27 de enero de 2010

Haití

Veo a diario las imágenes del terremoto de Haití, leo y escucho las informaciones que sobre las víctimas y los damnificados ofrecen los periódicos y las emisoras de radio y me desalienta comprobar las catastróficas consecuencias de una perversa combinación: la potencia destructora de la Naturaleza con las no menos destructoras obras humanas, que han condenado al país a un suplicio inacabable de pobreza, corrupción y desesperanza.

(Foto Cristóbal Manuel. Diario EL PAÍS)

(Foto Gorka Lejarcegi. Diario EL PAÍS)

(Foto Associated Press)

Las imágenes y las noticias me hacen recordar una novela leída hace algunos años, Palabra, ojos, memoria, relato casi biográfico de la escritora norteamericana Edwidge Danticat, oriunda de Haití. Es la historia de Sophie, una joven que reparte sus afectos entre su tierra natal y el país de acogida, que trata de conciliar los recuerdos y el porvenir, que pugna por equilibrar las herencias sentimentales de su familia y los requerimientos de sus propias emociones. Reproduzco a continuación tres fragmentos de la misma.

Jamás se lo dije a mi madre, pero aborrecía la Institución Bilingüe Maranatha. Era como si jamás me hubiera ido de Haití. Todas las clases eran en francés, excepto las de gramática y literatura inglesas. Fuera de la escuela éramos "los gabachos", encogidos en nuestros uniformes imitación-de-escuela-católica mientras los estudiantes de las escuelas públicas del otro lado de la calle nos llamaban "balseros" y "apestosos haitianos".

Cuando mi madre estaba en casa me hacía leer en voz alta los libros de texto de gramática inglesa. Las primeras palabras inglesas que leí sonaron como rocas cayendo en un arroyo. Luego, lentamente, las cosas comenzaron a adquirir significado. Había palabras que oía a menudo. Palabras que saltaban en conversaciones en criollo, como el último maíz en una máquina de palomitas al enfriarse. Palabras, entre otras, como televisión, edificio, sensación, que Marc y mi madre utilizaban cuando estaban en mitad de una acalorada discusión política en criollo. "Mwin gin you sensación. Tengo la sensación de que algún día Haití por fin levantará cabeza, pero cuando ocurra yo ya estaré muerta." Mi madre siempre era la pesimista.

Había otras palabras que también ayudaban, palabras que en francés eran casi iguales, pero que en inglés se pronunciaban diferente, nationality, alien, race, enemy, date, present. Estas y otras palabras me proporcionaban un contexto para las que no entendía.

Con el tiempo comencé a darme cuenta de que leía mejor. Respondía enseguida cuando mi madre me hacía una pregunta en inglés. Me convertí en anglohablante, aunque en la escuela no tuve ninguna oportunidad de alardear de ello.

- El saber acarrea una gran responsabilidad -solía decir mi madre. Mi gran responsabilidad era estudiar mucho. Durante seis años no hice otra cosa. Iba de la escuela a casa y de casa a la escuela. Y también rezaba.


***

Me sorprendió lo deprisa que ocurrió. El recuerdo de cómo todo se combinó para transformarse en una gran comilona. La fragancia de las especies guiaba mis dedos de un modo que no habrían conseguido ni las instrucciones más precisas.

Los hombres de Haití insisten en sus mujeres son vírgenes y tienen diez dedos.

Según tía Atie, cada dedo tiene un propósito. Así era como le habían enseñado a prepararse para ser mujer. Engendrar. Hervir. Amar. Cocer. Criar. Freír. Curar. Lavar. Planchar. Fregar. No era culpa suya, decía. Aquellos diez dedos habían sido bautizados antes de que ella naciera. A veces incluso deseaba tener seis dedos en cada mano, para así tener al menos dos para sí misma.

Yo controlaba las diversas cazuelas que había en el patio. El aire olía a especias con las que no había cocinado desde que, dos años atrás, me fuera de casa de mi madre.

***

- Te has convertido en una norteamericana -dijo-. No te culpo por ello. Sólo quiero darte un consejo. Come. La comida es buena. Es un lujo. Cuando vine a este país, engordé treinta kilos el primer año. Todas esas variedades de manzanas, todos esos helados... no podía creérmelo. Todas esas cosas que en Haití sólo comen los ricos, aquí las comía todo el mundo, estaban tiradas.
- La primera vez que te vi estabas muy delgada.
- Acababan de extirparme los pechos por el cáncer. Pero antes de eso, antes del cáncer, para mí la comida era una lucha. Toda esa comida a mi alcance y no poder tragármela toda. Tardé mucho en hacerme a la idea de que la comida no iba a agotarse. Cuando llegué, comía igual que comemos en Haití. Comía para el día siguiente, y para el otro y para el otro, en previsión de que en días posteriores no hubiera nada que comer. Me comía todo lo que tenía en reserva. Me despertaba, veía la comida que tenía guardada y me la comía.
- O sea, que lo que me pasa tampoco es tan anormal -dije.
- Eres diferente, pero no hay nada malo en ello. Yo también soy diferente. Quiero que todo vaya bien entre nosotras.

4 comentarios:

Albert dijo...

Muy lamentable ha de ser que dentro de dos semanas, cuando Haití haya desaparecido de los medios, nadie hablará de la tragedia. Los gobiernos que ahora declaran la urgente necesidad de sacar al pais de la endémica pobreza probablemente estén viendo la importante tajada que sus empresas vayan a sacar en la tarea de reconstrucción.
Los fragmentos insertados de la escritora haitiana son muy aleccionadores.
Saludos.

discreto lector dijo...

Mucho me temo, Albert, que algo así sucederá. Es más vistoso el espectáculo de la solidaridad que el silencio de la equidad. Espero que la palabra siga haciendo visible el mundo de la injusticia y la pobreza.

lammermoor dijo...

Estoy con Albert y contigo dentro de poco Haití ya no estará de moda, aunque la desgracia, la pobreza y el resto de males sigan igual de presentes.
He comprobado que el libro que mencionas lo tienen en la biblioteca; de más está decir que lo leeré.

discreto lector dijo...

Lammermoor, como voy conociendo tus comportamientos lectores casi estoy seguro de que harás lo posible por leer el libro de Edwidge Danticat. Espero que tampoco te decepcione en esta ocasión.