28 de agosto de 2009

Juan Eduardo Zúñiga

Hoy, que ningún aniversario ni ninguna defunción ni ninguna novedad literaria me apremia, quiero celebrar públicamente la obra de un escritor al que he leído con fervor y conmoción. Se trata de Juan Eduardo Zúñiga, narrador y traductor español, nacido en Madrid en 1929 y felizmente activo.

(Fotografía de Gorka Lejarcegi. Diario EL PAÍS)

Si alguien me pidiera que le aconsejara algún texto literario para conocer la vida cotidiana durante la Guerra Civil española y, sobre todo, en la plomiza y desoladora posguerra, no tendría dudas. Le recomendaría la lectura de los tres libros de relatos en los que Juan Eduardo Zúñiga aborda ese tiempo de padecimiento y desesperanza: Largo noviembre de Madrid, La tierra será un paraíso y Capital de la gloria.

He escrito 'conocer' con toda intención. Cuando en otras ocasiones he defendido que la literatura procura conocimiento he tenido en mente a autores como Juan Eduardo Zúñiga. Me refiero al conocimiento que se desprende no tanto de la veracidad documental, que es el territorio de los historiadores, cuanto de la verosimilitud ética, cuyo dominio es patrimonio de los grandes, lúcidos narradores. Para que un relato sea histórico no es necesario ubicarlo en siglos remotos ni aderezarlo con sucesos acreditados, basta con armar la ficción con fragmentos de vida, propia o ajena, examinar los sentimientos y los sueños compartidos de un tiempo y fijarlos en gestos y palabras, condensar en unas pocas y significativas imágenes la dispersión natural de la existencia. Entonces, el lector es capaz, por sí mismo, de comprender, de ser testigo, gracias a una ficción, de un acontecimiento verdadero. En ese sentido, toda narración es histórica, todo presente es leído tarde o temprano como pasado.

Esa labor de rescate y reconstrucción es la que emprende Juan Eduardo Zúñiga cuando escribe sobre los vencidos de la Guerra Civil española, sobre quienes debieron aprender a sofocar sus sueños y a sobrevivir soportando todo tipo de penalidades, temores y frustraciones. Pero aunque la guerra está presente en sus relatos como una sombra opresora, en ellos no hay épica ni héroes ni himnos. Los personajes que los atraviesan únicamente muestran la fisonomía de la derrota. Nos hacen ver el reverso del campo de batalla, el día después del último combate. Son las devastaciones cívicas y sentimentales el espejo que mejor reflejan las secuelas de cualquier guerra, secuelas que, en el caso de la que el fascismo provocó en mi país, aún perduran (fosas comunes en las que todavía están enterrados miles de fusilados, monumentos en recuerdo de los promotores de aquella masacre, desprecio público de la memoria de los vencidos, comportamientos autoritarios y despreciativos hacia los ciudadanos). El retrato de la inmediata posguerra, de las penurias materiales y de los comportamientos morales, es el don más valioso de los libros de Juan Eduardo Zúñiga, en los que sobresale, además de un lenguaje conciso y cautivador, el carácter comprensivo, afectuoso y fraternal
de su mirada. Y es así como los personajes ficticios de un tiempo que no conocí se van afincando en mi memoria, me van instruyendo sobre las historias minúsculas que los relatos de la Historia ignoran, van conformando mi conocimiento y mi conciencia.

22 de agosto de 2009

Esa mañana, el oso lloraba

Hace unas semanas, un lector del blog me solicitó consejo acerca de álbumes infantiles que abordaran el tema de la muerte. Una de sus alumnas, de siete años, había fallecido, y se encontraba en la tesitura de tener que afrontar con los demás alumnos el duelo de la ausencia de su compañera.

A los libros recomendados en su día -El pato y la muerte, ¿Cómo es posible??!, Como todo lo que nace, No es fácil, pequeña ardilla...- quiero hoy agregar un nuevo libro. Acabo de leerlo y me parece que el dolor ante la muerte del amigo está tratado con sumo tacto y extraordinaria belleza. Se titula
El oso y el gato salvaje. El texto es de Kazumi Yumoto y las ilustraciones, en blanco y negro con algunas pinceladas de color rosa, son de Komako Sakaï. Está publicado por la editorial Corimbo.

He hablado numerosas veces, en las aulas y fuera de ellas, sobre este tipo de libros, que tanto asustan a los adultos. Los consideran turbadores y peligrosos. A mí me parecen, en cambio, pertinentes y necesarios. En cualquier caso, inevitables. ¿Por qué los libros destinados a la infancia habrían de desentenderse de un asunto tan presente, tan desolador, como la muerte? Los niños están en el centro de la vida, es decir, de la muerte, cuya existencia les afecta y les desconcierta, como a todos. Nadie que se relacione con niños ignora lo que ese suceso les preocupa, las preguntas que les provoca, las hipótesis que elaboran. Muchos adultos consideran, sin embargo, que lo mejor, si llega el momento, es actuar como si nada hubiera ocurrido, desviar sus interrogantes, disimular la pena. Con ello únicamente consiguen acentuar la perplejidad de los niños, acrecentar su incomprensión.

La literatura, naturalmente, no protege, ni extingue el dolor, pero ayuda a distanciarse, a ver la propia historia como algo ajeno. Y ese extrañamiento es una pequeña liberación. Mi experiencia me hace pensar que lo más importante de esos libros es la oportunidad que brindan para hablar, para transformar el estupor en palabras, para poner orden en el caos. Sabemos que las palabras consuelan, que canalizan las emociones, lo cual hace más llevadero el duelo. Es lo que todos necesitamos. ¿Pero hay que darles esos libros a los niños como si tal cosa, como uno de tantos?, preguntan algunos padres, inquietos por la posibilidad de quebrar bruscamente un estado de edénica inocencia. No, no es necesario ilustrar sobre la muerte a nadie que no lo demande o no le interese. Pero es conveniente que esos libros estén cerca, que aparezcan si algo ocurre y es urgente conversar, que actúen de puente entre aflicciones personales, que den forma a la incoherencia. Cuando eso ocurre, les aseguro que los niños no se espantan, no se quedan alelados. Por el contrario, hablan mucho y hablan bien. Esos cuentos les aportan sobre todo ánimo, esperanza, pues no alientan el olvido, sino la memoria, como ocurre con el oso del cuento elaborado por Sakaï y Yumoto, que gracias al violín del gato salvaje, cuya música le hace evocar su vieja amistad con el pájaro, logra abrir un claro en la oscuridad del dolor.

18 de agosto de 2009

Exige Dignidad

Amnistía Internacional ha iniciado una campaña que bajo el título Exige Dignidad pretende alertar al mundo sobre la necesidad de respetar los derechos humanos de quienes viven en situación de pobreza. La pobreza, además de penurias y frustraciones, genera otra clase de sufrimiento: la pérdida de la dignidad, como si el hecho de ser pobre llevara aparejado la suspensión de los derechos que asisten a cualquier ciudadano. Y de la misma manera que pone todo su empeño en liberar a los presos de conciencia, Amnistía Internacional quiere asimismo liberar a 'los presos de la pobreza', a quienes están atrapados en la miseria contra su voluntad. Es un modo de exigir dignidad para todos los seres humanos.



Amnistía Internacional afirma en el manifiesto de la campaña lo siguiente:

"El crecimiento económico es uno de los componentes de toda estrategia contra la pobreza, pero no puede ser el único. Las personas que viven en la pobreza deben poder reclamar sus derechos humanos y ser dueñas de su destino.

Los abusos contra los derechos humanos causan y perpetúan la pobreza. La relación entre las vulneraciones de derechos y la pobreza es evidente. Las violaciones de derechos humanos pueden generar o agravar la pobreza, y a su vez, vivir en la pobreza significa tener más posibilidades de sufrir violaciones de derechos humanos.

Para que las personas que viven en la pobreza disfruten de sus derechos, es preciso asegurar el acceso a los derechos sin discriminación, la participación de quienes viven en la pobreza en las decisiones que les afectan, y la rendición de cuentas de los que cometen abusos".

El encarcelamiento a causa de las ideas, la tortura o la pobreza son, como se ve, manifestaciones de una misma injusticia.

La campaña incluye una invitación a los ciudadanos a definir lo que entienden por vivir con dignidad. Aquí pueden leerse algunas respuestas.

Acompaño esta noticia con un poema de Rafael Alberti:

Canción 41

Tanta hambre en aquellas tierras.
Tanto hombre casi desnudo.

Bellos los campos y los mares.
Cuanto Dios -dicen- allí puso.

¡Oh, los hermosos panoramas!
Pueblos y gentes para el lujo
de esos que miran y se alejan
felices sin gritar al mundo:

¡Cuánta hambre en aquellas tierras!
¡Cuánto hombre casi desnudo!

15 de agosto de 2009

Dos libros

Hace unos días, mientras aguardaba mi turno en la cola de un supermercado, escuché a mis espaldas un diálogo que atrajo mi atención. Los interlocutores eran un joven bien entrado en la treintena, enjuto, pelo muy rasurado, con un casco de moto en la mano, y una señora que podía ser su madre. No lo era, evidentemente, sino quizá una vecina o una conocida. Lo que me sedujo fue el tono eufórico del joven, que hablaba a la mujer con un aire de no fingida satisfacción, casi exultante. No obstante, el rostro de su interlocutora mostraba un rictus de pesadumbre, de incredulidad. Daba la impresión de que estaba acostumbrada a escuchar palabras semejantes y ya no le producían la más mínima sorpresa o complacencia. Deduje que hacía tiempo que no se veían y el joven le estaba dando noticias de su vida.

- Pues sí, he adelgazado, me he divorciado, he encontrado trabajo, me he leído dos libros, estoy yendo a un gimnasio... En fin, que he cambiado de vida y estoy muy bien. ¿No se me nota?

La mujer asentía, casi inexpresiva,
a cada detalle, como si pensara que todo ese cúmulo de dichas no compensaba el precio que el joven habría debido de pagar.

- ¿Pero ahora estás bien? -le preguntó.

- Pues sí, la verdad.

- No sabes lo que me alegro.

- Muchas gracias -concluyó el joven contento.

Me tocó pagar y abandoné el supermercado.

De regreso a casa fui reflexionando acerca de las cosas en que el joven del supermercado cifraba su presente felicidad. Y de entre todos los signos que conformaban su nuevo estado me quedé atrapado en esos dos libros leídos que había exhibido como un trofeo, como una conquista titánica, como una clara demostración del cambio de rumbo de su vida. ¡Dos libros como dos cimas inmensas culminadas en alguna cordillera lejana! Pensé la aventura colosal que es para unos lo que para otros es apenas un gesto rutinario, insignificante. Me pareció que la incorporación de la lectura (no importa ahora ni los títulos ni el número de páginas ni el tema de esos libros, sino el mero acto de leerlos) a la lista de sus transformaciones era conmovedora, pero más aún que ese joven hubiera tomado conciencia, espontáneamente, de que leer puede ayudar a ser otro. De hecho así parecía haber ocurrido. ¡Cuánto me habría gustado saber algo más de su historia, de sus esperanzas!

11 de agosto de 2009

Voces primordiales 4

Cierro por ahora esta pequeña serie de testimonios sobre el papel de la familia en los comienzos del amor por la lectura con la rememoración que Bertrand Russell hace de la participación de su abuela en su formación lectora. Los abuelos también suelen ser actores principales en el descubrimiento y estima de los libros, y por eso lo consigno aquí. Las escenas que describe Russell detallan a la perfección el ambiente victoriano en que se educó y los recursos que improvisaba para burlar las restricciones que su abuela imponía. En próximas entradas iremos ampliando el espectro de familiares que influyen sigilosamente en la voluntad de leer.

"Mi abuela solía leerme en voz alta, principalmente los relatos de Maria Edgeworth. Había una narración en el libro, titulada "The False Key", que mi abuela dijo que no era muy bonita y, por lo tanto, no me la leyó. Leí la narración completa, párrafo a párrafo, aprovechando el trayecto desde que sacaba el libro de la biblioteca hasta que lo ponía en manos de mi abuela. Sus intentos para impedirme el conocimiento de las cosas raras veces tenían éxito. Algo más tarde, durante el escandoloso caso de divorcio de Sir Charles Dilke, mi abuela tomó la precaución de quemar los periódicos todos los días, pero yo solía ir a la puerta del parque para buscárselos, y antes que llegasen a sus manos leía todo lo relacionado con aquel caso de divorcio. El tema me interesaba tanto más cuanto que una vez había estado en la iglesia con él, y me preguntaba cuáles habrían sido sus sentimientos al oír el séptimo mandamiento. Cuando hube aprendido a leer correctamente, me tocó a mí leer en voz alta a mi abuela, y de este modo adquirí un extenso conocimiento de la literatura inglesa clásica. Leí con ella a Shakespeare, Milton, Dryden, la Task de Cowper, el Castle of Indolence de Thompson, Jane Austen y otros e innumerables libros".

5 de agosto de 2009

Voces primordiales 3

En esta ocasión se tornan los roles y ahora es el hijo el que lee. Los padres actúan en este caso como receptores en vez de donantes. Pero si bien hay una alteración de las funciones no cambia el sentido del ritual: la lectura como un hilo invisible que anuda al niño con sus progenitores. El respeto y el aliento hacia los libros siguen siendo de la misma naturaleza, aunque se manifieste ahora de un modo distinto, aunque modifique el cometido de cada uno de los protagonistas.

El testimonio que hoy aporto procede del libro Intramuros, cuyo autor es el novelista español José María Merino.

"A veces, en la sobremesa de un día festivo, o en vacaciones, tu padre te hace leer en voz alta una poesía, o un cuento. Tu hermano es muy pequeño y está jugando en la cama turca con un rompecabezas, y vosotros tres estáis sentados alrededor de la mesa camilla. En la pared de enfrente hay varios escalones de tablas que sirven de soporte a unos tiestos que ponen en la galería un aire jardinero.

Tu padre pide que leas una poesía en gallego y tú, torpe lector, vas recitando esas palabras cuyo significado apenas intuyes.

Cuando vos oio tocar, campaniñas campaniñas, sin querer torno a chorar.

Por muy confusamente que suenen en tu boca, las palabras despiertan la melancolía materna. Tu madre suspira, y tú descubres como un tesoro esa señal de aflicción y de nostalgia, maravillado de que la simple lectura de unas palabras escritas sea capaz de suscitarla.

Cuando de lonxe vos oio, penso que por min chamades, e das entrañas me doio.

Tu madre suspira, pero sonríe. Por lo tanto su pena no pertenece al espacio de los dolores concretos, sino a otro, que tiene más que ver con los recuerdos, y acaso con las ensoñaciones.

También tienen que ver con los recuerdos La tierra de Alvargonzález, una poesía muy larga y tenebrosa que tu padre vio representar antes de la guerra a la gente de un teatro ambulante que se llamaba La Barraca.

Así, despertadas por tu lectura, las evocaciones diferentes de los dos les devuelven a un tiempo que sólo le concierne a cada uno de ellos, dos tiempos distintos en que tú no existías, y que vinieron a juntarse gracias a la guerra civil, para que tú existieses. Tu lectura es uno de esos sortilegios que permiten viajes mágicos.

Una víspera del día de Todos los Santos, tu padre hace que leas un cuento que se titula El monte de las ánimas. Es la primera vez que descubres esas pisadas lentas, sordas, casi imperceptibles, que se aproximan al lecho de la caprichosa protagonista. Esas pisadas imaginarias han de acercarse luego a tu propia cama muchas veces.

Aquel fue el primero de los cuentos de miedo leídos en tu vida, y cada año volvías a leerlo para tus padres y renovabas el placer de esos espeluznos que la literatura te había desvelado. Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda.

Esa costumbre dura algunos años. En navidad te hacen leer un relato del que tú estás muy orgulloso, pues lo has aportado a aquellas lecturas familiares desde tu libro de lengua del colegio. En el relato, el narrador recuerda sus propias navidades, y un villancico que a tus padres les entristece un poco.

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más.

Recuerdas aquella melancolía, como la melancolía de tu madre cuando leías los versos gallegos. La melancolía era un cuerpo invisible pero palpable, acogedor, que os acariciaba para que compartieseis un estremecimiento de serena tristeza, que a ti se te mostraba como una de las señales indelebles de lo familiar".

31 de julio de 2009

Voces primordiales 2

Aún faltan muchos años para que ese joven emigrante indio en la isla de Trinidad comience a publicar sus primeras novelas y muchos más para que le sea concedido el Premio Nobel de Literatura. Entonces es tan sólo un joven oriundo de la India llamado Vidiadhar Surajprasad Naipaul, que vive a la par en dos mundos bien diferentes, en dos lenguas, en dos culturas: el de su casa y el del colegio. Los libros trazan caminos inesperados y a veces contrapuestos entre uno y otro. La figura del padre resulta ahí determinante. Al cabo de los años seguirá recordando la deuda con la voz paternal.

El testimonio que hoy les ofrezco procede del libro Leer y escribir. Una versión personal, de V. S. Naipaul.

"Sin embargo, ya había empezado a hacerme mi propia idea de lo que significa escribir. Era una idea mía, curiosamente ennoblecedora, sin nada que ver con el colegio ni con nuestro clan familiar hindú. Esa idea de escribir -que me despertaría la ambición de ser escritor- se cimentó en las cositas que me leía mi padre de vez en cuando.

Mi padre era autodidacto, y se hizo periodista por sus propios medios, leía a su manera. Por entonces tenía treinta y pocos años, y aún estaba aprendiendo. Leía muchos libros a la vez, sin terminar ninguno, y no le interesaban ni el relato ni la trama, sino las cualidades especiales o el carácter del escritor. Eso era lo que le gustaba, y solo disfrutaba de los escritores en pequeños arranques. A veces me llamaba para que le oyera leer tres o cuatro páginas, raramente más, de un escritor que le agradaba especialmente. Leía y explicaba con ardor, y no me costaba trabajo que me gustara lo que le gustaba a él. De esta forma tan curiosa -teniendo en cuenta las circunstancias: la mezcla de razas en el colegio de una colonia, la introversión asiática en casa- empecé a construir mi propia antología de la literatura inglesa.

Estos eran algunos fragmentos de tal antología antes de que cumpliera los doce años: varios parlamentos de Julio César; páginas sueltas de los primeros capítulos de Oliver Twist, Nicholas Nickleby y David Copperfield; la leyenda de Perseo de Los héroes, de Charles Kingsley; unas cuantas páginas de El molino junto al Floss; un cuento romántico de amores, fugas y muerte en malasia de Joseph Conrad; algo de los Cuentos de Shakespeare, de Lamb; relatos de O. Henry y Maupassant; un par de páginas cínicas sobre el Ganges y una fiesta religiosa de Jesting Pilate, de Aldous Huxley; otras cosas del mismo estilo de Hindoo Holiday, de J. R. Ackerley y unas cuantas páginas de Somerset Maugham.

Lo de Lamb y Kingsley debió de resultarme demasiado anticuado y enrevesado, pero por alguna razón -sin duda el entusiasmo de mi padre- fui capaz de simplificar todo lo que oía. En mi cabeza, todos los fragmentos (incluso los de Julio César) adquirían un aire de cuento de hadas, se transformaban en relatos de Andersen, remotos e intemporales, y no me costaba nada jugar mentalmente con ellos".

26 de julio de 2009

Voces primordiales

Quisiera ir ofreciendo en las próximas semanas algunos testimonios de escritores/lectores acerca de la influencia que sus padres tuvieron en sus deseos y gustos por la lectura. Me parecen oportunos en estos días en que el tiempo parece dilatarse, en que la proximidad se hace más íntima y duradera. Espero que les gusten y les haga pensar o quizá recordar.

El primero corresponde a la escritora española Soledad Puértolas y está incluido en su libro Con mi madre.

"Cuando, a los tres años, la enfermedad del tifus se apoderó de mí y también de mi madre, pasé un largo mes recluida con ella en uno de los cuartos de la casa de mi abuela, en Pamplona. Lo llamábamos el cuarto rojo, porque predominaba el color rojo; los muebles, unas sillas muy rectas y unos sillones de brazos y un sofá, todos muebles rectos y duros, estaban tapizados de terciopelo rojo con dibujos de flores, y las cortinas y la colcha de una cama turca eran de damasco rojo, igualmente floreado. Era un cuarto destinado a recibir las visitas -si bien yo no recuerdo ninguna- y en algún momento también albergó la mesa de despacho de mi tío Pedro, el único hijo que todavía vivía en casa de la abuela. Era un eterno opositor a notarías.

Pero es difícil determinar el tiempo que duró nuestra reclusión, y no estoy segura de que fuera un mes o dos o tres... El tiempo no se contaba de forma convencional, tenía un ritmo lentísimo. Aquel tiempo ocupa un bloque importante dentro de mis recuerdos y sé que mi vida no habría sido la misma si mi memoria no hubiera guardado en un lugar especial esa suma de días que conviví con mi madre, las dos enfermas, amenazadas de muerte, envueltas en el color rojo de aquel cuarto que fue, mientras duró la enfermedad, enteramente nuestro y un territorio casi prohibido para los otros habitantes de la casa.

Fue en ese cuarto rojo donde me contaron el cuento que me aprendí de memoria y que también marcó mi vida, porque, luego, vencida la enfermedad, cogí entre las manos el libro en el que se encontraba el relato y reconocí una a una todas las palabras. Fue así, de golpe, como aprendí a leer. Y, sobre todo, me quedé para siempre seducida por la vida que se contiene en los relatos, esa otra vida que te ayuda en la vida que tú, esa enferma de tres años, estás viviendo.

Esa enferma de tres años accedió, a través del cuento que le contaban día a día, y seguramente más de una vez en el mismo día, según me dijeron, a un mundo mágico en el que no son necesarias las reglas que rigen éste. Accedí a la invención, y, como eso ocurrió durante aquella larga enfermedad, la invención quedó para siempre ligada a una idea de refugio, de territorio prohibido para los otros y sagrado para mí. Y para mi madre. Por eso siempre he tenido la sensación de que ha sido mi madre la responsable de que la imaginación, la necesidad de escribir, se haya ido abriendo paso a lo largo de mi vida, día a día también, y haya llegado a ocupar el espacio que hoy ocupa y que casi no podría delimitar, tan ligado está a lo que es mi vida, a lo que soy.

¿De qué trataba aquel cuento?, ¿qué es lo que aún recuerdo de él?

De que la protagonista del cuento era una gallina no tengo la menor duda, una gallina petirroja, adjetivo cuyo verdadero significado desconocía, pero que para mí siempre tuvo un sentido de desdicha. La gallina petirroja era una pobre y desgraciada gallina a quien nadie quería. Imagino que si nadie me explicó lo que significaba el adjetivo de petirroja fue porque nunca lo pregunté, segura como estaba de mi interpretación.

Incorporada en la cama supletoria que pusieron para mí al lado de la cama turca que ocupaba mi madre una y otra vez pedía, exigía, con impertinente obstinación, que me leyeran el cuento. En alguna parte perdida de mi memoria se habrá quedado grabado si, como sostienen algunos neurólogos, todo lo que vivimos es archivado en el cerebro, si bien no todo aflora en los recuerdos.

[...]

Supongo que ese impulso permanece. Cuando estoy escribiendo un relato o una novela y me aproximo al final, estoy muy atenta a los más mínimos destellos de luz. eso es lo que me empuja a escribir. Esa luz fue lo que la gallina petirroja que me acompañó durante mi larga enfermedad encontró al final.

Pero yo tenía a mi lado, durante los largos días del tifus, otra luz más cálida y esencial, la que provenía de la cama de mi madre. Los hilos van y vienen, se entremezclan. En un relato y una novela puedes poner la palabra fin. En la vida, es la muerte quien escribe esa palabra. Pero, al escribir, puedes borrar la palabra fin. Sin necesidad de escribirla, ésta es la palabra que se queda flotando en el aire: CONTINUARÁ."

20 de julio de 2009

Madrugada de julio de 1969

"La ventana del comedor está justo enfrente de la lámpara encendida en la esquina de la calle del Pozo: cuando empujo la puerta hay un cuadrilátero de luz recortado sobre las baldosas, y se escucha el mecanismo del reloj de pared al que mi abuelo le dio cuerda antes de acostarse. La claridad que entra por la ventana es la de la bombilla de la esquina y también la de la Luna en la que ya se ha posado la nave Eagle. Sin dar la luz enciendo el televisor: hay primero una nebulosa de puntos grises, negros, blancos, cruzando la pantalla, como sucede a veces cuando se corta la emisión, un crepitar como de lija, de rumores estáticos. Quizás se ha perdido la imagen, o no han funcionado las cámaras del módulo lunar, o ha ocurrido alguna de las desgracias que imaginaban los científicos y los proveedores de augurios: una radiación solar cegadora ha fulminado a los astronautas nada más asomarse a la intemperie de la Luna, una lluvia de meteoritos ha acabado con ellos. Entonces el granizado de puntos grises, blancos y negros empieza a disiparse, o más bien parece que se condensa en imágenes muy borrosas, en sombras o espectros blancos que acaban cobrando la forma extraña y reconocible del módulo lunar: las patas metálicas, la escalera, la plataforma sobre la que se levanta el poliedro confuso con ángulos irregulares y brillos como de papel de plata en cuyo interior los astronautas quizás aguardan el momento preciso de abrir la escotilla, la orden de salida que ha de llegar desde la Tierra. Es un aparato no menos extraño que la esfera antigravitatoria de Wells o que la bala hueca y gigante de cañón de los viajeros de Julio Verne. Parece hecho de cualquier manera, con materiales demasiado livianos, para reducir el peso al máximo, una yuxtaposición de partes que no acaban de encajar entre sí, las patas largas de crustáceo o de arácnido, tan frágiles que parece que un aterrizaje brusco podría romperlas, el cuerpo poliédrico forrado de una lámina dorada de aluminio, la escalera metálica, las ventanillas triangulares. ¿Por qué triangulares, y no redondas, como ojos de buey? Voces nasales dicen excitadamente en inglés algo que no entiendo: voces metálicas de transmisiones de radio medio ahogadas por sonidos estáticos, por un fragor de lejanía que desciende luego a un murmullo y por fin se desvanece en silencio. No escucho nada ahora, y aunque giro la rueda del volumen las vagas imágenes y fulguraciones grises se deslizan en la pantalla acompañadas por ningún sonido. Un brazo metálico se extendió automáticamente cuando el módulo lunar se posó sobre el polvo y en su extremo estaba la cámara de televisión que transmite ahora mismo estas imágenes. Formas vagas, difíciles de discernir, las patas del módulo, la escalera, de un aire tan inseguro como el del propio vehículo espacial, con sus paredes de aluminio tan delgadas que un meteorito del tamaño de una almendra podría atravesarlas. Mientras aguardaban, antes de vestirse los trajes espaciales y las escafandras, Armstrong y Aldrin oían un repiqueteo tenue de algo que chocaba contra el exterior del módulo, como arañazos, como gotas de llovizna: eran las partículas infinitesimales, llegadas del espacio, los granos de asteroides que puntean el polvo de la Luna como las patas de los insectos y de los pájaros la arena fina de una playa en la Tierra. Algo se mueve ahora, gris más claro y casi blanco en medio de la grisura, sobre la línea nítida que separa la superficie de la Luna de la oscuridad del fondo. Algo se mueve, alguien, flota, como en un acuario, una joroba grande que parece no pesar, una escafandra, unas piernas torpes que tantean los peldaños de la escalera metálica. Como alguien que baja cautelosamente por la escalerilla de una piscina y tantea el agua, no se atreve a arrojarse a ella, pero es impulsado de nuevo hacia arriba, sin peso, como si el traje estuviera hinchado por un gas más ligero que el aire. Un peldaño tras otro, despacio, y por fin el último, un salto ligero, y la figura salta y se eleva, se queda instantáneamente suspendida, ingrávida, más bien torpe, las botas tan gruesas, los brazos extendidos, el cuerpo entero oscilando, de un lado a otro, como en una danza pueril. La luz gris que llega a través del televisor desde la Luna ilumina mi cara en la habitación en penumbra. Siento como si todavía no hubiera despertado del todo, como si soñara que me he despertado en mi cuarto del último piso, que he bajado con cautela los peldaños para no despertar a mis padres o a mis abuelos, que caen cada noche en el sueño como piedras al fondo de un pozo."

(Fragmento de la novela El viento de la Luna, escrita por Antonio Muñoz Molina y publicada en la editorial Seix Barral. Reproducido con motivo del cuadragésimo aniversario del alunizaje del Apolo 11 y la primera huella de la especie humana en la superficie de la Luna)

17 de julio de 2009

Crisis y lecturas

A quienes admiren la sensibilidad y las ideas de Michèle Petit sobre la lectura;
a quienes quieran conocer testimonios sobre la potestad reparadora de los libros;
a quienes busquen argumentos sobre la importancia o la necesidad de leer;
a quienes interesen las experiencias que en tantos lugares del mundo se llevan a cabo para formar lectores;
a quienes aún duden del valor cívico de la lectura;
a quienes no hayan reparado en el papel determinante de la literatura en la vida;
a quienes sientan curiosidad por la compleja psicología humana;
a quienes admiren el coraje y la fortaleza de los individuos en momentos de aflicción personal o colectiva;

a quienes deseen saber algo más sobre las relaciones entre lectura y emoción;
a quienes consideren que leer es algo más que un pasatiempo;
a quienes preocupen los modos de promover la lectura;
a quienes crean o nieguen la virtud reconfortante de la voz y la palabra;
a quienes piensen en los libros como moradas hospitalarias;
a quienes estimen la relevancia social de las bibliotecas y las escuelas;
a quienes, sencillamente, importe la suerte de sus semejantes;
a todos
recomiendo la lectura de este libro:


11 de julio de 2009

Cuentos del lejano oeste

Reproduzco cuatro cuentos breves de un autor al que admiro mucho, Luciano G. Egido. Es el mejor modo de mostrar mi reconocimiento. Pertenecen los cuatro al libro Cuentos del lejano oeste, cuya originalísima organización es ya un motivo de fascinación. Los cuentos van creciendo en extensión a medida que avanza el libro, de modo que el primero, titulado Presente, se compone de dos palabras (Yo, era) y el último, Circo, alcanza las 18 páginas. Además, cada uno de ellos va precedido de una cita literaria, que, en conjunto, componen un magnífico catálogo de admiraciones.


Enigma

Se desnuda todo de sí para no ser más que amor.
Fray Luis de León


Él tenía un tiro en el corazón y ella, en la cabeza. Nunca se sabrá quién de los dos amaba más al otro: si ella por matarse por él o él por dejarse matar por ella.


Desnudo

Lo más profundo del ser humano es la piel.
Paul Valéry


Le dije: "Desnúdate". Y ella me dijo: "¿Tan pronto?". Y yo le dije: "Entiéndeme; lo que quiero decirte es que me hables de ti". Y ella me dijo: "Entonces, mejor será que me desnude".


Error

Yo fui loco y ya soy cuerdo
Miguel de Cervantes


El mucho leer le había trastornado el cerebro. Era viejo, flaco y visionario. Creía en la bondad, en la solidaridad y en la justicia. Cuando vino la República, su locura se exacerbó hasta el éxtasis y la guerra civil le cogió a contrapié. Lo fusilaron contra una tapia que creyó que era la frontera del paraíso, unos pistoleros, a los que confundió con ángeles, un día de sol que le pareció de buen agüero. Tuvo tiempo de reconocer ante los suyos, que le recogieron agonizante, que se había equivocado.


El árbol

El árbol bello dos veces centenario
las poderosas ramas extendidas,
cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,
dosel donde una sombra edénica subsiste.
Luis Cernuda


Todas las mañanas, lo primero que hacía era abrir la ventana de su cuarto para verlo y se pasaba largo rato mirándolo. Había crecido con él y le parecía la imagen de la perfección. Reproducía con exactitud el árbol ideal de los tratados de botánica. Era alto, frondoso y ancho sin ser agobiante y tenía dos troncos nudosos y paralelos, que ascendían como dos columnas robustas, que se doblaban en una continuidad de ramas, esbeltas e intrincadas, que lo coronaban con una armonía, levemente asimétrica, que se concretaba en una floración de hojas inquietas, brillantes, graciosas y variadas, que se movían a la menor brisa y recogían el relente de la noche y lo transformaban en perlas sobre el azul del primer cielo. Lo habitaban los pájaros, lo frecuentaban los niños y lo agradecían los caminantes. Cuando cambiaron el trazado de la carretera estatal, quedó condenado a muerte y no sirvieron de nada sus protestas, sus denuncias en los periódicos, sus pleitos contencioso-administrativos, sus desesperados intentos de sabotaje. Todas sus apelaciones terminaron en el mismo fracaso. Alegó la belleza, la tradición, la humanidad y el respeto a la naturaleza; pero nadie le hizo caso. En el momento en que la sierra mecánica atacó uno de sus troncos, con decisión mañanera e indiferencia criminal, se oyó un quejido desgarrador, largo y pavoroso. El tipo de la sierra, con su gorra de béisbol de los Yankees de Nueva York y un bozal de plástico transparente debajo de unas anteojeras oscuras, detuvo el aparato, sobrecogido por la intensidad del dolor humano de aquel lamento insólito. Pero, al cabo de unos segundos, volvió al ataque con idéntica ferocidad y el mismo aire rutinario, hasta que su víctima cayó solemnemente, con gallardía de dios destronado. Los médicos certificaron su muerte como consecuencia de un infarto de miocardio y ni siquiera le dieron la satisfacción de enterrarlo en un ataúd, hecho con los tablones del árbol talado enfrente de su casa, como sin duda él hubiera querido.


(El libro Cuentos del lejano oeste está publicado en la editorial Tusquets)

7 de julio de 2009

Bellezas durmientes

Hace un año, el director del Festival Internacional de Música y Danza de Granada encargó a la compañía DA.TE Danza, con la que colaboro asiduamente, la creación de un nuevo espectáculo para su estreno en la edición de 2009. En esta ocasión, la propuesta poseía dos condiciones: recrear el cuento de La bella durmiente y que el espectáculo se hiciera pensando en un público adolescente, tan complejo y tan difícil de cautivar. Ayer, 6 de julio, se estrenó la obra.

El desafío era mayúsculo, pero como todo desafío resultaba excitante. Desde los primeros esbozos de la dramaturgia tuve claro que no podíamos reproducir literalmente las versiones tradicionales del cuento (Basile, Perrault, Grimm...) sino que era necesario leer la historia con ojos del siglo XXI. Las princesas, los castillos, las hadas, las urnas de cristal, las zarzas del bosque... no son sino marcas históricas, perfectamente prescindibles. Lo importante era conservar la médula de la historia: el adiós a la infancia y el letargo prolongado que sigue antes de despertar a la plenitud de la vida sexual y social. Ésa es una de las principales ventajas de los arquetipos populares: su ductilidad. Sin alterar la poderosa imagen del cuento (una joven de quince años sumida en un profundo sueño de 'cien años' a causa de un maleficio) era posible y obligatorio traerlo al mundo contemporáneo y recrear el 'sueño' de unos jóvenes adolescentes de 2009.

Y a la vez me parecía que, tras los medios tecnológicos y las músicas y las prendas de vestir de los adolescentes de hoy, permanecía la incertidumbre elemental: el porvenir incierto, la búsqueda de un espacio propio. Ése es el sentido último de la adolescencia. La laxitud, la desgana, la desafección, los silencios, la disconformidad... son manifestaciones de una búsqueda incesante y dolorosa, de la que las transformaciones corporales no son sino síntomas de una profunda metamorfosis psíquica. Las palabras y las voces de un grupo de adolescentes y jóvenes (gracias especialmente a Paloma, Ana, José Carlos, Celia y Noemí) han sido nuestra guía permanente.

De sus ceremonias grupales, sus gestos, sus sentimientos íntimos quisimos hablar mediante el lenguaje de la danza, es decir, del cuerpo y el movimiento. El resultado ha sido Belleza durmiente. Cuento contemporáneo para adolescentes, que, como dije, se estrenó ayer en el Teatro CajaGranada Isidoro Máiquez. ¿Y qué puede decir de la obra uno de sus autores? Simplemente que me sentí emocionado, feliz por ver la culminación de un trabajo largamente meditado y ensayado, admirado de la fecunda colaboración de tantos y tan excelentes profesionales, desde los músicos al iluminador o el escenógrafo. Como la relación de todos ellos haría de esta entrada casi un listín telefónico, me limitaré a citar, en representación de todos, los nombres de los directores, Omar Meza y Valeria Frabetti, y los bailarines, los verdaderos protagonistas: Celia Sako, Rosa Mari Herrador, Maximiliano Sanfort, Marie Klimesova e Iván Montardit.

Espero que alguna vez tengan la oportunidad de ver el espectáculo.

1 de julio de 2009

Onetti


Ya he olvidado cómo conocí las ficciones de Juan Carlos Onetti, quién me habló inicialmente de él, dónde leí su nombre por primera vez. Sí sé desde luego que no fue un autor de mi juventud, del tiempo de las lecturas inaugurales y desbocadas. Antes que él, y por citar únicamente a escritores latinoamericanos, habían llegado Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Juan Rulfo o Jorge Luis Borges, cada uno por un camino y por distintos motivos. Ya no sé si Onetti no fue nombrado entonces o yo no presté atención a su nombre. Aunque tiendo a pensar ahora que las cosas hubieran sido de otra manera si ese encuentro se hubiera producido antes. Tal vez uno recibe las cosas que importan cuando las merece, o cuando verdaderamente las necesita, o cuando se tiene la disposición necesaria para recibir un libro como el regalo largamente esperado. Tan tardío entonces, tan imprescindible ahora, tan irremediablemente enredado ya en mi conciencia, no sabría decir si Onetti me ayudó a mirar el mundo y la gente como lo hago o si aquel incipiente e inseguro modo de mirar, necesitado de excusas literarias, me aproximó a él. Todos necesitamos el auxilio de una mirada ajena, algunos nombres, algunas ficciones, que conformen nuestras pasiones. Somos lo que hemos leído tanto como lo que dejamos de leer.


Hablo ahora de esto sin lamentaciones. Mi tardío descubrimiento de Onetti no puede ya ensombrecer la existencia de Santa María, la ciudad inmunda y portuaria a la que llegué por primera vez en ferrocarril, intruso en un vagón donde conversaban con desgana Larsen y las tres mujeres (María Bonita, Irene, Nelly) que había contratado en la capital para abrir el primer prostíbulo de la ciudad. Hice mi entrada a través de un idioma muy distinto al que estaba acostumbrado, aunque fuera la misma lengua que yo hablaba. Larsen, por lo demás, tampoco era el prototipo de héroe de las novelas latinoamericanas que acostumbraba a leer, sino un pobre hombre, un vulgar proxeneta, gordo y sudoroso, grosero, envejecido, al que su antigua dedicación al macró le había adjuntado el sobrenombre de 'Juntacadáveres'. Inesperadamente, me encontré en medio de una desconocida Santa María, es decir, en medio de una lengua y una literatura insólitas, cuyos habitantes, y los conflictos que los mantenían juntos y enfrentados, me hicieron conocer las formas más extremas de la tristeza y la melancolía.


De ese mundo tan literario pero tan poco afectado procedía Larsen y su desaforado ideal de fundar un burdel, una ambición que después (aunque literariamente suceda antes, pues Onetti interrumpió la redacción de Juntacadáveres para redactar El astillero) trasladará inútilmente a la tarea de hacer funcionar un astillero arruinado. Como todas las novelas inaugurales, aquélla imponía una singular manera de leer, que más tarde ratificarían otras novelas y sus cuentos (ay, sus cuentos). Las palabras parecían importadas de otro mundo, de lugares donde el fracaso, los sueños irrealizados, la mediocridad, la desesperanza, se cultivaban con ahínco. Llegaban ordenadas de un modo inusual, unidas unas a otras por un parentesco imprevisto, tan exacto como amargo, con una claridad insoportable. Aquella escritura, dotada de una adjetivación acumulada y apabullante, aparecía como una desencantada confidencia y la lectura, como una estupefacta manera de conocimiento. Parecía escribir para un lector nada acomodado, del que exigía una concentración de relojero. Tras aquellas frases uno adivinaba un tipo de escritor nada petulante, algo cansado de la vida, aunque no indiferente, que narraba con la serena sabiduría de quien no concede a su oficio más trascendencia que la que se concede a un oficinista o a un camarero. Aquel tipo, simplemente Onetti a partir de entonces, me elevó como lector.

Hoy se cumplen cien años de su nacimiento. Quería recordarlo, mostrar mi gratitud.

26 de junio de 2009

En la despedida

Fui a despedirme del grupo 'Las palomas', de la Escuela Infantil Arlequín, en Granada, del que ya he hablado. Conté que en su día fui invitado por ellos a hablarles de China y de libros y que mantuvimos una larga conversación sobre los más dispares asuntos y luego les leí algunos cuentos. Al día siguiente, en la asamblea de la mañana, se dedicaron a comentar la visita. Isabel, la maestra, me dio las notas que había tomado mientras los niños me evocaban. Es una descripción tan exacta, tan afectuosa, que no me resisto a reproducir los comentarios que hicieron. Pueden imaginar un círculo de niños y niñas, levantando la mano para intervenir, aportando sus impresiones, matizando o corrigiendo las afirmaciones de sus compañeros:

Con gafas
Alto
Calvo
No. Medio calvo
La cara la tenía demasiado redonda
Sí, como una pelota
Mayor
Más joven que mi padre
Medio mayor y medio joven
Con un maletín
Leía muy bien
No, muy bien no. Fenomenal
A veces era serio
Y a veces sonriente

No caben descripciones más ajustadas a la realidad. Casi tengo la tentación de utilizarlas como perfil para el blog. Me conmovió leerlas. Me sentí elevado y agradecido.

No faltaron, claro está, las evocaciones pictóricas. Reproduzco algunas.




Me asombró además conocer sus temores e incertidumbres. El próximo año acudirán ya a otras escuelas. Se separarán y los nuevos ámbitos les crean inquietud. Saben que en la escuela que abandonan son los mayores y en las escuelas a las que van serán los pequeños. Se saben vulnerables y tienen miedo al cambio. No saben qué les aguarda. Les preocupa saber si serán capaces de responder a lo que se espera de ellos, si sabrán desenvolverse en el mundo. Una niña está dándole vueltas a algo que ya percibe como un gran desafío. Hace unos días le preguntó a su maestra si pensaba que aprobaría el examen de 5º. ¿Cómo imaginará ese examen? ¿Dónde habrá adquirido conciencia de su dificultad? Aún no ha comenzado la enseñanza primaria y ya está preocupada por un porvenir tan remoto. Escuchándolos, me parecía que, a pesar de la diferencia de edad, compartíamos las mismas expectativas, las mismas inseguridades, las mismas aspiraciones. Les deseé suerte y procuré transmitirles confianza. Sé que no van a tener ningún problema, pero de repente me sentí torpe, balbuciente, indeciso. ¿Qué puede uno decirles en esos casos? ¿Cómo subestimar un camino que ellos ven lleno de riesgos y encrucijadas? ¿Cómo librarlos de una experiencia que han de vivir por ellos mismos? ¿Cómo minusvalorar unos desasosiegos tan presentes en sus vidas? Frente a ellos, es fácil entender la fascinación que ejercen tantos cuentos de niños solos en medio del bosque, de brujas y animales amenazantes, de hadas protectoras, de dones y energías para salir adelante. ¿Puede sorprender entonces que el libro que les regalé, 3 brujas, en el que la serenidad, la confianza y la sonrisa de dos niños pequeños resisten y modifican el carácter belicoso de las tres brujas protagonistas, esté pasando incesantemente de mano en mano?



21 de junio de 2009

Verano, Junio, Invierno

Hoy, 21 de junio, tiene lugar el solsticio de verano en el hemisferio norte. Hoy también, en el hemisferio sur, sucede el solsticio de invierno. Mismo día, sensaciones distintas.

Aquellos veranos

Lentos veranos de niñez
con monte y mar, con horas tersas,
horas tendidas sobre playas
entre los juegos de la arena,
cuando el aire más ancho y libre
nunca embebe nada que muera,
y se ahondan los regocijos
en luz de vacación sin tregua,
el porvenir ni tiene término,
la vida es lujo y va muy lenta.

Jorge Guillén


Oda al invierno
(fragmento)

...
Pero eres frío, invierno;
y tus racimos
de nieve negra y agua
en el tejado
atraviesan
la casa
como agujas,
hieren
como cuchillos oxidados.
Nada
te detiene.
Comienzan
los ataques de tos, salen los niños
con zapatos mojados,
en las camas la fiebre
es como
la vela de un navío
navegando a la muerte,
la ciudad de los pobres
que se quema,
la mina
resbalosa,
el combate del viento.

Desde entonces,
invierno, yo conozco
tu agujereada ropa
y el silbato
de tu bocina entre las araucarias
cuando clamas
y lloras,
racha en la lluvia loca,
trueno desenrollado
o corazón de nieve.

El hombre
se agigantó en la arena,
se cubrió de intemperie,
la sal y el sol vistieron
con seda salpicada
el cuerpo de la nueva nadadora.
Pero
cuando viene el invierno
el hombre
se hace un pequeño ovillo
que camina
con mortuorio paraguas,
se cubre
de alas impermeables,
se humedece
y se ablanda
como una miga, acude
a las iglesias,
o lee tonterías enlutadas.
Mientras tanto,
arriba,
entre los robles,
en la cabeza de los ventisqueros,
en la costa,
tú reinas
con tu espada,
con tu violín helado,
con las plumas que caen
de tu pecho indomable.
...

Pablo Neruda

17 de junio de 2009

Colección de sombras

Todo comenzó cuando José Antonio Portillo, artista intensamente ligado al teatro y a los libros, propuso a un numeroso grupo de niños y adolescentes que se formularan una provocadora pregunta, ¿Qué piensa mi sombra?, y a la par que reflexionaran y describieran su 'camino orgánico', ese camino cotidiano y rutinario que marca nuestras vidas y que está pleno de objetos, colores, personas, horizontes, edificios... Las respuestas -divertidas, melancólicas, filosóficas, imaginativas...- no tardaron en llegar. Daban cuenta de pensamientos, observaciones, interrogantes y sueños, es decir, de la belleza de la vida que les salía al paso donde menos lo esperaban: en el cansino itinerario que cada mañana recorrían sin apenas conciencia.

"¿Cómo serán por dentro las sombras de los libros?"
Patricia

"Cuando pienso en aquel portal sin puerta, el anciano todavía está allí"
Laura


"La sombra del vaso de cristal es la leche"
Aitor

"Pienso que puedo volar, y por la noche recorrer todos los lugares donde me gustaría estar. ¡Ojalá!"
Souhaib

"Los reflejos piensan: somos la sombra de la luz"
Alonso P.

El resultado de aquella experiencia emocional e intelectiva fue el libro ¿Qué piensa mi sombra?, editado por Kalandraka, y que está compuesto por las imágenes de las sombras que captaron los propios protagonistas, y a las que adjuntaron breves comentarios personales, y el fotógrafo Jordi Pla. ¡Qué asombrosa puede ser la creatividad de los jóvenes a poco que se les dé una buena excusa para echar a volar su imaginación!

Pero más todavía que la colección de sombras me gusta el dvd que acompaña al libro, obra de Jordi Pla y José Antonio Portillo. Las siete historias de adolescentes narradas en primera persona a partir de sus sombras constituyen un documental de una sencilla, profunda y conmovedora belleza. Por distintos motivos, lo he visto una decena de veces. En ninguna ocasión he dejado de emocionarme. Hay algunos relatos en los que hay que hacer un gran esfuerzo por contener las lágrimas. Dejan a los espectadores silenciosos y pensativos. Si tienen ocasión de leer el libro y ver el documental, háganlo. Se sentirán felices, agradecidos.

12 de junio de 2009

Los niños que trabajan

Hoy, 12 de junio, es (no soy capaz de escribir 'se celebra' o 'se conmemora') el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Convendrán conmigo en que es una de las lacras más terribles de nuestro mundo. Afecta, cómo no, a los países pobres, a las familias pobres. Es un infortunio de pobres. También existe en los países ricos, pero de modo casi marginal. Considero un crimen el secuestro de la infancia, la negación de los goces que consideramos hermosos y necesarios: jugar, pasear con amigos, estudiar, ir al teatro, explorar juntos... Es descorazonador pensar que mientras escribo estas palabras hay niños cosiendo balones para empresas multinacionales, niñas acarreando materiales en fábricas clandestinas, niños transportando pesadas piedras sobre sus cabezas, niñas prostituidas en burdeles infectos, niños enfangados en los arrozales, niñas sirviendo como criadas, niños pastoreando cabras... ¿Cómo podemos aceptarlo? Ya sé que no es nada nuevo, que es el negro precio de la miseria. Eso no evita, sin embargo, que lamente que en mi tiempo, cuando somos capaces de lanzar sondas a Marte e identificar el ADN de un ser humano, pervivan las calamidades de un pasado casi abolido en esta parte del mundo en la que vivo.

La literatura ha dado cuenta de esa desdicha. ¡Cuántos niños y niñas trabajadores han dejado su huella en los cuentos populares y en los libros! Porque, ¿quién es Lázaro de Tormes sino un niño trabajador vagando por Castilla al servicio de un ciego? ¿Y no lo son igualmente Oliver Twist o Kimball O'Hara? ¿Recuerdan el episodio en el que Don Quijote se enfrenta a un labrador que está azotando a un niño al que acusa de haber perdido una oveja? ¿Y cómo catalogar a la pequeña cerillera del cuento homónimo de Hans Christian Andersen? La lista sería interminable.

También la literatura contemporánea es sensible a ese infortunio. Querría hoy hacer mención a algunos libros que lo testimonian. Es una lista personal, complementaria de la que seguramente tendrán ustedes.


No hay tiempo para jugar. Relatos de niños trabajadores, de Sandra Arenal y Mariana Chiesa. Editorial Media Vaca.

El lugar más bonito del mundo, de Ann Cameron. Editorial Alfaguara. Traducción de P. Rozarena.

Los Hermanos Negros, de Hannes Binder y Lisa Tetzner. Editorial Lóguez. Traducción de Eduardo Martínez.

A lo lejos, Menkaura, de Elena O'Callaghan. Editorial Edelvives.

La historia de Iqbal, de Francesco D'Adamo. Editorial SM. Traducción de Rosa Huguet.

Trabajar no es un juego, Varios Autores. Fundación CEAR - Planeta - Debate.

Vendida, de Patricia McCormick. Editorial SM. Traducción de Xohana Bastida.

Los niños de la mina, de Fabian Grégoire. Editorial Corimbo. Traducción de Carlos Fanlo Malagarriga.

El pan de la guerra, de Deborah Ellis. Editorial Edelvives. Traducción de Herminia Bevia

T de trabajo infantil, de Tomás Abella. Editorial Intermón Oxfam.

8 de junio de 2009

Nuevas palabras pintadas

Las escaleras de acceso a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, donde trabajo, han vuelto a poblarse de palabras. Al término del pasado curso académico ya fueron adornadas con esas y otras palabras, cuyo brillo fue desvaneciéndose con el paso de los días. Ahora, en las postrimerías del presente curso, como un fruto tardío de primavera, han aparecido otra vez, más coloristas, más diversas.

Las nuevas palabras siguen recordándonos a qué vamos allá, a qué tendríamos que aspirar, a qué reclamaciones deberíamos atender: cooperar, disfrutar, luz, escuchar, autonomía, comprender, empatía, soñar, aventura, imaginar, vivir, respeto, arriesgar, mirar, diversidad, justicia, vivir, leer...

4 de junio de 2009

Si los robots leyeran

Hace ya algunos años, Jerry R. Hobbs, un investigador norteamericano en el campo de la informática y la inteligencia artificial, escribió un artículo cuyo título planteaba una pregunta intelectualmente muy estimuladora: Will Robots Ever Have Literature? [¿Tendrán los robots alguna vez literatura?]. Si desean leerlo completo en la lengua original pueden hacerlo aquí.

La verdad es que no es fácil dar una respuesta satisfactoria. Ni la negativa rotunda, a partir de la condición no 'humana' de los robots, ni la afirmación ligera, en base a la infinitas 'capacidades' de los robots para hacer cualquier cosa, son aceptables. Aunque tal vez lo urgente o lo importante no sea responder a la pregunta de modo inequívoco sino poder reflexionar sobre el asunto.

A mi juicio, Hobbs no nos propone un ejercicio de adivinación, sino un esfuerzo de análisis. Y no tanto sobre las posibilidades de los robots sino sobre la propia literatura. Como afirma en su artículo,
el asunto más interesante, de los más misteriosos y estimuladores, y donde la ciencia cognitiva y la teoría literaria pueden cooperar provechosamente, es determinar qué hace que un texto sea literatura, qué hace que una obra literaria sea buena.

En efecto, no dejamos de preguntarnos qué es la literatura y por qué nos seduce tanto y por qué la seguimos produciendo. Y no acabamos de dar respuestas definitivas. Por lo que vamos sabiendo, una de las características de lo 'humano' es la disposición a pensar narrativamente, a entender la realidad social mediante historias verídicas o ficticias. Y también a imaginar mundos posibles, mundos donde lo interesante es lo probable y no lo cierto. ¿Poseemos entonces los humanos literatura a causa de nuestra débil naturaleza, de nuestras insuficiencias cognitivas, de las limitaciones de nuestro cerebro?

La cuestión sería saber entonces si los robots necesitarían literatura, si les resultaría imprescindible leer ficciones o poemas. Porque leer lo podrían hacer sin dificultades, pero ¿leer literatura? Tal vez no, o sí. ¿Quién sabe? Todo dependería de su programación. ¿Podrían entonces programarse de tal manera que precisaran de textos literarios para vivir o sobrevivir? Y si fuera así, ¿en qué radicaría esa peculiaridad, ese frágil atributo que les acercaría a las necesidades humanas: en la curiosidad, en la fantasía, en el sentimiento, en la incertidumbre?

Me gusta pensar en ello por placer y porque me ayuda a entender un poco mejor qué mueve a seres como nosotros, vulnerables e inseguros, a abrir un libro y leer.

1 de junio de 2009

Quise llenar de estrellas el corazón del hombre

La Universidad de Granada ha decidido proponer al poeta Marcos Ana como candidato al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2009.

Podrían haber sido más, o menos, pero los promotores han elaborado 23 razones para justificar la candidatura, pues esos fueron los años que pasó encarcelado Marcos Ana durante la atroz dictadura de Francisco Franco. Entró en la cárcel cuando tenía 19 años y salió con 42. Es imposible pensar en ello sin estremecerse. Toda la juventud devastada por el simple hecho de ser comunista. Su delito fue únicamente su forma de pensar. Uno no puede leer su libro de memorias,
Decidme cómo es un árbol, sin pesadumbre, sin rabia. Pero no puede evitar sentir a la vez una confianza inagotable en el coraje, la esperanza y la bondad de los seres humanos.

Uno podía esperar que esa amarga experiencia hubiese hecho del poeta un ser resentido, escéptico, vengativo, triste. Pero no ocurrió así. Por el contrario, tengo la impresión de que Marcos Ana (que es en realidad su seudónimo poético, la suma de los nombres de sus padres: su nombre civil es Fernando Macarro Castillo) abandonó la prisión invicto, animoso, conciliador. Asombra tanta fortaleza, tanta magnanimidad.

En el encabezamiento del Manifiesto redactado en su favor pueden leerse estas palabras suyas:


"No siento ningún rencor; me sentiría muy desgraciado si así fuera. Al haber sufrido tantas calamidades soy incapaz de generar venganza. La venganza no es ningún ideal político ni revolucionario. La única venganza a la que yo aspiro es ver un día el triunfo de los ideales por los que he luchado y por los que tantos hombres y mujeres en España perdieron su vida o su libertad”.


¿Hay más alto sentido de la dignidad y de la benevolencia? Alguien que piensa así, después de tan largas penalidades, está dotado de los delicados dones de la concordia.

He aquí un poema suyo:

Autobiografía

Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
ya muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña.

En las bases del Premio de la Concordia se declara que "será concedido a la persona, institución, grupo de personas o de instituciones cuya labor haya contribuido de forma ejemplar y relevante al entendimiento y a la convivencia en paz entre los hombres, a la lucha contra la injusticia, la pobreza, la enfermedad, la ignorancia o a la defensa de la libertad, o que haya abierto nuevos horizontes al conocimiento o se haya destacado, también de manera extraordinaria, en la conservación y protección del patrimonio de la Humanidad". ¿Creen que erraría el jurado si premiara a un hombre que ha transformado su sufrimiento en testimonio de paz, libertad y cordialidad?