12 de septiembre de 2008

La literatura intoxicada

Amy Bellette, un personaje de la última novela de Philip Roth, Sale el espectro, escribe una carta al diario New York Times mostrando su indignación por la deriva que va tomando la crítica literaria, más ocupada en el sensacionalismo y el chismorreo que en hablar seriamente de literatura. Piensa que ha llegado a su fin la época en que la literatura se usaba para pensar y que se había entrado en otra en la que lo único que interesa es hurgar en la vida privada de los escritores y en su cotización monetaria, así como criticar con obtusa hipocresía moral el daño que la ficción puede causar en la sociedad. Puro vandalismo, afirma.

Copio aquí el fragmento final de esa carta, pues me parece una lúcida y vehemente declaración del autor a favor de la literatura, una defensa radical de la libertad del lector.


"[...] Si yo tuviera un poder como el de Stalin, no lo dilapidaría en silenciar a los escritores imaginativos. Silenciaría a quienes escriben acerca de los escritores imaginativos. Prohibiría todo debate público sobre literatura en periódicos, revistas y publicaciones académicas. Prohibiría la enseñanza de la literatura en las escuelas, los institutos, los colegios mayores y las universidades de todo el país. Declararía ilegales los grupos de lectura y los foros sobre libros en internet, y sometería a control policial las librerías para asegurarme de que ningún empleado hablará jamás con un cliente sobre un libro y de que los clientes no osaran hablar entre ellos. Dejaría a los lectores a solas con los libros, para abordarlos como les pareciese por sí mismos. Haría esto durante tantos siglos como fuese necesario para desintoxicar a la sociedad de sus venenosas majaderías."



No sé qué ocurriría si se cumpliese el drástico deseo de Amy Bellette, pero no me negarán que de llevarse a cabo su programa de desinfección a la vuelta de cien años habría cambiado sustancialmente el modo de leer y la literatura habría recobrado una frescura y una pureza inimaginables ahora.
Merecería la pena ver la carta enmarcada en facultades universitarias, redacciones de periódicos y revistas culturales, bibliotecas, librerías, editoriales, colegios o centros cívicos. A todos nos haría bien levantar los ojos de cuando en cuando y recordar sus advertencias.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Nos parece fantástica. Tomamos nota.
Gracias por este blog.

Aletheya

LEOFUMOPIO dijo...

Lo que escribe Amy Bellette es lo que hicieron , muchos de los dictadores de Sudamerica y las consecuencias , todavia las vemos en nuestra sociedad.

Juan Mata dijo...

Amigos de Aletheya, sigo dándoos las gracias por vuestras atenciones. Me alegra que la cita os sirva para pensar.

Estimado Leofumopio, no coincido en esta ocasión con sus apreciaciones. No creo que la propuesta de Amy Bellette pueda ser equiparada a las censuras atroces de los dictadores latinoamericanos (o a las que en España sufrimos durante el franquismo). Pienso, justamente, lo contrario. La carta de Amy en la novela es una defensa radical de la imaginación del escritor y de la autonomía del lector. Clama el personaje contra un sutil tipo de "secuestro" de la literatura que conviene tener en cuenta. Se refiere al hecho de que la obra literaria debería llegar lo más limpiamente posible al lector, evitando las muchas intermediaciones que a menudo lo entorpecen, desde las fútiles interpretaciones académicas a las listas de libros que todo el mundo debe leer o los chismorreos de la prensa cultural en torno a los escritores. Nada que ver, a mi juicio, con el rencor de los censores y los dictadores contra el propio hecho de escribir y leer libremente. Por lo demás, pienso que no se le escapa el hecho de que se trata de una ficción y de que el mordaz comentario de Amy Bellette es una reivindicación de algo que, por lo que conozco de su profesión, usted mismo practica en su biblioteca: facilitar el feliz y voluntario encuentro entre los libros y sus posibles lectores.

Gracias, por supuesto, por su comentario.

croix dijo...

Recuerda a aquello tan protestante de relacionarse con la Biblia sin intermediarios.

sfer dijo...

Si lo que Amy propone fuera realidad, nuestra tarea (la de leofumopio y mía... y suya, probablemente), no existiría. Los lectores llegarían a la biblioteca y se encontrarían con las estanterías, cientos y miles y millones de volúmenes, y nadie que "intoxicara" su juicio.

Yo tampoco estoy de acuerdo con las palabras de este personaje. Para mí no es intoxicación, sino enriquecimiento. Y algo absolutamente necesario.

Aunque la línea entre una cosa y otra (intoxicación vs. enriquecimiento) es muy fina, y no todo es blanco o negro, sino que hay muchos matices de gris: muchos comentarios, consejos o indicaciones superfluos, y otros muchos imprescindibles para orientar a los lectores en el laberinto de la literatura.

Juan Mata dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Mata dijo...

Croix, es cierto que puede haber una cierta similitud entre la petición de Amy Bellette y la prescripción del protestantismo de leer la Biblia directamente. Y, pues estamos hablando de lectura, no viene mal recordar que gracias a esa exigencia pudo erradicarse el analfabetismo en el norte de Europa siglos antes que en nuestros católicos países meridionales, más sujetos a la interpretación sacerdotal. Las cifras que, al respecto, ofrece Emmanuel Todd en su libro "La invención de Europa" son abrumadoras.

Sfer, claro que me siento aludido por las palabras de Amy Bellette. Desarrollo mi vida profesional en un mundo infectado de interpretaciones, donde se alcanza el paroxismo del absurdo cuando cientos de alumnos finalizan sus carreras atiborrados de interpretaciones pero sin haber leído las obras originales. ¡Cuántos de ellos pueden reproducir lo que dijeron mengano y zutano acerca de José Hierro o Carson McCullers pero se muestran incapaces de expresar un juicio propio pues nunca alcanzaron a leerlos! Y qué decir de las críticas literarias de los periódicos y revistas, plagadas de alusiones íntimas de los autores, de referencias extraliterarias y de exaltaciones del yo de los críticos.

Soy consciente de mi profesión y de los riesgos que conlleva, por eso no me importa que de cuando en cuando alguien, aunque sea un personaje de ficción, me señale y me advierta. Pero aun sin conocerte personalmente, la mera lectura de tu blog me da la seguridad de que tus "intoxicaciones", como las de Leofumopio, están hechas con la máxima delicadeza y el máximo respeto hacia el lector. ¿Cómo vamos a dejar de hacerlo? En cualquier caso, y como en todo acto de provocación, las palabras de Bellette-Roth deberíamos aceptarlas como una llamada de atención, como una invitación a pensar en nuestro trabajo.

Gracias a ambos por contribuir al debate.

Anónimo dijo...

Siempre existe el boca a boca y algunos criticos de los que te puedes fias

Juan Mata dijo...

Sin duda, anónimo lector. Confío mucho en los consejos de otros lectores. Me han descubierto obras y autores extraordinarios. Como confío igualmente en algunos críticos, a los que he ido seleccionando con el tiempo. Pero confío sobre todo en los propios lectores, en sus intuiciones, en sus criterios, en su experiencia, en sus obsesiones. En sus saberes, en definitiva. Lograr la autonomía como lector sigue siendo el objetivo prioritario.

Saludos y gracias.