29 de octubre de 2010

Esperar la alegría

No sé si a ustedes les sucede lo mismo, pero hay momentos en los que uno se siente tan abrumado por el mundo que lo rodea, tan inerme ante la brutalidad y la estupidez contemporáneas, el triunfo universal de las mafias y la corrupción, las agresiones impunes contra los derechos sociales, la depredadora voracidad de los bancos y las agencias financieras, la sonriente desfachatez y las mentiras de los gobernantes, la desvergüenza de intelectuales pederastas que dan continuamente lecciones de moral, la miseria que no cesa..., que me da por pensar que las reflexiones sobre la lectura y la literatura son nimiedades, una ilusoria manera de entender la vida. En esos días siento que lo que uno hace tiene poco sentido, que los enemigos contra los que batallamos son tan invulnerables que la confianza en la potestad de los libros es una pura quimera. Cuando eso ocurre, me acucia la tentación del silencio.

Pero luego, como la luz entre las nubes tras la tormenta, reaparece el entusiasmo y el pensamiento oscuro se disipa. ¿Y si la defensa de los libros fuese en realidad una manera de decir no? ¿Y si leer fuese un modo de permanecer alerta y desafiante? ¿Y si la literatura fuese, en última instancia, una oposición al lenguaje trivial y embustero del poder? Pienso entonces que realmente es así y para recuperar el ánimo me bastan una sesión de lectura ante los niños del Hospital Materno Infantil de Granada, una clase bien dada ante mis alumnos, una conversación feliz con las personas que estimo, la lectura reveladora de una novela o un ensayo... En fin, el tipo de actos que ayudan a defender la esperanza de los zarpazos del cinismo o la indiferencia.

Así, los actos de homenaje al poeta Miguel Hernández que en estos días se convocan con motivo del centenario de su nacimiento me procuran también cierto alivio. Me reconforta comprobar que aquí y allá, en una escuela o en una biblioteca, en un programa de radio o una cafetería, brotan reconocimientos, modestas iniciativas que interpreto como gestos de denuncia y oposición.

Como recuerdo y como aliento, quiero traer aquí algunos versos de Miguel Hernández que proclaman la necesidad vital de la sonrisa, la risa y la alegría aun en los momentos más sombríos, de los que tanto él sabía.

Sonreír con la alegre tristeza del olivo,
esperar, no cansarse de esperar la alegría.
Sonríamos, doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad de ser vivo.

*

Herramienta es tu risa,
luz que proclama
la victoria del trigo
sobre la grama.
Ríe. Contigo
venceré siempre al tiempo
que es mi enemigo.

*

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

*

Fue una alegría de una sola vez,
de esas que no son nunca más iguales.
El corazón, lleno de historias tristes,
fue arrebatado por las claridades.

23 de octubre de 2010

Una sorpresa

En un viaje reciente a Serbia he descubierto algo sorprendente, al menos para mí. De las varias jóvenes que he conocido y que hablaban español la mayoría había comenzado a interesarse en nuestra lengua gracias a las telenovelas venezolanas y mejicanas y a las series televisivas españolas (me nombraron a 'Los Serrano', 'Los hombres de Paco', 'Un paso adelante'...). La verdad es que tenía vagas informaciones sobre ese fenómeno, pero nunca hasta ahora lo había comprobado de modo tan fehaciente. Me resultó fascinante la espontaneidad con que manifestaban que las primeras punzadas de afecto hacia nuestra lengua las habían sentido escuchando a actores y actrices que encarnaban personajes cuyo atractivo me resultaba sin embargo muy ajeno.

Uno tiende a pensar que los estímulos iniciales proceden de ámbitos literarios más elevados -un cuento, una novela, un poema, una canción...-, sin caer en la cuenta de que las palabras seductoras pueden aparecer también en la boca de tenderos cándidos o policías gritones. Al fin y al cabo, la sonoridad de las palabras es siempre la misma, estén en un poema de Jorge Luis Borges o en las recriminaciones de dos amantes despechados. Mientras escuchaba a las jóvenes serbias me reprochaba no haber pensado que las palabras que encienden una pasión pueden proceder de escenas que representan una conversación jocosa en un bar o una discusión entre una madre y su hija adolescente, a las que no habría concedido apenas importancia de haberlas escuchado como espectador. Pero, ¿acaso no tienen más viveza y más encanto esos diálogos que las simulaciones hechas en las aulas para aprender la gramática de una lengua?

Támara, una de esas jóvenes atraídas desde la pubertad por las series televisivas españolas, admiraba profundamente la poesía de Quevedo y aspiraba a estudiar un máster sobre literatura española. El itinerario que la había conducido a algunas de las cimas de la literatura en lengua castellana me resultaba a la vez chocante y admirable. Estoy pensativo desde entonces.

15 de octubre de 2010

Será la memoria

Cuando uno lee un libro que, por alguna razón, le conmueve profundamente siempre se hace la misma pregunta: ¿por qué no lo habré leído antes? Es un sentimiento absurdo, pues la felicidad sentida no habría sido más intensa de haberlo leído con anterioridad. Pero es inevitable pensar que, aun siendo la misma, esa felicidad debería haber llegado antes, como los buenos amigos o los buenos viajes, para gozarlos durante más tiempo.

Una vez más me ha ocurrido. He leído ahora El olvido que seremos, del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, y no he podido evitar la fatídica pregunta: ¿por qué no leí en su día este libro? Pienso que todo lo que estoy haciendo ahora -releer ciertos pasajes, hablar de él, recomendarlo vivamente- debería haberlo hecho antes, como si eso me deparara un deleite distinto.

De lo dicho se deduce fácilmente que la lectura de El olvido que seremos me ha cautivado. Durante unos días he permanecido absorto en una vida real que, gracias a la escritura, adquiría la cualidad de un personaje literario. La vida de Héctor Abad Gómez, un prestigioso médico colombiano, luchador notorio por los derechos humanos, asesinado en 1989 por un grupo paramilitar (a estas alturas aún no se conocen los nombres de los sicarios ni de los instigadores) a causa precisamente de sus ideas y de su compromiso cívico, se me ha presentado con los atributos de una figura de ficción, al contrario de lo que suele suceder cuando uno lee una novela. Y la causa no es otra que el emocionante, luminoso y admirativo relato que su hijo, Héctor Abad Faciolince, ha escrito en recuerdo de un hombre generoso y vitalista, cuya inteligencia iba pareja a su sentido de la decencia y la defensa de la dignidad humana.

La literatura se presenta en este caso como una aliada más que como un adversario. Esa vida admirable podía haber quedado distorsionada, sin relieve, si hubiese sido narrada con un estilo ramplón o hagiográfico, que habría sido lo mismo, pues en ambos casos la biografía de Héctor Abad Gómez hubiese parecido irreal. En cambio, la escritura exquisita y ardiente de Héctor Abad Faciolince, llena de matices y recodos, atravesada por la sinceridad y el amor, otorga a la historia de su padre la cualidad de los grandes relatos.
El tributo al padre se convierte así en una narración que se lee con el mismo fervor que se lee una novela, con el mismo arrobo ante el protagonista que despiertan los grandes personajes inventados. El hijo ha conseguido que el lector acabe cautivado por el padre (así me ha ocurrido a mí). No cabe mayor homenaje. Uno lee el libro confirmando a cada página que la literatura puede hacer memorable una vida concreta y puede a la vez dar aliento a la vida de los lectores.

30 de septiembre de 2010

Otoño con libros

Tal día como hoy, 3o de septiembre, pero del año 1970, el poeta español Blas de Otero fechó el poema que reproduzco a continuación. He querido rememorarlo en estos días de tribulación y hastío. Es un homenaje literario y a la vez un recordatorio de aquellas personas íntegras que, aún en las peores adversidades, no se rinden y encuentran consuelo en los libros para continuar bregando, para seguir abonando la esperanza.


NO ME MOVERÁN

Cuando se alcanza la edad de los libros un poco amarillentos y
[manoseados,
y el cuerpo comienza a tropezar consigo mismo si intenta
[adelantar un paso más de lo establecido,
y hablamos con cierta gravedad y un poco de escepticismo y
[resignación,
entonces que no nos vengan con la declaración de los derechos
[del hombre,
los deberes de la mujer y la rebeldía de los jóvenes,
sabemos de sobra,
conocemos a fondo la marcha de los acontecimientos
en Vietnam, en Rodesia, en Portugal y en Puerto Rico,
nos limitamos a amar a una mujer y con un poco de
[distanciamiento a los hombres en general,
fui niño pisoteado por una cruz de palo,
muchacho alegre entre las calles de Madrid,
joven meditativo, y ahora alcanzo la madurez como quien un libro
[alcanza del penúltimo estante de la biblioteca,
verbi gratia, Fortunata y Jacinta que vuelvo a leer esta tarde del
[otoño
en que el mundo sigue enredado en sus propios hilos
manejados un poco abusivamente por dos poderosos trujamanes,
sabemos de sobra
que abunda la injusticia y sobran el hambre y la falta de libertad,
hicimos cuanto pudimos para evitarlo,
continuaremos leyendo a Galdós y manteniendo nuestra integridad
[de mera persona humana,
no me moverán
los sueños ni las imposturas,
prolongaré hasta el final el timbre de mi voz directamente dirigida
[a los hombres
y algún pedazo de pared que otro.

Blas de Otero, Hojas de Madrid

23 de septiembre de 2010

Entre Tolstói

He sabido de algunas muy buenas lectoras que este verano han dedicado horas y horas a leer novelas de Lev Tolstói. Han estado durante semanas enredadas en las atmósferas, las tramas y los personajes del escritor ruso, vagando como confiados viajeros en una metrópolis inabarcable y seductora. Todas, al término de sus lecturas, expresaban muy parecidos elogios hacia sus obras y mostraban el sentimiento común de una honda tristeza al abandonar esos espacios de ficción, como si hubieran sufrido una inmerecida expulsión del paraíso. ¿Qué empujaba a esas lectoras a perderse en los cientos y cientos de páginas de Ana Karenina o Guerra y paz? La conmemoración este año del centenario de la muerte de Tolstói ha podido influir en su elección, pero la fascinación sentida no creo que haya tenido mucho que ver con los reclamos de la actualidad. Esa atracción procede de las propias obras, de su viejo poder cautivador, de algo que va más allá de las urgencias del presente y sigue conquistando la atención y la emoción de los lectores de todo el mundo.

Quizá la explicación pudiera dárnosla Juan Eduardo Zúñiga, leyendo su libro
Desde los bosques nevados. Memoria de escritores rusos, que es un apasionado memorial de lector además de un homenaje a la literatura rusa. La lectura de los breves y conmovedores ensayos que componen el libro permite observar las cualidades de lector de un excepcional narrador. Sus confidencias nos atrapan con la misma fuerza que sus relatos. Y aunque habla de él, en realidad habla de todos nosotros. Las palabras que siguen inician el capítulo titulado Mujeres leídas, soñadas.

"Todos los lectores acariciaron el perfumado cuerpo de Anna Karénina. Todos besaron, seducidos, las manos de Tatiana o mantuvieron la mirada altiva de Grúshenka, la amante de los hermanos Karamázov. Así, muchos lectores de novelas rusas se enamoraron de mujeres soñadas. Al abrir el libro ellas les esperaban para acompañarles quizá durante meses, como radiante ideal femenino, esbozado en una novela o en un cuento y completado con la fantasía de todos los lectores de Gorki, Tolstói, Goncharov o Turguénev. En estos libros la mujer era emblema primordial y su persona subyugante llevaba al lector a reconocerse amante suyo. Durante años de incierta adolescencia y juventud, estas heroínas convivieron con ellos, fueron visitantes invisibles de sus casas, su presencia evocadora las convertía en remanso de ensueños. A ellas deben haber olvidado las penurias, los desamores, la mezquindad; imaginaban su apasionamiento, su belleza, su consagración a causas generosas y así aprendieron a amar y así compensaban no alcanzar nunca figuras tangibles sino simples quimeras.

Leían: en el capítulo V, un hondo desaliento aflige a una mujer -está sola, junto a una ventana, mira a la calle cubierta de nieve, las pobres casas de madera y, lejos, una iglesia de cúpulas doradas: está acaso en Riazán, en Vologda, en Penza-, aunque sus ojos estén secos su garganta se contrae; desea hundirse en la muerte, hundirse aniquilada en un abismo negro y terminar de soportar un sufrimiento diario, inacabable, humillante, pero impuesto por costumbres centenarias. Si pertenecía a la clase elevada, sólo la esperaba la ignorancia, estar encerrada hasta su matrimonio y luego dar hijos, hijos, la decrepitud ineludible. Si era de clase humilde, trabajar sin descanso y ser apaleada por el brutal marido, ajena al uso de los sentimientos.

En el lector de novelas rusas crecía un deseo de proteger a aquella mujer cuyo aislamiento indefenso le parecía reconocerlo como propio, pero la barrera entre su impulso y la irrealidad literaria frustraba siempre su propósito.

La ventisca en un camino solitario golpea el rostro de otra mujer: capítulo VIII; el bosque la rodea..."

16 de septiembre de 2010

Henry Miller habla de libros

Las citas que siguen son de Henry Miller. Está extraídas de Los libros en mi vida, una suerte de autobiografía de lector a la par que un ensayo sobre el valor de la lectura y la literatura. Es un libro que he leído siempre con mucho placer, picoteando en uno u otro capítulo, pues en cada página es posible encontrar alguna frase brillante, alguna confesión especialmente estimuladora. Aprendo mucho leyendo las opiniones de los lectores sobre sus propias lecturas, sobre todo de aquellos lectores que, como Henry Miller, poseen además el don de la escritura. Resultan muy reveladoras sus reflexiones. Lamentablemente es un libro que, por lo que sé, es ya una reliquia, un objeto propio de librerías de viejo. Si las frecuentan y se topan con él, no duden en comprarlo. Búsquenlo, por supuesto, en las bibliotecas.

.................

¿Que factor confiere vida a un libro?
¡Con cuánta frecuencia se plantea este interrogante! La respuesta, en mi opinión, es sencilla. El libro vive a través de la apasionada recomendación de un lector a otro. Nada podría estrangular este básico impulso del ser humano. A pesar de las opiniones de los cínicos y misántropos, sostengo que el hombre siempre se empeñará en compartir sus más profundas experiencias.

Mi debilidad es gritar desde lo alto de los tejados siempre que creo haber descubierto algo de vital importancia. Al terminar de leer un libro maravilloso, por ejemplo, casi siempre me siento a escribir cartas a mis amigos, a veces al autor y en ocasiones al editor. La experiencia se convierte en parte de mi conversación diaria, penetra en los alimentos y en las bebidas mismas que consumo. He dicho que esto era una debilidad. Puede que no lo sea. "¡Creced y multiplicaos!", ordenó el Señor. E. Graham Howe, autor de War Dance (La Danza Guerrera), lo ha dicho de otra manera, que me gusta todavía más: "¡Cread y compartir!". Y si bien a primera vista la lectura podrá no parecer un acto de creación, en un sentido profundo lo es. Sin el lector entusiasta, que en realidad es el equivalente del autor y muchas veces su más secreto rival, el libro moriría. El hombre que propaga la buena palabra, no solamente aumenta la vida del libro en cuestión sino también el acto de la creación misma. Sopla espíritu a los demás lectores.

Creo que están completamente equivocados quienes afirman que los cimientos del conocimiento o de la cultura, o cualquier otro cimiento, son necesariamente los clásicos que figuran en cualquier lista de los "mejores" libros. Sé que varias universidades basan todos sus programas en tales listas selectas. Sostengo que cada individuo tiene que construir sus propios cimientos. El hecho de que uno sea un individuo se debe a su singularidad. No importa cual haya sido el material que afectó vitalmente la forma de nuestra cultura, cada hombre debe decidir por sí mismo los elementos de la misma que habrán de penetrar en él para modelar su propio destino personal. Las grandes obras que son elegidas por las mentes magistrales representan sus preferencias exclusivamente. Está en la naturaleza de tales intelectos presumir que son nuestros guías y mentores designados. Puede ser que, librados a nosotros mismos, con el tiempo llegaríamos a compartir su punto de vista. Pero la forma más segura de conspirar contra ese fin es promulgar la lectura de listas selectas de libros, las llamadas piedras fundamentales. El hombre debe comenzar con sus propios tiempos. Debe familiarizarse ante todo con el mundo en que vive y participa. No debe temer leer ni demasiado ni demasiado poco. Debe recibir su lectura como recibe sus alimentos o su ejercicio. El buen lector gravitará hacia los libros buenos. Descubrirá por sus contemporáneos lo que sea inspirador o fecundo, o simplemente agradable, en la literatura del pasado. Deberá tener el placer de hacer esos descubrimientos por su propia cuenta y a su manera. Lo que tiene valor, encanto, belleza y sabiduría, no puede perderse ni olvidarse. Pero las cosas son susceptibles de perder todo su valor, todo su encanto y atractivo si nos arrastran a ellas tomados de los cabellos.

¡Vivían y me hablaban! Esto es lo más sencillo y elocuente que podría decir de los autores que me han acompañado a través de los años. ¿No es extraño decir esto si consideramos que, en los libros, tratamos con signos y símbolos? Así como ningún artista ha conseguido reproducir jamás la naturaleza en el lienzo, así tampoco ningún escritor ha sido capaz de darnos su vida y sus pensamientos en su totalidad. La autobiografía es el más puro de los romances. La ficción siempre se acerca más a la realidad que los hechos.

11 de septiembre de 2010

Homenaje a Leo

Las conmemoraciones suelen ser excusas para hablar de asuntos que, de un modo u otro, nos incumben. Eso hago hoy. Aprovecho que este año se celebra el centenario del nacimiento del escritor e ilustrador holandés Leo Lionni para manifestar mi admiración por su obra. La verdad es que aprecio todos sus libros, pero por encima de todos, dos: Pequeño Azul y Pequeño Amarillo y Frederick.

El primero, Pequeño Azul y Pequeño Amarillo, me parece una excepcional demostración de inventiva y sensibilidad. Contar una intensa historia de amistad usando como personajes tan sólo pequeñas manchas de color es un verdadero prodigio. Más aún si tenemos en cuenta el año de su publicación, 1959. He comprobado la facilidad con la que lectores muy jóvenes se identifican de inmediato con los colores,
viendo en el azul, el amarillo o el rojo a niños como ellos e identificando el conflicto emocional entre los colores protagonistas con sus propios sentimientos. Es uno de esos libros cuya posesión parece una exigencia inexcusable.

El segundo es Frederick, cuyo protagonista es, a mi juicio, uno de los personajes más sobresalientes de la literatura infantil contemporánea. Frederick, el ratón paciente y contemplativo, me parece la perfecta representación de la improductiva y a la vez imprescindible tarea del artista, de quien ofrece a los demás, reelaborados, dones tan inmateriales como palabras, colores u olores. La actitud serena de Frederick frente al frenesí laboral de sus compañeros, su generoso protagonismo cuando llega el invierno y todo a su alrededor es pura desolación, es un delicado manifiesto a favor de la libertad, la creatividad personal y la función colectiva de la cultura. Mis experiencias con él son igualmente conmovedoras. Otro libro que no debería faltar en las estanterías domésticas.

Aquí, aquí o aquí pueden encontrar más información sobre Leo Lionni.

3 de septiembre de 2010

Más sobre ciencia y literatura

Les ofrezco algunos fragmentos del primer capítulo de un libro que estoy seguro de que interesará a todos los amantes de la literatura. En España se titula Zorros, ciencia, erizos y literatura, un título que corresponde a uno de los capítulos del libro, pero que no es el original. En inglés se tituló Madame Bovary's Ovaries (Los ovarios de Madame Bovary), pero tal vez los editores pensaron que reproducirlo tal cual podía incomodar o despistar a los posibles lectores. No importa. Lo interesante es el enfoque que los autores David P. Barash y Nanelle R. Barash dan al análisis literario: entender la ficción con criterios darwinianos, es decir, considerando que los personajes de los relatos que tanto nos fascinan expresan a la perfección la naturaleza humana universal, y que nuestro interés por su suerte forma parte de los rasgos biológicos que nos identifican como seres humanos.

"Lo que explica que la obra Otelo se siga leyendo y representando quinientos años después de que Skakespeare la escribiera es precisamente que esa obra de teatro nos habla de algo que es atemporal y universal; no se centra en un hombre llamado Otelo, sino en nosotros mismos. Habla al Otelo que todos llevamos dentro: a la naturaleza humana que compartimos. La obra Otelo trata de un hombre celoso y, como veremos a continuación, los celos son una emoción especialmente fuerte y extendida en el género humano, una emoción ante la cual los varones son los más vulnerables. Por eso es correcto hablar de Otelo, Madame Bovary o Huckleberry Finn en presente: continúan vivos, por lo menos en parte, porque poseen características específicamente humanas que trascienden la obra magna en que fueron descritos. Sus tribulaciones, sus respuestas, sus filias y sus fobias, sus miedos y sus anhelos resultan en cierto modo reconocibles para todos los lectores, que pueden maravillarse ante ellos, coincidir o discrepar con ellos, aprender o escandalizarse de ellos.

Algunas personas se sorprenderán al enterarse (sobre todo aquellas que no estén al corriente de los últimos avances en biología), pero resulta que hay pruebas irrefutables de que gran parte de los elementos de la vida humana no dependen de la estructura social. En pocas palabras, aunque es cierto que la educación y las tradiciones culturales ejercen una influencia muy poderosa, también lo es que existe una naturaleza humana subyacente, válida de forma universal y característica del Homo sapiens. Las personas viven en entornos muy diferentes, según tradiciones y trayectorias culturales muy distintas, pero debajo de esa maravillosa diversidad hay algo que es igual de maravilloso, cuando no más: un hilo común de humanidad reconocible, hilado con ADN humano y compartido por todos aquellos que leemos y escribimos (así como por quienes no lo hacen). Los celos de Otelo, la rebeldía de Huck y las necesidades de Emma son sólo tres ejemplos de ese hilo común.
[...]
La naturaleza humana universal fue percibida hace ya miles de años por nuestros mejores narradores, desde los primeros autores del Mahabbarata hindú, el relato babilónico de Gilgamesh, o la Ilíada y la Odisea de Homero, hasta la Eneida de Virgilio y las palabras de Dante, Cervantes y Shakespeare. No obstante, hasta la aparición de Charles Darwin no se sentó la base científica de la naturaleza humana. A decir verdad, algunos de los avances biológicos más importantes no tuvieron lugar hasta pasado un siglo o más de la vida de Darwin, cuando se descubrió la base genética de la evolución mediante la selección natural y cuando se aclararon cuáles eran sus implicaciones para la conducta humana.
[...]
Hay algo que reconocemos al instante en unos rasgos tan básicos y tan obviamente naturales como el amor adolescente exaltado por las hormonas de Romeo y Julieta, la indecisión intelectualizada de Hamlet, la ambición mezclada con remordimiento de Lady Macbeth, el flirteo ebrio de Falstaff, la contundente decisión de Viola, la rabia impotente de Lear, o los celos de Otelo y la picardía propia de Puck. Y cuando este último concluye de forma admirable en Sueño de una noche de verano: "¡Señor, qué locos son los mortales!", el lector o asistente al teatro no puede sino darle la razón, porque en el fondo sabe cómo son los seres humanos, tanto los ficticios como todos nosotros.

Nuestro objetivo es demostrar que sí, efectivamente, existe la naturaleza humana, del mismo modo que existe la naturaleza del hipopótamo o la del halibut, e incluso existe la naturaleza del nogal americano. Y los mejores narradores han sido quienes han sabido plasmarla. Afirmemos, haciéndonos eco de Hamlet, que la literatura sostiene un espejo en el que se refleja la naturaleza, y dentro de ella, la naturaleza del ser humano. Eso nos llevará a afirmar que los entresijos de la biología evolutiva proporcionan unos instrumentos muy útiles a la hora de comprender la literatura y, de paso, de comprendernos a nosotros mismos.

En Zorros, ciencia, erizos y literatura fundimos dos mundos, el de la literatura y el de la ciencia, para demostrar que la ficción puede verse iluminada por la idea más importante de la biología (la evolución) aplicada en este caso al comportamiento humano. Confiamos en que nuestra disección de los ovarios de Madame Bovary, los celos de Otelo, la enajenación de Holden Caulfield y demás desvele una nueva forma de leer y comprender los textos literarios. No se trata de encontrar la 'única' forma, pues nuestra intención no es arrasar con todas las teorías literarias actuales en favor de la ciencia, sino proporcionar un enfoque nuevo, una herramienta que pueda resultar útil en el kit de elementos imprescindibles del lector. Nuestra premisa básica es bastante sencilla, aunque extrañamente revolucionaria al mismo tiempo: que las personas son criaturas biológicas y que, como tales, comparten una naturaleza humana universal y evolucionada. A esto debemos añadir nuestro segundo principio básico: que la psicología evolutiva, una ciencia sin duda no ficticia, está descubriendo por qué los seres humanos se comportan como lo hacen y además ofrece una mirada renovadora y gratificante aunque compleja tanto hacia el mundo de la ficción como hacia el mundo de la realidad. En sus manos tiene el lector el resultado: unas gafas nuevas para aquellos amantes de las letras que se sienten ávidos, perplejos o sencillamente curiosos y preparados para enfrentarse a algo nuevo."

28 de agosto de 2010

Verano y literatura X

ROSETTA, I

Cuando tu cuerpo
todo era distinto, inesperado y joven:
habitaban los ojos
rompeolas,
caballos,
pleamares
y era Agosto feliz y sorprendido
frente a nuestra pasión, frente al misterio.

Y qué fuerza en tus brazos,
qué parajes de fuego,
qué tormenta de luz, amada mía.
Mas he aquí, de pronto, que vinieron
los cuchillos del miedo a desnudar el frío,
a pretender herrumbres y cenizas,
y espaldas,
grupas,
lejos,
partiendo en dos la tarde.

Tempestades que alzaron,
borrascas que nublaron,
huracanes que vimos
llevarse nuestra casa como un copo de nieve.

Porque estábamos solos
comprendimos la luz de las ruinas,
los hierros retorcidos,
sin apenas un grito,
como si hubiese sido nuestra casa de siempre
aquel palo tronchado,
aquel espejo roto,
y vasos,
sillas,
naipes,
mirándonos allí desde el escombro.

Y entre los dos qué grande la montaña,
qué terribles los álamos y el río,
qué tremenda la calle
y el asfalto y el humo
y el silencio aterido sobre los pedestales,
espeso,
grande,
inmóvil.

En medio de la calle cesaba yerto el sol.

Javier Egea, Troppo mare

23 de agosto de 2010

Verano y literatura IX

LEBRILLÁN

Todavía no era el sol astro rey, pero llevaba ya intrigando lo menos dos horas, cuando, en casa de Lebrillán, comenzaban los preparativos para ir a la playa. Aún estaban los cierres a la calle entornados; sólo había señales de vida en el interior, en el huerto-jardín y en las ventanas y miradores que daban a él. Se recogían las esponjosas toallas de llamativos colores, los trajes de baño, se levantaba a los niños, Aurora, Juan, Estrella, Adelaida, Zulima, José; se obedecía la voz adormecida, en lenta marea alta, de la señora, y él, Lebrillán, se afeitaba despacio en pijama, iba a su entornado y fresco despacho a organizar cronométricamente una jornada de ocio, rompía o sustituía algún papel de la mesa, reparaba, pegándolo, el cuero despellejado de un sillón, subía con extraña fuerza, reptil, a las habitaciones altas, junto al palomar, para sorprender a Juana o a Dolores vistiéndose, volvía y se daba con lentitud una loción aromática, preguntaba por una camisa que había estado buscando sin encontrarla, salía al jardín, miraba al cielo, olía la albahaca, los jazmines morunos, el sándalo, escuchaba el agua caer sobre la alberca. El reloj de la catedral y el ingenuo de las clarisas iban jalonando y tensando los ritos, la afanosidad doliente, mecánica, de la casa. "¿Estamos ya?", se oía de vez en cuando. No, no estaban. La pregunta se repetiría cinco, seis veces, hasta que salieran todos, con aire sudoroso, pesado, hacia la playa. Y se olvidaba algo siempre. El olvido, esfumante, fatal, vivía con ellos. El olvido promovía los suspiros en aquella casa y variaba el destino de las horas.

Los niños con las criadas iban delante. Lebrillán, con su mujer, detrás. Al cuello llevaba su "Rolly Flex" último modelo y sus prismáticos, alemanes también, con espléndidos cristales Zeiss. La playa estaba cerca, pero todavía, mientras se desnudaban, dejaban los objetos de valor, se aguardaban en la caseta unos a otros, despedían a las criadas, que se bañaban aparte, los relojes de las torres iban sonando, más rotundos cada vez, como si campanearan en el mortero del sol.

Lebrillán paseaba por la playa con sus tensos y abultados carrillos, sus labios gordos, su frente estrecha mordida de pelo negro, duro y algo rizoso, sus ojos negros, ahuevados y como inocentes, cuyas niñas, un poco altas, parecían tirar siempre del labio superior, en el aire, pasmado; con su potra abundosa, temblequeante; con las curvas de su grasa, suave, amplias, pomposas; con sus pies chicos, señoreándose al andar a lo ancho más que a lo largo, en alpargatas chancletas con elástico en el empeine; con sus manos pequeñas, robustas y peludas, nerviosas. Siempre le acompañaban los niños.

Algunas veces condescendía a que el mar le probase, pero guardando las distancias, el mar ahí y él aquí, sin entrega, dando cerca unas cuantas brazadas, con superioridad, con desprecio, y volviendo a la orilla. Conocía bien el mar. El mar y él no habían estado nunca lejos, habían sido rivales toda la vida sin planteárselo, aún lo eran. El mar le conocía también; en cierto modo, le había criado; fue, cuando él era un tripa al aire, su reconstituyente.

En la playa había gente conocida. Gente que fisgaba a Lebrillán, al que sabían de Algeciras, niño sin escuela, aguador, vendedor ambulante, chatarrero enriquecido, que vivía, hacía ya muchos años, aquí, en la ciudad, en casa abierta al cielo, clausurada al mundo, aromada y recia, antigua, donde vivió la amante aristócrata de un garrochero. Casa de apasionada clausura, que hubiera servido igual como convento, como refugio del amor divino. Ahora Lebrillán era un vago. Un vago fabuloso que recibía al año tres, cuatro agentes, que venían a aumentarle la renta. Un vago que movía y saboreaba su lengua con imprecisas añoranzas. Un hombre como dormido que había tenido una estrella de cara o había despierto alguna vez. Sí, en la playa había gente conocida, pero también un mundo nuevo, un mundo para colarlo y apresarlo en los potentes cristales de los prismáticos o en la película pancromática, muy pancromática, de la "Rolly".

Siempre le acompañaban los niños. Porque la playa estaba llena de francesas, alemanitas, inglesas, holandesitas... Y catalanas. Y madrileñas... Lebrillán se llevaba las que podía a casa y formaba luego con ellas un mórbido, imaginario, harén de invierno. A todas no. A las mejores sólo, las más impúdicas y nórdicas, las de más reducidas piezas, las descuidadas, naturales o indiferentes. Se las llevaba en fotos. Pero incluyendo a los niños como pretexto. A sus hijos, que paseaban al lado de Lebrillán, distraídos unas veces, atentos al padre otras, como perrillos a la caza de buenas piezas. Más de uno, por distracción inoportuna con pérdida irreparable, se llevaba un pescozón diario. Y el padre le acuciaba moviendo la lengua con ansiedad:
- ¡Nene! ¿Quieres retratarte o no? Pues ¡venga!

Siempre caían tres, cuatro fotos limpias, menos domingos y festivos, en que la aglomeración metía en la cámara un torneado, caprichoso puzzle de hombros, brazos, piernas, niños. Había muchachas que iban a diario y, a fin de temporada, habían conseguido seis o siete posturas seductoras, siempre con los hijos de Lebrillán delante, detrás o a un costado. Alguna de las habituales salía, muchas veces, mirando de reojo a la cámara, con el entrecejo fruncido o aire de sospecha. O con un gestillo de asco hacia el fotógrafo, que era para Lebrillán, en los días largos y aburridos del invierno, la evidencia de su lucha estival, la constancia de su esforzada caza, el estímulo más eficaz de su admirativa ternura, la convicción de que aquella "pieza" tenía altísima feminidad, sangre arisca, rebelde, tal vez picante.

A la única muchacha local que Lebrillán no perdonaba nunca era a Carmencita. Carmencita era el "bombón" de todas las tertulias seniles que pasaban la vida mirándose en corro en las aceras o en los salones guateados, oscuros, de los "círculos". Carmencita era parte de la familia muy numerosa de un empleado municipal y Lebrillán la tenía retratada desde los trece hasta ahora, que iba a cumplir dieciséis. La seguía como a una planta de su jardín, imaginando sus aromas tibios, alabando su balanceo al aire, sabiendo su voz dócil, infantil, lejana, inventándole a su clara frente sueños oscuros, valorando sus rincones claros, jóvenes, en los que flores sensibles, duras y misteriosas, se recataban o se tendían incitando la timidez y la fuerza.

Una vez satisfecha la provisión diaria de fotos, entraban en liza los prismáticos. Lebrillán escogía un centro de operaciones, variable, se recostaba en su hamaca entoldada y, contando con la ayuda del mar, veía, al descuido, ínfimas parcelas de intimidad femenina. Los prismáticos eran expertos en arranque y bifurcación de senos, vellosidades, guedejas de cogote y sienes. Lebrillán acaso compensaba su antigua dedicación a la chatarra con el acopio de cuerpos tensos, nuevos.

Los niños que, salvo acuartelamiento repentino, quedaban libres a la hora de los prismáticos, estaban hartos de fotos. Porque un padre podía querer y perpetuar a sus hijos, pero no tanto. Tras la primera semana de playa, posaban ya distraídos, sudorosos, con ojeras, como obrerillos tristes mal pagados de un Faruk simplón, poderoso. Salían los pobres "trabajando". Y si, al principio, la inocencia no les dejaba entender, foto a foto, Juan, el niño mayor, fue dándose la vuelta y poniendo sus ojos en el objetivo último que perseguía Lebrillán. El padre, irritado, acabó concediéndole libertad absoluta, pero sus hermanos continuaban sujetos al incomprensible recuadro de la cámara.

Mientras, borrada en la playa, la mujer de Lebrillán esperaba segura de sus noches, compenetrada con las lunas, mirando con naturalidad al mar, con ojos fuertes, bellos, como oscuras y misteriosas joyas, con su carne joven ya ajada, extrañamente dulce, propicia.

Se iba el verano. Y pasado el momento de revelar las oscuras, excitantes horas del laboratorio, Lebrillán aburría las fotos que archivaba o perdía sin acordarse más. Sólo una o dos quedaban por su despacho; las que más le atraían sin saber por qué, las que, bajo su mirada, siempre ofrecían inagotable atracción. En el invierno estaban Juana y Dolores, a las que había que pellizcar y asediar, tal vez cogían una criada -una chiquilla- nueva; estaba el "círculo", la misa brava, empolvada, de los domingos en la catedral, los barcos en el puerto, los callejones que no duermen, el diario local y el de Madrid, el Banco, los desayunos del bar con tabaco y limpiabotas, los paseos, los bostezos, el palillo, el tiempo... Y el verano otra vez. Y la playa. Y Lebrillán que...

Medardo Fraile, Escritura y verdad. Cuentos completos

19 de agosto de 2010

Verano y literatura VIII

LA CALLE PANDROSSOU


Bienamadas imágenes de Atenas.

En el barrio de Plaka,
junto a Monastiraki,
una calle vulgar con muchas tiendas.

Si alguno que me quiere
alguna vez va a Grecia
y pasa por allí, sobre todo en verano,
que me encomiende a ella.

Era un lunes de agosto
después de un año atroz, recién llegado.
Me acuerdo que de pronto amé la vida,
porque la calle olía
a cocina y a cuero de zapatos.

Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo

15 de agosto de 2010

Verano y literatura VII

MUDA DE VERANO


He aquí a un sujeto que llegó al fondo de su yo a través de la ensalada de apio. Era un ser rodeado de cosas. Tenía un perro, cuatro hijos, dos coches, una mujer tan redonda como él mismo, un canario flauta, un jefe al que le olía el aliento, una bicicleta estática, una secretaria, un piso con terraza, una báscula al la que se la había saltado la aguja, un mes de vacaciones, una tarjeta Visa, un abono del Real Madrid, diversas porcelanas, fascículos y bandejas de plata, cuarenta y tantos años de vida, algunas arrobas de más y una mirada melancólica de buey. Estaba deprimido. Una masajista diplomada le pasaba la garlopa por los volúmenes del cuerpo y le sacaba virutas de manteca dos veces por semana. Era uno de esos gordos que hunde el catafalco del psicoanalista. Podía suicidarse, apuñalar a su señora, huir a Brasil con la nómina de la empresa o hacerse musulmán, pero él sólo deseaba meter la calva incipiente en el útero de su madre y convertirse en una carpa. Los señores, a cierta edad, suelen atravesar turbios lances de semejante estilo. ¿Ve usted a ese subsecretario tan mayor sentado en la poltrona de mando? En el subconsciente también quiere navegar como un salmonete en la tibia placenta de su mamaíta, llenarse el bigote con los grumos viscosos de esa mujer que está en el retrato ovalado colgado de la pared del comedor. La depresión es un estado de lucidez. Este sujeto del que hablo había alcanzado una etapa de la existencia en la que se ve con claridad la pequeña bazofia rutinaria que a uno le rodea. Se sentía atrapado por un mundo de cacharros familiares, de amores usados, de horarios sometidos. Jamás podría seducir a aquella adolescente rubia y amoral que le tentaba lascivamente desde el balcón de la playa con la pompa de chicle en la boca entreabierta. Ella fue tal vez el dispositivo que le hizo saltar la neura. Por otra parte estaba el psicoanalista.
- Sólo existe una fórmula -le dijo éste un día.
- ¿Cuál?
- Haz en cada momento lo que más te apetezca.
- Eso no es fácil. Tendría que causar mucho daño -contestó aquel hombre.
- No importa.
- Hay personas a las que quiero todavía.
- Avísalas. Llega con ellas a un acuerdo -le dijo el psicoanalista.

Después de varias sesiones en el diván comenzó a darle vueltas a una idea obsesiva: la falta de libertad produce cáncer. Aquella gorda que se pasaba los días bordando almohadones y comiendo pasteles, los hijos que parecían cuatro máquinas tragaperras, el jefe de la oficina que le echaba el aliento podrido en el pescuezo, las babuchas, la butaca raída por su inmenso trasero delante del televisor, el mes de vacaciones en Gandía con la sombrilla, los flotadores y los cubos de plástico; el tedio de media tarde dando lengüetazos en pantalón corto a un cucurucho de helado, seguido por la prole por la linda de la playa era el horizonte cerrado de este padre de familia, antiguo héroe del espacio con mechero Dunhill, convertido ahora en un volquete de tocino con los muslazos de paquidermo, el oleaje de la papada sumergido en la densidad de las tetillas y aquella barriga que doblaba la esquina cinco minutos antes que él. ¿Dónde tenía el yo? Probablemente, en el rincón más insospechado debajo de aquel montón de grasa.

Para mayor desgracia, fuera de su cuerpo era verano, un tiempo en que la gente trata de alargar el brazo hasta el infinito y sólo consigue atraparse por detrás el propio culo. En la mar había torsos juveniles de aceite que agitaban la inocencia del esperma, la sal de los ovarios recientes contra la luz harinosa. Ante la mirada de este cuarentón desvalido se sucedían relámpagos de carne en forma de cláusulas idealistas del cerebro, las muchachas bailaban en la arena sobre los dracmas perdidos, sobre los denarios enterrados en la orilla. Canoas de color naranja cruzaban por encima de ánforas naufragadas, y aquella adolescente del balcón no cesaba de tentarle lascivamente haciendo estallar la pompa del chicle en la boca entreabierta. Tenía un deseo feroz de transfigurarse, de cogerse a un asa de viento y subir a un cohete espacial que lo llevara a un lugar donde nunca más sintiera esa terrible ansiedad en el diafragma. En medio de la depresión, se contemplaba las grietas del vientre, se palpaba las varices (esos gusanos azules con nódulos que le trepaban por las pantorrillas), se miraba en el espejo las bolsas de pulpo, y entonces sólo quería huir; o apuñalar al ser más querido o meter la cabeza en el cubo de la basura; pero la mujer, casi tan gorda como él, llena de melindres, acababa de sacar la cena a la terraza.
- Cariño, aquí están los canelones.
- ¡Santo Dios!
- Tienes cochinillo de segundo -insistía llena de satisfacción la mujer.
- Acércame el pan, oye.
- De postre hay tarta de fresa.

La barriga le funcionaba a toda máquina. Se le había convertido en una hormigonera. Comía y odiaba. Se inflaba aún más, y luego los embutidos le sumían en una modorra poblada de sueños de lolitas desnudas, aparatos de gimnasia, aventuras galantes, viajes al trópico y anuncios de Martini. En el fondo de la postración, balanceándose en la hamaca, este sujeto recordaba la advertencia del psicoanalista: la única forma de librarse de la tenaza consiste en imponerse la obligación, como quien se toma una medicina, de hacer en cada momento lo que a uno le apetece, caiga quien caiga, por encima de las reglas sociales o los hábitos de la familia. Se trata de una apuesta entre la libertad o la desnutrición. Detrás de la angustia del hombre que se siente atrapado acecha siempre el cáncer. Él quería cambiar de yo. Estaba esperando una oportunidad para huir. Lejanas bahías azules, islas de cal con palmeras, veleros atracando en Amalfi, dorada juventud de venas palpitantes bajo los bronces carnales. Había acariciado la idea de quedarse solo durante el verano después de pactar una tregua. Podía haberse dejado el dálmata en la perrera municipal, mandar los hijos a un campamento, imaginar que a su mujer se la había llevado la grúa y él no la reclamaba; pero allí, en la terraza de la playa, estaba ella bordando almohadones, los niños gritaban y había que taparles la boca con un helado, el perro ladraba, y abajo, en el paseo, se veían cuerpos imposibles de alcanzar.
- ¿Me quieres todavía? -decía la mujer.
- Sí.
- Mañana te haré una fabada.
- Está bien. Cárgala de morcilla -decía el hombre entregado una vez más.

Quería escapar. ¿Dónde tenía el yo? Tal vez en el fondo del propio laberinto de mantequilla, a la sombra del bazo. Le quedaban algunas salidas: suicidarse, matar a su señora y huir a Brasil con todos los sobres de la empresa en compañía de una puta oxigenada. Le faltaba arrojo de ese calibre. Pero de pronto se le ocurrió la última fórmula de salvación. Decidió someterse a un riguroso plan para adelgazar. Sólo de este modo podría fugarse hacia dentro de sí mismo en busca de su yo. Comunicó la noticia a su mujer y ella, soltando un grito de súbita felicidad, le dijo que quería acompañarle también en ese viaje. La pareja de gordos penetró a continuación, con una alegría furiosa, en la alucinada marcha atrás de las calorías. Parecía una bobada, pero la obsesión por recobrar el esqueleto llenó de sentido toda una existencia. Se encontraba ante una filosofía con varias escuelas de peso ideal: el régimen de los astronautas, la dieta del pomelo, de los hidratos de carbono, del huevo duro, del grano de arroz crudo antes de dormir. Al día siguiente su vida se llenó de un panorama de alcachofas, espárragos, zanahorias, apio, remolacha, espinacas, judías tiernas, puerros, calabacines, lechugas, escarolas y en el horizonte vegetal veía bailando aquella adolescente del chicle que le incitaba imaginariamente a perderse con ella.

Nunca había experimentado una pasión tan desmedida. Acababa de iniciar las vacaciones, y para purificarse por completo se sometió durante tres jornadas seguidas a una cura de agua mineral con una infusión de té diurético. Lo había leído en una revista del corazón. La vejiga de este hombre comenzó a drenar pelotas de sebo; muy pronto, una cierta espiritualidad herbórea se le instaló en la cara y el fanatismo acabó por inundarle la cabeza con una especie de bálsamo. Se hizo un experto en tablas de calorías, pesos, medidas, grasas, proteínas y metabolismos. Sólo comía ensaladas con la devoción mística de una cabra, y de momento se sentía feliz. Era un explorador que se abría paso con el machete en una selva de verdura hacia la fuente de la eterna juventud. Un poco más y podría ponerse el pantalón del año pasado. En el cuarto de baño tenía una báscula con la que había establecido una intimidad erótica. Aquella aguja estaba bajando. La pareja entró en competición. Se desinflaba unos centímetros cada día, y por casa se oían gritos de victoria cuando caían las marcas. Su mujer le acompañaba en la huida, y actuaba de forma tan ascética, que prácticamente había clausurado el estómago. A veces corría la cremallera de la boca, se metía por el tubo una lechuga o un rábano y la cerraba. Estos dos globos sentados en sillones de mimbre en la terraza de la playa se deshinchaban en silencio con la mirada perdida en el infinito.
- Estoy encantado.
- Yo también, cariño -decía la mujer.
- Ahora me pongo de pie, miro hacia abajo y ya casi puedo verme las rodillas.

En la primera semana perdió un kilo diario y no sabía adónde iba a parar aquel alijo de grasa, aunque con él podía haber fabricado otro niño. En principio sólo notaba una ligereza debajo de los alerones. Comenzó a imaginar mundos exóticos, aquel espacio de belleza juvenil cuando él era campeón de salto de altura en el distrito universitario y las novias le mordían el cuello. En la vida siempre hay un momento estelar: ése en que uno decide huir o romper la soga, y este héroe dietético lo estaba consiguiendo. Dentro de poco alcanzaría a tocar con las manos el empeine sin doblar las corvas. Luego lograría levantar la rótula hasta las cejas. Después haría alpinismo, boxeo, lucha libre, yudo, natación, remo, y finalmente se compraría un equipo de tenis. Había una forma de escapar hacia dentro, de mudar la piel de serpiente, un método físico para cambiar de yo sin abandonar el sillón de mimbre. Bastaba con adelgazar hasta coger una silueta transparente y dejar la cabeza a los sueños de inmortalidad. Mientras tanto, la zanahoria rallada y el huevo duro hacían su trabajo, le iban esmerilando las fibras de magro y entonces unos pellejos como pergaminos comenzaron a colgar a modo de colada de los altos huesos del hombre; pero en este tiempo aún se reconocía en el espejo. Podía decirse que todavía era el mismo ser.
- ¿Me quieres? -le decía su mujer.
- Sí -contestaba él.
- En la farmacia venden un té maravilloso. Te lo tomas y meas ya las criadillas.
- Cómpralo.
- ¿Me quieres?
- Sí.

Después de un mes de brega alucinante con la dieta, al final de las vacaciones, la pareja también se reconocía mutuamente. Estaban todo el día juntos. Hacía el amor consabido. Incluso una ternura extraña había brotado entre ellos. Pero algo espiritual sucedía en aquella terraza. Habían perdido alrededor de treinta kilos cada uno y tenían la sensación de que sus cuerpos volaban hacia una lejanía contraria. La cadena de ganglios del hombre fue la primera en romperse. Aquella mañana en que la familia hacía las maletas para volver a la ciudad este sujeto sintió un breve estallido, como si una burbuja le hubiera reventado bajo las costillas. En ese momento se había producido en su persona un salto cualitativo. Se miró en el espejo y vio allí a un señor desconocido. La última ensalada de apio le había roto el yo. Cuando salió del cuarto de baño la mujer lanzó un grito de asombro en el pasillo.
- ¿Quién es usted? -exclamó llena de pánico.
- Soy Pepe. ¿Y usted? -pregunto él también alarmado.
- Leonor.
- Tanto gusto -trató el hombre de disimular.
- El gusto es mío -dijo ella.

El antiguo Pepe y la antigua Leonor regresaron a Madrid en el mismo coche, con el perro, los hijos y los paquetes, haciéndose las caricias de esos seres que se acaban de conocer y enamorar. En la playa habían dejado entre los dos unos sesenta kilos de grasa, el equivalente a otro individuo. Finalmente, el tipo había huido. En ese instante estaba solo en la playa, tomando una cerveza. Ese montón de grasa abandonado en la playa en adelante se llamó Nicolás. Era libre. Acababa de ligar con la adolescente del chicle.

Manuel Vicent, Los mejores relatos

9 de agosto de 2010

Verano y literatura VI

NIÑO DE LA PLAYA

Las manos te ayudaban a mirar lo infinito,
y me hacías castillos sobre los pies descalzos
con adornos dulcísimos y sonrisas inéditas
en tus pómulos tersos.

Destrenzabas enigmas, entreabrías caminos
sin apenas notarlo, dibujabas con palo
tembloroso muñecos sobre la playa húmeda.

Buscador del cristal y la concha más rara,
se escuchaba tu voz, se palpaba revuelta
en las arenas vivas, al helor de la entrada.

Cabalgabas las gotas, el salpicar del agua
sobre tu piel desnuda, como el vuelo de un pájaro
sostenido por nubes.

Convidaban tus brazos extendidos al aire
a estrecharte en la ola y a proclamarte dueño
de la voz de la brisa.

Porque así te recuerdo te convoco en mis horas,
entreabierto a mi anhelo, dulcemente extasiado,
como en aquellos días por cuando agosto suele
enamorarse.

María Victoria Atencia, La señal

5 de agosto de 2010

Verano y literatura V

ESPANTOS DE AGOSTO

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

- Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente. Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

- El más grande -sentenció- fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. «Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos». Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.


Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos

2 de agosto de 2010

Verano y literatura IV

VERANO

Mediodía

Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,

el mar ensimismado,
el mar,
a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.
Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.



Tarde

Cuerpos tendidos, cuerpos
infinitos, concretos, olvidados del frío
que los irá inundando, colmando poco a poco.
Cuerpos dorados, brazos, anudada tibieza
olvidando la sombra ahora estremecida,
detenida, expectante, pronta para emerger
que escuda la piel ciega.
Olvidados también los huesos blancos
que afirman que no es un sueño cada vida,
más fieles a la forma que la piel,
que la sangre, volubles, momentáneas.
Cuerpos tendidos, cuerpos
sometidos, felices, concretos,
infinitos...
Surgen niños alegres, húmedos y olorosos,
jóvenes victoriosos, de pie, como su instinto,
mujeres en el punto más alto de dulzura,
se tienden, se alzan, hablan,
habla su boca, esa un día disgregada,
se incorporan, se miran con miradas de eternos.


La noche

Es un oro imposible de comprender, un acabado
silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire, el aire
se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto
en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano...
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo, el cielo
a estrellas. La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma, inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla,
conoce su poder que crea, ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.


Idea Vilariño, Poesía completa

30 de julio de 2010

Verano y literatura III

DAMA DE VACACIONES

Han comenzado los días inútiles, días elaborados con toda precisión para perderlos, días vistos a través de un cristal, de una bola mágica de vidrio, días esperados con ansiedad, construidos, minuto a minuto, durante los sueños. Usted ha planificado con prolijidad los detalles. Escoge sus trajes blancos, sus beiges más frescos y algún azul en nivel de blusa y de pañuelo. Es tiempo de calor, hojas verdes, chaparrones inesperados después de un fuliginoso bochorno. Usted ha elegido la playa. Ese pequeño hotel con almendrones y algunas palmeras devotas ante el viento del atardecer. El sol, por supuesto, es el sol de siempre. Hay un surtido de tristezas acumuladas previamente, para ponerlas a flote una vez que se halle tendida en la arena y juegue por enésima vez a engañarse con los bronceadores, las cremas humectantes y los recuerdos que tiene de él y los reclamos que desde lejos le hace a él, y el día va avanzando, salobre en torno a sus cabellos húmedos, viajero milagroso sobre las alas de esas gaviotas que planean componiendo su adiós en los peñascos convenidos, porque un día de playa debe terminar con melancolías y alcatraces extraviados. Por la noche, la tristeza es de sala brillante, señoras que se abanican en el porche, algunos jugadores de póker y un detestable film de televisión sobre la guerra de los mundos. Trajín en la mañana, varias compras y el encuentro esperado que no ocurre y las vacaciones que ya se desvanecen.

Usted eligió la montaña. Montaña y casa de madera se parecen, suenan igual, saben a humedad, secretos, silbo de un pájaro siempre escondido entre ramas. Hay, evidentemente, un camino de piedras. Un río. Una cascada donde es bueno -dicen- bañarse en las mañanas, con un grupo de amigos. Parejas que se pierden en busca de musgo y flores silvestres. Alguien fue hasta el pueblo a buscar a un tal Antonio, porque es Antonio, el cuidador, quien tiene las llaves de la despensa, sabe ensillar los caballos y encender la pequeña planta eléctrica. Por supuesto, Antonio, remolón y lejano, con su conciencia de útil, sólo aparece a los tres días. Mientras tanto ha llovido. Las literas están invadidas por la humedad. Usted trata de divertirse, trata de imaginar junto a una falsa chimenea y un cognac reparador en el cuenco de su mano. Menos mal que, si se corren riesgos por el barranco vecino, podrán hallarse unas piedras malva que sirven de amuleto y collar para el retorno.

Usted ha optado por el crucero. De buenas a primeras implica una cierta aventura. Pero usted ha sido encomendada a su prima, sin duda llamada Eulalia, que se marea al menor vaivén de la motonave, teme a los huracanes del trópico y se interpone siempre entre sus miradas y las del tipo ese, a quien usted califica de interesante, y se ha pasado gran parte del trayecto dibujando sobre hojas de block, en plena proa, pájaros de toda especie. Las frutas reventadas, negros airosos y mujeres abrumadas por hojas y pañuelos. Sólo pueden comprarse collares de semillas, sombreros de fibra y abanicos. Los turistas bajan en fila, atraviesan en fila los muelles, entran y salen de las tiendas en fila. La maestra solterona y su hermano, que quiere mejorar su reumatismo con el aire marino, juegan una cuidadosa partida de naipes y no descienden a ninguna isla. Aquellos muchachos, aburridos y tontos, hacen girar todo el día, sin fortuna precisa, el dial de un transistor. Usted respira, siente fiebre, se aburre entrañablemente y piensa en el regreso: será peor.

Pero ocurre que usted no ha viajado a ningún lugar. Usted se dora al sol en la terraza, simula, se mete entre unos árboles pequeños y una grama generosa que hay detrás del edificio. Allí lee, cuando no hace sus viajes imaginarios desde la ventana. Yo tampoco he partido. Espéreme. Le contaré historias de ciudades y palacios, lagos y monstruos que respiran con bondad. Le hablaré de un palacio de piedras y de yerba, que están en franca competencia. En los alrededores, crecen grandes campanas. Las raíces lo asedian, lo escalan a la manera de los antiguos lanceros. Espéreme. Yo le contaré historias. Juntos pasaremos mejor las vacaciones.
Adriano González León, Todos los cuentos más uno

25 de julio de 2010

Verano y literatura II

MAÑANAS DE VERANO


Algunos días de fiesta religiosa, cuya celebración tenía resonancia particularmente local o familiar, fiestas que siempre caían durante el verano, salía el niño por la mañana, camino de la iglesia. Unas veces le llevaban a la catedral, otras más lejos, a algún barrio popular, nunca o raramente visitado, donde estaba la iglesia en cuestión, y en ocasiones hasta había que atravesar el río, cuya densa luminosidad verde parecía metal fundido entre las márgenes arcillosas.

Qué aire inusitado cobraba todo. Era primero lo de ir y volver en horas cuando ya comenzaba a apretar el calor, porque las salidas veraniegas acostumbradas se hacían al caer la tarde o a la noche. Luego lo de ir por las calles matinales, entoldadas unas, otras descubiertas hacia el cielo radiante, cuyo igual no encontraría después en parte alguna. Por último lo de mirar al paso y de cerca la actividad tranquila del barrio popular y del mercado.

Cuánta gracia tenían formas y colores en aquella atmósfera, que los esfumaba y suavizaba, quitándoles a unas dureza y a otros estridencia. Ya era el puesto de frutas (brevas, damascos, ciruelas), sobre las que imperaba la rotundidad verde oscuro de la sandía, abierta a veces mostrando adentro la frescura roja y blanca. O el puesto de cacharros de barro (búcaros, tallas, botellas), con tonos rosa o anaranjado en panzas y cuellos. O el de los dulces (dátiles, alfajores, yemas, turrones), que difundían un olor almendrado y meloso de relente oriental.

Pero siempre sobre todo aquello, color, movimiento, calor, luminosidad, flotaba un aire limpio y como no respirado por otros todavía, trayendo consigo también algo de aquella misma sensación de lo inusitado, de la sorpresa, que embargaba el alma del niño y despertaba en él un gozo callado, desinteresado y hondo. Un gozo que ni los de la inteligencia luego, ni siquiera los del sexo, pudieron igualar ni recordárselo.

Parecía como si sus sentidos, y a través de ellos su cuerpo, fueran instrumento tenso y propicio para que el mundo pulsara su melodía rara vez percibida. Pero al niño no se le antojaba extraño, aunque sí desusado, aquel don precioso de sentirse en acorde con la vida y que por eso mismo ésta le desbordara, transportándole y transmutándole. Estaba borracho de vida, y no lo sabía; estaba vivo como pocos, como sólo el poeta puede y sabe estarlo.

Luis Cernuda, Ocnos

21 de julio de 2010

Verano y literatura I

LOS VERANOS

¡Fueron largos y ardientes los veranos!
Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.

Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.

Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!

Francisco Brines, El otoño de las rosas

11 de julio de 2010

Darwin y la ficción

"Así pues, la narrativa de ficción no es una capacidad que surja únicamente de los tipos de no ficción que describen y comunican hechos, sino que es una ramificación que existía de modo adaptativo en las primeras fases de la mente humana. Si lo comparamos con toda la historia humana, uno de los pasos más significativos de la evolución de la mente fue el procesamiento de información sofisticada de naturaleza no fáctica. Dicho de otro modo, la capacidad de los seres humanos de ir más allá de sí mismos representando en sus mentes acontecimientos posibles pero no existentes: situaciones que fueron ciertas en el pasado o no son ciertas en el presente o son posibles en el valle de al lado o podrían suceder en el próximo invierno. Como es evidente, esta facultad de razonamiento práctico imaginativo tenía un inmenso valor de supervivencia en el entorno ancestral, y permitía a los grupos de cazadores-recolectores especialmente hábiles en este sentido explorar oportunidades, enfrentarse a amenazas y superar a grupos e individuos menos precisos e imaginativos. Las historias de ficción, que con toda probabilidad aparecieron después, no funcionan al margen de esta facultad, sino que suponen una mejora y una extensión del pensamiento contrafáctico para adentrarse en más mundos posibles. Éstos deben ofrecer más posibilidades de las que toda la experiencia vital podría dar a una sola persona. A esta capacidad de pensar en contra de los datos fácticos, el razonamiento basado en casos concretos añade una capacidad para interpretar y, por tanto, adquirir conocimientos, pues consiste en usar analogías e identificar discrepancias en situaciones altamente complejas que se abordan en la realidad y se contemplan en la imaginación.

Antes he insistido en la capacidad espontánea de los niños pequeños para clasificar datos en función de si éstos pertenecen a algún mundo ficticio o bien al mundo real, así como a la posibilidad de cruzar en su imaginación de un mundo a otro sin confundirse. Una vez más, se trata de una facultad humana fundamental que posee un valor decisivo para la supervivencia: una especie imaginativa cuyos miembros no pudieran distinguir a un tigre en un bosque de soñar de día con un tigre en el bosque tendría una clara desventaja competitiva. Pero una manifiesta capacidad evolucionada para discernir entre los aspectos verdaderos o válidos de un mundo concreto y los que pertenecen al ámbito de la fantasía no significa que todo lo que forme parte de un mundo fantástico sea un hecho fantasioso. Del mismo modo que el servicio de té de nuestro ejemplo anterior obedece a las mismas leyes de la gravedad que el té de verdad, los hechos y la información básica de las ficciones pueden servirnos para vivir en el mundo de verdad. La capacidad de transmitir hechos precisos y enseñar lecciones vitales es una característica ancestral de la ficción y una parte muy apreciada de su importancia adaptativa."

Las esclarecedoras palabras precedentes están extraídas del libro El instinto del arte. Belleza, placer y evolución humana, publicado hace unos meses por la editorial Paidós, y su autor es
Denis Dutton, profesor de la Universidad de Canterbury, Nueva Zelanda. Su especialidad es la Filosofía del Arte y ha sido además fundador de la revista Philosophy and Literature, así como de la web Arts & Letters Daily.

Denis Dutton forma parte de una corriente de la crítica literaria denominada en inglés
Darwinian Literary Studies o, dicho de un modo más conciso, 'darwinismo literario'. La idea dominante de ese movimiento es entender la literatura como un producto fundamental de la evolución, como algo consustancial por tanto a la naturaleza humana. Su inspiración procede de los textos científicos, más concretamente de las informaciones que aportan la biología y la psicología evolucionistas. Me produce un enorme gozo intelectual comprobar cómo se va demostrando que lo todavía considerado una experiencia irrelevante, leer o contemplar ficciones, resulta ser un rasgo esencial de la humanidad, una necesidad ancestral.

5 de julio de 2010

Gratitud

En Andalucía decimos que una persona o un suceso tiene 'ángel' cuando queremos resaltar unas cualidades difíciles de definir si no es recurriendo a una perífrasis o una metáfora. Tener ángel significa que esa persona o ese suceso poseen encanto, singularidad, atractivo, atención... Cada lugar posee para expresar eso mismo palabras o expresiones cuya mera pronunciación basta para que todos entiendan, sin necesidad de más añadiduras, a qué clase de cualidad nos estamos refiriendo.

La semana pasada tuve la suerte de participar en un acontecimiento con ángel.

En Logroño, organizada por FAPA Rioja, se celebró la Escuela de Verano que desde hace tres años convoca la CEAPA (Confederación Española de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos). En esta ocasión, la cita se hacía con el lema 'A vueltas con la lectura'. Convocar a madres y padres de toda España con la finalidad de pensar juntos sobre el papel de las familias en la promoción y afianzamiento de la lectura es una decisión atrevida y a la vez estimuladora. No suelen proliferar esas oportunidades de reflexión conjunta e intercambio de experiencias entre profesores y familias. El programa estaba pensado justamente para hacer posible el conocimiento de lo que en las aulas y en los hogares se hace para formar lectores.

Pero los propósitos por sí mismos no son suficientes para lograr el encanto al que me refiero, como tampoco lo es la programación por sí sola, aun cuando era indudable el interés de escuchar a José Luis Polanco, Paciano Merino y Diego Gutiérrez, miembros los tres del Equipo Peonza, hablar sobre literatura infantil y animación a la lectura, así como a Miguel Loza explicar el sentido de las tertulias literarias dialógicas y a José Antonio Camacho esclarecer la importancia de las bibliotecas escolares, además de conocer las actividades que realizan en la propia ciudad en relación con la lectura y las familias: el Café con cuentos (Aitor Hernández), el Club de lectura (Mª Paz García) y los talleres de formación para madres y padres (Mª Cruz Zurbano y Mª Carmen Sáez). Para que algo tenga ángel se requiere algo más, una aportación extra. Y ese añadido necesario no puede ser más que de carácter humano. Son las personas las que dotan de 'ángel' los simples encuentros. Y en Logroño se confirmó.

No sabría enumerar todos los rasgos de esa especial contribución, pero tienen mucho que ver con las atenciones permanentes, las palabras generosas, la organización precisa, la prodigalidad gastronómica, el sentido de la hospitalidad, la sencillez del trato, la relación emocionada... En fin, esos detalles que hacen que unas jornadas de estudio acaben siendo una feliz afirmación de ideas, convicciones y esperanzas. La lectura quedaba así celebrada como corresponde, como un modo de amistad y compromiso.

Los artífices de esa alegría tienen nombre, de manera que no quisiera que esta muestra de gratitud y reconocimiento quedara sin destinatarios concretos. Ramos, Gene, Mª Paz, Mª Cruz, Mª Carmen, Josune, Tegui, Pepe, Antonio, Kilian, Elisa, todos... gracias por vuestras gentilezas y felicitaciones por vuestra labor.