15 de agosto de 2009

Dos libros

Hace unos días, mientras aguardaba mi turno en la cola de un supermercado, escuché a mis espaldas un diálogo que atrajo mi atención. Los interlocutores eran un joven bien entrado en la treintena, enjuto, pelo muy rasurado, con un casco de moto en la mano, y una señora que podía ser su madre. No lo era, evidentemente, sino quizá una vecina o una conocida. Lo que me sedujo fue el tono eufórico del joven, que hablaba a la mujer con un aire de no fingida satisfacción, casi exultante. No obstante, el rostro de su interlocutora mostraba un rictus de pesadumbre, de incredulidad. Daba la impresión de que estaba acostumbrada a escuchar palabras semejantes y ya no le producían la más mínima sorpresa o complacencia. Deduje que hacía tiempo que no se veían y el joven le estaba dando noticias de su vida.

- Pues sí, he adelgazado, me he divorciado, he encontrado trabajo, me he leído dos libros, estoy yendo a un gimnasio... En fin, que he cambiado de vida y estoy muy bien. ¿No se me nota?

La mujer asentía, casi inexpresiva,
a cada detalle, como si pensara que todo ese cúmulo de dichas no compensaba el precio que el joven habría debido de pagar.

- ¿Pero ahora estás bien? -le preguntó.

- Pues sí, la verdad.

- No sabes lo que me alegro.

- Muchas gracias -concluyó el joven contento.

Me tocó pagar y abandoné el supermercado.

De regreso a casa fui reflexionando acerca de las cosas en que el joven del supermercado cifraba su presente felicidad. Y de entre todos los signos que conformaban su nuevo estado me quedé atrapado en esos dos libros leídos que había exhibido como un trofeo, como una conquista titánica, como una clara demostración del cambio de rumbo de su vida. ¡Dos libros como dos cimas inmensas culminadas en alguna cordillera lejana! Pensé la aventura colosal que es para unos lo que para otros es apenas un gesto rutinario, insignificante. Me pareció que la incorporación de la lectura (no importa ahora ni los títulos ni el número de páginas ni el tema de esos libros, sino el mero acto de leerlos) a la lista de sus transformaciones era conmovedora, pero más aún que ese joven hubiera tomado conciencia, espontáneamente, de que leer puede ayudar a ser otro. De hecho así parecía haber ocurrido. ¡Cuánto me habría gustado saber algo más de su historia, de sus esperanzas!

8 comentarios:

Leox dijo...

Lo bueno de la lectura es que uno siempre tiene la edad suficiente para comenzar con el primer libro , puedes tener 6 , 17 o 50 años y puedes dar tus primeros pasos sin ningún problema.
El episodio del supermercado me recordó , el libro el viaje vertical de Vila-Matas , por que en ese libro un hombre ya entrado en años comienza sus primeros paso en la lectura , lo que al fin y al cabo será la cura

discreto lector dijo...

Uno de los tópicos más inconvenientes con respecto a la lectura, estimado Leox, es la aseveración de que el gusto por la lectura nace en la infancia y que si no ocurre así será muy difícil remediarlo. Nunca he participado de ese lugar común. Las biografías de los lectores lo desmienten además continuamente. ¿Por qué habríamos de pensar que algo tan personal como la lectura tiene necesariamente que tener su inicio cuando somos niños? Está bien que sea así, lo cual no significa que siempre debe ser así.

Por lo demás, admiro mucho a Vila-Matas, y la asociación que haces entre el joven del supermercado y el protagonista de 'El viaje vertical', Federico Mayol, está bien justificada. Hay muchas similitudes entre el viaje de uno y otro, así como del papel de la lectura en su transformación.

Mateo dijo...

Me ha encantado leer la conversación del super. A lo mejor leer nos hace mejores que como eramos antes... Tal vez el chaval que leyó dos libros se dio cuenta de algo nuevo... Puede ser que la señora le preguntase luego que cuáles eran los libros que leyó porque a ella los que de verdad les influyeron fueron otros...
Y puede que nos inventemos el final y ambos por muy distintos que fueran quedaron para intercambiar sus lecuras y algunas otras cosas... ¿no?
Gracias de nuevo

discreto lector dijo...

Esa continuación de la historia, de un cierto estilo pedroalmodovariano, es una posibilidad, Mateo. Los rostros de los interlocutores del supermercado me parecieron, sin embargo, más bien personajes de película de Fernando León de Aranoa. El caso es que podríamos hacer una mezcla: el rostro de Chus Lampreave para la mujer y el de Javier Bardem (en 'Los lunes al sol') para el joven. Así quedaría muy bien.

bibliobulimica dijo...

Creo que el amor por los libros no se despierta en la niñez solamente. Tan solo hace falta una historia que nos apasione…y buscaremos repetir la experiencia con otro libro. Hay quien no lee libros porque realmente no ha sido enganchado por la lectura, quizás no ha encontrado el género adecuado, el tema de su interés, la prosa que le sea fácil seguir. Pero si llega a encontrarla, es difícil que no siga leyendo. Al menos esa ha sido mi experiencia con amigos que no leían y ahora son devoradores de libros.
¡un saludo a todos!

Ale.

discreto lector dijo...

Para leer no hay una edad, hay edades. Como las hay para los amores o los viajes o los amigos. A cada tiempo, lo suyo. Lo que me preocupa, sin embargo, y ya lo he manifestado muchas veces, es la animadversión hacia los libros causada por un mal aprendizaje o una errónea percepción del acto de leer o un arrogante comportamiento de otros lectores o escritores. Y como bien dices, Ale, siempre es buena hora para comenzar.

lammermoor dijo...

Esta entrada me ha hecho pensar en uno de los libros que me llevé de Vacaciones: Kafka en la orilla.
Cuando Tamura y Hoshino van a la biblioteca; ambos descubren los libros y para éste último comienza un proceso de transformación (en realidad comienza al oir "el trío del archiduque")
En cuanto a ¿cuando nace el gusto por la lectura? En unos casos de pequeños, en otros de mayores; pero como dice Ale, cuando llega suele ser para siempre.s

discreto lector dijo...

La mano que abre la puerta: he aquí el meollo de la cuestión, Lammermoor. ¿Qué la activa? ¿Quién la empuja? No dejo de pensar en ello. Lo cierto es que traspasado el umbral de los libros raramente se vuelve atrás. ¿Pero, ay, cómo animar a dar el paso sin agobios, sin reproches?