16 de octubre de 2009

Entre dos culturas

Cedo hoy a una tentación que he venido sujetando en los meses de existencia de este blog. La constatación de que a menudo el comentario elogioso de un libro induce a algunos lectores a comprarlo de inmediato me refrenaba. Los libros de los que sentía deseos de hablar no eran novelas o cuentos o ensayos literarios que pudieran leerse tranquilamente en el autobús o en la playa o en el sillón predilecto una tarde de domingo, de modo que temía que, si alguien lo compraba se sintiera decepcionado, que es algo que, como ya habrán comprobado ustedes, me afecta mucho. Pero por otra parte, y pues esta plataforma es al fin al cabo una declaración de gustos y afectos, me parecía que estaba ocultando una de mis más íntimas pasiones lectoras. Me refiero a los libros de ciencia. Sobre todo, aquellos que hablan del funcionamiento del cerebro.

Recordaré previamente que se cumplen ahora 50 años de una célebre conferencia que C. P. Snow, un científico que asimismo se movía con pericia en el campo literario, dictó en Cambridge, en el marco de la Conferencia Rede, con el título de 'Las dos culturas', una etiqueta que en adelante sirvió para caracterizar la fractura entre las humanidades, específicamente de la literatura, y el de las ciencias. Lamentaba Snow esa separación, la falta de diálogo entre ambos mundos, la voluntaria ignorancia del trabajo que hacían los demás. Medio siglo después podemos pensar que el desencuentro comienza a repararse y una nueva conciencia de mutua colaboración se abre paso lentamente.

Diré entonces que desde hace años me apremia la idea de tender puentes entre la literatura y las ciencias
y, a un nivel primario y personal, no dejo de buscar puntos de encuentro. Por fortuna, he ido encontrando en las investigaciones científicas, sobre todo en las neurociencias, extraordinarios estímulos para mi trabajo. Gran parte de las cosas que pienso y digo, y que ustedes han podido leer aquí o en otros lugares, están alimentadas y sostenidas por la seguridad que me proporcionan las investigaciones recientes sobre el cerebro.

Y como de lo que se trata es de dejar constancia de algunos de los libros que me fascinan, comenzaré por uno que estimo especialmente. Se trata de
En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, escrito por el neurocientífico Antonio Damasio. En la Red podrán encontrar abundante información sobre el autor y el libro.

¿Y por qué este libro para empezar? Simplemente porque las reflexiones de Damasio sobre las emociones y los sentimientos, al hilo de los comentarios atentísimos a las ideas filosóficas de Baruch Spinoza, abren un paisaje tan cautivador, tan deslumbrante, que resulta imposible, cuando uno sale del libro, no tener la sensación de que ha entrado en otra dimensión del conocimiento. Y porque su lectura, al menos es lo que me ocurrió a mí, confirma vislumbres y convicciones acerca de la trascendencia de las emociones y los sentimientos para la preservación de la vida pero también como sostén de la experiencia estética. Me siento seguro cuando, pensando en lo que el cerebro es capaz de hacer con los estímulos del mundo exterior, defiendo que la diversidad de emociones y sentimientos que puede proporcionarnos la lectura es una razón más que suficiente para abrir un libro y abandonarse a las palabras allí ordenadas.

Les dejo unas reflexiones de Antonio Damasio contenidas en el libro citado. Alguien no advertido pudiera entender que se trata de las meditaciones de un filósofo. Y, en el fondo, así es. ¿No estaremos en realidad ante los filósofos del siglo XXI?

"Hasta donde puedo comprender, la situación fue resultado, primero, de poseer sentimientos (no simplemente emociones, sino sentimientos), en particular los sentimientos de empatía con los que adquirimos plena comprensión de nuestra simpatía natural y emotiva hacia el otro; en las circunstancias adecuadas la empatía abre la puerta a la pena. En segundo lugar, la situación fue resultado de poseer dos dones biológicos, la conciencia y memoria, que compartimos con otras especies pero que alcanzan mucha más importancia y grado de refinamiento en los seres humanos. En el sentido estricto del término, conciencia significa la presencia de una mente con un yo, pero en términos humanos prácticos, esta palabra realmente significa más. Con ayuda de la memoria autobiográfica, la conciencia nos proporciona un yo enriquecido por los registros de nuestra propia experiencia individual. ...
Si no fuera por este elevado nivel de conciencia humana no habría angustia notable de la que valiera la pena hablar, ahora o en el alba de la humanidad. Lo que no sabemos no puede dañarnos. Si tuviéramos el don de la conciencia pero estuviéramos privados en gran medida de memoria, tampoco habría una aflicción notable. Lo que sabemos, en el presente, pero somos incapaces de situar en el contexto de nuestra historia personal, sólo puede dañarnos en el presente. Son los dos dones combinados, conciencia y memoria, junto con su abundancia, los que originan el drama humano y confieren a dicho drama una condición trágica, antes y ahora. Por suerte, estos mismos dones están también en el origen de la alegría ilimitada, la gloria humana absoluta. Llevar una vida registrada proporciona asimismo un privilegio y no simplemente una maldición. Desde esta perspectiva, cualquier proyecto para la salvación humana (cualquier proyecto capaz de transformar una vida registrada en una vida satisfecha) ha de incluir formas de resistir la angustia que despiertan el sufrimiento y la muerte, neutralizarla y cambiarla por la alegría. La neurobiología de la emoción y el sentimiento nos dice de manera sugerente que la alegría y sus variantes son preferibles a la pena y los afectos asociados, y que son más favorables para la salud y el florecimiento creativo de nuestro ser. Hemos de buscar la alegría, por mandato razonado, con independencia de lo disparatada e irreal que pueda parecer dicha búsqueda. Si no existimos bajo la opresión o el hambre y, no obstante, no podemos convencernos de la gran suerte de estar vivos, quizá es que no lo estemos intentando con la suficiente intensidad."

5 comentarios:

lammermoor dijo...

Sobre la posibilidad de sentirnos decepcionados por la lectura de un libro recomendado desde este blog, ya expresé mis dudas.
Y buena prueba de ello es que acabas de mencionar un libro que a mí me pareció ameno, interesante y que he recomendado en más de una ocasión.
Sobre la fractura entre las humanidades y la ciencia, soy de letras por formación y profesión. Sin embargo, precisamente fueron las "letras" las que me llevaron a interesarme por lo relacionado con la evolución y el funcionamiento del cerebro.
Me atrevería a recomendar otro libro igual de fascinante: El instinto del lenguaje, de Pinker.

Fete dijo...

Juan ...
Estoy totalmente en desacuardo con todo lo que dices, pero muy en desacuerdo!!!

Te explico, punto por punto sin entrar en detalles, yo soy de los que vengo a tu blog y me leo todo, para mi es un blog de culto, de los blogs tipo mesita de noche, no hace mucho tenia entre mis manos "Shantaram" releyendo por segunda vez.
Hiciste la recomendacion de " Las uvas de la ira" que no recordaba haberlo leido, pero si poseer el libro.
Ahora estoy con él y felizd e que fueses tu quien me lo recomendase, casi terminado, recomiendas este ahora ...
¿Sabes que te digo?

Bendito tu blog y mas tú, por una vez en la vida encuentro alguien que recomienda buenos libros y afines a mis gustos.

Saludos y sigue asi!!!!


PS. El dia que recomiendes un libro y no me guste, no pasara nada, solo que seguire agradeciendo tu trabajo y tus recomendaciones.

bibliobulimica dijo...

Yo aún no he encontrado este libro...de momento no lo tienen en las librerías, pero espero encontrarlo en la FIL de este año...
La primera vez que me lo recomendaron, fue en una conferencia a la que asistí sobre esquizofrenia, y la ponente nos invitó a leerlo; luego vi que Lammermoor también lo recomendaba en su blog (segunda búsqueda del libro) y ahora que tu lo vuelves a mencionar me dije "lo tengo que encontrar".
Me llevo también anotado el que menciona Lammermoor (uyyyy que mi plan de lectura crece a un ritmo terrible)

discreto lector dijo...

Lammermoor, no recordaba tu comentario sobre el libro de Antonio Damasio en tu blog. Ahora lo he releído y me hace feliz saber que compartimos un mismo interés. Mi formación también ha sido 'letrada', pero el descubrimiento de esos otros mundos ha sido para mí como una ráfaga de aire fresco y limpio. Me he sentido confirmado y alentado. Me sumo sin vacilar a tu recomendación del libro de Pinker que citas.

Fete, me temo que a pesar de tus generosas y tranquilizadoras palabras ese 'regomello' (es una palabra muy andaluza) o prurito por la decepción no me abandonará. Soy así. De todas maneras, tu desacuerdo, en este caso, me eleva unos milímetros del suelo. Aunque no quiero ocultar que los elogios desmesurados me hacen sentir deseos de ser invisible o anónimo. Sin embargo, el nerviosismo no es incompatible con la gratitud.

Bibliobulímica, el libro te gustará. Porque a la par que va desvelando algunas claves del funcionamiento del cerebro en el campo de las emociones, Damasio hace una lectura de Spinoza que me deja asombrado. Otro hubiera sido el curso de Occidente si el pensamiento de Spinoza hubiera acabado por dominar. ¡Qué admirable defensa de la alegría hizo Spinoza y que manera de engarzar la ética con los sentimientos! Lo que ahora tratamos de iniciar ya lo apuntó él hace más de tres siglos.

oscar dijo...

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