4 de julio de 2008

Contra el terror

Es tan infrecuente que la literatura afronte la infamia del terrorismo de un modo comprometido, sin aspavientos ni imposturas, que cuando uno lee textos que demuestran esa determinación siente deseos de compartirlo. Me gustaría, en ese sentido, hacerles partícipes de un poema y un libro de relatos.

El poema es de Wislawa Szymborska y está publicado en su libro El gran número. Es un alegato universal contra el terror, un retrato de la precariedad de la vida cuando el fanatismo político o religioso decide hablar con la muerte. Lo reproduzco a continuación.

UN TERRORISTA: ÉL OBSERVA

La bomba explotará en el bar a las trece veinte.
Ahora apenas son las trece y dieciséis.
Algunos todavía tendrán tiempo de salir.
Otros de entrar.

El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:

Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos están hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.
Ese más bajo tiene suerte y sube a una moto,
y ese más alto entra.

Trece diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo.
Sólo que de repente ese autobús la tapa.

Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.

Trece diecinueve.
Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.

Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba: la bomba explota.


El libro es de Fernando Aramburu y se titula Los peces de la amargura. Habla de las víctimas del terrorismo de ETA. Y aunque los relatos son muy desiguales (es muy difícil mantener la intensidad dramática y la calidad literaria en cada uno de ellos), todos mantienen la emoción y el aliento que requieren los dramas que narra. Es un libro valiente no sólo por hablar de lo que habla, sino por querer dejar testimonio literario de esa ignominia. Textos así otorgan a la literatura su pleno sentido.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

La lectura del poema de la premio Nobel polaca me ha recordado un relato de Ricardo Gómez, de su libro "7 cuentos crudos"; el titulado: "El perro de Goya en Beirut"; probablemente ya lo hayas leído.
Un abrazo
Mariano

Juan Mata dijo...

No conocía el cuento de Ricardo Gómez. Voy a leerlo. Tengo mucho interés por la literatura que afronta ese drama.

Gracias, Mariano, por el consejo.

Un abrazo y buen verano.

Clareta dijo...

Es la primera vez que leo algo así. Y aunque sabía como iba a terminar, créame, por un momento pensé que si no leía hasta la última frase algo así no ocurriría.

Es muy intenso... gracias por dármelo a conocer.

Juan Mata dijo...

Esa discreta conversación que es un blog, estimada Clareta, regala la oportunidad de conocer y compartir. La generosidad de ofrecer es equiparable a la generosidad de leer.

Lo más admirable del poema de Wislawa Szymborska es el atrevimiento de mirar "poéticamente" el horror de un atentado y provocar, en consecuencia, las emociones que sólo la literatura puede conseguir.

Anónimo dijo...

Les recomendamos las críticas que hicieron jóvenes entre 17 y 24 años del libro de Fernando Aramburu.
¡ Felicidades por el blog!

Ver:www.aletheya.es

Juan Mata dijo...

Estimados amigos de Aletheya, he leído con interés y alegría los comentarios de los jóvenes lectores del libro de Fernando Aramburu, así como los de los demás libros del concurso. Y confirman lo que a veces no se quiere admitir: que los jóvenes no sólo leen sino que saben leer. Sus perspicaces observaciones demuestran que, a poco que se les dé oportunidad de expresarse, harán sus críticas como el mejor de los profesionales. Por eso es tan loable la iniciativa que han puesto en marcha. Lograr crear tantos clubes de lectura e incentivarlos para hablar públicamente de sus lecturas es algo realmente elogiable. Merecen, pues, toda clase de felicitaciones. Reciban, por supuesto, la mía.