26 de noviembre de 2008

Presente y memoria

Por más que leo biografías o testimonios personales de lectores raramente encuentro agradecimientos a los maestros o profesores por haberlos guiado con claridad y delicadeza, por haberles dispensado consejos u orientaciones. Si me dejara llevar por esos silencios tendría que pensar que en las aulas apenas se han producido momentos felices con los libros, apenas tienen lugar experiencias literarias inolvidables. Las lamentaciones y los reproches, por el contrario, son frecuentes. Es cierto que lo que fastidia o duele se conserva en la memoria con más fuerza y al cabo del tiempo puede evocarse para ajustar cuentas con el pasado. Y es cierto también que lo satisfactorio y pródigo se da por descontado, no merece atención o alabanza. Se recuerda la sequía, pero se olvidan las lluvias puntuales del otoño. Esa evidencia, sin embargo, no explica del todo la penuria de elogios. Es un vacío que debería hacernos pensar. ¿Por qué los desafectos son más frecuentes que las adhesiones? ¿Por qué son tan escasos los recuerdos felices y el reconocimiento a la labor mediadora de la escuela? ¿Deberíamos aceptar que el sistema escolar es incompatible con el gozo de la literatura y que el disfrute de la lectura y la escritura en las aulas será siempre una excepción?

Carlos Lomas ha coordinado un libro colectivo en el que esas cuestiones se abordan con sinceridad y algo de esperanza. En él, como ante un espejo, se confrontan los recuerdos escolares de algunos escritores y las reflexiones de algunos profesores sobre la función de la literatura en la escuela.


No es luminosa la memoria literaria de las aulas, como no es loable la presencia de la literatura en la escuela. La imagen aún dominante en la literatura es la de una escuela asfixiante, enemiga de la fantasía, discriminatoria. ¿Es así, realmente, o responde a la herrumbre que provoca el paso de los días? Es difícil de saber. Bien es verdad que los testimonios que podemos leer en este libro corresponden a quienes fueron niños en el apogeo o las postrimerías del franquismo, a quienes ya pueden escribir sobre su infancia como se contempla el curso del río desde lo alto de la montaña (me pregunto si entenderán esa sombría mirada los lectores que fueron a la escuela en otros países, en otros contextos históricos, en otras sociedades). Pero esa evidencia no impide pensar que quizá exista un cierto antagonismo entre la rigidez del sistema escolar y el albedrío que exige la lectura literaria. ¿Cuál será el testimonio futuro de los niños que cada mañana veo encaminarse a las aulas, soportando sus mochilas cargadas de libros, charlatanes unos y medio dormidos otros? ¿Recordarán la escuela con igual acritud, cuando echen la vista atrás, los jóvenes que nacieron o se educaron en la democracia? No puedo asegurar nada, pero quisiera pensar que los recuerdos serán más amables, menos hostiles.

¿Y la literatura? ¿Seguirá generando en los años venideros unos recuerdos tan mortecinos y adversos como ocurre ahora y ocurrió asimismo en el pasado? Sería lamentable que nada cambiara, pero lo cierto es que la literatura continúa compareciendo en las aulas menguada y sin brillo, desfigurada por temarios desproporcionados y metodologías obsoletas. ¿No hay remedio para ese desacierto? ¿Hay acaso una incompatibilidad radical entre las rutinas de las aulas y el goce de la literatura? ¿Estamos condenados a la queja y la insatisfacción permanentes? ¿Podrá evitarse en el futuro la desafección o la indiferencia? En este asunto voy sobrado de preguntas y pobre de respuestas. Y no es por pereza o falta de análisis. Se debe, simplemente, a la constatación de que por más que se señalen los defectos y se apunten soluciones todo resulta insignificante ante el prestigio de los viejos hábitos pedagógicos y la desmesura de los programas escolares. Y ello a pesar de las incongruencias, las antipatías, las insatisfacciones en torno a la enseñanza de la literatura. Naturalmente, ignoro qué escribirán en el futuro los alumnos de hoy, pero lo cierto es que en las aulas están ahora construyendo su memoria literaria.


¿Es posible entonces otra memoria, otra pedagogía literaria? La respuesta debe ser necesariamente afirmativa. Estamos obligados a ello. De las razones para la esperanza y de algunas cuestiones más se habla en este libro.

4 comentarios:

LEOFUMOPIO dijo...

La respuesta tiene una pregunta ¿ Y como podemos hacer eso?

Juan Mata dijo...

En las tentativas de respuesta a esa pregunta anda empeñada mucha gente, estimado Leofumopio. Y el citado libro incide en ello. Adjuntaré al respecto algunas de las ideas que lo atraviesan.

"No se trata tanto de 'enseñar literatura', esto es, de transmitir un patrimonio, como de enseñar a leer textos literarios, en lo que debiera ser un recorrido que no concluyera en la escuela sino que empezara en ella. Los textos literarios requieren una serie de aprendizajes que hagan posible salvar las resistencias que las obras que merecen la pena nos ofrecen. [...] Para poder leer obras cada vez más complejas, para poder hacer lecturas cada vez más complejas de las obras, debemos sentirnos en condiciones de vencer ciertos obstáculos, y este hecho debe reportarnos cierta gratificación. Para esto ha de servir la educación literaria" (Guadalupe Jover)

"Tomar un texto, desplazar sus sentidos, parodiarlos, alterarlos, hacer con ellos lo que te venga en gana; hacer con la página distintas interpretaciones, según la particular recepción del mismo, es una manera distinta de acercamiento a la literatura" (Víctor Moreno)

"Según este modelo, la lengua literaria opera como lengua normativa, que fija modelos del 'buen decir', función atribuida a la enseñanza de la literatura a lo largo de décadas. Se trata de discutir este modelo, lo que obliga en primer lugar a poner en cuestionamiento la existencia de una lengua literaria única, ahistórica -identificada ya sea con la lengua del Siglo de Oro o con la del modernismo hispanoamericano-, que se postule como modelo excluyente de lengua literaria. Se trata de repensar la lengua literaria en sus ademanes transgresores, en el uso particularísimo que cada práctica supone, en los desafíos de lenguaje que cada texto literario suscita" (Gustavo Bombini)

Noamanda dijo...

Toc,toc!!

´Solo decirte que a mí, mi profe de Lengua en 8º EGB me inició en la lectura y bien agradecida que aún hoy le estoy :))
Ya ves, algunas recordamos con amor a nuestros profes ;)

Muy interesante la profunda reflexión que hiciste...a ver si leemos el libro y podemos comentar nosotras en nuestro peque club virtual -que parece- se va a formar a partir de...

Saluditos para los dos!!

Juan Mata dijo...

Estimada Noamanda, más de una vez he pensado realizar un antología de recuerdos gratos sobre los profesores de literatura, sobre quienes en algún momento de la vida de un alumno supieron estar a la altura de sus expectativas al hablarles o leerles algún libro que fue para siempre inolvidable. Tengo recogidos algunos testimonios, lamentablemente muy inferiores en número a las declaraciones de desafecto. Parte de los recuerdos agradecidos tienen que ver con algún profesor o profesora que transgredían las normas e iban más allá de las exigencias de los programas y las evaluaciones, pues entonces aparecía la literatura con su verdadero rostro, sin disfraces historicistas o formalistas. Necesitamos esos testimonios ocultos porque, además de justos, constituirían hitos para señalar el camino a seguir.

Gracias por el comentario.