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20 de junio de 2008

Lugares para leer II

"Tumbada en el colchón, con el libro en la mano, leo al resplandor de una vela en el patio. Mi camastro es el último de todos. Mis hermanos ya duermen. La abuela está sentada en el suyo, a mi lado, y desgrana las cuentas del rosario en silencio. Sospecho que, en vez de rezar, está soñando o rumiando sus palabras nómadas. ¿Son también los sueños una oración? ¿Una oración para que al menos las palabras sigan siendo nómadas? Muchas veces, la abuela tiene la mirada perdida. Cuando es así, me digo que se ha ido más deprisa que sus palabras. [...] No tengo muchos libros, pero da igual, releo una y otra vez los mismos y siempre descubro nuevas palabras. Cada descripción, cada retrato es motivo de horas de invención. Pues mis libros me cuentan mundos totalmente ajenos. Mundos que ni siquiera los ojos de la abuela pueden alcanzar ni adivinar. Seguro que por eso se pierde su mirada. Yo, entre ella y mis libros, ya divago sobre las palabras. Sueño con mares y arroyos en las praderas de mis lecturas. Las palabras tienen colores desconocidos. Camino todas las noches por sus extrañas comarcas."

Malika Mokeddem


He ahí a una joven disconforme, soñadora, insomne, que lee incansablemente durante la noche en un camastro extendido en el patio de su casa en Kenadsa, Argelia. Esa niña, que ansía estudiar medicina, alimenta su imaginación con los pocos libros que posee, cuya relectura es sin embargo una fuente inagotable de descubrimientos y consuelos. Por el hecho de ser mujer está condenada a otros menesteres, a otros designios. Entre ellos, a casarse con quien determine la familia. Pero su disentimiento va cristalizando en un pequeño jergón, mientras los demás duermen, con la ayuda de unos pocos y desgastados libros. La dolorosa conquista de su libertad está narrada en su libro El desconsuelo de los insumisos.