14 de septiembre de 2008

En recuerdo de Ana

"La poesía no debe ser -como se ha formulado y se mantiene- moralizadora, utilitaria. No es posible reducirla a una enumeración de virtudes, enseñanza de tópicos escolares o composiciones improvisadas para una fecha clave, porque éste es el procedimiento más eficaz para despertar en el niño la repulsión al lenguaje poético. Es desvirtuar la esencia poética, es clasificarla dentro de normas científico-pedagógicas, es convertirla -como lo afirmara Gabriela Mistral- 'en un absurdo, que podríamos llamar balbuceos de docentes'."

Éstas palabras son de Ana Pelegrín y están extraídas de la introducción al libro Poesía española para niños, una antología realizada por ella y publicada en 1969 en la editorial Taurus. Me sorprenden, leídas casi cuatro décadas después, por su claridad y atrevimiento. Escritas entonces, cuando, en efecto, la poesía en las aulas apenas era otra cosa que una excusa para las conmemoraciones o la propagación de una moralina cursi y sentimental, tenían el valor de las ideas lúcidas y precursoras. Ahora nos parecen elementales, pero hace cuarenta años resultaban subversivas. Los poemas seleccionados, tanto de la poesía oral popular como de autores contemporáneos, demostraban que era posible un nueva forma de acercar la palabra poética a los niños. Ana amaba la poesía como se ama el aire.

Las recupero ahora, cuando Ana acaba de morir, como una íntima forma de homenaje. He buscado los libros que poseo de ella y, por su aspecto, me doy cuenta de que han sido muy usados, por mí y por los alumnos a quienes se los he ido prestando. Están descuadernados, los lomos rotos, las páginas sueltas, lo que significa que han sido leales acompañantes de mi andadura profesional. Su deterioro es el mejor reconocimiento que puedo ofrecerle a la autora.

La recuperación de la memoria formó parte del trabajo de Ana Pelegrín. Fue pionera en la divulgación de la tradición literaria popular, desde los cuentos y los juegos a las retahílas y las canciones, y muchos de nosotros acudimos a sus libros como el sediento a la fuente. Descubrimos el valor de las voces anónimas que guardaban el tesoro milenario de la literatura oral y aprendimos a protegerlas y propagarlas.

Abro al azar La aventura de oír y encuentro subrayadas estas palabras: "La poesía, el cuento (el cuento maravilloso o de encantamiento), encierra en sí materia de símbolo. Y el símbolo se despliega en la palabra irradiando multiplicidad de significados. Esta irradiación invita al niño a un viaje emocional y mental, le acerca a la imaginación literaria, hace posible la conjetura de que literatura y vida pueden estar ensamblados, literatura-vida, un solo ritmo". Lo que hace décadas me pareció sorprendente, forma hoy parte sustancial de mi pensamiento. Qué insólitos son los caminos del conocimiento.

El último gran proyecto de su vida fue rescatar del olvido los libros infantiles del exilio. Consideraba una tremenda injusticia el desconocimiento de la excelente labor de los escritores e ilustradores que abandonaron España y siguieron publicando en los respectivos países de acogida. Era su particular modo de reparar el agravio. En ese rescate ha estado trabajando hasta el último aliento. A punto de salir de la imprenta el fruto de su trabajo, Ana falleció. Lamentablemente, no pudo ver editado el libro. Sus amigos más íntimos decidieron armar con urgencia uno de los libros que en pocas semanas saldrán a la calle y colocarlo en su ataúd. El hecho de que sus cenizas se hayan mezclado con las de su obra adquiere el carácter límpido de un símbolo. La última vez que conversé telefónicamente con ella fue a propósito de la invitación que me hizo a participar en ese libro-homenaje. El recuerdo de su risa fácil y su suave voz argentina adquiere de pronto los rasgos de una despedida.