20 de febrero de 2010

Otros ojos

Y pues hablamos de ojos en la anterior entrada, quisiera mostrarles otros que me siguen admirando.

Los primeros son los de una joven que escucha atenta una lectura, probablemente hecha por su madre. Lo que muestro es un fragmento del cuadro
Jungle Tales, cuyo autor es James J. Shannon. Aquí pueden ver el cuadro completo.

Si observan con atención, en los ojos de la niña que mira de frente están condensados todo el asombro, toda la sorpresa, toda la fascinación que las palabras de la literatura pueden provocar. No hay duda: los relatos hechizan, sobrecogen, dilatan la mirada.

La fotografía que sigue es del célebre fotógrafo y cineasta José Val del Omar y fue tomada en algún pueblo de la comarca granadina de La Alpujarra, entre 1931 y 1933, en los años en que Val del Omar documentaba los trabajos de las Misiones Pedagógicas, que como saben ustedes fue el intento más audaz de los gobiernos de la República Española por extender la cultura a los lugares más recónditos, más olvidados de España. La fotografía recoge el momento en que dos chicos del lugar descubren el cine. Están viendo por primera vez en sus vidas una película, algo que ignoraban incluso que existiera. Pienso que pocas veces nos es dada la posibilidad de contemplar el instante del estupor, de la incredulidad, del deslumbramiento ante lo que está sucediendo.


Y esa mirada estupefacta no sólo es patrimonio de la infancia. Fíjense en los rostros de los adultos y también la encontrarán. Las fotografías son del mismo autor y del mismo acto.

Como observarán, entre esas miradas antiguas y las de los niños de hoy apenas hay diferencias. Pasan los años, pero la emoción del descubrimiento que propician las palabras o las imágenes se mantiene intacta.

16 de febrero de 2010

Esos ojos, esos ojos

Manos amigas me hacen llegar un libro extraordinario, un libro que, con el pretexto de una experiencia de fomento de la lectura, recolecta un catálogo de rostros y miradas que nos encantan de inmediato con su pasión y su veracidad. Uno piensa que el acercamiento a la literatura debería ser siempre así de espontáneo, así de emocionante.

El libro, titulado Os ollos do Contomar, es digno de poseer y hojear sin descanso. El fotógrafo Manuel G. Vicente ha ido recogiendo pacientemente las expresiones de los asistentes a las actividades de lectura y narración de cuentos celebradas en las bibliotecas y aulas del Concello de Gondomar, en la provincia gallega de Pontevedra, y el resultado es una fascinadora colección de ojos expectantes y confiados. No dejo de mirarlo. Agradezco a los responsables de Espazo Lectura, artífices de esa iniciativa, el regalo que me han hecho. Y los felicito y los aliento de todo corazón.

Y si tienen ustedes oportunidad, háganse con el libro. Entenderán muy bien qué se quiere decir cuando se habla de asombro, emoción, maravilla, ensoñación, entrega... a propósito de la literatura y la lectura.

11 de febrero de 2010

Mientras tanto

¿Conocen esa sensación de abatimiento que de cuando en cuando nos asalta y nos resta fuerzas y ánimo para hacer otras cosas que no sea la atención a los problemas inesperados que fluyen como arroyos que unieran sus corrientes hasta arrastrarnos sin remedio?

Si así es, comprenderán entonces de qué les hablo si les digo que estos días de silencio no son fruto de la desidia o la falta de ideas, sino del desasosiego y la concentración prioritaria en esos asuntos que reclaman nuestra energía y nuestro tiempo y que tienen que ver con la salud y los padecimientos de personas que queremos, con los estragos de la vejez, con esos infortunios que resumidamente llamamos 'vida'.

Mientras se serenan las cosas, y como quien acude brevemente a una casa deshabitada para regar las plantas que comienzan a secarse, les dejo unas reflexiones de Norbert Bilbeny extraídas de su libro Ética para la vida y que reflejan bien algunas de las encontradas sensaciones que se tienen cuando se está al lado de un enfermo.

"En otras palabras, el dolor lo padecemos solos. La soledad del paciente es inevitable, por acompañado que esté. Los demás pueden padecer con nosotros, pero no por nosotros. Eso nos desconecta de ellos, pero permite que puedan ayudarnos mejor. Los necesitamos disponibles de este modo. No obstante, la soledad del sufrimiento es tan consustancial a este nuevo estado que los otros pueden llegar a estorbarnos con sus atenciones o su mera presencia. Les agradecemos su compasión y su ayuda, pero sabemos que no nos curan. ¿Para qué atenderlos en nuestros peores momentos? Al final, nos sobran. El sufrimiento aísla. Por eso no hay forma de asociar esta experiencia con nada positivo ni que tenga 'sentido'. Este se reduce a un solo signo: el negativo.

Sufrir lo es por partida doble. En primer lugar percibimos la molestia o el malestar que supone. Por ejemplo, el daño físico, el abatimiento moral. Pero tendremos que enfrentarnos con un tipo u otro de impedimento que el dolor y el prolongado sufrimiento conllevan. Hasta peor que el mal concreto va a ser el cambio de vida que le sigue, resultado de los impedimentos. El 'no poder' de ahora nos atormenta tanto como el mal y la aflicción del inicio, que, mientras tanto, continúan. Hay que suprimir actividades, sustituir hábitos, actuar mucho menos. El dolor duele y además no permite actuar. Negativo sobre negativo. [...]

Aunque la soledad con que se vive el dolor es inevitable, ya lo dije antes, cuanto menos sola está la persona que padece tanto más puede resistir su mal. El dolor en solitario es doble dolor. La compañía de alguien que nos quiere lo hace más soportable. Pocas experiencias unen tanto a las personas como pasar juntos el dolor o interesarse por calmar el dolor del otro."

1 de febrero de 2010

Cuento con libro 3

Hacía tiempo que no reproducía algún cuento relacionado con la lectura y la literatura. He pensado que era hora de recuperar esa costumbre. En esta ocasión recurro de nuevo a Luciano G. Egido, de quien hablé aquí hace unos meses. Del mismo libro que comenté entonces, Cuentos del Lejano Oeste, extraigo el titulado Adiós. Me parece un excelente e irónico ejemplo de voluntad lectora. Espero que su presencia en este blog no les parezca mal ni al autor ni a la editorial Tusquets.


Adiós


La única verdad es la literatura
Fernando Pessoa


Estaba condenado a muerte y los médicos le echaban de seis meses a un año de vida. Como es sabido el cáncer no perdona y ya era tarde para todo. Él ya se había hecho a la idea y había empezado a despedirse del mundo con una extraña resignación suicida. Hacía mucho tiempo que se había separado de su mujer y los hijos se habían desentendido de lo que le ocurriera. Sus amigos estaban muertos o vivían lejos y no quería darles el espectáculo de su agonía ni el golpe bajo de la crecida de sus remordimiento. Le hubiera gustado visitar por última vez algunos paisajes, que le habían congraciado con la naturaleza, y algunas ciudades donde había sido particularmente feliz, con toda la vida por delante para recordarlas. También hubiera querido encontrarse con algún viejo amor inolvidable, con alguna continuada manera de contemplar el mar, como la primera vez, y con algunos lugares, unidos a lecturas y a situaciones especialmente gratas. Pero todo le parecía irrealizable, porque exigía un esfuerzo que no se sentía con ganas de iniciar y menos de concluir.

Le quedaban los libros, más dóciles que su familia y más fieles que sus amigos. Los libros habían sido su pasión más fuerte y más duradera y los que habían ocupado la mayor parte de su pasado feliz. Muchas de las horas de su existencia, tan baqueteada y tan onerosa, las había pasado leyendo y en este ejercicio había aprendido todo lo que le había hecho falta saber. Arrastraba una deuda impagable con sus libros preferidos, inagotables, sorprendentes, luminosos, siempre cercanos. Podía señalar sin error la fecha en que cada uno de ellos había entrado en su biografía y el milagro que había esperado encontrar en el arcano interior de sus páginas cerradas. Recordaba la librería en que los había comprado y por supuesto el sitio exacto que ocupaban en su biblioteca. Le encantaba recorrerlos con la mirada, reconocer su título sin equivocarse y hasta acordarse de los avatares crueles de su encuadernación deteriorada. Coger alguno, hojearlo y comprobar los motivos de su adquisición, le producía un placer renovado, aunque a veces la memoria, después de tantos años, se resistía a completarlo.

Por eso quería despedirse de ellos, por gratitud, por obligación moral, por lo que si fueran hombres se llamaría honestidad. Aquel deseo era probablemente el trago más doloroso de su enfrentamiento con la muerte. Iba a romper una vieja lealtad de la que no quería deshacerse. Eran muchos años de convivencia y no podía llevárselos con él, allí donde fuera, para perpetuar sus débitos. Calculó el tiempo que le quedaba y no había ninguna posibilidad de leerlos todos otra vez, de resucitar las antiguas alegrías, sus descubrimientos definitivos, los oasis de su fertilidad. Un libro al día, incluyendo los domingos, le daría para muchos años. Se le escapó una lágrima de protesta infantil ante la confirmación matemática de la locura de su proyecto. No eran tantos; pero eran demasiados para el plazo disponible. Por lo menos tardaría de diez a quince años en terminar aquella vuelta de despedida que sería su adiós a la vida, con toda la conciencia de su caducidad y toda la pena de su valor inabarcable. En resumidas cuentas, no había derecho a aquella injusticia desaprensiva, que no respetaba ni los mínimos derechos de un hombre.

Escoger un libro, para iniciar la ronda, le costaba un disgusto, porque no sabía por cuál empezar. Leer algunos era dejar de leer otros y el tiempo apremiaba. Cada uno tenía su atractivo y el gozo de recuperarlo formaba parte de la felicidad prometida. ¿Cómo no despedirse de Proust, que le había desvelado el don de la mirada de la memoria? ¿Cómo olvidarse de Borges, que le había conmovido como un diamante tallado de una inteligencia artificial? ¿Cómo no releer a Faulkner, que le había enseñado a descubrir al prójimo, al negro que llevamos dentro? ¿Cómo irse sin haber vuelto por última vez a la luz mañanera de los sonetos de Petrarca? ¿Cómo no decirle adiós al pobre Don Quijote, perdido en las alucinaciones de su cerebro y de su tierra, de su marginación perpetua, de su obcecación suicida? ¿Cómo no recorrer el mundo a pie con Baroja, entre asperezas sentimentales? ¿Cómo abandonar al pobre Hamlet y dejarlo vagar a su albedrío sin una mirada de reconocimiento y de solidaridad? ¿Cómo no resucitar los convulsos sentimientos de Dostoievski, que tanto bien le hacían, aunque le dolían como un remordimiento? ¿Cómo renegar de Rilke y de su dolorosa lucidez? ¿Cómo resignarse a no volver a dialogar con Kafka, tan hermano, tan desgraciado, tan solitario y tan sufrido?

Los días pasaban y no se decidía por ninguno, hasta que cortó por lo sano y optó por el orden alfabético de una selección de sus clásicos amores y que fuera lo que Dios quisiera. Empezaría por San Agustín y hasta donde llegara. Se temía que no alcanzaría ni siquiera la Alejandría de Durrell y mucho menos el Japón de Kawabata y menos todavía el París de Zola. Fue una carrera contrarreloj. Notaba que la enfermedad le iba invadiendo, como el nivel del agua en los cántaros de la fuente. Pero seguía leyendo contra viento y marea, con el gozo renovado de siempre, con el ánimo de un heroísmo cotidiano. Su organismo luchaba no contra la supervivencia, sino contra el tiempo. Notaba que las fuerzas le abandonaban, sobre todo al acercarse el plazo fatal de los seis meses anunciados y descubrir que estaba todavía en Camus. Apuraba las horas de sueño y la luz de los ojos, con el solo paréntesis de la noche para ganar la paz de la lectura mañanera, que a veces se le hurtaba por un cansancio excesivo. No podía más. Pero no se rindió. Vivía exclusivamente para leer y los libros le hacían vivir, no sólo venciendo a la muerte, sino duplicándole el gozo de la precaria vida que le quedaba. Era penoso terminar un libro y esperanzador iniciar otro, que se encendía con la luminosidad de una mañana de verano.

El plazo definitivo del año se cumplió y esperó serenamente el desenlace con Garcilaso entre las manos y se dijo: «Que venga la muerte cuando quiera; pero me encontrará leyendo». Y no se murió, porque a veces los médicos no aciertan en la difícil previsión de las reacciones del insondable organismo humano. Y poco a poco empezó a creer en el milagro y leyó como si se drogara con una fruición renovada el Ulises de Joyce y hasta tuvo tiempo de coronarlo y cotejar la versión de Salas Subirat con la de José María Valverde. La furia irónica de Larra le vino como anillo al dedo para entretener la espera. A los dos años se enfrentó con La montaña mágica de Thomas Mann y consiguió llegar hasta el final, aunque le parecía imposible. El tiempo se dilataba para su satisfacción y los libros seguían acompañándolo en aquella carrera de fondo, que le dejaba sin aliento. A veces se desvanecía, se le iban las letras y se conformaba con acariciar el lomo de los libros, como si tuvieran piel humana. Aquellas interrupciones le parecían faltas a su deber, desfallecimientos de su moral. Cuando cerraba los ojos creía continuar leyendo de memoria. Los médicos estaban asombrados de aquella recuperación inexplicable.

Pasó por Melvilla, Novalis, O’Neill, Pessoa, Quevedo, Rulfo, Sade, Tolstói y cuando estaba entrando en Unamuno y creía que había vencido a la muerte, se murió.

27 de enero de 2010

Haití

Veo a diario las imágenes del terremoto de Haití, leo y escucho las informaciones que sobre las víctimas y los damnificados ofrecen los periódicos y las emisoras de radio y me desalienta comprobar las catastróficas consecuencias de una perversa combinación: la potencia destructora de la Naturaleza con las no menos destructoras obras humanas, que han condenado al país a un suplicio inacabable de pobreza, corrupción y desesperanza.

(Foto Cristóbal Manuel. Diario EL PAÍS)

(Foto Gorka Lejarcegi. Diario EL PAÍS)

(Foto Associated Press)

Las imágenes y las noticias me hacen recordar una novela leída hace algunos años, Palabra, ojos, memoria, relato casi biográfico de la escritora norteamericana Edwidge Danticat, oriunda de Haití. Es la historia de Sophie, una joven que reparte sus afectos entre su tierra natal y el país de acogida, que trata de conciliar los recuerdos y el porvenir, que pugna por equilibrar las herencias sentimentales de su familia y los requerimientos de sus propias emociones. Reproduzco a continuación tres fragmentos de la misma.

Jamás se lo dije a mi madre, pero aborrecía la Institución Bilingüe Maranatha. Era como si jamás me hubiera ido de Haití. Todas las clases eran en francés, excepto las de gramática y literatura inglesas. Fuera de la escuela éramos "los gabachos", encogidos en nuestros uniformes imitación-de-escuela-católica mientras los estudiantes de las escuelas públicas del otro lado de la calle nos llamaban "balseros" y "apestosos haitianos".

Cuando mi madre estaba en casa me hacía leer en voz alta los libros de texto de gramática inglesa. Las primeras palabras inglesas que leí sonaron como rocas cayendo en un arroyo. Luego, lentamente, las cosas comenzaron a adquirir significado. Había palabras que oía a menudo. Palabras que saltaban en conversaciones en criollo, como el último maíz en una máquina de palomitas al enfriarse. Palabras, entre otras, como televisión, edificio, sensación, que Marc y mi madre utilizaban cuando estaban en mitad de una acalorada discusión política en criollo. "Mwin gin you sensación. Tengo la sensación de que algún día Haití por fin levantará cabeza, pero cuando ocurra yo ya estaré muerta." Mi madre siempre era la pesimista.

Había otras palabras que también ayudaban, palabras que en francés eran casi iguales, pero que en inglés se pronunciaban diferente, nationality, alien, race, enemy, date, present. Estas y otras palabras me proporcionaban un contexto para las que no entendía.

Con el tiempo comencé a darme cuenta de que leía mejor. Respondía enseguida cuando mi madre me hacía una pregunta en inglés. Me convertí en anglohablante, aunque en la escuela no tuve ninguna oportunidad de alardear de ello.

- El saber acarrea una gran responsabilidad -solía decir mi madre. Mi gran responsabilidad era estudiar mucho. Durante seis años no hice otra cosa. Iba de la escuela a casa y de casa a la escuela. Y también rezaba.


***

Me sorprendió lo deprisa que ocurrió. El recuerdo de cómo todo se combinó para transformarse en una gran comilona. La fragancia de las especies guiaba mis dedos de un modo que no habrían conseguido ni las instrucciones más precisas.

Los hombres de Haití insisten en sus mujeres son vírgenes y tienen diez dedos.

Según tía Atie, cada dedo tiene un propósito. Así era como le habían enseñado a prepararse para ser mujer. Engendrar. Hervir. Amar. Cocer. Criar. Freír. Curar. Lavar. Planchar. Fregar. No era culpa suya, decía. Aquellos diez dedos habían sido bautizados antes de que ella naciera. A veces incluso deseaba tener seis dedos en cada mano, para así tener al menos dos para sí misma.

Yo controlaba las diversas cazuelas que había en el patio. El aire olía a especias con las que no había cocinado desde que, dos años atrás, me fuera de casa de mi madre.

***

- Te has convertido en una norteamericana -dijo-. No te culpo por ello. Sólo quiero darte un consejo. Come. La comida es buena. Es un lujo. Cuando vine a este país, engordé treinta kilos el primer año. Todas esas variedades de manzanas, todos esos helados... no podía creérmelo. Todas esas cosas que en Haití sólo comen los ricos, aquí las comía todo el mundo, estaban tiradas.
- La primera vez que te vi estabas muy delgada.
- Acababan de extirparme los pechos por el cáncer. Pero antes de eso, antes del cáncer, para mí la comida era una lucha. Toda esa comida a mi alcance y no poder tragármela toda. Tardé mucho en hacerme a la idea de que la comida no iba a agotarse. Cuando llegué, comía igual que comemos en Haití. Comía para el día siguiente, y para el otro y para el otro, en previsión de que en días posteriores no hubiera nada que comer. Me comía todo lo que tenía en reserva. Me despertaba, veía la comida que tenía guardada y me la comía.
- O sea, que lo que me pasa tampoco es tan anormal -dije.
- Eres diferente, pero no hay nada malo en ello. Yo también soy diferente. Quiero que todo vaya bien entre nosotras.

20 de enero de 2010

Memoria y reivindicación 2

(Continúo el relato interrumpido en la entrada anterior)

Decía que el insólito episodio del robo y la recuperación de las piezas podía haber acabado de manera amable, incluso con el agradecimiento público por haber evitado que las obras de arte se malvendieran en otro lugar, y de esa manera hubiéramos podido contar una historia de enredo, un poco cómica y con final feliz. Pero la historia que lamentablemente tuvimos que soportar fue dramática, fatídica e insoportable. En esa frontera entre la normalidad y la fatalidad, cuando todo acto puede decantarse hacia la luz o las sombras, es donde se sitúa, como ya dije, la escritura de Franz Kafka, tan lúcida y tan contemporánea. Si invoco ahora la condición de judío del escritor checo no es para señalar el origen de su talento para captar la fragilidad del destino humano sino porque ayuda a entender mejor el caso que nos ocupa, pues entre la consideración despectiva de los judíos y los gitanos hay muchas similitudes.

El caso es que, por razones que supongo que tienen que ver más con las temibles burocracias judiciales que con la lógica, el suceso llegó a manos de un juez que de pronto vio que allí había materia para lucirse y aparecer una vez más como el justiciero que aparentaba ser y a cuyo ensalzamiento tanto contribuían los periodistas, que lo cortejaban porque necesitaban historias truculentas y susceptibles de ocupar las primeras páginas y los informativos durante varias semanas. Ese maridaje resultó nefasto.

El susodicho juez consideró que la historia podía ser enjuiciada de otra manera y entenderse como un caso de intereses turbios de tráfico de obras de arte, de modo que vio una ocasión para montar un proceso que reafirmara su fama de perseguidor de las tropelías de los ricos y poderosos. Y así fue que, sin pruebas objetivas y aún contra el testimonio del propio Ayuntamiento que aseguraba que habían sido recuperadas y restituidas todas las piezas robadas y en contra de la opinión de la policía que sostenía que el relato de los hechos era cierto, decide enviar a la guardia civil a detener a José Heredia Maya (¡qué extraordinarios apellidos para un proceso inquisitorial contra el tráfico de obras artísticas!) y al vecino que lo había involucrado involuntariamente en el episodio nocturno con los ladrones.

Les invito a imaginar lo que puede significar para cualquier persona, en este caso un profesor universitario y escritor, que una mañana se presente inopinadamente en su casa la guardia civil con una orden de detención por receptor de objetos robados y que aún estupefacto y aturdido sea esposado e introducido en un coche y conducido al juzgado de inmediato. E imaginen también que sea acusado de cómplice de un robo y que a continuación, aún no repuesto del sobresalto, sea conducido a prisión. Y, aún peor para quienes han hecho de la honorabilidad la base de su conducta pública, que sea asaltado a la salida del juzgado por un enjambre de fotógrafos y periodistas que ven en esas figuras, un médico y un profesor universitario esposados, una magnífica oportunidad para redactar tremebundas crónicas y componer gruesos titulares para las portadas de los periódicos y los informativos radiofónicos y televisivos.

Imaginen ahora el brutal golpe psicológico que supone para cualquiera pasar en el lapso de pocas horas de la seguridad del hogar y las aulas a la inclemencia de una celda, sin apenas tener tiempo de entender lo que está ocurriendo, si lo que está viviendo es una pesadilla o algo real. En su caso era real.

De todo lo que siguió me ahorraré los detalles, pues su relato ocuparía una extensión impropia de un blog. Tan sólo diré que la instrucción del caso fue una demostración de... (¿qué palabra emplear sin riesgo de que la tela de araña de la burocracia judicial te atrape y te destruya?). Mejor me la callo y dejo a cada lector que concrete el término, pero no dejaré de decir que lo que los distintos tribunales de justicia hicieron con ese asunto me indujeron a desear que nunca me ocurriese algo semejante, pues se necesita una excepcional fortaleza psíquica para soportar tamaña injusticia. Confirmé que la ecuanimidad y el sentido común no son cualidades que haya que presuponer a muchos jueces. Y diré también que, junto a demostraciones admirables de amistad y solidaridad, menudearon las maledicencias, los desdenes, las miradas turbias, las sonrisas condenatorias... Y añadiré finalmente que muchos periodistas se comportaron en ese tiempo de un modo deshonesto y perverso. Resulta casi titánico recuperarse de un castigo semejante. Pienso que José Heredia Maya no pudo hacerlo.

¿Y por qué recuerdo hoy esta historia? Sencillamente porque, aparte de contribuir modestamente a compensar lo que públicamente nunca se ha hecho: reparar el daño cometido, me conmovió ver que una sobrina suya rompiera a llorar desconsoladamente en el cementerio sin dejar de repetir que el suceso ocurrido tanto tiempo atrás había sido el desencadenante de la enfermedad de su tío. Me impresionó comprobar cómo puede caer sobre una familia entera la sombra del infortunio y que no se disipe aunque pasen los años y siga acosando a todos sus miembros de un modo incesante, casi como un castigo mitológico.

Y pues nombro a la familia regresaré al poema Clemencia que reproduje en la entrada anterior y justifica este largo comentario. Imaginen entonces al padre anciano abatido por un suceso tan inesperado como angustioso. Imaginen a un hombre honrado, uno de cuyos mayores logros en la vida había sido lograr que el hijo de un gitano vendedor ambulante pudiera estudiar y llegar a ser profesor universitario, el primero en España como ya dije, que se ve de pronto abrumado por un suceso que le resulta incomprensible, que destruye violenta y arbitrariamente tantos años de trabajo y esmero, que en la figura humillada de su hijo ve el ataque a una familia entera y a unos apellidos tan fatigosamente dignificados. Y así lo recuerda poéticamente su hijo cuando luego escribe su libro Experiencia y juicio, pidiendo a quienes conoce que le expliquen el sentido de toda aquella ignominia, implorando clemencia arrodillado en la iglesia, escuchando incrédulo que peor suerte hubiera corrido su familia de haber vivido en otros tiempos. Una vez más, he aquí la literatura como un modo de exorcismo y alivio.

Ése es el significado profundo del poema con el que abría estas entradas. En sus versos está la huella dolorosa de una experiencia infortunada y de un juicio inicuo. Y como me gustaría que la reivindicación que he hecho sirviera a la vez para extender el conocimiento de la labor literaria y artística de José Heredia Maya, aquí y aquí y aquí pueden saber algo más del amigo que acaba de fallecer.

18 de enero de 2010

Memoria y reivindicación

Hace unos meses hablé aquí de un amigo, un poeta, José Heredia Maya. Lo hice con motivo de un hecho circunstancial, la candidatura al Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, pero en realidad era un acto personal de reconocimiento. Ya insinué entonces que una enfermedad degenerativa lo estaba consumiendo y estaba perdiendo progresivamente sus capacidades intelectuales y físicas. El domingo fue incinerado.

Si hoy reproduzco otro de sus poemas no es únicamente como un homenaje póstumo sino como una pública reivindicación de su nombre, como una denuncia de la facilidad con que se quiebra una reputación lograda con tanto esfuerzo si uno lleva los apellidos que lleva y la sociedad actúa con los prejuicios de los que hace gala habitualmente. Lo haré como un comentario al texto, una aportación a la mejor comprensión de los significados ocultos en los poemas.


CLEMENCIA

En el nombre del padre, que hace tiempo
es bisabuelo y cuida de los niños
mejor que las hermanas, en el nombre
del padre bisabuelo y sus hermanos
lentos, reumáticos, ancianos lúcidos,
ya sabes, en el nombre de tu padre
y de su abuelo, todos juntos, llaman
al recuerdo -la abuela y sus sobrinas
vigilan; mientras hilan disimulan-
convocan al espíritu, al oráculo
recurren y consultan, porque puede
con los suyos cebarse el infortunio.

(Homero que era ciego percibía
el infortunio y lo cantaba en lengua
heroica más que clásica. Su verbo
tiene tonos de música divina
con que salvar los siglos que vendrán,
seguramente...)


Y el padre que lo sabe se previene,
pregunta por las calles y pregunta
también por las esquinas, por los muertos
de ese día, pregunta por el hombre
vestido de paisano que dirige
el tráfico en Europa.
Todos dicen:
"Total, en otras épocas hubieras
subido al potro del Oficio Santo.
¡No sé de qué te quejas!"
Incomprensible para el padre
ese matiz tan temporal y estricto
de la respuesta, sigue arrodillado
y fervoroso ante el altar, pidiendo.


El poema es el lamento de un inocente. Cuando José Heredia lo escribe ha pasado algún tiempo desde que fuera acusado, encarcelado y condenado de un modo absolutamente arbitrario por un delito que no había cometido. Es preciso recordar la historia.

Una madrugada suena el teléfono en su hogar. Quien llama es un vecino y amigo, un conocido coleccionista de arte y antigüedades. Con voz alterada le dice que hay en la puerta de su casa un par de chorizos, ladrones conocidos en el barrio, tratando de venderle el producto de un robo que acaban de realizar. Habían acudido a él pensando que las obras de arte sustraídas de un cercano edificio municipal quizá pudieran interesarle. El amigo y vecino se da cuenta del enorme valor artístico de las obras robadas y trata de convencerlos de que las dejen allí y se eviten problemas. Los ladrones no aceptan si no es a cambio de algún dinero. En caso contrario se largarían a venderlas a otro sitio. Es de madrugada y es preciso tomar una decisión rápida. Pero el
vecino amigo de José Heredia no tiene el dinero que finalmente están dispuestos a aceptar los ladrones, de modo que se le ocurre llamarlo en mitad de la noche para contarle la situación y preguntarle si dispone de alguna cantidad de dinero para tratar de solucionar tan complicado asunto. No lo tiene, claro. El tiempo apremia, los chorizos se impacientan y las obras de arte pueden esfumarse.

Convencido por su vecino de la necesidad de evitar que desaparezcan las obras, medio adormilado y movido por el deseo de salvar el patrimonio artístico de la ciudad de Granada, José Heredia se viste, sale de su casa y en el cajero más cercano a su domicilio extrae la cantidad que falta para pagar a los chorizos y la entrega al vecino solicitante. Los chorizos se largan dejando allí las obras robadas. Con la seguridad de haber actuado en beneficio de su ciudad y la confianza de que aquel dinero adelantado le sería devuelto por el municipio, regresa a su casa tras un breve e inevitable comentario con su vecino sobre tan sorprendente suceso.

Al día siguiente, el vecino llama temprano a la policía para informar de lo sucedido. Unos policías se presentan en su casa, toman nota de los detalles, avisan al ayuntamiento del robo y agradecen al vecino su actuación. Se marchan.

Todo habría quedado en una anécdota, en un suceso chusco, incluso chistoso, si las cosas hubieran transcurrido por los cauces de la normalidad y de la sensatez. Pero no fue así. Las cosas se torcieron. Una vez confirmada por los responsables del ayuntamiento la integridad de lo robado y retornadas las piezas a su lugar primigenio comienza uno de esos episodios oscuros y demoledores que tan a menudo se abaten sobre las personas y las destruye y que la literatura tan bien ha retratado. Si hubiéramos de usar un término literario para calificar lo que se avecinaba nada mejor que recordar la novela El proceso y catalogar como kafkiano lo que ocurrió a continuación.

Dije que es muy fácil destruir en un instante una reputación lograda esforzadamente a lo largo de una vida si se alían en su contra el ansia desmesurada de notoriedad de un juez, el afán sensacionalista de los periodistas, los prejuicios raciales, la voracidad social de escándalos y espectáculos, la burocracia temible de los tribunales de justicia. Y así ocurrió. Piensen, para entender mejor el drama, que estamos hablando de un gitano, el primero que había logrado ser profesor de universidad, que había escrito libros de poemas que en su día sorprendieron por su temática y su originalidad, que había estrenado obras de teatro que habían abierto inéditas posibilidades expresivas al flamenco y cuya estela todavía es perceptible, que había sido un adelantado en la fusión entre el flamenco y la música árabe... En fin, una persona cuyo prestigio social era bien notorio y aceptado. Pero, ay, ésa fue también su traba. Ése fue el origen de un infortunio del que, creo no equivocarme, no se repuso jamás.

(Pero permítanme, para no hacer muy fatigosa la lectura, que interrumpa aquí el relato y lo finalice mañana a fin de que la entrada no sea en exceso larga. Disculpen)

16 de enero de 2010

Amantes

Comprobaba el jueves una vez más que a la mayoría de los alumnos que llegan a la universidad les encajaría bien la etiqueta de 'frustrados aprendices de filólogos'. Hablábamos de poesía y trataba de hacerles ver la necesidad de incorporarla tempranamente a las experiencias sensitivas de los niños, de hacérsela amable cuando aún no han sufrido los estragos del academicismo o los rigores de la pedagogía. Es decir, amistarlos cuando la poesía aún no es verso, estructura o retórica sino música, juego o ensoñación. Y, como siempre, quise comprobar quiénes de los presentes, después de quince o más años de escolaridad, habían desarrollado un mínimo sentimiento de aprecio y gusto por la poesía (me conformo en realidad con saber quienes al menos no han alimentado fobia o desdén hacia ella). Y, como siempre, sólo una minoría de alumnos se manifestó lector de poemas.

Cuando eso sucede, y siempre sucede, me preocupo por hacerles ver lo que no han sabido o no han podido ganar, lo que aún pueden recobrar. Y, sobre todo, me interesa hacerles reflexionar sobre las causas de ese fracaso. La fórmula es muy sencilla. Les pido que quienes lo deseen traigan a clase un poema que por alguna razón les parezca extraordinario y que lo lean ante sus compañeros y traten de explicar por qué consideran que los conmovió hasta hacerlo inolvidable. Tengo comprobado que esos simples actos de lectura y explicación constituyen, incluso para los alumnos más escépticos, una intensa lección literaria. Sobre todo, porque procede de uno de sus pares, de alguien que se sienta a su lado y con quien apenas han intercambiado un saludo. Y los porqués tienen más valor, o más bien un distinto valor, que los que podamos ofrecer los profesores: porque me hizo pensar en algo a lo que nunca había prestado atención, porque me reconozco en lo que el poeta dice, porque me recuerda a una persona querida, porque expresa sentimientos que yo tengo, porque habla de cosas que me importan, porque me ayudó en un momento de confusión y tristeza... Son razones elementales, sinceras, convincentes. Los silencios que provocan sus palabras indican la hondura del mensaje.

"Eso, y no otra cosa, es la poesía", suelo decirles. "¿Por qué entonces la rechazáis o la ignoráis?".

Las explicaciones, por repetidas, resultan desesperantes. Diré simplemente que la mayoría de los alumnos alberga el convencimiento de que la poesía es un artefacto literario creado para aprender a analizar, detectar, comparar, diseccionar, contar, etcétera. ¿Cómo es posible esto? La mejor respuesta, una metáfora irónica y certera, la escuché una vez en boca del gran poeta José Hierro: eso sucede porque a los alumnos se les enseña a actuar como ginecólogos antes que como amantes. Estoy de acuerdo.

Suelo concluir entonces que lo único importante, lo realmente provechoso, es exponer a los niños a la poesía desde muy temprano y que en las aulas tengan cientos de oportunidades de encontrarse con ella como se encuentran con la nieve o una caracola. Para asombrarse, divertirse, guardar. Exponerse a la poesía significa acercarse a un poema con la atención de un naturalista no con las herramientas de un taxidermista.

Como conclusión, les entrego el breve y sutil relato de Mario Benedetti titulado Lingüistas, con la esperanza de que lo recuerden cuando les toque a ellos enfrentarse a sus propios alumnos.

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.

De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:

- ¡Qué sintagma!
- ¡Qué polisemia!
- ¡Qué significante!
- ¡Qué diacronía!
- ¡Qué
exemplar ceterorum!
- ¡Qué
Zungenspitze!
- ¡Qué morfema!

La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas.

Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró en su oído: "Cosita linda".

10 de enero de 2010

Desde mi ventana, la nieve

Desde hace unas horas nieva en mi ciudad. Todo lo que observo a mi alrededor está cubierto ahora por una mano blanca. Miro y miro en silencio caer los copos de nieve. La literatura me viene a la memoria sin poder evitarlo.


Estos kaikus me gustan:

Ikutabi mo
/ Muchas veces
Yuki no fukasa o / he preguntado
Tazune keri / por el espesor de la nieve.

MASAOKA SHIKI

Yuki wa shizuka-ni / Nieva abundantemente.
Yutaka-ni hageshi / Todo es silencio
Kabane-shitsu / como en la habitación del muerto.

ISHIDA HAKYOO

Yuki tokete / Con la nieve que se derrite
mura ippai no / está el pueblo rebosante
kodomo kana / ...de niños.

KOBAYASHI ISSA

En el libro La nieve blanca, del poeta José Carlos Rosales, hay poemas muy hermosos que parecen escritos para esta tarde.

UN RINCÓN DE LA CALLE
La nieve es pobre y nadie lo percibe.
Siempre en el suelo, amontonada a veces
en el rincón más sucio de la calle.

LA NOSTALGIA
La nieve cubre sin borrar la forma,
alivia las aristas, salvaguarda
el calor, la nostalgia.

TARDE DE AVENTURAS
Sobre la mesa un libro de aventuras
que ha llenado la tarde de espejismos,
sombras en las paredes ya borrosas
de un domingo que acaba sin ninguna
sorpresa, en la butaca los periódicos
arrugados o rotos. Alguien mira
por la ventana un mundo inexplicable
al que nunca se cansa de aguardar,
y se sorprende al ver cómo la nieve
se ha atrevido a caer, tan sigilosa.

LA NIEVE BLANCA
¿Esta nieve es la misma de otras veces?
La que cayó cubriendo el jardín que hoy no existe.
La que estaba aquel día sobre el balcón, inmóvil.
La que vino en un frasco y luego se hizo agua.
O aquella que borraba los perfiles
de la ciudad sombría.

Aquella nieve blanca no es la misma de hoy.

Del relato Nieve, de Maxence Fermine, recupero este capítulo:

La nieve es un poema. Un poema de resplandeciente blancura.
En enero cubre la mitad norte de Japón.
Allí donde vivía Yuko, la nieve era la poesía del invierno.

Contrariando los deseos de su padre, Yuko abrazó la carrera de poeta los primeros días de enero de 1885. Decidió no escribir sino para ensalzar la belleza de la nieve. Había hallado su camino. Sabía que nunca se cansaría de aquella vida deslumbrante.

Los días de nieve tomó la costumbre de salir muy temprano de casa y caminar hacia la montaña. siempre iba al mismo lugar a escribir sus poemas. Se sentaba bajo un árbol con las piernas cruzadas y permanecía allí largas horas eligiendo en su retiro las diecisiete sílabas más hermosas del mundo. Luego, cuando sentía que por fin dominaba el poema, lo escribía en un papel de seda.
Cada día un nuevo poema, una nueva inspiración, un nuevo pergamino. Cada día un paisaje distinto, una luz diferente. Pero siempre el haiku y la nieve. Hasta el anochecer.
Regresaba siempre para la ceremonia del té.

4 de enero de 2010

Para empezar, Camus

Si un aniversario, aunque sea luctuoso, sirve para hablar de alguien que merece admiración, sea bienvenido. A menudo, las conmemoraciones son pretextos para el homenaje. Recordar la muerte puede ser una forma de celebrar la vida. Es por eso que no tengo reparos en sumarme al recuerdo de que tal día como hoy, hace cincuenta años, moría en un accidente de tráfico un escritor al que profeso una antigua e incólume admiración: Albert Camus. No actúo por obligación, sino por devoción.

Quería comenzar este año con su nombre y su ejemplo. Me parece que invocar su nombre en tiempos tan mezquinos como los presentes es una expresión de esperanza. Cuando la corrupción se extiende por la sociedad como una metástasis imparable, cuando la estupidez parece tan invencible como dañina, cuando la desvergüenza y la maldad se premian, cuando la conciencia humanista es objeto permanente de burla, cuando la incoherencia, la desorientación y la insignificancia dominan el pensamiento político... no viene mal volver a leer a Camus y servirse de sus palabras si no para la acción sí al menos para el consuelo. Su actitud beligerante contra todo tipo de dogmatismo, su denuncia constante de cualquier clase de tiranía, su defensa sin excepciones de una libertad universal y única, su búsqueda incansable de la verdad, su fraternidad con los que sufren, su rechazo al poder y sus perversiones, su militancia a favor de la piedad, la nobleza, la comprensión, la modestia... lo hacen ejemplar todavía.

Cuánto ganaríamos leyendo o releyendo El extranjero o La peste o Calígula o El estado de sitio o cualquiera de sus libros de ensayos o sus artículos periodísticos o sus diarios de trabajo. Debo reconocer sin embargo mi predilección por dos obras en especial: Los justos y El primer hombre.

De la primera me atrae fundamentalmente el dilema ético que plantea: ¿la defensa de la Idea o la Revolución, sea cual sea, lo justifica todo, justifica cualquier medio para alcanzarla, incluida la muerte de los inocentes? ¿Está justificado el asesinato en nombre de un ideal, por justo que sea? El argumento, ya lo saben, gira en torno a la negativa del joven revolucionario ruso Ivan Kaliayev a arrojar la bomba destinada al Gran Duque Sergei al descubrir que el día señalado van también en la calesa sus dos sobrinos. La inesperada presencia de los niños lo paraliza y se abstiene de cumplir su misión. He aquí un fragmento de esa provocadora obra de teatro.

KALIAYEV
Los hombres no sólo viven de justicia.


STEPAN
Cuando les roban el pan, ¿de qué vivirían, sino de justicia?

KALIAYEV
De justicia y de inocencia.

STEPAN
¿Inocencia? Quizá la conozca. Pero he decidido ignorarla y hacer que la ignoren miles de hombres para que un día tenga un sentido mayor.

KALIAYEV

Hay que estar muy seguro de que ha de llegar ese día para negar todo lo que hace que un hombre consienta en vivir.

STEPAN
Yo estoy seguro.

KALIAYEV
No puedes estarlo. Para saber quién de los dos tiene razón, si tú o yo, tal vez se necesite el sacrificio de tres generaciones, varias guerras, revoluciones terribles. Cuando esa lluvia de sangre se haya secado sobre la tierra, hará mucho tiempo que tú y yo estaremos convertidos en polvo.

STEPAN
Otros vendrán entonces, y yo los saludo como a hermanos míos.

KALIAYEV (
Gritando.)
Otros... ¡Sí! Pero yo amo a los que viven hoy en la misma tierra que yo, y es a ellos a quienes saludo. Es por ellos por los que lucho y admito morir. Mientras que por una ciudad lejana, de la que no estoy seguro, no iré a golpear el rostro de mis hermanos. No aumentaré la injusticia viva con una justicia muerta. (Más bajo, pero con firmeza.) Hermanos, quiero hablaros francamente y deciros por lo menos lo que podría decir el más simple de nuestros campesinos: matar niños es contrario al honor. Y si un día, estando yo vivo, la revolución llegara a separarse del honor, me apartaría de ella. Si lo decidís, ahora mismo iré a la salida del teatro, pero para arrojarme bajo los caballos.

Kaliayev ama la vida, cree en la inocencia, la belleza y la alegría. Y por eso se ha hecho revolucionario. Y en nombre de esos anhelos ha decidido matar. Matar a los déspotas para dar una oportunidad a la vida. "Aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra por fin de inocentes". Pero la visión de los niños detiene su acción, porque no quiere que con su bomba mueran precisamente los inocentes. No es ése, sin embargo, el criterio de Stepan, para quien ese escrúpulo es signo de debilidad y falta de fe revolucionaria. Y es ahí donde la voz de Kaliayev/Camus se alza: "Pero detrás de lo que dices veo anunciarse un despotismo que, si alguna vez logra instalarse, hará de mí un asesino, cuando yo trato de ser un justiciero". Para Stepan, por el contrario,
lo prioritario es hacer justicia aunque sea por medio de asesinos. Pero como más adelante afirma con total cinismo Skuratov, director del departamento de policía, "se empieza por querer la justicia y se termina organizando la policía". ¿No les resultan familiares esas controversias? Estoy seguro de que cada uno de ustedes podría ponerle rostro contemporáneo a esos personajes o fijar un escenario reconocible a esos diálogos, aunque vivan en países distintos o tengan distintas edades. Las palabras de Camus nos siguen interpelando sin descanso.

De la segunda obra, su inconclusa novela póstuma, El primer hombre, que es una evocación sentimental y agradecida del espacio primigenio, de las calles donde nació y vivió sus primeros años, me subyuga su humanidad y su emoción. La novela relata, de modo fabulado, su infancia argelina, la evocación del padre que nunca llegó a conocer, pero es, sobre todo, un homenaje a su madre, a la que tanto amaba y a la que tanto debía. Reiteraré aquí un texto que acompaña a la novela y que ya he utilizado en alguna otra ocasión, pues me sigue conmoviendo de un modo especial. Es la carta que envía a su maestro de primaria, del que traza un perfil verdaderamente noble en la novela, justo al acabar los fastos de la recepción del Premio Nobel de Literatura en 1957.

Querido señor Germain:
Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Lo abrazo con todas mis fuerzas.
Albert Camus


La madre y el maestro: he ahí las dos alas que le permitieron alcanzar tan elevadas cimas, he ahí las dos referencias que le hicieron creer en la dignidad de los hombres por encima de todo.

Albert Camus es un escritor admirable.

Si sienten curiosidad por las palabras que pronunció en la cena oficial con motivo de la entrega del Premio Nobel de Literatura pueden hacerlo en este enlace. Su discurso está en francés y en inglés. Me parecía, pues, que para inaugurar las entradas de este año nada mejor que invocar a alguien que escribió en sus diarios, tal vez herido por las palabras despectivas de algunos de sus compañeros de generación, lo siguiente:

Los que escriben oscuramente tienen mucha suerte: tendrán comentaristas. Los otros sólo tendrán lectores, lo que, al parecer, es cosa despreciable.

31 de diciembre de 2009

Y también a lo largo de este año...

[...] Tal como habían quedado, le dejó los libros de texto que ella había utilizado cuando daba clases en la academia. Eran unos tratados muy elementales, pero a Antolín Cabrales le bastaron para organizar sus conocimientos.
"Tienes disposición para el estudio", le dijo Inés Fornillos. "¿Por qué no haces el bachillerato?".
"Sólo me interesa la literatura", repuso él, "para lo demás soy un negado. Además, ¿de qué me serviría el bachillerato?".
"Es una manera de empezar. ¿Qué piensas hacer cuando salgas?"
"Lo que todos: buscar un curro, no encontrarlo, robar y volver al talego. No es mal plan: aquí estoy tranquilo y tengo tiempo para leer."
"Siempre que encuentres a alguien que te suministre los libros. Yo no voy a estar siempre aquí."
Al acabar el curso, le dio un triste aprobado. Al salir de clase le dijo: "Por tu rendimiento no te merecías algo mejor. La verdad es que me habría gustado ponerte buena nota, porque sabes más que nadie, pero en los ejercicios no lo demuestras y yo no puedo calificar por lo que pasa fuera de clase."
El recluso hizo un ademán de indiferencia. "No importa", dijo, "así está bien. Supongo que la nota es justa y, de todos modos, nadie había hecho nunca tanto por mí. Le estoy muy agradecido. ¿Puedo pedirle un último favor?".
"Según de qué se trate", repuso ella con la natural prevención.
"Sé que todavía ha de volver un par de días antes de irse de vacaciones. ¿Tiene algún libro de Henry James?"
"Sí; no me digas que te interesa."
"No lo he leído, pero por lo que dicen los manuales, parece un tío legal. ¿Me puede prestar uno?"
"Es un peñazo."
"Ya lo veremos. Usted y yo funcionamos con distintos parámetros."
"¡Parámetros! ¿De dónde has sacado tú esta palabra?"
"De donde salen todas, joder, del diccionario de la Real Academia. Y no veo qué tiene de malo. Echas una blasfemia y nadie te dice nada, pero dices parámetros y todos dios se escandaliza. ¿Qué pasa con los marginados, a ver?"
"Nada, hombre, no seas picajoso. Sólo trataba de bajarte los humos para que no hagas el ridículo."
Antolín Cabrales leyó a Henry James y lo encontró de buten. A la señorita Fornillos se le iba la cabeza al oír a aquel muchacho, que a principios de curso no había leído ni siquiera el As, emitir juicios sobre Los embajadores.
"¿Pero tú entiendes este galimatías?"
"No hay nada que entender, ¿vale?, No va de eso."
[...]

Eduardo Mendoza, Tres vidas de santos

He aquí un segundo gesto diáfano que acaso contiene como el primero muchos gestos. Igual que el gesto de Adolfo Suárez permaneciendo sentado en su escaño mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo, el gesto del general Gutiérrez Mellado enfrentándose furiosamente a los militares golpistas es un gesto de coraje, un gesto de gracia, un gesto de rebeldía, un gesto soberano de libertad. Tal vez sea también, por así decir, un gesto póstumo, el gesto de un hombre que sabe que va a morir o que ya está muerto, porque, con la excepción de Adolfo Suárez, desde el inicio de la democracia nadie había acaparado tanto odio militar como el general Gutiérrez Mellado, quien apenas se desató el tiroteo quizá sintió como casi todos los presentes que sólo podía saldarse con una masacre y que, suponiendo que él la sobreviviera, los golpistas no tardarían en eliminarlo. No creo que sea, en cambio, un gesto histriónico: aunque desde hacía cinco años ejerciese la política, el general Gutiérrez Mellado nunca fue esencialmente un político; fue siempre un militar, y por eso, porque siempre fue un militar, su gesto de aquella tarde fue antes que nada un gesto militar y por eso fue también de algún modo un gesto lógico, obligado, casi fatal: Gutiérrez Mellado era el único militar presente en el hemiciclo y, como cualquier militar, llevaba en los genes el imperativo de la disciplina y no podía tolerar que unos militares se insubordinaran contra él. No anoto esto último para rebajar el mérito del general; lo hago sólo para tratar de precisar el significado de su gesto. Un significado que por otra parte quizá no alcance a precisarse del todo si no imaginamos que, mientras se encaraba con los golpistas negándose a obedecerles o mientras les exigía a gritos que salieran del Congreso, el general pudo verse a sí mismo en los guardias civiles que desafiaban su autoridad disparando sobre el hemiciclo, porque cuarenta y cinco años atrás él había desobedecido el imperativo genético de la disciplina y se había insubordinado contra el poder civil encarnado en un gobierno democrático; o dicho de otra manera: tal vez la furia del general Gutiérrez Mellado no estaba hecha únicamente de una furia visible contra unos guardias civiles rebeldes, sino también de una furia secreta contra sí mismo, y tal vez no sea del todo ilícito entender su gesto de enfrentarse a los golpistas como el gesto extremo de contrición de un antiguo golpista.

Javier Cercas, Anatomía de un instante

Y en nuestras propias vidas como lectores, día a día, damos con el río azul de la verdad serpenteando por alguna parte; encontramos escenas y momentos y palabras perfectamente situadas en ficción y poesía, en películas y obras teatrales, que nos sorprenden con su verdad, que nos conmueven y nos alimentan, que sacuden la casa de los hábitos hasta sus cimientos. [...] El realismo, visto en general como fidelidad a las cosas tal como son, no puede ser simple verosimilitud, no puede ser simple semejanza con la vida, o parecido, sino lo que yo llamo vividad: vida en papel, vida traída a una vida distinta por el arte más elevado. Y no puede ser un género; por el contrario, hace que otras formas de ficción parezcan géneros. Porque el realismo de ese tipo (vividad) es el origen. Informa todo lo demás; instruye a sus alumnos díscolos; permite que existan el realismo mágico, el realismo histérico, la fantasía, la ciencia ficción, incluso los thrillers. No es en absoluto tan ingenuo como le achacan sus detractores, casi todas las grandes novelas realistas del siglo XX reflexionan también sobre su propia creación y están llenas de artificio. Todos los grandes realistas, desde Austen a Alice Munro, son al mismo tiempo grandes formalistas. Pero inevitablemente resulta difícil, porque el escritor tiene que obrar como si los métodos novelísticos disponibles estuviesen a punto de convertirse en simples convenciones y por tanto tiene que intentar burlar ese envejecimiento inevitable. El auténtico escritor, el sirviente libre de la vida, es aquel que debe actuar siempre como si la vida fuese una categoría más allá de todo lo que haya podido captar hasta el momento la novela; como si la vida misma siempre estuviese justo a punto de convertirse en convencional.
Cursiva
James Wood, Los mecanismos de la ficción


Disculpen la extensión, pero con la reproducción de algunos fragmentos de textos que he leído este año quería mostrar mi gratitud hacia quienes provocan a diario el placer de leer, ese singular tipo de emoción que deseo que sigan buscando y encontrando en los libros a lo largo de los próximos meses.

30 de diciembre de 2009

A lo largo de este año...

... he leído textos que me han hecho pensar, evocar, sonreír. He aquí el rastro de algunas de esas lecturas:


[...] ¿Cómo entenderlo? No es que en Auschwitz apareciera algo inédito, que sólo tiene valor después de 1945. Si Auschwitz es singular, si podemos hablar de que hay un antes y un después, es porque ahí se pone de manifiesto algo que siempre había acompañado a la historia pero que hasta ese momento había conseguido invisibilizarse o camuflarse: el sufrimiento del otro. Siempre había acompañado la lógica de la acción humana, pero la filosofía había conseguido privarle de toda significación. El sufrimiento era literalmente in-significante. Auschwitz fue como un laboratorio del mal en el que se hace tan visible el sufrimiento que nos obliga a tomarlo en consideración. Lo nuevo que produce Auschwitz es la exigencia de considerar el sufrimiento como condición de toda verdad. Se había camuflado tanto que habíamos llegado a pensar que la verdad casa con la objetividad, la impasibilidad, la apatía, la neutralidad, pero no con la experiencia de sufrimiento.

Reyes Mate, La herencia del olvido

CONJUGACIÓN

Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán.

Ángel Olgoso, La máquina de languidecer

... En la figura universal de la compasión, identifico el pasaje misterioso del animal al hombre, del tráfico de las emociones al de las sonrisas y las lágrimas y del juego de las hormonas al de los símbolos. ... La experiencia de base es el sentir (sentio ergo sum); no es el logos, sino el pathos: la capacidad de ser afectados y afectar. Quizá no se haya considerado lo suficiente que la conciencia es en sí misma un afecto. El mundo vital del ser humano, su mundo originario se manifiesta a través de los afectos. El lenguaje anterior a la razón surgió en el seno de un conjunto de sensaciones portadoras de sentido. Resulta patético y conmovedor por su contenido pasional que, tanto como la razón o incluso más, determina la esencia del hombre. ... La compasión en el sentido que yo le doy se centra en la persona humana en su relación con otros, relación que le permite tomar conciencia de sí misma. Así pues, es el motor de la construcción de dicha persona. Esta observación atribuye a las emociones el papel primario en la existencia del yo. De ahí se deduce una segunda observación: la existencia indudable de otros "yo"; un conocimiento interior de lo que vive el otro; la facultad de reconstituir en cierta forma la perspectiva del otro. Constatación que he resumido en la Biología de las pasiones con la frase: "Yo soy porque estoy emocionado y tú lo sabes."

Jean-Didier Vincent, Viaje extraordinario al centro del cerebro

RETORNO

La luna aporta su prestigio antiguo
al pequeño, apartado vertedero
que, clausurado ya, mira hacia el valle
donde tiemblan las luces distantes de unos pueblos.
Cuando veníamos de noche
a tirar la basura,
nos quedábamos a ver el firmamento.
Bajo la luna, al viejo vertedero
hoy lo cubren espliegos y tomillos:
hay un rumor de bestias cruzando matorrales,
los búhos deslumbrados por los faros del coche.
Pero no tiene ya la misma fuerza
de cuando nos quedábamos aquí para mirar,
rodeados de basura, las estrellas.

Joan Margarit, Misteriosamente feliz

- ¿Con tu padre?
- No, con él no. Mi anciano padre todavía rebosa energía. Tiene opiniones sobre todo y, a menudo, no coinciden con las mías. A veces tengo que esforzarme para no ser como un chiquillo de catorce años con él. A veces, cuando estoy con mi padre, más que esperar morir siento como si estuviera esperando que empiece la vida. El verano pasado se enfureció cuando uno de los hijos de mi hermano decidió casarse con una puertorriqueña. Como mi padre no puede ocultar sus sentimientos y, en general, ni siquiera lo intenta, irritó al muchacho y mi hermano, muy enfadado, me llamó. Fui en coche desde Connecticut hasta Nueva Jersey, y en cuanto llegué mi padre se puso a desgranar sus quejas. Le escuché durante una media hora y entonces le dije que quizá necesitaba una pequeña lección de historia. Le dije: "A principios de siglo tu padre tenía tres opciones. Primera, podría haberse quedado en la Galicia judía con la abuela. Y de haberse quedado allí, ¿qué habría ocurrido? A él, a ella, a ti, a mí, a Sandy, a mamá, a todos nosotros. Muy bien, ésa es la primera opción: todos convertidos en cenizas. La segunda opción es la de irse a Palestina. En el cuarenta y ocho tú y Sandy habríais luchado contra los árabes, y aun en el supuesto de que hubierais sobrevivido los dos, sin duda alguno habría perdido un dedo, un brazo o un pie. En el sesenta y siete yo habría intervenido en la guerra de los Seis Días y, como mínimo, habría recibido un poco de metralla, en la cabeza, por ejemplo, con pérdida de la visión de un ojo. Tus dos nietos habrían luchado en el Líbano y, para ser moderados, supongamos que sólo hubiera muerto uno de ellos. Eso en cuanto a Palestina. La tercera opción era venir a América, cosa que hizo. ¿Y qué es lo peor que puede ocurrir en América? Que tu nieto se case con una puertorriqueña. O sea que vives en Polonia y sufres las consecuencias de ser un judío polaco, o vives en Israel y sufres las consecuencias de ser un judío israelí, o vives en América y aceptas las consecuencias de ser un judío americano. Dime qué prefieres. Dímelo, Herm. "De acuerdo", me replicó, "tienes razón, ¡tú ganas! ¡Me callaré!". Yo estaba encantado. Había sido más astuto que él y no quería dejar las cosas como estaban. Todavía no. "¿Y sabes qué voy a hacer ahora?", le dije. "Voy a ir a Brooklyn para hablar con la madre de la chica. Estoy seguro de que también está de rodillas, llorando y manoseando de lo lindo su rosario. Iré a Brooklyn y le diré lo mismo que acabo de decirte. "Si usted quiere vivir en Puerto Rico, sin duda su hija se casará con un simpático muchacho puertorriqueño, pero todos tendrán que vivir en la isla. Si quiere vivir en Brooklyn, lo peor que puede ocurrirle es que su hija se case con un judío, pero usted ha establecido su vida en Brooklyn. Elija lo que más le convenga."" Esto volvió a irritar a mi padre. "¿Qué clase de comparación es ésa? ¿Qué significa "lo peor que puede ocurrirle"? La mujer debería estar muy halagada por el buen casamiento de su hija." "Claro que lo está", repliqué, "tan halagada como lo estás tú".
- ¿Y cómo terminó el asunto? ¿Qué ocurrió?
- La boda se celebró en la catedral de San Patricio, con la asistencia de un rabino, sólo para asegurarse de que no nos daban gato por liebre.

Philip Roth, Engaño

Mañana reproduciré algunos fragmentos más.

20 de diciembre de 2009

Monstruos de peluche

En las semanas previas al estreno de la película Donde viven los monstruos he dudado mucho si debía verla o ignorarla. Temía decepcionarme, caer de nuevo en la tentación de comparar el libro con la película, comprobar una vez más la imposibilidad de llevar al cine la buena literatura, etcétera. Los avances de la película que iba viendo en el cine y en la televisión no invitaban mucho, la verdad. Y los materiales alrededor de la película que comenzaban a colonizar las librerías y los grandes almacenes tampoco auguraban nada bueno. ¿Ir o no ir al cine? Esa era la cuestión.

He ido. Y...

Lamento decir que la película es extremadamente insustancial y extrañamente confusa. ¿Era previsible? Hasta cierto punto, sí. Pero no tanto como ha resultado al final. Por lo pronto, y eso es tal vez lo peor, le han podado toda la sutileza y todo el encanto que el cuento de Maurice Sendak posee. En el álbum original es más relevante lo que se sugiere que lo que se ve, tienen más importancia las evocaciones que provoca que las certezas que ofrece. Como ocurre con todos los buenos libros, es la naturaleza del espacio que abre a las fantasías del lector lo que determina la cualidad de un álbum ilustrado. Es lo no-dicho, lo que no está explícitamente mostrado, lo que alienta la participación imaginativa de quienes leen una narración. En la película ese espacio se empobrece de tal modo que ahoga las posibilidades de fantasear.

La materialización de los monstruos, en ese sentido, roza el ridículo. El misterio que transmiten las ilustraciones de Sendak se transmuta ahora en evidencia e insipidez. Los monstruos derivan en adorables peluches de juguete, con lo que desaparece cualquier atisbo de magia, de inquietud, de subversión. El extremo talento de Sendak para dibujar unos monstruos que fuesen a la vez terribles y amables es sustituido en la pantalla por muñecos que parecen un remedo de Espinete y sus amigos de Barrio Sésamo. Adiós transgresión.

Pero aún más inconcebible resulta el intento de dotar a los monstruos de nombre y psicología, cuando su mayor atractivo reside precisamente en su indefinición, que es lo que permite al lector habitarlos con las sombras de sus propias turbaciones. Los confusos conflictos adolescentes que los guionistas han introducido en la trama con la excusa de hacer del monstruo Carol un reflejo del joven Max acaban por distorsionar la historia. Derivan la atención hacia las relaciones sentimentales entre Carol y KW, dos de los monstruos protagonistas, en detrimento de las ensoñaciones de Max, que es de lo que de verdad trata el cuento. Pero tampoco es que acabemos sabiendo muy bien cuál es el conflicto que afecta al reino de los monstruos, salvo esa ñoñería de necesitar ayuda para volver a reír, un asunto más propio de
un manual de autoayuda que de una ficción transgresora como es el cuento de Sendak.

Lamento además que haya desaparecido, no sé si por incapacidad técnica (cosa que no creo) o por voluntad de los guionistas, la escena más maravillosa del cuento: la lenta transformación de la habitación de Max en un bosque gracias a su fantasía. La huida por las calles oscuras, al estilo de las recientes películas de terror, que la ha sustituido no alcanza ni de lejos la sugerente metamorfosis ideada por Sendak. La desvirtuación de la historia es manifiesta. Pienso que, cinematográficamente, daba mucho más juego la idea primigenia de Sendak. Porque, tal como plantea el cuento, todo ocurre en la habitación de Max, en su mente. No entiendo el empeño de sacar la acción a la calle.


Como tampoco entiendo la mutilación de la palabra 'monstruo' en la película. Supongo que los productores lo habrán discutido mucho y habrán decidido mantener el título en castellano para no despistar, pero en ese caso deberían haber hecho alguna adaptación en el guión. Ya sé que en inglés no se habla en ningún momento de monstruos, sino de 'wild things', tal como muestra el título original, Where the wild things are. Pero en España, 'wild things' se tradujo por 'monstruos' y es 'monstruo' lo que la madre llama a Max al ver sus travesuras y antes de enviarlo a su habitación sin cenar. Ese calificativo es precisamente lo que desata las fantasías de Max, su deseo íntimo de huir al lugar donde viven los monstruos y ser coronado rey. Es ese término el que provoca su catarsis, su aventura interior y su regreso a la realidad. Me parece contradictorio mantener 'monstruos' en el título y no escucharlo ni una sola vez en la película.

En fin, hago esta crítica en defensa una vez más de la literatura, de su singularidad y su valor. Y también como queja por las adaptaciones cinematográficas que no están a la altura de la propuesta literaria, que rebajan sus cualidades estéticas y desfiguran sus significados profundos. Me molestan las edulcoraciones y las simplicidades a que son sometidos a diario los productos destinados a la infancia, cuando es justamente lo contrario lo que en su día propuso Maurice Sendak con su historia.
En previsión del desencanto, he ido advirtiendo a mis alumnos de que, si se decidían en estos días a comprar el libro para sí o para regalar a alguien querido, se decantaran por el álbum original, que es donde de verdad habitan los monstruos, donde se celebra realmente el poder liberador de la imaginación. Es lo que también me atrevo a aconsejarles ahora.

16 de diciembre de 2009

Día de la Lectura en Andalucía

"No hay película, juego de vídeoconsola, o serie y concurso de televisión que no remita a una lectura o que no esté basada en un libro. Los famosos de las islas salen de Robinson Crusoe, las cámaras que vigilan nuestros movimientos vienen de 1984, los piratas caribeños descienden de La isla del tesoro y los vampiros metrosexuales son la versión light de Drácula, aunque el primer vampiro de la literatura lo creó John William Polidori, como consecuencia de una apuesta que hizo con otros dos amigos narradores para saber quién era capaz de escribir la mejor historia de terror. Lord Byron escribió El entierro y William Polidori El vampiro, pero la apuesta la ganó Mary Shelley con Frankestein. Todas las historias de monstruos, vampiros y fantasmas salen de aquella apuesta literaria, porque incluso Alien, el octavo pasajero es una adaptación espacial de los argumentos del vampiro y el monstruo de Frankestein.
[...]
Si ahora mismo tuviera doce, catorce o dieciséis años, seguramente también estaría enganchado al vídeo, la
play o internet, muerto de miedo de que me entrara algún "troyano" en el ordenador. Pero por eso mismo es bueno saber que los "troyanos" existen porque hubo un caballo de madera dentro del cual se escondieron los soldados aquellos que tomaron la amurallada ciudad de Troya. Todo comenzó gracias a los poemas homéricos: los superhéroes, las armas mágicas y los dioses conviviendo con los seres humanos. Los androides y replicantes que Philip Dick inventó para Blade Runner ya combatían en La Ilíada y ese "Más allá" de "Dragon Ball Z", poblado por los mejores guerreros de todos los tiempos, apareció por primera vez en el canto undécimo de La Odisea."

Las palabras precedentes pertenecen a Fernando Iwasaki y están extraídas de la alocución que, con motivo del Día de la Lectura en Andalucía, que se conmemora el día 16 de diciembre, el Pacto Andaluz por el Libro encarga cada año a un escritor para celebrar públicamante el acto de leer. El texto completo pueden leerlo en este enlace. La relación que establece Iwasaki entre las historias literarias y las historias que se ofrecen ahora en otros medios resalta muy bien el valor de los libros.

(Si tienen tiempo y ganas pueden leer aquí el texto que escribí hace cinco años para la misma conmemoración)

8 de diciembre de 2009

¡Cómo está el mercadillo del libro!

Uno está acostumbrado a que le regalen un libro con la compra del periódico...


con la compra de un billete de autobús...


con la compra de una entrada de cine...

y, por supuesto, con la compra de otro libro...


Pero, la verdad, no imaginaba esto...


(Imagen encontrada en el blog Entizado)

ni mucho menos esto...


(Imagen encontrada en el blog la casa de tomasa)

No sé qué pensarán ustedes, pero les confieso que yo me he quedado estupefacto.

4 de diciembre de 2009

Yo bien, tú bien

Leyendo el libro de Kirmen Uribe, Mientras tanto cógeme la mano, me he encontrado con un poema que quiero compartir con ustedes. Pienso que define bien algunas de las ideas del autor de este blog. Escrito originalmente en euskera, la traducción es de Kirmen Uribe, Gerardo Markuleta y Ana Arregi.


TEKNOLOGIA


Aitonak ez zekien irakurtzen,
ez zekien idazten. Hala ere kontalari

ezaguna zen herrian. Berak pizten zituen,
haurrez inguraturik, sanjuan suak.

Aitaren kaligrafia etzana zen, jantzia.
Doiki ehuntzen zuen papera,

arbela zizelatuko balu bezala.
Mahaian dut soldaduzkatik igorritako postala.

"Yo bien, tú bien
mándame cien".

Gure sasoian mezu elektronikoak
bidaltzen dizkiogu elkarri.

Hiru belaunalditan, egia da,
idazketaren historia luzea igaro dugu.

Dena den, kezkak, beldurrak
beti-betikoak dira, eta izango.

"Yo bien, tú bien..."



TECNOLOGÍA

Mi abuelo no sabía leer, tampoco
sabía escribir. Sin embargo, era conocido

por las historias que contaba. Él encendía,
rodeado de críos, las fogatas de San Juan.

La caligrafía de mi padre era inclinada, elegante.
Tejía el papel con precisión,

como si esculpiera sobre la pizarra.
Todavía tengo la postal que envió desde la mili:

"Yo bien, tú bien,
mándame cien".

Nosotros mandamos
mensajes electrónicos.

Es cierto: en tres generaciones hemos recorrido
un largo trecho en la historia de la escritura.

De todas formas, las preocupaciones, los miedos
son los mismos de siempre, y lo seguirán siendo:

"Yo bien, tú bien..."