28 de agosto de 2010

Verano y literatura X

ROSETTA, I

Cuando tu cuerpo
todo era distinto, inesperado y joven:
habitaban los ojos
rompeolas,
caballos,
pleamares
y era Agosto feliz y sorprendido
frente a nuestra pasión, frente al misterio.

Y qué fuerza en tus brazos,
qué parajes de fuego,
qué tormenta de luz, amada mía.
Mas he aquí, de pronto, que vinieron
los cuchillos del miedo a desnudar el frío,
a pretender herrumbres y cenizas,
y espaldas,
grupas,
lejos,
partiendo en dos la tarde.

Tempestades que alzaron,
borrascas que nublaron,
huracanes que vimos
llevarse nuestra casa como un copo de nieve.

Porque estábamos solos
comprendimos la luz de las ruinas,
los hierros retorcidos,
sin apenas un grito,
como si hubiese sido nuestra casa de siempre
aquel palo tronchado,
aquel espejo roto,
y vasos,
sillas,
naipes,
mirándonos allí desde el escombro.

Y entre los dos qué grande la montaña,
qué terribles los álamos y el río,
qué tremenda la calle
y el asfalto y el humo
y el silencio aterido sobre los pedestales,
espeso,
grande,
inmóvil.

En medio de la calle cesaba yerto el sol.

Javier Egea, Troppo mare

23 de agosto de 2010

Verano y literatura IX

LEBRILLÁN

Todavía no era el sol astro rey, pero llevaba ya intrigando lo menos dos horas, cuando, en casa de Lebrillán, comenzaban los preparativos para ir a la playa. Aún estaban los cierres a la calle entornados; sólo había señales de vida en el interior, en el huerto-jardín y en las ventanas y miradores que daban a él. Se recogían las esponjosas toallas de llamativos colores, los trajes de baño, se levantaba a los niños, Aurora, Juan, Estrella, Adelaida, Zulima, José; se obedecía la voz adormecida, en lenta marea alta, de la señora, y él, Lebrillán, se afeitaba despacio en pijama, iba a su entornado y fresco despacho a organizar cronométricamente una jornada de ocio, rompía o sustituía algún papel de la mesa, reparaba, pegándolo, el cuero despellejado de un sillón, subía con extraña fuerza, reptil, a las habitaciones altas, junto al palomar, para sorprender a Juana o a Dolores vistiéndose, volvía y se daba con lentitud una loción aromática, preguntaba por una camisa que había estado buscando sin encontrarla, salía al jardín, miraba al cielo, olía la albahaca, los jazmines morunos, el sándalo, escuchaba el agua caer sobre la alberca. El reloj de la catedral y el ingenuo de las clarisas iban jalonando y tensando los ritos, la afanosidad doliente, mecánica, de la casa. "¿Estamos ya?", se oía de vez en cuando. No, no estaban. La pregunta se repetiría cinco, seis veces, hasta que salieran todos, con aire sudoroso, pesado, hacia la playa. Y se olvidaba algo siempre. El olvido, esfumante, fatal, vivía con ellos. El olvido promovía los suspiros en aquella casa y variaba el destino de las horas.

Los niños con las criadas iban delante. Lebrillán, con su mujer, detrás. Al cuello llevaba su "Rolly Flex" último modelo y sus prismáticos, alemanes también, con espléndidos cristales Zeiss. La playa estaba cerca, pero todavía, mientras se desnudaban, dejaban los objetos de valor, se aguardaban en la caseta unos a otros, despedían a las criadas, que se bañaban aparte, los relojes de las torres iban sonando, más rotundos cada vez, como si campanearan en el mortero del sol.

Lebrillán paseaba por la playa con sus tensos y abultados carrillos, sus labios gordos, su frente estrecha mordida de pelo negro, duro y algo rizoso, sus ojos negros, ahuevados y como inocentes, cuyas niñas, un poco altas, parecían tirar siempre del labio superior, en el aire, pasmado; con su potra abundosa, temblequeante; con las curvas de su grasa, suave, amplias, pomposas; con sus pies chicos, señoreándose al andar a lo ancho más que a lo largo, en alpargatas chancletas con elástico en el empeine; con sus manos pequeñas, robustas y peludas, nerviosas. Siempre le acompañaban los niños.

Algunas veces condescendía a que el mar le probase, pero guardando las distancias, el mar ahí y él aquí, sin entrega, dando cerca unas cuantas brazadas, con superioridad, con desprecio, y volviendo a la orilla. Conocía bien el mar. El mar y él no habían estado nunca lejos, habían sido rivales toda la vida sin planteárselo, aún lo eran. El mar le conocía también; en cierto modo, le había criado; fue, cuando él era un tripa al aire, su reconstituyente.

En la playa había gente conocida. Gente que fisgaba a Lebrillán, al que sabían de Algeciras, niño sin escuela, aguador, vendedor ambulante, chatarrero enriquecido, que vivía, hacía ya muchos años, aquí, en la ciudad, en casa abierta al cielo, clausurada al mundo, aromada y recia, antigua, donde vivió la amante aristócrata de un garrochero. Casa de apasionada clausura, que hubiera servido igual como convento, como refugio del amor divino. Ahora Lebrillán era un vago. Un vago fabuloso que recibía al año tres, cuatro agentes, que venían a aumentarle la renta. Un vago que movía y saboreaba su lengua con imprecisas añoranzas. Un hombre como dormido que había tenido una estrella de cara o había despierto alguna vez. Sí, en la playa había gente conocida, pero también un mundo nuevo, un mundo para colarlo y apresarlo en los potentes cristales de los prismáticos o en la película pancromática, muy pancromática, de la "Rolly".

Siempre le acompañaban los niños. Porque la playa estaba llena de francesas, alemanitas, inglesas, holandesitas... Y catalanas. Y madrileñas... Lebrillán se llevaba las que podía a casa y formaba luego con ellas un mórbido, imaginario, harén de invierno. A todas no. A las mejores sólo, las más impúdicas y nórdicas, las de más reducidas piezas, las descuidadas, naturales o indiferentes. Se las llevaba en fotos. Pero incluyendo a los niños como pretexto. A sus hijos, que paseaban al lado de Lebrillán, distraídos unas veces, atentos al padre otras, como perrillos a la caza de buenas piezas. Más de uno, por distracción inoportuna con pérdida irreparable, se llevaba un pescozón diario. Y el padre le acuciaba moviendo la lengua con ansiedad:
- ¡Nene! ¿Quieres retratarte o no? Pues ¡venga!

Siempre caían tres, cuatro fotos limpias, menos domingos y festivos, en que la aglomeración metía en la cámara un torneado, caprichoso puzzle de hombros, brazos, piernas, niños. Había muchachas que iban a diario y, a fin de temporada, habían conseguido seis o siete posturas seductoras, siempre con los hijos de Lebrillán delante, detrás o a un costado. Alguna de las habituales salía, muchas veces, mirando de reojo a la cámara, con el entrecejo fruncido o aire de sospecha. O con un gestillo de asco hacia el fotógrafo, que era para Lebrillán, en los días largos y aburridos del invierno, la evidencia de su lucha estival, la constancia de su esforzada caza, el estímulo más eficaz de su admirativa ternura, la convicción de que aquella "pieza" tenía altísima feminidad, sangre arisca, rebelde, tal vez picante.

A la única muchacha local que Lebrillán no perdonaba nunca era a Carmencita. Carmencita era el "bombón" de todas las tertulias seniles que pasaban la vida mirándose en corro en las aceras o en los salones guateados, oscuros, de los "círculos". Carmencita era parte de la familia muy numerosa de un empleado municipal y Lebrillán la tenía retratada desde los trece hasta ahora, que iba a cumplir dieciséis. La seguía como a una planta de su jardín, imaginando sus aromas tibios, alabando su balanceo al aire, sabiendo su voz dócil, infantil, lejana, inventándole a su clara frente sueños oscuros, valorando sus rincones claros, jóvenes, en los que flores sensibles, duras y misteriosas, se recataban o se tendían incitando la timidez y la fuerza.

Una vez satisfecha la provisión diaria de fotos, entraban en liza los prismáticos. Lebrillán escogía un centro de operaciones, variable, se recostaba en su hamaca entoldada y, contando con la ayuda del mar, veía, al descuido, ínfimas parcelas de intimidad femenina. Los prismáticos eran expertos en arranque y bifurcación de senos, vellosidades, guedejas de cogote y sienes. Lebrillán acaso compensaba su antigua dedicación a la chatarra con el acopio de cuerpos tensos, nuevos.

Los niños que, salvo acuartelamiento repentino, quedaban libres a la hora de los prismáticos, estaban hartos de fotos. Porque un padre podía querer y perpetuar a sus hijos, pero no tanto. Tras la primera semana de playa, posaban ya distraídos, sudorosos, con ojeras, como obrerillos tristes mal pagados de un Faruk simplón, poderoso. Salían los pobres "trabajando". Y si, al principio, la inocencia no les dejaba entender, foto a foto, Juan, el niño mayor, fue dándose la vuelta y poniendo sus ojos en el objetivo último que perseguía Lebrillán. El padre, irritado, acabó concediéndole libertad absoluta, pero sus hermanos continuaban sujetos al incomprensible recuadro de la cámara.

Mientras, borrada en la playa, la mujer de Lebrillán esperaba segura de sus noches, compenetrada con las lunas, mirando con naturalidad al mar, con ojos fuertes, bellos, como oscuras y misteriosas joyas, con su carne joven ya ajada, extrañamente dulce, propicia.

Se iba el verano. Y pasado el momento de revelar las oscuras, excitantes horas del laboratorio, Lebrillán aburría las fotos que archivaba o perdía sin acordarse más. Sólo una o dos quedaban por su despacho; las que más le atraían sin saber por qué, las que, bajo su mirada, siempre ofrecían inagotable atracción. En el invierno estaban Juana y Dolores, a las que había que pellizcar y asediar, tal vez cogían una criada -una chiquilla- nueva; estaba el "círculo", la misa brava, empolvada, de los domingos en la catedral, los barcos en el puerto, los callejones que no duermen, el diario local y el de Madrid, el Banco, los desayunos del bar con tabaco y limpiabotas, los paseos, los bostezos, el palillo, el tiempo... Y el verano otra vez. Y la playa. Y Lebrillán que...

Medardo Fraile, Escritura y verdad. Cuentos completos

19 de agosto de 2010

Verano y literatura VIII

LA CALLE PANDROSSOU


Bienamadas imágenes de Atenas.

En el barrio de Plaka,
junto a Monastiraki,
una calle vulgar con muchas tiendas.

Si alguno que me quiere
alguna vez va a Grecia
y pasa por allí, sobre todo en verano,
que me encomiende a ella.

Era un lunes de agosto
después de un año atroz, recién llegado.
Me acuerdo que de pronto amé la vida,
porque la calle olía
a cocina y a cuero de zapatos.

Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo

15 de agosto de 2010

Verano y literatura VII

MUDA DE VERANO


He aquí a un sujeto que llegó al fondo de su yo a través de la ensalada de apio. Era un ser rodeado de cosas. Tenía un perro, cuatro hijos, dos coches, una mujer tan redonda como él mismo, un canario flauta, un jefe al que le olía el aliento, una bicicleta estática, una secretaria, un piso con terraza, una báscula al la que se la había saltado la aguja, un mes de vacaciones, una tarjeta Visa, un abono del Real Madrid, diversas porcelanas, fascículos y bandejas de plata, cuarenta y tantos años de vida, algunas arrobas de más y una mirada melancólica de buey. Estaba deprimido. Una masajista diplomada le pasaba la garlopa por los volúmenes del cuerpo y le sacaba virutas de manteca dos veces por semana. Era uno de esos gordos que hunde el catafalco del psicoanalista. Podía suicidarse, apuñalar a su señora, huir a Brasil con la nómina de la empresa o hacerse musulmán, pero él sólo deseaba meter la calva incipiente en el útero de su madre y convertirse en una carpa. Los señores, a cierta edad, suelen atravesar turbios lances de semejante estilo. ¿Ve usted a ese subsecretario tan mayor sentado en la poltrona de mando? En el subconsciente también quiere navegar como un salmonete en la tibia placenta de su mamaíta, llenarse el bigote con los grumos viscosos de esa mujer que está en el retrato ovalado colgado de la pared del comedor. La depresión es un estado de lucidez. Este sujeto del que hablo había alcanzado una etapa de la existencia en la que se ve con claridad la pequeña bazofia rutinaria que a uno le rodea. Se sentía atrapado por un mundo de cacharros familiares, de amores usados, de horarios sometidos. Jamás podría seducir a aquella adolescente rubia y amoral que le tentaba lascivamente desde el balcón de la playa con la pompa de chicle en la boca entreabierta. Ella fue tal vez el dispositivo que le hizo saltar la neura. Por otra parte estaba el psicoanalista.
- Sólo existe una fórmula -le dijo éste un día.
- ¿Cuál?
- Haz en cada momento lo que más te apetezca.
- Eso no es fácil. Tendría que causar mucho daño -contestó aquel hombre.
- No importa.
- Hay personas a las que quiero todavía.
- Avísalas. Llega con ellas a un acuerdo -le dijo el psicoanalista.

Después de varias sesiones en el diván comenzó a darle vueltas a una idea obsesiva: la falta de libertad produce cáncer. Aquella gorda que se pasaba los días bordando almohadones y comiendo pasteles, los hijos que parecían cuatro máquinas tragaperras, el jefe de la oficina que le echaba el aliento podrido en el pescuezo, las babuchas, la butaca raída por su inmenso trasero delante del televisor, el mes de vacaciones en Gandía con la sombrilla, los flotadores y los cubos de plástico; el tedio de media tarde dando lengüetazos en pantalón corto a un cucurucho de helado, seguido por la prole por la linda de la playa era el horizonte cerrado de este padre de familia, antiguo héroe del espacio con mechero Dunhill, convertido ahora en un volquete de tocino con los muslazos de paquidermo, el oleaje de la papada sumergido en la densidad de las tetillas y aquella barriga que doblaba la esquina cinco minutos antes que él. ¿Dónde tenía el yo? Probablemente, en el rincón más insospechado debajo de aquel montón de grasa.

Para mayor desgracia, fuera de su cuerpo era verano, un tiempo en que la gente trata de alargar el brazo hasta el infinito y sólo consigue atraparse por detrás el propio culo. En la mar había torsos juveniles de aceite que agitaban la inocencia del esperma, la sal de los ovarios recientes contra la luz harinosa. Ante la mirada de este cuarentón desvalido se sucedían relámpagos de carne en forma de cláusulas idealistas del cerebro, las muchachas bailaban en la arena sobre los dracmas perdidos, sobre los denarios enterrados en la orilla. Canoas de color naranja cruzaban por encima de ánforas naufragadas, y aquella adolescente del balcón no cesaba de tentarle lascivamente haciendo estallar la pompa del chicle en la boca entreabierta. Tenía un deseo feroz de transfigurarse, de cogerse a un asa de viento y subir a un cohete espacial que lo llevara a un lugar donde nunca más sintiera esa terrible ansiedad en el diafragma. En medio de la depresión, se contemplaba las grietas del vientre, se palpaba las varices (esos gusanos azules con nódulos que le trepaban por las pantorrillas), se miraba en el espejo las bolsas de pulpo, y entonces sólo quería huir; o apuñalar al ser más querido o meter la cabeza en el cubo de la basura; pero la mujer, casi tan gorda como él, llena de melindres, acababa de sacar la cena a la terraza.
- Cariño, aquí están los canelones.
- ¡Santo Dios!
- Tienes cochinillo de segundo -insistía llena de satisfacción la mujer.
- Acércame el pan, oye.
- De postre hay tarta de fresa.

La barriga le funcionaba a toda máquina. Se le había convertido en una hormigonera. Comía y odiaba. Se inflaba aún más, y luego los embutidos le sumían en una modorra poblada de sueños de lolitas desnudas, aparatos de gimnasia, aventuras galantes, viajes al trópico y anuncios de Martini. En el fondo de la postración, balanceándose en la hamaca, este sujeto recordaba la advertencia del psicoanalista: la única forma de librarse de la tenaza consiste en imponerse la obligación, como quien se toma una medicina, de hacer en cada momento lo que a uno le apetece, caiga quien caiga, por encima de las reglas sociales o los hábitos de la familia. Se trata de una apuesta entre la libertad o la desnutrición. Detrás de la angustia del hombre que se siente atrapado acecha siempre el cáncer. Él quería cambiar de yo. Estaba esperando una oportunidad para huir. Lejanas bahías azules, islas de cal con palmeras, veleros atracando en Amalfi, dorada juventud de venas palpitantes bajo los bronces carnales. Había acariciado la idea de quedarse solo durante el verano después de pactar una tregua. Podía haberse dejado el dálmata en la perrera municipal, mandar los hijos a un campamento, imaginar que a su mujer se la había llevado la grúa y él no la reclamaba; pero allí, en la terraza de la playa, estaba ella bordando almohadones, los niños gritaban y había que taparles la boca con un helado, el perro ladraba, y abajo, en el paseo, se veían cuerpos imposibles de alcanzar.
- ¿Me quieres todavía? -decía la mujer.
- Sí.
- Mañana te haré una fabada.
- Está bien. Cárgala de morcilla -decía el hombre entregado una vez más.

Quería escapar. ¿Dónde tenía el yo? Tal vez en el fondo del propio laberinto de mantequilla, a la sombra del bazo. Le quedaban algunas salidas: suicidarse, matar a su señora y huir a Brasil con todos los sobres de la empresa en compañía de una puta oxigenada. Le faltaba arrojo de ese calibre. Pero de pronto se le ocurrió la última fórmula de salvación. Decidió someterse a un riguroso plan para adelgazar. Sólo de este modo podría fugarse hacia dentro de sí mismo en busca de su yo. Comunicó la noticia a su mujer y ella, soltando un grito de súbita felicidad, le dijo que quería acompañarle también en ese viaje. La pareja de gordos penetró a continuación, con una alegría furiosa, en la alucinada marcha atrás de las calorías. Parecía una bobada, pero la obsesión por recobrar el esqueleto llenó de sentido toda una existencia. Se encontraba ante una filosofía con varias escuelas de peso ideal: el régimen de los astronautas, la dieta del pomelo, de los hidratos de carbono, del huevo duro, del grano de arroz crudo antes de dormir. Al día siguiente su vida se llenó de un panorama de alcachofas, espárragos, zanahorias, apio, remolacha, espinacas, judías tiernas, puerros, calabacines, lechugas, escarolas y en el horizonte vegetal veía bailando aquella adolescente del chicle que le incitaba imaginariamente a perderse con ella.

Nunca había experimentado una pasión tan desmedida. Acababa de iniciar las vacaciones, y para purificarse por completo se sometió durante tres jornadas seguidas a una cura de agua mineral con una infusión de té diurético. Lo había leído en una revista del corazón. La vejiga de este hombre comenzó a drenar pelotas de sebo; muy pronto, una cierta espiritualidad herbórea se le instaló en la cara y el fanatismo acabó por inundarle la cabeza con una especie de bálsamo. Se hizo un experto en tablas de calorías, pesos, medidas, grasas, proteínas y metabolismos. Sólo comía ensaladas con la devoción mística de una cabra, y de momento se sentía feliz. Era un explorador que se abría paso con el machete en una selva de verdura hacia la fuente de la eterna juventud. Un poco más y podría ponerse el pantalón del año pasado. En el cuarto de baño tenía una báscula con la que había establecido una intimidad erótica. Aquella aguja estaba bajando. La pareja entró en competición. Se desinflaba unos centímetros cada día, y por casa se oían gritos de victoria cuando caían las marcas. Su mujer le acompañaba en la huida, y actuaba de forma tan ascética, que prácticamente había clausurado el estómago. A veces corría la cremallera de la boca, se metía por el tubo una lechuga o un rábano y la cerraba. Estos dos globos sentados en sillones de mimbre en la terraza de la playa se deshinchaban en silencio con la mirada perdida en el infinito.
- Estoy encantado.
- Yo también, cariño -decía la mujer.
- Ahora me pongo de pie, miro hacia abajo y ya casi puedo verme las rodillas.

En la primera semana perdió un kilo diario y no sabía adónde iba a parar aquel alijo de grasa, aunque con él podía haber fabricado otro niño. En principio sólo notaba una ligereza debajo de los alerones. Comenzó a imaginar mundos exóticos, aquel espacio de belleza juvenil cuando él era campeón de salto de altura en el distrito universitario y las novias le mordían el cuello. En la vida siempre hay un momento estelar: ése en que uno decide huir o romper la soga, y este héroe dietético lo estaba consiguiendo. Dentro de poco alcanzaría a tocar con las manos el empeine sin doblar las corvas. Luego lograría levantar la rótula hasta las cejas. Después haría alpinismo, boxeo, lucha libre, yudo, natación, remo, y finalmente se compraría un equipo de tenis. Había una forma de escapar hacia dentro, de mudar la piel de serpiente, un método físico para cambiar de yo sin abandonar el sillón de mimbre. Bastaba con adelgazar hasta coger una silueta transparente y dejar la cabeza a los sueños de inmortalidad. Mientras tanto, la zanahoria rallada y el huevo duro hacían su trabajo, le iban esmerilando las fibras de magro y entonces unos pellejos como pergaminos comenzaron a colgar a modo de colada de los altos huesos del hombre; pero en este tiempo aún se reconocía en el espejo. Podía decirse que todavía era el mismo ser.
- ¿Me quieres? -le decía su mujer.
- Sí -contestaba él.
- En la farmacia venden un té maravilloso. Te lo tomas y meas ya las criadillas.
- Cómpralo.
- ¿Me quieres?
- Sí.

Después de un mes de brega alucinante con la dieta, al final de las vacaciones, la pareja también se reconocía mutuamente. Estaban todo el día juntos. Hacía el amor consabido. Incluso una ternura extraña había brotado entre ellos. Pero algo espiritual sucedía en aquella terraza. Habían perdido alrededor de treinta kilos cada uno y tenían la sensación de que sus cuerpos volaban hacia una lejanía contraria. La cadena de ganglios del hombre fue la primera en romperse. Aquella mañana en que la familia hacía las maletas para volver a la ciudad este sujeto sintió un breve estallido, como si una burbuja le hubiera reventado bajo las costillas. En ese momento se había producido en su persona un salto cualitativo. Se miró en el espejo y vio allí a un señor desconocido. La última ensalada de apio le había roto el yo. Cuando salió del cuarto de baño la mujer lanzó un grito de asombro en el pasillo.
- ¿Quién es usted? -exclamó llena de pánico.
- Soy Pepe. ¿Y usted? -pregunto él también alarmado.
- Leonor.
- Tanto gusto -trató el hombre de disimular.
- El gusto es mío -dijo ella.

El antiguo Pepe y la antigua Leonor regresaron a Madrid en el mismo coche, con el perro, los hijos y los paquetes, haciéndose las caricias de esos seres que se acaban de conocer y enamorar. En la playa habían dejado entre los dos unos sesenta kilos de grasa, el equivalente a otro individuo. Finalmente, el tipo había huido. En ese instante estaba solo en la playa, tomando una cerveza. Ese montón de grasa abandonado en la playa en adelante se llamó Nicolás. Era libre. Acababa de ligar con la adolescente del chicle.

Manuel Vicent, Los mejores relatos

9 de agosto de 2010

Verano y literatura VI

NIÑO DE LA PLAYA

Las manos te ayudaban a mirar lo infinito,
y me hacías castillos sobre los pies descalzos
con adornos dulcísimos y sonrisas inéditas
en tus pómulos tersos.

Destrenzabas enigmas, entreabrías caminos
sin apenas notarlo, dibujabas con palo
tembloroso muñecos sobre la playa húmeda.

Buscador del cristal y la concha más rara,
se escuchaba tu voz, se palpaba revuelta
en las arenas vivas, al helor de la entrada.

Cabalgabas las gotas, el salpicar del agua
sobre tu piel desnuda, como el vuelo de un pájaro
sostenido por nubes.

Convidaban tus brazos extendidos al aire
a estrecharte en la ola y a proclamarte dueño
de la voz de la brisa.

Porque así te recuerdo te convoco en mis horas,
entreabierto a mi anhelo, dulcemente extasiado,
como en aquellos días por cuando agosto suele
enamorarse.

María Victoria Atencia, La señal

5 de agosto de 2010

Verano y literatura V

ESPANTOS DE AGOSTO

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

- Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente. Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

- El más grande -sentenció- fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. «Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos». Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.


Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos

2 de agosto de 2010

Verano y literatura IV

VERANO

Mediodía

Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,

el mar ensimismado,
el mar,
a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.
Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.



Tarde

Cuerpos tendidos, cuerpos
infinitos, concretos, olvidados del frío
que los irá inundando, colmando poco a poco.
Cuerpos dorados, brazos, anudada tibieza
olvidando la sombra ahora estremecida,
detenida, expectante, pronta para emerger
que escuda la piel ciega.
Olvidados también los huesos blancos
que afirman que no es un sueño cada vida,
más fieles a la forma que la piel,
que la sangre, volubles, momentáneas.
Cuerpos tendidos, cuerpos
sometidos, felices, concretos,
infinitos...
Surgen niños alegres, húmedos y olorosos,
jóvenes victoriosos, de pie, como su instinto,
mujeres en el punto más alto de dulzura,
se tienden, se alzan, hablan,
habla su boca, esa un día disgregada,
se incorporan, se miran con miradas de eternos.


La noche

Es un oro imposible de comprender, un acabado
silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire, el aire
se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto
en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano...
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo, el cielo
a estrellas. La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma, inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla,
conoce su poder que crea, ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.


Idea Vilariño, Poesía completa

30 de julio de 2010

Verano y literatura III

DAMA DE VACACIONES

Han comenzado los días inútiles, días elaborados con toda precisión para perderlos, días vistos a través de un cristal, de una bola mágica de vidrio, días esperados con ansiedad, construidos, minuto a minuto, durante los sueños. Usted ha planificado con prolijidad los detalles. Escoge sus trajes blancos, sus beiges más frescos y algún azul en nivel de blusa y de pañuelo. Es tiempo de calor, hojas verdes, chaparrones inesperados después de un fuliginoso bochorno. Usted ha elegido la playa. Ese pequeño hotel con almendrones y algunas palmeras devotas ante el viento del atardecer. El sol, por supuesto, es el sol de siempre. Hay un surtido de tristezas acumuladas previamente, para ponerlas a flote una vez que se halle tendida en la arena y juegue por enésima vez a engañarse con los bronceadores, las cremas humectantes y los recuerdos que tiene de él y los reclamos que desde lejos le hace a él, y el día va avanzando, salobre en torno a sus cabellos húmedos, viajero milagroso sobre las alas de esas gaviotas que planean componiendo su adiós en los peñascos convenidos, porque un día de playa debe terminar con melancolías y alcatraces extraviados. Por la noche, la tristeza es de sala brillante, señoras que se abanican en el porche, algunos jugadores de póker y un detestable film de televisión sobre la guerra de los mundos. Trajín en la mañana, varias compras y el encuentro esperado que no ocurre y las vacaciones que ya se desvanecen.

Usted eligió la montaña. Montaña y casa de madera se parecen, suenan igual, saben a humedad, secretos, silbo de un pájaro siempre escondido entre ramas. Hay, evidentemente, un camino de piedras. Un río. Una cascada donde es bueno -dicen- bañarse en las mañanas, con un grupo de amigos. Parejas que se pierden en busca de musgo y flores silvestres. Alguien fue hasta el pueblo a buscar a un tal Antonio, porque es Antonio, el cuidador, quien tiene las llaves de la despensa, sabe ensillar los caballos y encender la pequeña planta eléctrica. Por supuesto, Antonio, remolón y lejano, con su conciencia de útil, sólo aparece a los tres días. Mientras tanto ha llovido. Las literas están invadidas por la humedad. Usted trata de divertirse, trata de imaginar junto a una falsa chimenea y un cognac reparador en el cuenco de su mano. Menos mal que, si se corren riesgos por el barranco vecino, podrán hallarse unas piedras malva que sirven de amuleto y collar para el retorno.

Usted ha optado por el crucero. De buenas a primeras implica una cierta aventura. Pero usted ha sido encomendada a su prima, sin duda llamada Eulalia, que se marea al menor vaivén de la motonave, teme a los huracanes del trópico y se interpone siempre entre sus miradas y las del tipo ese, a quien usted califica de interesante, y se ha pasado gran parte del trayecto dibujando sobre hojas de block, en plena proa, pájaros de toda especie. Las frutas reventadas, negros airosos y mujeres abrumadas por hojas y pañuelos. Sólo pueden comprarse collares de semillas, sombreros de fibra y abanicos. Los turistas bajan en fila, atraviesan en fila los muelles, entran y salen de las tiendas en fila. La maestra solterona y su hermano, que quiere mejorar su reumatismo con el aire marino, juegan una cuidadosa partida de naipes y no descienden a ninguna isla. Aquellos muchachos, aburridos y tontos, hacen girar todo el día, sin fortuna precisa, el dial de un transistor. Usted respira, siente fiebre, se aburre entrañablemente y piensa en el regreso: será peor.

Pero ocurre que usted no ha viajado a ningún lugar. Usted se dora al sol en la terraza, simula, se mete entre unos árboles pequeños y una grama generosa que hay detrás del edificio. Allí lee, cuando no hace sus viajes imaginarios desde la ventana. Yo tampoco he partido. Espéreme. Le contaré historias de ciudades y palacios, lagos y monstruos que respiran con bondad. Le hablaré de un palacio de piedras y de yerba, que están en franca competencia. En los alrededores, crecen grandes campanas. Las raíces lo asedian, lo escalan a la manera de los antiguos lanceros. Espéreme. Yo le contaré historias. Juntos pasaremos mejor las vacaciones.
Adriano González León, Todos los cuentos más uno

25 de julio de 2010

Verano y literatura II

MAÑANAS DE VERANO


Algunos días de fiesta religiosa, cuya celebración tenía resonancia particularmente local o familiar, fiestas que siempre caían durante el verano, salía el niño por la mañana, camino de la iglesia. Unas veces le llevaban a la catedral, otras más lejos, a algún barrio popular, nunca o raramente visitado, donde estaba la iglesia en cuestión, y en ocasiones hasta había que atravesar el río, cuya densa luminosidad verde parecía metal fundido entre las márgenes arcillosas.

Qué aire inusitado cobraba todo. Era primero lo de ir y volver en horas cuando ya comenzaba a apretar el calor, porque las salidas veraniegas acostumbradas se hacían al caer la tarde o a la noche. Luego lo de ir por las calles matinales, entoldadas unas, otras descubiertas hacia el cielo radiante, cuyo igual no encontraría después en parte alguna. Por último lo de mirar al paso y de cerca la actividad tranquila del barrio popular y del mercado.

Cuánta gracia tenían formas y colores en aquella atmósfera, que los esfumaba y suavizaba, quitándoles a unas dureza y a otros estridencia. Ya era el puesto de frutas (brevas, damascos, ciruelas), sobre las que imperaba la rotundidad verde oscuro de la sandía, abierta a veces mostrando adentro la frescura roja y blanca. O el puesto de cacharros de barro (búcaros, tallas, botellas), con tonos rosa o anaranjado en panzas y cuellos. O el de los dulces (dátiles, alfajores, yemas, turrones), que difundían un olor almendrado y meloso de relente oriental.

Pero siempre sobre todo aquello, color, movimiento, calor, luminosidad, flotaba un aire limpio y como no respirado por otros todavía, trayendo consigo también algo de aquella misma sensación de lo inusitado, de la sorpresa, que embargaba el alma del niño y despertaba en él un gozo callado, desinteresado y hondo. Un gozo que ni los de la inteligencia luego, ni siquiera los del sexo, pudieron igualar ni recordárselo.

Parecía como si sus sentidos, y a través de ellos su cuerpo, fueran instrumento tenso y propicio para que el mundo pulsara su melodía rara vez percibida. Pero al niño no se le antojaba extraño, aunque sí desusado, aquel don precioso de sentirse en acorde con la vida y que por eso mismo ésta le desbordara, transportándole y transmutándole. Estaba borracho de vida, y no lo sabía; estaba vivo como pocos, como sólo el poeta puede y sabe estarlo.

Luis Cernuda, Ocnos

21 de julio de 2010

Verano y literatura I

LOS VERANOS

¡Fueron largos y ardientes los veranos!
Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.

Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.

Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!

Francisco Brines, El otoño de las rosas

11 de julio de 2010

Darwin y la ficción

"Así pues, la narrativa de ficción no es una capacidad que surja únicamente de los tipos de no ficción que describen y comunican hechos, sino que es una ramificación que existía de modo adaptativo en las primeras fases de la mente humana. Si lo comparamos con toda la historia humana, uno de los pasos más significativos de la evolución de la mente fue el procesamiento de información sofisticada de naturaleza no fáctica. Dicho de otro modo, la capacidad de los seres humanos de ir más allá de sí mismos representando en sus mentes acontecimientos posibles pero no existentes: situaciones que fueron ciertas en el pasado o no son ciertas en el presente o son posibles en el valle de al lado o podrían suceder en el próximo invierno. Como es evidente, esta facultad de razonamiento práctico imaginativo tenía un inmenso valor de supervivencia en el entorno ancestral, y permitía a los grupos de cazadores-recolectores especialmente hábiles en este sentido explorar oportunidades, enfrentarse a amenazas y superar a grupos e individuos menos precisos e imaginativos. Las historias de ficción, que con toda probabilidad aparecieron después, no funcionan al margen de esta facultad, sino que suponen una mejora y una extensión del pensamiento contrafáctico para adentrarse en más mundos posibles. Éstos deben ofrecer más posibilidades de las que toda la experiencia vital podría dar a una sola persona. A esta capacidad de pensar en contra de los datos fácticos, el razonamiento basado en casos concretos añade una capacidad para interpretar y, por tanto, adquirir conocimientos, pues consiste en usar analogías e identificar discrepancias en situaciones altamente complejas que se abordan en la realidad y se contemplan en la imaginación.

Antes he insistido en la capacidad espontánea de los niños pequeños para clasificar datos en función de si éstos pertenecen a algún mundo ficticio o bien al mundo real, así como a la posibilidad de cruzar en su imaginación de un mundo a otro sin confundirse. Una vez más, se trata de una facultad humana fundamental que posee un valor decisivo para la supervivencia: una especie imaginativa cuyos miembros no pudieran distinguir a un tigre en un bosque de soñar de día con un tigre en el bosque tendría una clara desventaja competitiva. Pero una manifiesta capacidad evolucionada para discernir entre los aspectos verdaderos o válidos de un mundo concreto y los que pertenecen al ámbito de la fantasía no significa que todo lo que forme parte de un mundo fantástico sea un hecho fantasioso. Del mismo modo que el servicio de té de nuestro ejemplo anterior obedece a las mismas leyes de la gravedad que el té de verdad, los hechos y la información básica de las ficciones pueden servirnos para vivir en el mundo de verdad. La capacidad de transmitir hechos precisos y enseñar lecciones vitales es una característica ancestral de la ficción y una parte muy apreciada de su importancia adaptativa."

Las esclarecedoras palabras precedentes están extraídas del libro El instinto del arte. Belleza, placer y evolución humana, publicado hace unos meses por la editorial Paidós, y su autor es
Denis Dutton, profesor de la Universidad de Canterbury, Nueva Zelanda. Su especialidad es la Filosofía del Arte y ha sido además fundador de la revista Philosophy and Literature, así como de la web Arts & Letters Daily.

Denis Dutton forma parte de una corriente de la crítica literaria denominada en inglés
Darwinian Literary Studies o, dicho de un modo más conciso, 'darwinismo literario'. La idea dominante de ese movimiento es entender la literatura como un producto fundamental de la evolución, como algo consustancial por tanto a la naturaleza humana. Su inspiración procede de los textos científicos, más concretamente de las informaciones que aportan la biología y la psicología evolucionistas. Me produce un enorme gozo intelectual comprobar cómo se va demostrando que lo todavía considerado una experiencia irrelevante, leer o contemplar ficciones, resulta ser un rasgo esencial de la humanidad, una necesidad ancestral.

5 de julio de 2010

Gratitud

En Andalucía decimos que una persona o un suceso tiene 'ángel' cuando queremos resaltar unas cualidades difíciles de definir si no es recurriendo a una perífrasis o una metáfora. Tener ángel significa que esa persona o ese suceso poseen encanto, singularidad, atractivo, atención... Cada lugar posee para expresar eso mismo palabras o expresiones cuya mera pronunciación basta para que todos entiendan, sin necesidad de más añadiduras, a qué clase de cualidad nos estamos refiriendo.

La semana pasada tuve la suerte de participar en un acontecimiento con ángel.

En Logroño, organizada por FAPA Rioja, se celebró la Escuela de Verano que desde hace tres años convoca la CEAPA (Confederación Española de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos). En esta ocasión, la cita se hacía con el lema 'A vueltas con la lectura'. Convocar a madres y padres de toda España con la finalidad de pensar juntos sobre el papel de las familias en la promoción y afianzamiento de la lectura es una decisión atrevida y a la vez estimuladora. No suelen proliferar esas oportunidades de reflexión conjunta e intercambio de experiencias entre profesores y familias. El programa estaba pensado justamente para hacer posible el conocimiento de lo que en las aulas y en los hogares se hace para formar lectores.

Pero los propósitos por sí mismos no son suficientes para lograr el encanto al que me refiero, como tampoco lo es la programación por sí sola, aun cuando era indudable el interés de escuchar a José Luis Polanco, Paciano Merino y Diego Gutiérrez, miembros los tres del Equipo Peonza, hablar sobre literatura infantil y animación a la lectura, así como a Miguel Loza explicar el sentido de las tertulias literarias dialógicas y a José Antonio Camacho esclarecer la importancia de las bibliotecas escolares, además de conocer las actividades que realizan en la propia ciudad en relación con la lectura y las familias: el Café con cuentos (Aitor Hernández), el Club de lectura (Mª Paz García) y los talleres de formación para madres y padres (Mª Cruz Zurbano y Mª Carmen Sáez). Para que algo tenga ángel se requiere algo más, una aportación extra. Y ese añadido necesario no puede ser más que de carácter humano. Son las personas las que dotan de 'ángel' los simples encuentros. Y en Logroño se confirmó.

No sabría enumerar todos los rasgos de esa especial contribución, pero tienen mucho que ver con las atenciones permanentes, las palabras generosas, la organización precisa, la prodigalidad gastronómica, el sentido de la hospitalidad, la sencillez del trato, la relación emocionada... En fin, esos detalles que hacen que unas jornadas de estudio acaben siendo una feliz afirmación de ideas, convicciones y esperanzas. La lectura quedaba así celebrada como corresponde, como un modo de amistad y compromiso.

Los artífices de esa alegría tienen nombre, de manera que no quisiera que esta muestra de gratitud y reconocimiento quedara sin destinatarios concretos. Ramos, Gene, Mª Paz, Mª Cruz, Mª Carmen, Josune, Tegui, Pepe, Antonio, Kilian, Elisa, todos... gracias por vuestras gentilezas y felicitaciones por vuestra labor.

24 de junio de 2010

Palabras de agua

El miércoles, en los prolegómenos de la Noche de San Juan, asistí en el carmen del Aljibe del Rey a una lectura poética de Rafael Juárez, que culminaba el ciclo 'El agua y la palabra' organizado por la Fundación Agua Granada. Ingresar en un carmen en un atardecer de junio, con la primera luz estival dorando los árboles y los rostros, con la temperatura amable de los días sin pesar, es una experiencia de plenitud sensual. Un jardín, un estanque, una fuentecilla, unas columnas de piedra... ¡Con qué escasos dones nos sentimos felices! ¡Con qué facilidad se despliegan las sonrisas! Si la poesía se nos regala luego a manos llenas, la alegría puede desbordarse. Así ocurrió.

La poesía de Rafael Juárez posee el raro don de la transparencia y la intensidad. Sus poemas parecen engañosamente sencillos, casi improvisados. Es la virtud de los grandes poetas, de aquellos que hacen posible que el lector no sólo sienta como propios los versos ajenos, sino que los leen o los escuchan como si fueran un reflejo exacto de sus sentimientos, como si esa escritura fuera en realidad un anticipo de la suya. Esa aparente sencillez es en realidad el fruto de una muy paciente labor de depuración, de una implacable lucha contra lo accesorio. El resultado es el brillo de lo esencial. Los poemas fluyen entonces como el agua de un arroyo de montaña, como si la lengua cotidiana discurriese siempre limpia y prometedora, como si un soneto fuese en verdad la manera elemental de hablar. Un poema parece en esos casos una simple necesidad.

Les reproduzco algunos de los poemas leídos esa tarde.

CATACENA (LOS SIFONES)

En junio los crepúsculos se alargan con la brisa
y las noches son cortas
porque amanece pronto y con vigor.

Se suceden las rosas, las gayombas
brillan, trama el olivo,
las viñas trepan con pujanza y cuece
su estuche de cerámica la almendra.

Si pasa una tormenta
la mies mojada huele a sentimientos
maduros.
¡Qué ansiedad por el otoño!

Las huellas de otros pasos en el polvo
sellado del camino
nos hacen recordar que somos sombras,
sólidas sombras.


SOLANA DE LA MORA

Mirar los nísperos dorarse,
oír sisear a la lechuza
y que se pierda en la enramada
el pensamiento vuelto música.

Y ser feliz por cumplimiento,
como en septiembre son las uvas,
mientras la muerte sin ventajas
entre otras páginas me busca.


SONETO DE LA CASA Y DE LA HUERTA

El mejor libro sobre los estragos
del tiempo es una casa abandonada.
Antes de abrirla avisa la fachada
cómo es la muerte: los colores vagos,

la proporción que ya no espera halagos
sino paciencia para ser borrada,
las rejas de belleza saqueada
y las losas mohosas como lagos.

Pero si entras persiguiendo el eco
de los gozos de ayer hasta la huerta
-rosas viejas, membrillos y nogales-

encontrarás que la humedad y el hueco
hacen volver a tu niñez despierta
páginas de pecados inmortales.

17 de junio de 2010

Aquellas lecturas de entonces

Cuando escucho a tantos y tantos deplorar la escasa calidad de los libros que ahora leen los jóvenes siempre me planteo la misma duda: ¿qué autores leerían en su adolescencia esos que lamentan ahora las mediocres lecturas juveniles? ¿Homero? ¿Horacio? ¿Shakespeare? ¿Lope de Vega? ¿Sor Juana Inés de la Cruz? Me da por pensar que en la mayoría de esas opiniones desdeñosas subyace tanta hipocresía como desmemoria. No niego que algunos lectores quejosos fuesen lectores asiduos de Cervantes y Shelley, pero estoy seguro de que la mayoría tuvo que leer algunos libros menores, incluso francamente malos.

Ese fue mi caso.

Leí en su día los libros que las modas imponían, los que comúnmente se leían, los que aconsejaban los profesores de entonces. Fui un perfecto representante de mi tiempo. Faltaban años para concretar mis gustos, para decidir las lecturas por mí mismo, de modo que en mi adolescencia fui un lector voraz de libros que, juzgados ahora, me parecen vulgares, tendenciosos, rebosantes de moralina, impostores.

He aquí algunos de ellos, que atesoro como vestigios descuadernados de mi pasado lector.







Quienes conozcan esas novelas sabrán que no las adorna precisamente la calidad literaria y que no soportarían una comparación con muchas de las novelas contemporáneas escritas para jóvenes. Eso no impidió que entonces las leyéramos con verdadera fruición. Y sobrevivimos. Algunos incluso tuvimos la oportunidad y la dicha de descubrir posteriormente la gran literatura. Por eso sonrío con cierto pesar cuando escucho las quejas de los puristas de hoy acerca de los malos libros que leen los jóvenes.

11 de junio de 2010

En el regazo

Preparando un trabajo académico, me he encontrado con unas palabras que me han gustado mucho y las he querido compartir con ustedes. Las he leído en el libro Cómo aprendemos a leer. Historia y ciencia del cerebro y la lectura, cuya autora es Maryanne Wolf, investigadora principal del Centro de Investigación del Lenguaje y la Lectura de la Universidad Tufts, ubicada en el estado norteamericano de Massachusetts. Las palabras aluden a una realidad conocida pero que parece adquirir más relevancia cuando está avalada por la ciencia.

"Imagínense la siguiente escena. Un niño pequeño está sentado, embelesado, en el regazo de un adulto querido, escuchando palabras que se mueven como el agua, palabras que hablan de hadas, dragones y gigantes de lugares lejanos e imaginarios. El cerebro del niño pequeño se prepara para leer bastante antes de lo que uno jamás sospecharía, y utiliza para ello casi toda la materia prima de la primera infancia, cada imagen, cada concepto y cada palabra. Y lo hace aprendiendo a utilizar todas las estructuras importantes que constituirán el sistema de lectura universal del cerebro. A lo largo del proceso, el niño incorpora al lenguaje escrito muchos de los descubrimientos realizados por nuestra especie, avance tras avance decisivo, durante más de 2.000 años de historia. Y todo empieza en la comodidad del regazo de un ser querido."

¿Acaso no se observa esa imagen con otros ojos después de leer las palabras precedentes?

3 de junio de 2010

Noche estrellada

He leído el nuevo libro de Jimmy Liao, La noche estrellada, con el arrobo de siempre, con el mismo sentimiento de gratitud que me despertaron sus anteriores libros. Decir que esta historia de Liao trata de la amistad, de la añoranza de la infancia, de las pérdidas que ocasiona el crecimiento, del aprendizaje de la soledad... es no decir nada, es una manera de empobrecer el relato. Y no es que tergiverse el tema sino que lo importante de las historias de Liao no es 'lo que tratan' sino 'lo que retratan'. Y lo que retratan es lo invisible del ser humano, eso que a falta de un nombre mejor denominamos 'mundo interior'. ¿Es posible mostrar la enredada intimidad de una persona? El reto de un artista es crearla a partir de su propia experiencia a fin de que el lector, al verla, pueda tal vez evocar la suya propia o descubrirla. Esa es la auténtica función del arte.

Pero, ¿es exacto decir que 'he leído' el libro? ¿Es aplicable ese sintagma a los libros de Jimmy Liao? ¿No debería decir mejor que 'he visto' el libro o 'he asistido' al libro, igual que lo decimos a propósito de una película o una obra de teatro? Porque siento que al abrir el libro estoy ante una pantalla o un escenario y no sólo ante un texto. Leer, en este caso, es también una observación, una entrega a las fantasías de Liao, cuyos dibujos y colores no frenan la imaginación del lector sino que la espolean y la intensifican. La simbiosis entre texto e imagen es tan maravillosa que las ilustraciones multiplican los significados de un texto conciso, delicado y melancólico.

Las palabras de apertura del libro pueden ayudarles a entenderlo mejor: Dedicado a los niños que no logran sintonizar con el mundo.

Por si quieren asomarse al libro, aquí pueden ver algunas de las páginas que lo componen. Será, casi seguro, un anticipo de la lectura serena y extensa que llegará.

30 de mayo de 2010

Me gustó

Ayer, justo al día siguiente de que los iPad se pusieran a la venta en España, tuve oportunidad de manejar uno en casa de unos amigos.

Ya sé que es un suceso minúsculo, pero si hablo de ello es para dar cuenta de las gratísimas sensaciones que tuve mientras lo usaba. El mero hecho de tenerlo en las manos ya producía placer y algunas de las aplicaciones que exploré me dejaron admirado. Sólo tuve ocasión de ojear (y de hojear también, pues las páginas de los libros en él contenidos se pasan como las hojas de un volumen de papel) algunas de las Rimas de Bécquer, algunos párrafos de Platero y yo y algún capítulo de Winnie the Pooh (sí, ya sé que el muestrario no es para tirar cohetes, pero eran los textos que estaban instalados en la biblioteca) y debo decir que la lectura fue sorprendente. La calidad de las imágenes, la luminosidad y la facilidad de uso animaron esa primera experiencia. No es mi intención hacer un análisis concienzudo de las características del iPad, simplemente quería que supieran que si el futuro de la lectura, que tan apocalípticamente se vaticina, dependiera de artefactos como el iPad podríamos los lectores estar muy, muy tranquilos.

Y ya que hablamos de las primeras experiencias con los iPad les aconsejo que vean, si es que aún no lo han hecho, cómo reaccionan una niña de dos años y medio y una mujer centenaria ante ese mismo dispositivo electrónico.

27 de mayo de 2010

Territorio eBook

Si están interesados en el mundo de la lectura digital y los nuevos soportes de lectura estoy seguro de que les gustará visitar la web Territorio eBook.

El proyecto, iniciativa de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, trata de investigar seriamente las repercusiones de los libros electrónicos en las bibliotecas y las prácticas lectoras. Sobre el futuro del libro o, para ser más precisos, sobre el libro del futuro, las interrogaciones son todavía más abundantes que las certezas y las alarmas siguen teniendo más audiencia que los razonamientos. No hay muchos estudios fiables y coherentes que nos permitan vislumbrar de qué modo se verá afectada la lectura en las próximas décadas con la sucesiva implantación de los nuevos dispositivos electrónicos: cómo leeremos en ellos, qué clase de textos acogerán preferentemente, qué tipos de lectores promoverán, para qué prácticas de lectura los utilizaremos, qué métodos pedagógicos serán necesarios en adelante... No ha transcurrido un tiempo suficiente desde la aparición de los libros electrónicos, o de los iPad, como para poder esbozar razonablemente el inmediato porvenir. Hoy por hoy, las especulaciones son más prolíficas que la reflexiones.

Por eso, proyectos como este Territorio eBook, que quiere indagar los efectos reales de los libros electrónicos en las bibliotecas, los centros escolares y las universidades, son especialmente oportunos y alentadores. A ustedes corresponde explorar ese territorio, pleno ya de sugerencias y consideraciones, pero les adelanto que uno de los aspectos que más me han llamado la atención es la naturalidad con que los lectores mayores, a los que se les supone más reacios a estos nuevos artefactos, acogen y usan los libros electrónicos. Sus manifestaciones desmontan muchos prejuicios que aún afectan a la lectura digital.

Estoy seguro de que van a sentirse algo más lúcidos al término de la exploración.

19 de mayo de 2010

Eres culpable si el tribunal ha decidido condenarte

«¿Es usted inocente?», preguntó. «Sí», dijo K. La respuesta a esta pregunta le causó una total alegría, en especial porque tenía lugar ante un particular, o sea, sin responsabilidad alguna. Todavía nadie le había preguntado tan francamente. Para saborear esa alegría añadió aún: «Soy completamente inocente.» «Bien», dijo el pintor, hundió la cabeza y pareció reflexionar. De repente, levantó la cabeza y dijo: «Si usted es inocente, entonces el asunto es muy sencillo.» La mirada de K. se enturbió, este supuesto hombre de confianza del tribunal hablaba como un niño ignorante. «Mi inocencia no simplifica el asunto», dijo K. A pesar de todo tuvo que sonreír y movió lentamente la cabeza. «Depende de muchas sutilezas en las que el tribunal se pierde. Pero al final saca de cualquier parte, donde al principio no había nada en absoluto, una gran culpa.» «Sí, sí, claro», dijo el pintor como si perturbase de un modo innecesario el curso de sus pensamientos. «Pero usted es inocente, ¿no?», dijo el pintor. No se le podía influir con argumentos en contra, lo único era que a pesar de su decisión no quedaba claro si hablaba así por convicción o sólo por indiferencia. K. quería comprobar eso en primer lugar, y por ello dijo: «Seguro que usted conoce el tribunal mucho mejor que yo, yo no sé mucho más de lo que he oído sobre él a gentes, por otra parte muy distintas. Pero todos coincidían en que no se hacen acusaciones a la ligera y en que una vez que el tribunal acusa está firmemente convencido de la culpa del acusado y es muy difícil apartarlo de esta convicción.» «¿Difícil?», preguntó el pintor levantando una mano. «Jamás se le aparta de ella al tribunal. Si yo pinto aquí a todos los jueces juntos sobre un lienzo y usted tiene que defenderse ante este lienzo, tendrá más éxito que ante el verdadero tribunal.» «Sí», dijo K. para sí, y olvidó que sólo había querido sonsacar al pintor.

[El proceso, Franz Kafka. Editorial Cátedra. Traducción de Isabel Hernández]

***

Es imposible no evocar El proceso
cuando uno piensa estos días en la muy perversa suspensión de funciones del juez Baltasar Garzón. A quien leyere ahora la novela de Franz Kafka por primera vez le resultaría muy difícil no relacionarla con la afrenta que sus compañeros de oficio le han infligido. El término 'kafkiano', tan
utilizado, se entiende muy bien a la luz de este caso. La sombra de Josef K. nos sigue acompañando.

"Pero, ¿qué ha pasado?", preguntan amigos desprevenidos. Y hay que explicar entonces a quienes no conocen bien la realidad española que lo que se ha venido considerando universalmente una ejemplar conquista de la democracia en nuestro país se ha sustentado en la aceptación colectiva del silencio y la indulgencia hacia la casta político-militar, económica y eclesial que gobernó durante el franquismo. Ningún torturador fue jamás juzgado o condenado aquí por sus vilezas (por el contrario, la mayoría siguió cobrando como funcionarios del Estado hasta su jubilación); ningún juez de tribunales represivos fue jamás reprobado por sus indignas sentencias (muchos de ellos continuaron juzgando en democracia); ningún ministro firmante de penas de muerte fue jamás repudiado públicamente (es más: alguno de ellos dicta aún lecciones de democracia como senador del Partido Popular); ningún alto mando militar fue jamás apartado del servicio por su adhesión incondicional a un régimen despótico (los mismos mandos del ejército siguieron ascendiendo en el escalafón como si tal cosa); ningún obispo fue jamás censurado por su connivencia agradecida con la dictadura (muchos de ellos siguieron impartiendo doctrina moral sin signos de arrepentimiento); ningún periodista fue jamás marginado por su servilismo y sus mentiras constantes (no fueron pocos los que siguieron escribiendo en los periódicos sin ningún rubor); ningún mangante fue jamás desaprobado por sus sucias prácticas empresariales o sus latrocinios continuados (muchas fortunas actuales tuvieron su origen en los negocios amparados por los jerarcas franquistas). Es decir, las brutalidades y las corrupciones de la dictadura quedaron sin castigo. Por supuesto, el pueblo que con tanta firmeza había apoyado a Franco dejó de gritar aunque no de añorar. Los españoles demócratas aceptaron el silencio, no el olvido, como su suprema contribución a la convivencia pacífica.

Y hay que añadir además que
la poderosa casta de políticos, jueces, financieros, obispos, periodistas, mafiosos, especuladores... proveniente del franquismo, así como la ciudadanía que la apoya y la vota, nunca se sintió responsable de los exilios o las muertes o los abusos o los fraudes que asolaron el país y en ningún momento dejó de acallar y acusar de rencorosos a quienes trataban de esclarecer la verdad y recuperar la memoria de las víctimas.

La venganza contra el juez Baltasar Garzón no puede separarse de esas viejas prácticas, aunque los mandarines de siempre se escuden ahora en leyes, códigos, sentencias. No crean, pues, otros argumentos que intenten justificar este atropello. Lo ocurrido es una mezcla onerosa de odios personales, resentimientos gremiales y revanchas ideológicas. Pues el origen del problema, ya lo saben, reside en que, a petición de cientos de familias, algunos de cuyos miembros aún yacen en fosas comunes o enterrados sin dignidad en las cunetas de los caminos, el juez Baltasar Garzón quiso investigar los crímenes franquistas como crímenes contra la humanidad, imprescriptibles por tanto. Algunos jueces, alentados por la fracción más reaccionaria de la derecha española, vieron llegada la oportunidad de dar un escarmiento a quien, entre otras actuaciones, había investigado recientemente una de las mayores tramas de corrupción política y económica de nuestra democracia, el caso Gürtel. Así es que, amparados en argucias legales, iniciaron un proceso judicial para juzgarlo y apartarlo de su puesto. Lo terrible, lo denigrante, es que lo hicieron a instancia de dos partidos ultraderechistas, xenófobos y totalitarios.

El daño que esa casta judicial ha causado a la democracia española
va a ser difícilmente reparable y las razones que han añadido al ya antiguo desprestigio de la justicia en nuestro país pesarán en la conciencia ciudadana durante muchos años. ¿Creen que a sus autores les importa ese descrédito? En absoluto. Se saben poderosos, se saben impunes.

Josef K. ya nos lo había advertido:

«Mi inocencia no simplifica el asunto», dijo K. A pesar de todo tuvo que sonreír y movió lentamente la cabeza. «Depende de muchas sutilezas en las que el tribunal se pierde. Pero al final saca de cualquier parte, donde al principio no había nada en absoluto, una gran culpa.»

12 de mayo de 2010

Amistad, muerte, poesía

Escribí la última entrada con apremio y angustia, sabiendo que de un momento a otro podía interrumpirla y posponer su redacción. Quería hacerla ese día, justo cuando se cumplían dos años desde las primeras palabras que escribí en este blog, pero temía que fuese imposible. La causa era que uno de mis más antiguos e íntimos amigos, Joaquín Gallegos Rosillo, estaba en una cama de hospital perdiendo la vida lentísimamente. En efecto, unas horas después, rodeado de algunas de las personas que más lo habíamos querido, murió.

Doy cuenta de la importancia que puede tener la literatura, la poesía en particular, en los dolorosos trances de la enfermedad y la muerte.

En los últimos tiempos, cuando la comunicación entre nosotros se fue volviendo más incierta a causa del cáncer, Andrea, mi mujer, fue estableciendo con él una sutilísima y distante conversación a través del teléfono móvil. No hablaban, no era necesario. Bastaban los SMS. Casi a diario, Andrea le enviaba un haiku o unos pocos versos a modo de salutación afectuosa y breve. Era un modo delicado de manifestarle nuestra disposición y nuestra proximidad, cuando ya la presencia física de los demás lo incomodaba un poco. Él respondía con el mismo código poético.

Cuando el pasado domingo hubimos de redactar la esquela pública anunciando su fallecimiento, la poesía nos ayudó de nuevo. Encabezamos la esquela, sobria y exenta de distintivos religiosos, tal como él había deseado, con unos versos de René Char, extraídos del libro El desnudo perdido, que él tenía en su biblioteca:

Solamente la vida nos mata. La muerte es el anfitrión. Libera a la casa de su cercado y la empuja al lindero del bosque.
Mozalbete sol, te veo: pero ahí donde ya no estás.

Y unas horas después, durante la ceremonia laica de despedida que organizamos en la Sala del Adiós del cementerio de Granada, también la poesía ocupó un lugar dominante. Nos parecía que los versos de Wislawa Szymborska, Dylan Thomas y Walt Whitman que utilizamos expresaban bien lo que queríamos decir, y decirle y decirnos, momentos antes de que su cuerpo entrara en el crematorio. Con estos fragmentos poéticos lo despedimos:

No existe vida
que, aun por un instante,
no sea inmortal.

La muerte
siempre llega con un instante de retraso.
En vano golpea con la aldaba
en la puerta invisible.
Lo ya vivido
no se lo puede llevar.

***

Y la muerte no tendrá señorío.
Desnudos los muertos se habrán confundido
con el hombre del viento y la luna poniente;
cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,
tendrán estrellas a sus codos y a sus pies;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar saldrán de nuevo,
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;
y la muerte no tendrá señorío.
...
Y la muerte no tendrá señorío.
Aunque las gaviotas no vuelvan a cantar en su oído
ni las olas estallen ruidosas en las costas;
aunque no broten las flores donde antes brotaron ni levanten
ya más la cabeza al golpe de la lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
las cabezas de los cadáveres martillearán margaritas;
estallarán al sol hasta que el sol estalle,
y la muerte no tendrá señorío.

***

Querido amigo, quienquiera que seas acepta este beso,
especialmente te lo doy. No me olvides,
me siento como aquel que ha terminado la tarea del día y se retira a descansar,
vuelvo a recibir uno de mis numerosos tránsitos, asciendo de mis avatares; mas otros indudablemente me esperan, otros esperan por mí.
Una esfera desconocida y más real que la que soñé, más directa, arroja sobre mí dardos que me despiertan. ¡Hasta luego!
Recuerda mis palabras, tal vez yo vuelva,
te amo, abandono lo material,
soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.
...
Lo mejor de mí quedará cuando yo no sea visible; para ese fin me he preparado sin tregua.

¿Qué más hay que me demoro y me detengo y me agazapo con la boca abierta?
¿Hay acaso un adiós definitivo?

Mis cantos han cesado, los abandono,
desde la mampara que me ocultó, me acerco a ti, sólo a ti.
...
Sé tan feliz como si yo estuviera a tu lado. (No estés demasiado seguro de que no esté contigo.)

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Para cumplir el deber de amistad y memoria que ese día nos reclamaba, la poesía fue nuestra aliada. Los versos llegaron hasta donde el lenguaje cotidiano no alcanza o se muestra impotente e impostor. Ahí reside una de las potestades de la poesía, su incólume singularidad.