto más puede resistir su mal. El dolor en solitario es doble dolor. La compañía de alguien que nos quiere lo hace más soportable. Pocas experiencias unen tanto a las personas como pasar juntos el dolor o interesarse por calmar el dolor del otro."

1 de febrero de 2010

Cuento con libro 3

Hacía tiempo que no reproducía algún cuento relacionado con la lectura y la literatura. He pensado que era hora de recuperar esa costumbre. En esta ocasión recurro de nuevo a Luciano G. Egido, de quien hablé aquí hace unos meses. Del mismo libro que comenté entonces, Cuentos del Lejano Oeste, extraigo el titulado Adiós. Me parece un excelente e irónico ejemplo de voluntad lectora. Espero que su presencia en este blog no les parezca mal ni al autor ni a la editorial Tusquets.


Adiós


La única verdad es la literatura
Fernando Pessoa


Estaba condenado a muerte y los médicos le echaban de seis meses a un año de vida. Como es sabido el cáncer no perdona y ya era tarde para todo. Él ya se había hecho a la idea y había empezado a despedirse del mundo con una extraña resignación suicida. Hacía mucho tiempo que se había separado de su mujer y los hijos se habían desentendido de lo que le ocurriera. Sus amigos estaban muertos o vivían lejos y no quería darles el espectáculo de su agonía ni el golpe bajo de la crecida de sus remordimiento. Le hubiera gustado visitar por última vez algunos paisajes, que le habían congraciado con la naturaleza, y algunas ciudades donde había sido particularmente feliz, con toda la vida por delante para recordarlas. También hubiera querido encontrarse con algún viejo amor inolvidable, con alguna continuada manera de contemplar el mar, como la primera vez, y con algunos lugares, unidos a lecturas y a situaciones especialmente gratas. Pero todo le parecía irrealizable, porque exigía un esfuerzo que no se sentía con ganas de iniciar y menos de concluir.

Le quedaban los libros, más dóciles que su familia y más fieles que sus amigos. Los libros habían sido su pasión más fuerte y más duradera y los que habían ocupado la mayor parte de su pasado feliz. Muchas de las horas de su existencia, tan baqueteada y tan onerosa, las había pasado leyendo y en este ejercicio había aprendido todo lo que le había hecho falta saber. Arrastraba una deuda impagable con sus libros preferidos, inagotables, sorprendentes, luminosos, siempre cercanos. Podía señalar sin error la fecha en que cada uno de ellos había entrado en su biografía y el milagro que había esperado encontrar en el arcano interior de sus páginas cerradas. Recordaba la librería en que los había comprado y por supuesto el sitio exacto que ocupaban en su biblioteca. Le encantaba recorrerlos con la mirada, reconocer su título sin equivocarse y hasta acordarse de los avatares crueles de su encuadernación deteriorada. Coger alguno, hojearlo y comprobar los motivos de su adquisición, le producía un placer renovado, aunque a veces la memoria, después de tantos años, se resistía a completarlo.

Por eso quería despedirse de ellos, por gratitud, por obligación moral, por lo que si fueran hombres se llamaría honestidad. Aquel deseo era probablemente el trago más doloroso de su enfrentamiento con la muerte. Iba a romper una vieja lealtad de la que no quería deshacerse. Eran muchos años de convivencia y no podía llevárselos con él, allí donde fuera, para perpetuar sus débitos. Calculó el tiempo que le quedaba y no había ninguna posibilidad de leerlos todos otra vez, de resucitar las antiguas alegrías, sus descubrimientos definitivos, los oasis de su fertilidad. Un libro al día, incluyendo los domingos, le daría para muchos años. Se le escapó una lágrima de protesta infantil ante la confirmación matemática de la locura de su proyecto. No eran tantos; pero eran demasiados para el plazo disponible. Por lo menos tardaría de diez a quince años en terminar aquella vuelta de despedida que sería su adiós a la vida, con toda la conciencia de su caducidad y toda la pena de su valor inabarcable. En resumidas cuentas, no había derecho a aquella injusticia desaprensiva, que no respetaba ni los mínimos derechos de un hombre.

Escoger un libro, para iniciar la ronda, le costaba un disgusto, porque no sabía por cuál empezar. Leer algunos era dejar de leer otros y el tiempo apremiaba. Cada uno tenía su atractivo y el gozo de recuperarlo formaba parte de la felicidad prometida. ¿Cómo no despedirse de Proust, que le había desvelado el don de la mirada de la memoria? ¿Cómo olvidarse de Borges, que le había conmovido como un diamante tallado de una inteligencia artificial? ¿Cómo no releer a Faulkner, que le había enseñado a descubrir al prójimo, al negro que llevamos dentro? ¿Cómo irse sin haber vuelto por última vez a la luz mañanera de los sonetos de Petrarca? ¿Cómo no decirle adiós al pobre Don Quijote, perdido en las alucinaciones de su cerebro y de su tierra, de su marginación perpetua, de su obcecación suicida? ¿Cómo no recorrer el mundo a pie con Baroja, entre asperezas sentimentales? ¿Cómo abandonar al pobre Hamlet y dejarlo vagar a su albedrío sin una mirada de reconocimiento y de solidaridad? ¿Cómo no resucitar los convulsos sentimientos de Dostoievski, que tanto bien le hacían, aunque le dolían como un remordimiento? ¿Cómo renegar de Rilke y de su dolorosa lucidez? ¿Cómo resignarse a no volver a dialogar con Kafka, tan hermano, tan desgraciado, tan solitario y tan sufrido?

Los días pasaban y no se decidía por ninguno, hasta que cortó por lo sano y optó por el orden alfabético de una selección de sus clásicos amores y que fuera lo que Dios quisiera. Empezaría por San Agustín y hasta donde llegara. Se temía que no alcanzaría ni siquiera la Alejandría de Durrell y mucho menos el Japón de Kawabata y menos todavía el París de Zola. Fue una carrera contrarreloj. Notaba que la enfermedad le iba invadiendo, como el nivel del agua en los cántaros de la fuente. Pero seguía leyendo contra viento y marea, con el gozo renovado de siempre, con el ánimo de un heroísmo cotidiano. Su organismo luchaba no contra la supervivencia, sino contra el tiempo. Notaba que las fuerzas le abandonaban, sobre todo al acercarse el plazo fatal de los seis meses anunciados y descubrir que estaba todavía en Camus. Apuraba las horas de sueño y la luz de los ojos, con el solo paréntesis de la noche para ganar la paz de la lectura mañanera, que a veces se le hurtaba por un cansancio excesivo. No podía más. Pero no se rindió. Vivía exclusivamente para leer y los libros le hacían vivir, no sólo venciendo a la muerte, sino duplicándole el gozo de la precaria vida que le quedaba. Era penoso terminar un libro y esperanzador iniciar otro, que se encendía con la luminosidad de una mañana de verano.

El plazo definitivo del año se cumplió y esperó serenamente el desenlace con Garcilaso entre las manos y se dijo: «Que venga la muerte cuando quiera; pero me encontrará leyendo». Y no se murió, porque a veces los médicos no aciertan en la difícil previsión de las reacciones del insondable organismo humano. Y poco a poco empezó a creer en el milagro y leyó como si se drogara con una fruición renovada el Ulises de Joyce y hasta tuvo tiempo de coronarlo y cotejar la versión de Salas Subirat con la de José María Valverde. La furia irónica de Larra le vino como anillo al dedo para entretener la espera. A los dos años se enfrentó con La montaña mágica de Thomas Mann y consiguió llegar hasta el final, aunque le parecía imposible. El tiempo se dilataba para su satisfacción y los libros seguían acompañándolo en aquella carrera de fondo, que le dejaba sin aliento. A veces se desvanecía, se le iban las letras y se conformaba con acariciar el lomo de los libros, como si tuvieran piel humana. Aquellas interrupciones le parecían faltas a su deber, desfallecimientos de su moral. Cuando cerraba los ojos creía continuar leyendo de memoria. Los médicos estaban asombrados de aquella recuperación inexplicable.

Pasó por Melvilla, Novalis, O’Neill, Pessoa, Quevedo, Rulfo, Sade, Tolstói y cuando estaba entrando en Unamuno y creía que había vencido a la muerte, se murió.

27 de enero de 2010

Haití

Veo a diario las imágenes del terremoto de Haití, leo y escucho las informaciones que sobre las víctimas y los damnificados ofrecen los periódicos y las emisoras de radio y me desalienta comprobar las catastróficas consecuencias de una perversa combinación: la potencia destructora de la Naturaleza con las no menos destructoras obras humanas, que han condenado al país a un suplicio inacabable de pobreza, corrupción y desesperanza.

(Foto Cristóbal Manuel. Diario EL PAÍS)

(Foto Gorka Lejarcegi. Diario EL PAÍS)

(Foto Associated Press)

Las imágenes y las noticias me hacen recordar una novela leída hace algunos años, Palabra, ojos, memoria, relato casi biográfico de la escritora norteamericana Edwidge Danticat, oriunda de Haití. Es la historia de Sophie, una joven que reparte sus afectos entre su tierra natal y el país de acogida, que trata de conciliar los recuerdos y el porvenir, que pugna por equilibrar las herencias sentimentales de su familia y los requerimientos de sus propias emociones. Reproduzco a continuación tres fragmentos de la misma.

Jamás se lo dije a mi madre, pero aborrecía la Institución Bilingüe Maranatha. Era como si jamás me hubiera ido de Haití. Todas las clases eran en francés, excepto las de gramática y literatura inglesas. Fuera de la escuela éramos "los gabachos", encogidos en nuestros uniformes imitación-de-escuela-católica mientras los estudiantes de las escuelas públicas del otro lado de la calle nos llamaban "balseros" y "apestosos haitianos".

Cuando mi madre estaba en casa me hacía leer en voz alta los libros de texto de gramática inglesa. Las primeras palabras inglesas que leí sonaron como rocas cayendo en un arroyo. Luego, lentamente, las cosas comenzaron a adquirir significado. Había palabras que oía a menudo. Palabras que saltaban en conversaciones en criollo, como el último maíz en una máquina de palomitas al enfriarse. Palabras, entre otras, como televisión, edificio, sensación, que Marc y mi madre utilizaban cuando estaban en mitad de una acalorada discusión política en criollo. "Mwin gin you sensación. Tengo la sensación de que algún día Haití por fin levantará cabeza, pero cuando ocurra yo ya estaré muerta." Mi madre siempre era la pesimista.

Había otras palabras que también ayudaban, palabras que en francés eran casi iguales, pero que en inglés se pronunciaban diferente, nationality, alien, race, enemy, date, present. Estas y otras palabras me proporcionaban un contexto para las que no entendía.

Con el tiempo comencé a darme cuenta de que leía mejor. Respondía enseguida cuando mi madre me hacía una pregunta en inglés. Me convertí en anglohablante, aunque en la escuela no tuve ninguna oportunidad de alardear de ello.

- El saber acarrea una gran responsabilidad -solía decir mi madre. Mi gran responsabilidad era estudiar mucho. Durante seis años no hice otra cosa. Iba de la escuela a casa y de casa a la escuela. Y también rezaba.


***

Me sorprendió lo deprisa que ocurrió. El recuerdo de cómo todo se combinó para transformarse en una gran comilona. La fragancia de las especies guiaba mis dedos de un modo que no habrían conseguido ni las instrucciones más precisas.

Los hombres de Haití insisten en sus mujeres son vírgenes y tienen diez dedos.

Según tía Atie, cada dedo tiene un propósito. Así era como le habían enseñado a prepararse para ser mujer. Engendrar. Hervir. Amar. Cocer. Criar. Freír. Curar. Lavar. Planchar. Fregar. No era culpa suya, decía. Aquellos diez dedos habían sido bautizados antes de que ella naciera. A veces incluso deseaba tener seis dedos en cada mano, para así tener al menos dos para sí misma.

Yo controlaba las diversas cazuelas que había en el patio. El aire olía a especias con las que no había cocinado desde que, dos años atrás, me fuera de casa de mi madre.

***

- Te has convertido en una norteamericana -dijo-. No te culpo por ello. Sólo quiero darte un consejo. Come. La comida es buena. Es un lujo. Cuando vine a este país, engordé treinta kilos el primer año. Todas esas variedades de manzanas, todos esos helados... no podía creérmelo. Todas esas cosas que en Haití sólo comen los ricos, aquí las comía todo el mundo, estaban tiradas.
- La primera vez que te vi estabas muy delgada.
- Acababan de extirparme los pechos por el cáncer. Pero antes de eso, antes del cáncer, para mí la comida era una lucha. Toda esa comida a mi alcance y no poder tragármela toda. Tardé mucho en hacerme a la idea de que la comida no iba a agotarse. Cuando llegué, comía igual que comemos en Haití. Comía para el día siguiente, y para el otro y para el otro, en previsión de que en días posteriores no hubiera nada que comer. Me comía todo lo que tenía en reserva. Me despertaba, veía la comida que tenía guardada y me la comía.
- O sea, que lo que me pasa tampoco es tan anormal -dije.
- Eres diferente, pero no hay nada malo en ello. Yo también soy diferente. Quiero que todo vaya bien entre nosotras.